El alma corrompida de las naciones

               No hace demasiado tiempo hubiese parecido un chiste de mal gusto. Hoy, la noticia da fe de una realidad. Una realidad lo bastante normalizada como para que su carácter brutal no suscite ninguna oleada de indignación. El ministro de extrema derecha Itamar Ben-Gvir, promotor de la introducción de la pena de muerte – para los palestinos – en el ordenamiento jurídico israelí, ha visto temporalmente contrariado otro de sus proyectos. Se trata de un foso de unos 170 m de largo en torno a las dependencias de la prisión de Ketziot, en el sur del país, donde están encerrados milicianos de Hamás y otros presos políticos. El foso debería llenarse con cocodrilos del Nilo. Pues bien, el Tribunal de Distrito de Jerusalén acaba de dictar una medida cautelar que deja en suspenso esa iniciativa… en previsión de los daños que pudiesen sufrir esos animales, mientras se dirime si el cocodrilo debe ser considerado una “especie protegida” o bien un “animal salvaje bajo cuidado” – en cuyo caso, algunos ejemplares podrían ser trasladados al foso del penal. No hay noticia de que los reos palestinos sean acreedores de tanta solicitud por cuanto se refiere a su bienestar como la que reciben aquellos voraces reptiles.

               El hecho, lejos de ser anecdótico, resulta revelador del momento histórico que vivimos a nivel mundial. Asistimos a un giro muy significativo de la narrativa del poder. Por supuesto, el recurso a la tortura, al crimen, a la brutal eliminación de los adversarios, no constituyen una novedad. Muchos gobiernos, empezando por los del imperio americano, se han manchado las manos de sangre al tiempo que pregonaban las bondades de la democracia y se presentaban como paladines de los derechos humanos. Hubo un tiempo en que las guerras requerían una justificación, por peregrina que fuese. Hoy, basta con invocar la ambición de conquista, la voluntad de pillaje. “Mato porque puedo, y no conozco más límites que los de mi propia fuerza”. Aquellos ejercicios de cinismo y de hipocresía demostraban, cuando menos, la existencia de unas reglas, de unas normas internacionales, de una moral comúnmente aceptada, que hacían necesario tergiversar, negar, ocultar los hechos más comprometedores. En lo que podríamos llamar la época posliberal, con Trump a la cabeza, ya no se trata de esconder la violencia, sino de exhibirla de forma impúdica y desinhibida. El crimen no se niega, se proclama como una demostración de poderío que la sociedad es invitada a celebrar. Hemos rebasado el estadio de la mera deshumanización del adversario, paso previo al estallido de la furia. Llegamos al momento en que la crueldad se ofrece al pueblo como un espectáculo, de tal modo que su exposición genere una morbosa adicción, una insensibilización ante el dolor ajeno… y un halo de complicidad con el poder. La deriva hacia el autoritarismo y las disputas imperiales requieren corromper el alma de las naciones.

               Phil Klay, novelista y exoficial de los marines, se interesa por este fenómeno en una entrevista que recoge la revista de estudios geoestratégicos “El Grand Continent”, dirigida por el politólogo Giuliano da Empoli“Desde la llegada al poder de Donald Trump – dice Klay -, se perfila una clara tendencia: cuanto más se intensifican las guerras, más las ‘ludifica’ la administración mediante imágenes impactantes dirigidas al gran público. (…) Los responsables publican sistemáticamente vídeos crueles y brutales. Cada día, a través de las redes sociales, asistimos a la explosión de barcos, al encarcelamiento de migrantes esposados y llorando a manos de agentes enmascarados, o incluso a la puesta en escena del encarcelamiento en las prisiones salvadoreñas.” Ese despliegue de inhumanidad no es gratuito, no es pura arrogancia de matón. Se busca un efecto en la ciudadanía, sometida a un incesante bombardeo de imágenes. Para tratar de explicarlo, Phil Klay recurre a un pasaje de las Confesiones de San Agustín. (Decididamente, la entronización de León XIV, de formación agustiniana, parece haber devuelto a la actualidad las meditaciones del venerable padre de la Iglesia). En el siglo IV, un joven llamado Alipio, persona íntegra y piadosa, llega a Roma para estudiar Derecho. El muchacho sabe que los habitantes de la ciudad disfrutan con los combates de gladiadores que se celebran en el Coliseo, cosa que le horroriza. “Todo el lugar bulle de un placer monstruoso que se deriva de la crueldad”, escribe Agustín. Finalmente, el joven se deja arrastrar por sus amigos hasta el Coliseo. Y, aunque trata de mantener los ojos cerrados, acaba por abrirlos cuando la multitud ruge ante el mortal desenlace de un enfrentamiento en la arena. “Lo que ocurre entonces es decisivo: Alipio ha sido ‘herido en el alma por una herida más grave que la recibida por el gladiador en su cuerpo’. Ha visto la sangre. Ha absorbido la barbarie, la crueldad. Ahora está fascinado. ‘Se embriaga de locura’. Pronto, dice Agustín, se convertirá en un digno compañero de aquellos que lo habían llevado allí.”

Esa es la finalidad: generar una suerte de fratría bárbara entre el poder y un pueblo disgregado y embrutecido. Y no es ése un objetivo accesorio, un impacto colateral, sino un propósito de primerísima importancia. Como bien razona Klay“si todo gobierno se basa en la opinión, entonces esta configuración moral del electorado es precisamente lo que le da al presidente su libertad de acción, y a lo que tendremos que enfrentarnos mucho después de su marcha.” Y la acción presidencial parece desatada, desde el Caribe a Oriente Medio, pasando por el hostigamiento a los inmigrantes. Nada es fruto del azar. La banda de desalmados que se ha hecho con el gobierno de Estados Unidos expresa de manera inequívoca las urgencias de un imperio herido, cuestionado en su hegemonía mundial, y las pulsiones nihilistas de un capitalismo históricamente agotado. Las ocurrencias macabras de Ben-Gvir, el desvarío final de un proyecto que se ahoga en sus propias contradicciones. El capitalismo impide un retorno al reciente pasado neoliberal: de las propias entrañas de la globalización han surgido las fuerzas, empezando por el potencial de China, que han socavado definitivamente las bases de los anteriores equilibrios. Pero el capitalismo es también incapaz de ofrecer a la humanidad otra cosa que un futuro distópico. La era de depredación, de lucha denodada por la tierra – aún a costa de los mayores desastres medioambientales – y de guerras a la que nos aboca el sistema no admite el arbitrio de una Corte Penal Internacional, ni la invocación de imperativo moral alguno. “Para una nación dedicada a la dominación brutal, se necesita una población que se deleite con las demostraciones de crueldad.”

               En efecto. “La pregunta que parece importar no es ‘¿es legal?’, ‘¿es un crimen de guerra?’, ‘¿es un asesinato?’, ni siquiera ‘¿es bueno para Estados Unidos?’, sino más bien: ‘¿no es deliciosa esta violencia?’(…) Estamos en el Coliseo, un Coliseo digital, que nos permite asistir al espectáculo sin salir de nuestro salón, escuchar los gritos de la multitud y sufrir la misma herida mortal que Alipio hace más de mil seiscientos años.”

Aterrado ante semejante escenario, Phil Klay se pregunta “¿cómo proteger nuestras almas de esta locura, dado que todos nos empaparemos de ella?”. La respuesta está en la lucha de clases. Sólo la lucha emancipadora de los oprimidos engendrará una nueva moral frente a la barbarie. Sólo el esfuerzo por rebasar un sistema que transforma las inmensas capacidades productivas acumuladas y la tecnología más avanzada en otras tantas amenazas para la civilización y la vida puede proyectar un horizonte esperanzador. En su imparable declive, el capitalismo convoca a los viejos demonios de la humanidad, apela al lado más oscuro y bestial de nuestra condición. La lucha por el socialismo, por el contrario, requiere solidaridad, cooperación, voluntad de justicia, pasión por el saber, anhelo de progreso compartido… A pesar del momento sombrío que atravesamos, ese potencial sigue latente en el corazón de los pueblos. A lo largo de los siglos, esos anhelos han eclosionado con fuerza en los raros “momentos de inspiración de la Historia” que han sido las revoluciones. Ese potencial espera a ser articulado y expresado de manera consciente en el combate político. Tal es el desafío de nuestro tiempo. Sólo así preservaremos de la corrupción el alma de las naciones.

               Lluís Rabell

               14/08/2026

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