El Becerro de Oro

               La Inteligencia Artificial se ha convertido en el Becerro de Oro del tecno-capitalismo. Como la figura descrita en el Éxodo, esta representación de la divinidad ha sido construida con las aportaciones de la sociedad. Los israelitas que vagaban por el desierto del Sinaí fundieron sus joyas para que pudiera forjarse el becerro. Nosotros hemos aportado un torrente de datos y conocimientos a las grandes corporaciones de Silicon Valley. Y, al igual que el pueblo errante, desconcertados por unos cambios que no sabemos a donde nos llevan, somos conminados a postrarnos de hinojos e idolatrar a esa falsa deidad, rindiendo ante ella nuestro destino.

               Pero es muy posible que no tengamos que esperar a la llegada de un Moisés enfurecido para que sea revelada la impostura. Los propios mercados financieros están dando ya señales de alarma ante la desenfrenada carrera por el desarrollo y la primacía de la IA. Wall Street, ámbito poco sospechoso de socialismo, ha manifestado de manera contundente su desconfianza por cuanto se refiere a la rentabilidad de las astronómicas inversiones que están promoviendo los gurús del mundo digital. Elon Musk, a pesar de haber doblado en el segundo trimestre del actual ejercicio el volumen de negocio de SpaceX respecto a los primeros meses del año, no obtuvo ganancia alguna. Cuando anunció que acababa de doblar a su vez las inversiones en IA, llegando a los 16.000 millones de dólares, y que tenía previsto seguir a ese ritmo en los próximos trimestres, la Bolsa de Nueva York reaccionó fulminantemente, provocando el descenso de un 12% del valor de sus acciones. Desde el pasado 12 de junio, la cotización de SpaceX ha caído a la mitad. Por su parte, el patrón de MetaMark Zuckerberg, tras dar a conocer a finales de julio su intención de doblar su apuesta por la IA con una inversión de 145.000 millones de dólares, vio como sus acciones perdían inmediatamente un 7% de su valor. AmazonGoogleMicrosoft… han sufrido castigos similares en el mercado financiero.

Es un comportamiento bursátil perfectamente comprensible. Las cifras que manejan esas gigantescas corporaciones producen vértigo. En su conjunto, a lo largo de 2025, se gastaron nada menos que 450.000 millones de dólares en semiconductores, desarrollo de la IA propiamente dicha y en energía para alimentar las instalaciones necesarias. Sus previsiones elevan esos gastos a 900.000 millones de dólares en 2026… y a un billón cuatrocientos mil millones de dólares en 2027. Sin embargo, esas magnitudes no abren la puerta a los beneficios esperados. Y parece dudoso que logren hacerlo algún día. “Esas inversiones sólo son rentables si la gente empieza a utilizar masivamente la IA – dice Gilles Moëc, jefe economista del grupo Axa -. Pero nada asegura que vaya a ser así.” (“Le Monde”, 7/08/2026) Según un reciente estudio de la universidad de Austin (Texas), un 33% de asalariados utilizan IA en su trabajo; hace un año, eran el 46%. En ese mismo período, el precio de los chips de memoria se ha sextuplicado.

El difícil acceso a materias primas vitales, que las actuales tensiones geopolíticas agravan, complica sin duda el panorama. Pero, en un plano estrictamente financiero, surgen otros motivos de inquietud para los inversores. “Hasta el año pasado – señala Moëc -, los grupos americanos financiaban sus inversiones masivas merced a sus beneficios. Ahora, recurren al endeudamiento.” Una deuda que, colectivamente, se eleva este año a los 400.000 millones de dólares. No es difícil imaginar el impacto que tiene sobre semejante débito la incierta evolución de los tipos de interés. Temerosa de un repunte inflacionista – al que contribuyen las propias tecnológicas en la actual coyuntura -, la Reserva Federal se resiste a bajar el precio del dinero, pese a las reiteradas exigencias de Trump. ¿Estamos, pues, ante una burbuja? Hay quien lo afirma sin ambages.

“Las empresas están sobrevaloradas sin generar beneficios – dice la investigadora Meredith Whittaker, que trabajó durante trece años en Google -, ni siquiera alcanzan el umbral de rentabilidad. Los gastos de inversión son fantasiosos y las promesas cada vez más difíciles de creer. Este globo se llena de aire y no deja de inflarse. Pero aún no se ve cómo podría ser el retorno de la inversión. En cambio, se ven bastante bien los esquemas de deuda circulares a los que esto puede dar lugar. Tomemos la inversión de Nvidia en OpenAI: la cotización de las acciones de OpenAI sube, pero la valoración de Nvidia también depende de la de OpenAI; por lo tanto, esto también estimula sus acciones y recuperan su dinero. Por otra parte, estas inversiones en las startups de IA no se realizaron en forma de capital, sino de acceso a las infraestructuras de los grandes servidores de tal modo que los modelos sirvieran para mejorarlas, lo que a su vez hace que suba el precio de las acciones de las empresas que poseen esos servidores. Es un bucle recursivo, pero que alimenta pura y simplemente una burbuja.”

El fenómeno de la sobrevaloración y de las sobreinversiones cuando irrumpe una nueva tecnología, generando un momento de euforia bursátil, no es nuevo. Pero, desde luego, nunca había alcanzado tan amenazadoras proporciones. Lo que lleva a Whittaker a preguntarse, angustiada, “si la burbuja estalla, ¿la volverá a inflar el Estado federal rescatando las arcas de estas empresas colosales?”. Si eso ocurriese, las consecuencias no se limitarían a un brusco reajuste de valores en la bolsa americana. Un estudio del Banco Central Europeo estima que “las familias de la zona euro tienen invertidos, frecuentemente sin saberlo, más de 440.000 millones de euros en la incierta batalla empresarial en torno a esta tecnología, pero la cifra para el conjunto de inversores – compañías de seguros, fondos de pensiones, bancos… – sería mucho mayor”. Alrededor de un billón de euros. (“La Vanguardia”, 18/08/2026). El PIB de España, por establecer una magnitud de referencia, asciende aproximadamente a 1’5 billones.

En cualquier caso, es muy dudoso que los magnates tecnológicos – y las grandes entidades financieras – estén dispuestos a pagar los platos rotos en caso de accidente. Aaron, el hermano de Moisés, que organizó la recolecta de oro e hizo posible la construcción del becerro, poniéndose a tiempo del lado del Dios verdadero, se libró del terrible castigo que se abatió sobre los israelitas idólatras y fue consagrado como Sumo Sacerdote. Y es que la IA se ha convertido en una herramienta fundamental de control estratégico a nivel mundial. En su enfrentamiento geopolítico con China, el imperio americano hará lo que haga falta, en el plano interno como en el externo, para no ceder su hegemonía. El 70% del mercado mundial de infraestructuras está controlado por tres empresas estadounidenses. Too big to fail. Las corporaciones tecnológicas ya están profundamente imbricadas en el complejo militar-industrial americano, en la carrera armamentística, en la propia gestión de la guerra y en la vigilancia masiva de la población. Esas empresas bombean la sangre de un imperio que se siente amenazado y herido… y deviene por ello más agresivo que nunca en la disputa de territorios y materias primas. Del mismo modo que su gobierno, ferozmente neoliberal, se convierte en el más estatalista e intervencionista de la reciente historia americana. Ante el asombro de los capitalistas libertarios, Trump está procediendo a la compra de participaciones en empresas de sectores considerados estratégicos – como los semiconductores, la minería, la computación cuántica o la energía – por un valor de 27.000 millones de dólares. (“La Vanguardia”, 17/08/2026).

La competición con China se ha vuelto existencial. La confrontación de los dos imperios, uno emergente y otro declinante, marcará la historia del siglo XXI. En tales condiciones, la economía, más allá de la naturaleza social de los regímenes, se “estataliza” y se “militariza”. Los modelos alternativos de IA desarrollados por el gigante asiático se revelan cada vez más avanzados y suponen costes mucho menores que los de sus competidores. Allí también se trata de una clara apuesta del poder político. “El 27 de julio, Pequín hacía saber que estaba ya en condiciones de grabar microchips con la tecnología litográfica más avanzada del mundo (la litografía DUV), gracias a una empresa estatal. (…) Los fabricantes chinos CXMT y SMIC accederían así a las mejores herramientas para recuperar el retraso en el dominio de los semiconductores, dominado por taiwaneses, japoneses, surcoreanos y americanos.” (“Le Monde”, id).

Los ideólogos del régimen chino formulan abiertamente los términos del enfrentamiento con Estados Unidos, sitúan el papel de la carrera tecnológica en esa batalla y creen disponer de ventajosas cartas para acabar venciendo. Para el profesor de Derecho Jiang Shigong“la historia del mundo es a la vez una historia de imperios que compiten por la hegemonía y una historia de la evolución de las formas de imperio. En la actualidad, el mundo se encuentra en un momento histórico crucial en el desarrollo y la evolución del ‘imperio mundial’. (…) La era de las soberanías nacionales ha concluido. Siempre ha habido imperios, y ahora le toca el turno a China.” (“El imperio y el orden mundial”. El Grand Continent). Por su parte, el economista Lu Feng, director del Instituto de Empresas y Gobierno, ferviente partidario de intensificar un desarrollo industrial chino – que considera inacabado y en el que identifica una de las principales fortalezas estratégicas frente a Estados Unidos -, dice: “El poder económico o industrial de China viene determinado por el conjunto del sistema de producción y no sólo por un puñado de industrias de alta tecnología o de ‘sectores estratégicos emergentes’, cuyo desarrollo aún requiere inversiones masivas y el respaldo del sistema industrial.(…) Aunque el capitalismo financiero ha ayudado a Estados Unidos a mantener su hegemonía y ha permitido a los capitalistas amasar más riqueza, finalmente ha socavado los cimientos de esa hegemonía y ha fracturado la sociedad. (…) En quinientos años de historia, una potencia industrial nunca ha perdido cuando se ha enfrentado al desafío de una potencia financiera, con independencia de si ésta era o no la fuerza dominante en el mundo en ese momento.” (“Maximalismo industrial: la doctrina económica del siglo chino”. Id).

He aquí los contornos de la batalla en ciernes. ¿Cómo se situará Europa en esa confrontación? Ni las conquistas del Estado del Bienestar, ni la propia democracia liberal, señales de la identidad europea, podrán resistir ese embate sin un decidido salto hacia adelante en la integración económica, social y política continental. Hoy, ese proceso está amenazado por las presiones externas de las potencias enfrentadas y por la tentación del “sálvese quien pueda”. Pero el camino del repliegue nacional que propugnan la derecha y la extrema derecha es, ineluctablemente, el de la decadencia, el vasallaje y el autoritarismo. La izquierda europea está tardando en comparecer en torno a una alternativa unificada, social y democrática, frente a los nuevos imperialismos. Y aunque por el camino haya que componer con ellos, tengamos presente aquel proverbio ruso que Trotsky gustaba citar: “Si vas a cenar a casa del diablo, conviene llevar una cuchara con el mango bien largo”.

Lluís Rabell

18/08/2026

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