El relevo

Quienes nos adentramos en la lucha política bajo el tardofranquismo recordamos que, en las organizaciones de obediencia marxista, los textos de orientación comenzaban siempre por un análisis del contexto internacional. Buena tradición. En un mundo interconectado, los fenómenos nacionales, a través de su especificidad y sus propios ritmos, expresan tendencias generales de la evolución del capitalismo y la lucha de clases internacional. Si eso era verdad en aquellos años, aún más lo es hoy, tras décadas de globalización y en plena redefinición del orden mundial.

Las demandas en torno a la vivienda se oyen en Sol al tiempo que las protestas estudiantiles congregan el malestar social en Francia, los sindicatos italianos convocan una Huelga General para el próximo 20-N y la juventud albanesa pone en jaque al gobierno. Las razones del descontento son similares. La generación que hoy se revuelve contra la ausencia de futuro lleva la impronta de varias crisis sucesivas: una recesión de la economía mundial – 2008-2011 – que enterró las promesas neoliberales y abrió profundas heridas, una pandemia, la irrupción de la guerra en el Este de Europa, el martirio de Palestina… Se ha embebido de la angustia difusa que generan el cambio climático y la disrupción de las nuevas tecnologías. Es una generación que ha crecido inmersa en un mundo digital individualizador y que, de pronto, descubre la emoción vital de la acción colectiva.

Hace quince años – el período de tiempo en que acostumbran a medirse las generaciones -, una multitud de jóvenes y no tan jóvenes ocupó las plazas de España, quebrando el bipartidismo que había regido desde la transición, propiciando la aparición de nuevos actores políticos y, singularmente, una reconfiguración de la izquierda. El sociólogo Ignacio Urquizu ha consagrado un trabajo de investigación a la generación del 15-M, tratando de radiografiar sus pulsiones, sus valores y su evolución. El estudio resulta particularmente interesante en muchos sentidos. Quizás uno de los más destacables sea que pone de relieve el contraste entre las acampadas de 2011 y el actual movimiento. Se repiten los mismos escenarios, sí. Pero no asistimos a una reedición del 15-M. Podríamos decir que lo que está empezando es, de hecho, un relevo generacional. (Si, tal como hace el autor, vinculamos “el nacimiento de una generación con acontecimientos históricos relevantes”).

La onda expansiva del 15-M explica en gran medida también lo que ha ocurrido en las izquierdas a lo largo de estos últimos años. Pedro Sánchez no hubiese ganado el pulso al aparato conservador del PSOE sin la interiorización de aquella sacudida por parte de la militancia socialista. En cuanto a la izquierda alternativa, que acarició el sueño de un sorpasso a la socialdemocracia, parece haber agotado las energías renovadoras que pretendió encarnar… sin llegar a edificar ningún proyecto sólido. El espectáculo de egos, resentimientos y división que ha dado el espacio “a la izquierda del PSOE” a las puertas de los comicios más trascendentales desde el advenimiento de la democracia, no podría ser más descorazonador. Podemos se reduce a poco más que un grupo de amigos y una red de irascibles activistas digitales, desvinculados de la realidad social. La nueva acampada de Sol ya no tiene nada que ver con ellos. El resto de fuerzas, agrupadas en buena medida en el Frente Amplio, aterrizan como pueden en la cruda realidad, desvanecido el espejismo de un arrebatador liderazgo mediático que estuvo agitando Gabriel Rufián. Solo cabe esperar que el electorado popular ponga sensatez allí donde otros sembraron ilusiones o antepusieron intereses particulares.

Pero volvamos al principio. “Igual que podemos hablar de una generación de la Transición, remitiendo a todos aquellos que fueron protagonistas de la llegada de la democracia – escribe Urquizu -, o de los hijos de la democracia para englobar a quienes nacimos a partir de 1978, hay una generación 15-M que se ha socializado en un contexto político muy distinto a los precedentes.” Si bien ese acontecimiento fue “la máxima expresión del conjunto de crisis derivadas de la Gran Recesión”, y supuso, además, “un punto de partida para la actual desafección ciudadana respecto al funcionamiento de la democracia”, ¿es justo atribuir a esta generación, como hacen algunos comentyaristas, el ascenso de la extrema derecha o acusarla de añorar un franquismo que nunca conoció? El investigador nos dice que la realidad es mucho más compleja y llena de matices. (De hecho, recientes encuestas ponen de relieve que los apoyos que recibe Vox provienen sobre todo de franjas de edad superiores).

No. Lo que definió a la generación que irrumpió al grito de “no nos representan”, fue un profundo descontento con los instrumentos de intermediación, partidos y sindicatos. Una encuesta del CIS del año 2012 revelaba que un 57 % de los entrevistados consideraba que la democracia funcionaría mejor sin partidos, mediante plataformas sociales. El auge del populismo – en el que abundó una parte de la izquierda bajo la bandera de la “nueva política” – tuvo, pues, mucho que ver con ese descrédito. Y de la decepción es fácil deslizarse hacia el conservadurismo, como una suerte de cobijo ante la angustiosa incertidumbre que se cierne sobre todos nosotros. Las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas que, a propósito de la desigualdad, rescata Urquizu muestran que, para la generación del 15-M, “la democracia perjudica un reparto más equitativo” de la riqueza. Así, en abril de 2025, preguntando si “en determinadas circunstancias, un gobierno autoritario era preferible a un sistema democrático”, el CIS obtuvo una respuesta afirmativa tan solo entre el 8’6 % del conjunto de los entrevistados. Sin embargo, entre la generación del 15-M, la opción autoritaria recogía el 15’2 % de apoyos, prácticamente el doble.

Un reciente estudio, realizado por alumnos del Departamento de Sociología Aplicada de la Complutense, resumía así el sentir del joven votante de extrema derecha: “El sistema es de izquierdas y yo soy antisistema, por eso voto a Vox”. El razonamiento, dada la colusión de la extrema derecha con las tendencias sistémicas más reaccionarias, puede parecer a primera vista desconcertante. No obstante, tiene su lógica. “Desde 2018, el Gobierno está liderado por el PSOE, un partido progresista, al que más tarde se unieron Podemos y Sumar. En ese sentido, muchos de esos jóvenes no han conocido otro tipo de gobierno y pueden haber asimilado el sistema a la izquierda. Por otro lado, desde algunos espacios a la izquierda de la izquierda, especialmente por parte de referentes de Unidas Podemos, se viene desarrollando la idea de ‘régimen del 78’. A grandes rasgos, el argumento se basa en que nuestra democracia nace de la traición del PSOE a la ciudadanía, pues habría aceptado una especie de sistema político tutelado por los herederos del franquismo. (…) Para los defensores de este planteamiento, nuestra ‘defectuosa’ democracia no sería más que el resultado de la acción del PSOE en los últimos cincuenta años, hasta que llegaron ellos. Así, se ha extendido la idea de una simbiosis entre el PSOE y el ‘régimen del 78’. Y si el PSOE es el sistema y el joven es antisistema, este acabará mirando a la derecha de la derecha.”

Si ese desplazamiento no afecta al grueso de la generación, sí que se ha producido en ella un cambio notable en su autopercepción ideológica. De partida, “la Gran Recesión y la última etapa de Rodríguez Zapatero dejaron muy tocada la idea de socialismo entre los menores de 35 años.” De tal manera que, refiriéndonos siempre a esa franja de edad, “en 1982, las categorías ideológicas de la izquierda sacaban casi 44 puntos de ventaja al total del espacio de la derecha (55’1 % frente al 11’4 %). En 2023, esta diferencia es de 22 puntos, la mitad: un 49’8 % de los jóvenes se considera de izquierdas, frente al 27’5 % que se sitúa en la derecha. La mayoría sigue siendo progresista, pero hay, al mismo tiempo, un aumento muy significativo de jóvenes conservadores.”

No obstante, hay una precisión importante en cuanto a la polarización por sexos en el seno de esa generación, algo que tal vez explique la llamativa presencia de liderazgos femeninos en las nuevas acampadas por la vivienda. Las chicas se ubican mucho más a la izquierda por cuanto se refiere a los valores a los que adhieren y, por supuesto, a la defensa del feminismo y sus conquistas. Entre ellas, “las que se definen como personas de izquierdas superan a menudo el 50 % y, de media, aventajan en 22 puntos porcentuales a las que se ubican a la derecha.” No es éste un dato menor. Tampoco lo sería, en otro sentido, el incremento de la religiosidad entre los jóvenes. Ignacio Urquizu aventura algunas hipótesis al respecto: desde la búsqueda de fuentes de certidumbre ante un futuro que produce temor… hasta el intento de llenar un vacío producido por “el exceso de consumo de nuevas tecnologías, que nos lleva a un mayor individualismo y a una desaparición del sentimiento de comunidad.” Desde ese punto de vista, la fraternidad que se está forjando en el actual movimiento representa sin duda una inflexión. Es el final de un ciclo y la certificación de que la revuelta juvenil está desencadenando en la sociedad española el nuevo “acontecimiento fundacional” de una generación, con sesgos muy distintos a la precedente.

Si el 15-M filosofaba sobre la democracia, Sol reivindica ahora políticas públicas concretas. La desconfianza hacia la izquierda de gobierno es aún patente entre los acampados. Pero esta vez enarbolan banderas rojas y escuchan discursos de una izquierda que habla de revolución social. Sin por ello dejar de actuar con pragmatismo: la plaza no fue indiferente, ni mucho menos, ante los decretos anti desahucios del gobierno progresista. Y, desde luego, en 2011 hubiese sido impensable acudir a los sindicatos de clase para levantar una movilización general. El giro es innegable.

Se avecinan tiempos de inusitadas tensiones. Aquí, en América, en toda Europa. Y la izquierda va con mucho retraso con respecto a esa brusca aceleración de la historia. La socialdemocracia aún no ha terminado su balance del social-liberalismo, ni superado la ilusión de preservar el Estado del Bienestar en el marco de las fronteras nacionales. Pedro Sánchez puede dar fe de ello ante los desplantes de los partidos hermanos nórdicos en materia de inmigración y de esfuerzo presupuestario de la UE. En Francia, la dificultad para proyectar una candidatura progresista de amplio espectro social puede llevar, dentro de seis meses, a unas elecciones presidenciales donde acaben enfrentándose una izquierda euroescéptica de tintes radicales – capaz de galvanizar a la juventud, pero no de concitar una mayoría – y una extrema derecha que promete “orden” a un país asustado. Conviene recordar que las elecciones legislativas convocadas tras la conmoción de Mayo del 68 alumbraron una contundente mayoría parlamentaria conservadora. Tal es el precio que paga la izquierda cuando no es capaz de brindar una salida al ímpetu social.

Por cuanto se refiere a la izquierda alternativa, el ocaso de Podemos traduce el final de recorrido de la generación del 15-M. Podemos facilitó que el denostado PSOE se hiciese con el gobierno. Incluso participó en él. Hay que reconocerle ese mérito. Pero el efecto corrosivo del discurso sobre el “régimen del 78” resultó devastador para una izquierda de matriz comunista que llegó debilitada a la encrucijada de 2011. El populismo de izquierdas se reveló como un método susceptible de lograr fugaces éxitos en las urnas, pero no como una fuerza renovadora capaz de forjar cuadros, organización y una cultura política superior. Sin ir más lejos, el paso de Irene Montero por el Ministerio de Igualdad, promoviendo políticas con mucha ideología identitaria y poca base científica, resultó tremendamente divisivo para el movimiento feminista y para las mismas bases del PSOE. “En una encuesta que realizó Metroscopia a finales de febrero de 2023, un 55 % del electorado socialista opinaba que las reivindicaciones del colectivo trans no debían formar parte del movimiento feminista.”

Hoy, esa discusión, como otros muchos balances, todavía no se ha zanjado. Pero toda la situación empuja a desplazar los debates hacia la materialidad, dejando atrás las vacuidades de la posmodernidad. Tal es el signo de los tiempos. El horizonte se llena de amenazadores nubarrones reaccionarios. En eso, está llegando un relevo generacional. Falta por ver si seremos capaces de ofrecerle una bandera y proponerle un destino esperanzador.

Lluís Rabell

19/10/2026

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