
De nuevo, un fantasma recorre Europa. Su halo sobrevolará los decisivos comicios del 29-N. Unas elecciones cuyo resultado impactará de lleno en las agitadas capitales del continente. El espectro que hoy las mantiene en vilo no es otro que el de 1789. El 14 de julio de aquel año, al recibir en su palacio de Versalles la noticia de la toma de la Bastilla, Luis XVI preguntó: “¿Es una revuelta?”. “No, sire – respondió el duque de La Rochefoucauld-Liancourt -, es una revolución”. En efecto. No se trataba de una efímera explosión de cólera popular, sino de un movimiento social de fondo que ponía en jaque al régimen monárquico y la arquitectura de privilegios sobre la que se asentaba.
Desde Lisboa, Madrid y Barcelona hasta París, Milán, Belgrado o Tirana, una nueva generación se ha puesto en movimiento. Reivindica su acceso a una vivienda, a una educación de calidad, a una salida laboral. Su protesta congrega un amplio descontento en el mundo del trabajo, en las universidades, en amplios sectores de la sociedad. No asistimos a la simple irrupción de un movimiento juvenil. Si las cancillerías contasen con asesores tan clarividentes como aquel noble cortesano, advertirían a algunos gobernantes actuales que no se trata de una algarada, sino de la espuma del oleaje que levanta el vendaval del siglo. Desde luego, estamos muy lejos de una sublevación general contra el orden establecido. Pero, lo que estamos viendo estas últimas semanas ¿no sería acaso su preludio?
No hay baremos que indiquen el grado de malestar necesario para que se produzca una ebullición revolucionaria. A lo largo de la historia, las crisis revolucionarias han surgido en circunstancias muy diversas. En general, la revolución llega cuando nadie la espera… y porque nadie la está esperando. Con frecuencia también, los revolucionarios, cautivos de imágenes romantizadas, se resisten a reconocerla bajo el semblante, siempre inédito, con el que hace su entrada en escena. En los siglos XIX y XX, guerras, catástrofes, agotamiento de regímenes políticos… han alumbrado períodos convulsos en los que se han dirimido cambios drásticos en las relaciones entre las clases sociales. No hay razones para pensar que será distinto en nuestro tiempo.
Si acudimos a la célebre fórmula leninista, la crisis revolucionaria surge “cuando los de arriba no pueden seguir gobernando como antes” y, por otro lado, “los de abajo ya no están dispuestos a seguir acatando la autoridad de los primeros”. Más allá del grado de madurez que podamos apreciar en la actual situación – y más allá de cualquier azarosa hipótesis acerca del curso que podrían tomar los acontecimientos -, lo cierto es que van acumulándose a ojos vista los elementos que alimentan esa dicotomía. La globalización neoliberal favoreció unos niveles de concentración de riqueza y de poder nunca vistos en la historia de la humanidad, así como el crecimiento exponencial de los rasgos más parasitarios y depredadores del capitalismo. Las élites tecno-feudales que encarnan su última mutación se han vuelto “antisistema”: su cosmovisión es incompatible con la democracia y el progreso humano. Europa, sometida a la presión combinada de Estados Unidos, Rusia y China – y tensionada internamente por el ascenso de la extrema derecha -, ve amenazado su proyecto de integración. El contrato social de posguerra, sobre el cual se han sostenido los Estados de la UE, se ha roto: las clases medias se empobrecen, la degradación de los servicios públicos y la inflación ensombrecen la vida de las clases populares, la juventud no vislumbra futuro alguno. Los de arriba no pueden seguir gobernando como antes. Y los de abajo dan señales de no conformarse con el destino que aquellos les deparan.
¿Desembocarán esas tensiones en una crisis revolucionaria? Es imposible saberlo. En cualquier caso, el “programa” que la extrema derecha enarbola por doquier es el de una profunda involución, el de una senda autoritaria. A nadie se le oculta ya que las próximas elecciones no van de alternancia, sino de modelo de sociedad. La hipótesis de la revolución implica que también está a la orden del día la amenaza de una contrarrevolución. En cualquier caso, será imposible mantener las conquistas del Estado del Bienestar y un régimen de libertades sin establecer un nuevo contrato social sobre la base de un cambio sustantivo en las relaciones entre las clases sociales. Hace falta una profunda reforma fiscal para obligar a tributar a las grandes fortunas y a las corporaciones multinacionales. Empresas cuyo volumen de negocio supera el PIB de naciones enteras deberían someterse a un férreo control social y democrático. A su vez, los poderes públicos tendrían que ser capaces de intervenir en los mercados, desde la vivienda a las finanzas, y liderar la transición a una economía verde. El movimiento obrero organizado necesita tener voz y voto en las decisiones estratégicas de los grandes consejos de administración. Europa se halla ante el desafío existencial de osar un salto adelante federal, dotándose de un presupuesto consecuente, conjugando sus economías nacionales, alcanzando una autonomía defensiva…
Frente a la actual deriva del capitalismo, el programa del socialismo democrático es, de facto, un proyecto revolucionario. Sólo la historia dirá a través de qué luchas sociales, a través de qué contiendas electorales o enfrentamientos estará llamado a abrirse paso. La experiencia nos enseña, sin embargo, que los más denodados esfuerzos de las clases trabajadoras pueden malograrse si no cuentan con una organización capaz de formular políticamente sus anhelos, articular su movimiento y conquistar el poder político. Hoy, la irrupción de una nueva generación, repleta de liderazgos femeninos, es la avanzada de una crisis social que puede desatar, aquí o allá, auténticas crisis nacionales. Las convocatorias de huelga general se suceden: en España, en Francia, en Italia… Es el inicio de un nuevo ciclo. A lo largo de la etapa que comienza, “los de abajo” acudirán a la cita. La verdadera cuestión reside en la capacidad de la izquierda para sobreponerse definitivamente a los años de social-liberalismo que tanto la debilitaron y asumir su responsabilidad. Los institutos en lucha de Francia han enarbolado la enseña de 1789. ¡Atención! Más que una exaltada referencia histórica, los estudiantes estén expresando quizás una intuición. Hoy, sire, aún parece una revuelta. Mañana…
Lluís Rabell
26/10/2026
(De momento, al concluir estas líneas, como haciendo eco a la victoria de Lula frente al ultraderechista Bolsonaro en Brasil, llega la noticia del triunfo de la lista estudiantil que desaloja del poder, en Belgrado, al líder autoritario y prorruso Aleksandar Vucic).
Una tradición de la cultura contestataria
La creíamos relegada a las salas de espectáculos y a los museos, y he aquí que vuelve: la Revolución francesa de 1789. Desde hace un mes, aparece en las pancartas y consignas del movimiento de los bachilleres. Esas referencias pueden antojarse anecdóticas. Incluso chocantes, cuando incorporan la guillotina a la agenda del Siglo XXI. Pero, ¿qué significan exactamente?
Evocar revoluciones pasadas es una tradición de la cultura contestataria. Cuando los alumnos de los institutos dicen que “2026 is the new 1789”, están utilizando el potencial de las analogías. Del mismo modo que los vencedores de la Bastilla, que multiplicaban las referencias a las revoluciones de los intranquilos Ilustrados, los jóvenes de hoy buscan en la memoria de anteriores revueltas el repertorio de su futura historia. Un repertorio que, a contrapelo de la historia ejemplar exhibida en las celebraciones del bicentenario (1989), es declinado en clave de humor por los herederos de los Juegos Olímpicos de París de 2024: “Si nos jodes, te hacemos un Luis XVI”, podía leerse, el pasado jueves 8 de octubre, en la Plaza de la Bastilla.
En los institutos de 2026, como anteriormente en las rotondas de los “chalecos amarillos” en 2028, o en las plazas donde irrumpieron las revoluciones árabes de 2010, el aura de 1789 nos recuerda que la Revolución francesa, a pesar de su lejanía en el tiempo, sigue siendo un acontecimiento singular de la historia mundial. Por supuesto, remitirse a 1789 es anacrónico. La evocación de esta fecha pretende inspirar confianza, revestir de fuerza y legitimidad a quienes se reclaman de ella a ojos de una sociedad que, si bien sacraliza la Revolución francesa como un monumento a la convivencia, decreta un toque de queda cuando se trata de concretizar la herencia de aquel acontecimiento.
Es cierto que la Revolución resulta menos inquietante cuando la contemplamos a través de una vitrina o una pantalla, o cuando la aplaudimos confortablemente sentados en las butacas del teatro público. Acabar con su utilización patrimonial significa volver a cargarla de sentido. “Abran sus libros por la página 1789”: la invitación a revisitar los manuales escolares, herederos de una visión consensual de 1789, para reemprender la Revolución, brilla por su malicia.
Trofeos de guerra
“Los palacios escriben las leyes, escribamos la historia”, “Nosotros barreremos el viejo mundo”. Las consignas de 2026 atraviesan las brechas en el muro del tiempo, contestando la fatalidad de un futuro reservado a los ganadores de las plataformas de selección para el acceso a las titulaciones superiores. (Parcoursup y Mon master). En 1788, el pastor protestante Rabaut Saint–Etienne escribía: “Nos apoyamos en la historia. Pero nuestra historia no nos dicta nuestro código”, afirmando así la legitimidad del pueblo soberano para hacerla.
Es ese derecho a actuar contra las leyes injustas el que afirman las cronologías alternativas, asociando 1789, 1830, 1848, 1871 o mayo del 68. E incluso el imaginario pirata (de manga) One Piece. Esas referencias recuerdan, cogiendo a contrapié las narrativas nacionales, que las revoluciones no son accidentes ni anomalías destructoras de la civilización, sino acontecimientos recurrentes del devenir humano. En las calles, los bachilleres exhiben por otra parte auténticos trofeos de guerra: desde mediados del siglo XIX, La Marsellesa y la bandera tricolor habían sido capturadas por las derechas nacionalistas. Ahora bien, ¿estamos a las puertas de un nuevo 1789? Aunque los indicadores políticos, económicos y sociales sean inquietantes, no son en nada comparables a los de 1788. Pero la historia nos enseña que la probabilidad revolucionaria no depende de estadísticas objetivas ni de datos comparables. El contexto y las sensibilidades cuentan.
El recuerdo de 1789 juega un papel en el actual sentimiento de desconfianza y desapego, cuya agravación miden sociólogos y politólogos: compilados durante el gran debate nacional y la crisis de los “chalecos amarillos”, los “cuadernos de agravios” de 2018 quedaron sin la menor respuesta política. La joven historia de la democracia muestra que las traiciones a la soberanía popular se pagan a un alto precio. En otoño de 1789, las expectativas frustradas de los primeros perdedores de la era ciudadana pusieron en movimiento, a derecha y a izquierda, temibles fuerzas colectivas contra el nuevo poder revolucionario.
Cuando hoy vemos a los estudiantes definirse como “un pueblo revolucionario, siguiendo la estela de 1789” o cuando afirman que “los privilegios no se limitan al interior del cinturón periférico de la capital”, nos recuerdan que, desde la Revolución, vivimos en un país cuyo contrato colectivo se basa en el rechazo de las desigualdades. Si existe una cultura radical en Francia, proviene en parte de esta historia, inscrita para la posteridad en el frontispicio de todos los edificios públicos: la igualdad ante la ley. Por eso, reivindicaciones en apariencia tan inofensivas y consensuales como la igualdad de acceso a los servicios públicos, el derecho a una mejor representación, a una mejor redistribución de los recursos o a la educación, se vuelven realmente explosivas si no encuentran mas respuesta que el desprecio, la represión policial y la ciega criminalización del pueblo sublevado.
Quienes, estos días, denuncian a las “hordas salvajes” del pasado sábado 17 de octubre como la expresión de una brutalidad inédita y sin causa en el seno de nuestras sociedades, ¿saben que, al día siguiente de la toma de la Bastilla, decenas de comerciantes presentaron sendas denuncias tras haber sido sus tiendas objeto de pillaje por parte de los mismos que habían participado en aquel gran acontecimiento, o que habían aprovechado la ocasión para dar de comer a sus hijos y que fueron inmediatamente tildados de “bandidos”? ¿Acaso no recuerdan que, como respuesta a una represión que dejó millares de muertos en las calles, los insurgentes de 1789 cortaban cabezas, imitando los gestos de la justicia real? Esos que, a falta de querer identificar las causas de la violencia, prefieren hablar de la influencia subterránea de la “ultraizquierda”, ¿se acuerdan de que, desde 1788, Luis XVI acusaba a los “radicales” del Palais-Royal de adoctrinar e incluso remunerar a los insurgentes?
Entre 1789 y 2026, y de lejos, las diferencias pesan más que cualquier semblanza. Sin embargo, como haciendo eco a aquel “nada” que Luis XVI anotó en su carnet de caza con fecha 14 de julio de 1789, Macron se mostraba, la víspera del 17 de octubre, en el concierto de Céline Dion. Una simple comparación. Pero la imagen nos habla de las brechas que se agrandan y desgarran nuestros vínculos colectivos. Aquellos que no asumen ninguna responsabilidad política; quienes, desde su gestión de los poderes públicos, propician el estallido de la violencia, están abriendo paso – como lo deploraba Saint Just en sus Fragmentos sobre las instituciones republicanas (1793-1794) -, si no a guerras civiles y a revoluciones, cuando menos a graves crisis políticas. Todo ello al precio de quebrantar la paz civil, como lo lamentaban incluso los revolucionarios más radicales. Uno de ellos, François Noël Babeuf, escribía, el 23 de julio de 1789: “Los señores, en lugar de educarnos, hicieron de nosotros unos bárbaros, porque ellos mismos lo son.”
Guillaume Mazeau (Catedrático en la Universidad París I – Panteón – Sorbona).
Le Monde, 23/10/2026