
Era una saludable tradición socialista discrepar y polemizar desde el respeto. El pensamiento se forma en la discusión y la controversia amplía el ángulo de visión de las cosas. En ese sentido, vale la pena debatir la opinión del ensayista Yonatan Touval acerca del impasse en que se encuentra el Estado de Israel. Todo indica se encamina hacia una encrucijada existencial de incierto desenlace. Israel ha prevalecido merced a su papel en la geopolítica de Oriente Medio. Pero la sacudida del orden mundial que supone el agotamiento de la globalización neoliberal coloca al Estado hebreo a contrapié del nuevo reparto de cartas que se vislumbra en la región. Israel ha empezado muchas guerras… y no sabe acabar ninguna de ellas. Tiene razón Touval en señalar que, durante muchos años, ha hecho de esa permanente inconclusión de los conflictos una forma de existir. Ahora, eso puede convertirse en una fuente de problemas para quien ha sido el principal valedor de la entidad sionista. Netanyahu acaba de rechazar el plan de desarme de Gaza, propuesto por Trump y aceptado por Hamás. Estados Unidos necesita salir airosamente del lío en que se ha metido al atacar a Irán. Y trata de reordenar alianzas y puntos de apoyo en la región.
La sociedad israelí, crispada sobre sí misma y cautiva del duelo por el 7 de octubre, respalda mayoritariamente la actitud intransigente de su gobierno. Una rigidez excesiva, demasiados frentes abiertos. Cuando el imperio americano intenta recomponer su estrategia. Israel se está convirtiendo en una piedra en el zapato. Algunos analistas han vaticinado ya el “abandono” de Israel por parte de Washington. El pronóstico se antoja azaroso y, en cualquier caso, prematuro. No faltan, sin embargo, los candidatos a sustituir a Israel como los nuevos guardianes del orden en la región. El acuerdo de la Meca, suscrito el 7 de agosto por Turquía – miembro de la OTAN -, Paquistán – potencia nuclear – y Arabia Saudí, envía un claro mensaje político al mundo. Tres aliados formales de Washington certifican el declive del poderío americano. A su vez, “Israel, que esperaba remodelar Oriente Medio merced a su superioridad militar en función de sus únicos intereses, ve esa ambición contrariada por ese acuerdo. (…) Los tres países firmantes consideran la tentación hegemónica israelí como una fuente de inestabilidad.” (“Le Monde”, editorial 11/08/2026)
Es inútil especular acerca del curso de los acontecimientos. La situación se caracteriza por su volatilidad, la coyuntura puede variar rápidamente. Pero las tendencias de fondo están ahí. E importa poner de relieve que esa misma volatilidad actúa como un factor de dislocación del Estado de Israel, exacerbando sus contradicciones congénitas. Cuanto más cercano vislumbra la derecha extrema y religiosa el sueño de “Eretz Israel”, descargando su furia contra la población palestina de Gaza y Cisjordania, menos encaja ese delirio en una nueva reconfiguración regional. La historia del sionismo es la historia de sus promesas incumplidas. Y cuando más vehementemente necesita Israel afirmar su naturaleza de “Estado judío”, mayor es su alejamiento de la historia y las tradiciones del judaísmo. La cesura emocional con la diáspora, conminada a responder por la política de un Estado en la que difícilmente puede reconocerse, no para de crecer. Para legitimarse, Israel necesita invocar constantemente un pasado que, en los hechos, niega y envilece. Israel proclama y rechaza al mismo tiempo el judaísmo. Esa contradicción interna, que ha arrastrado a lo largo de su existencia desde 1948, llega a un punto crítico en el actual contexto mundial.
Dice también Touval que Israel nació para que los judíos entrasen en la historia. En realidad, esa era la pretensión – y la falacia – del sionismo: hacer del pueblo judío una nación entre las naciones. Pero esa pretensión suponía la subversión del judaísmo… que nunca había dejado de ser, a lo largo de los siglos, un sujeto histórico. Un sujeto ciertamente singular, un “pueblo-clase”, cuya función en la sociedad – y no la fuerza mística de la religión – aseguró su continuidad en el tiempo; pero un sujeto histórico pleno. Abraham León, revolucionario marxista y resistente belga muerto en Auschwitz, escribía a finales de 1942: “El judaísmo era un factor indispensable a la sociedad precapitalista. Constituía un organismo esencial de la misma. Eso es lo que explica su existencia bimilenaria en la Diáspora. El judío era un personaje tan característico de la sociedad feudal como lo eran el señor y el siervo. No por casualidad un elemento extraño desempeñó el papel de “capital” en la sociedad feudal. La sociedad feudal propiamente dicha no podía configurar un elemento capitalista; en cuanto pudo hacerlo, empezó justamente a dejar de ser feudal. Tampoco es casual que el judío fuese un extraño en medio de la sociedad feudal. El “capital” de la sociedad precapitalista vive al margen de su sistema económico. A partir del momento en que el capital empieza a salir de las entrañas de ese sistema social y sustituye al órgano que había sido tomado prestado, el judío se va desvaneciendo al tiempo que la sociedad feudal deja de ser feudal.” (“La concepción materialista de la cuestión judía”)
En realidad, la cuestión judía es un problema planteado por el capitalismo. Con la revolución francesa, parecía expedita la vía de la emancipación judía. El acceso de los judíos a la ciudadanía apuntaba a una progresiva asimilación. Sin embargo, la historia siguió un curso mucho más trágico y sinuoso. Antes de que ese proceso de integración social fuese una plena realidad, el capitalismo, que se había consolidado y cimentado en las modernas naciones, empezó a dar señales de descomposición en cuanto a su capacidad de impulsar un nuevo progreso civilizatorio. El caso Dreyfuss, en la Francia de finales del siglo XIX, anunciaba una época tormentosa con el virulento resurgir del antisemitismo en Europa. “Nunca como ahora fue tan trágica la situación de los judíos – explicaba Abraham León cuando el nazismo había puesto en marcha, con todo el potencial de los métodos industriales aplicados al exterminio, su “solución final” -. En las peores épocas de la Edad Media, regiones enteras se abrían para acogerlos. Actualmente, el capitalismo, que domina el universo entero, ha hecho de la Tierra un espacio inhabitable para ellos. Nunca el espejismo de una tierra prometida había atormentado tanto a las masas judías. Pero nunca como en nuestra época una tierra prometida estuvo tan lejos de poder resolver la cuestión judía.”
La cuestión judía es eminentemente una cuestión social. Una cuestión que el capitalismo no sólo no ha resuelto, sino que ha llevado a su paroxismo bajo la forma más brutal de su dominación – el fascismo – y que ha utilizado para sus planes de hegemonía imperialista. El marxismo nunca rechazó por principio que la emancipación judía, en lugar de resolverse mediante una integración, tuviese durante un cierto período una materialización territorial. Pero, que esa concreción se hiciese a costa de otro pueblo y al amparo de una u otra potencia condenaba la experiencia de antemano al fracaso. El proyecto sionista en Palestina fue ampliamente rechazado por la diáspora y por el movimiento obrero judío de Europa del Este. Ese proyecto no cobró fuerza hasta después de la Segunda Guerra Mundial, bajo el impacto de la Shoah. Tras la contienda, y a pesar de esa inconmensurable tragedia, un tenaz sentimiento antijudío persistía en el viejo continente y en América. En realidad, el sionismo y el antisemitismo comparten un mismo desprecio hacia la diáspora judía, su semblante universal y su rico legado. El judaísmo milenario es irreconocible en el “Estado judío” de Israel. La consolidación de ese ente es directamente proporcional al borrado de la historia que, supuestamente, culmina. La propia lengua de Israel pone de manifiesto el artificio. No ha habido lugar para el florecimiento del yiddish, el ladino o el judeo-árabe, las lenguas en las que, durante siglos, los judíos hablaron y crearon. Incluso la evocación, pretendidamente legitimadora, de los ancestros que vivieron en ese disputado territorio constituye una mistificación. Cuando Tito destruyó el Segundo Templo de Jerusalén (año 70 de nuestra era), los judíos ya estaban diseminados por todo el imperio romano, donde su religión hacía proselitismo entre los gentiles. Y, por cierto, en lo que por aquel entonces se conocía como Judea y Samaria apenas se hablaba la lengua hebrea, sino comúnmente el arameo y el griego.
El fervoroso apoyo de la derecha y la ultraderecha a Israel y a su belicismo no es sino el reflejo invertido de un antisemitismo que sigue latente en nuestras sociedades. En la URSS de Stalin, la burocracia del Kremlin ofreció a los judíos una república autónoma en el Extremo Oriente ruso, lejos de las grandes ciudades y los centros de poder. Las élites occidentales adoran a los judíos… mientras actúen como la vanguardia de sus intereses en Palestina. Era “medianoche en el siglo” y Abraham León concluía: “El destino trágico del judaísmo refleja con particular agudeza la situación de toda la humanidad. El declive del capitalismo significa para los judíos el ‘retorno al gueto’, cuando las bases del gueto han desparecido desde hace mucho tiempo ya con los fundamentos de la sociedad feudal. Del mismo modo, para el conjunto de la humanidad, el capitalismo cierra a la vez la posibilidad de un retorno al pasado y el camino hacia el futuro.”
Israel ejemplifica y condensa ese impasse histórico cuando nos acercamos de nuevo a una encrucijada civilizatoria. La trayectoria de Israel, siguiendo un crescendo de violenta provisionalidad, llega a un punto crítico. Negando la historia con la que pretende justificarse, arrastra a la abigarrada sociedad que ha ido configurando a lo largo de décadas de guerras y ocupación hacia una espiral tan destructiva para sus vecinos como corrosiva para sí misma. Si Israel debía ser la puerta de entrada del pueblo judío en la historia, sólo cabe constatar que esa puerta desembocaba en un callejón sin salida. La sabiduría y la esperanza universalista que el judaísmo dio al mundo han sido reemplazadas por la deshumanización del Otro y el más tosco e ignorante de los fanatismos bíblicos. Sobre tales bases, preludio de un colapso, ningún Estado puede esperar sobrevivir a la tormenta que se avecina. Entre la esperanza y la tragedia, no está escrito el destino de Israel y Palestina. En ambas sociedades deberán producirse nuevos alineamientos políticos que abran la posibilidad de una salida democrática. Hoy, la mera evocación de semejante hipótesis puede parecer una ensoñación. Pero el seísmo en ciernes derribará muchas fortalezas de altas murallas, aunque de cimientos irremisiblemente socavados.
“La cuestión judía – decía León Trotsky en enero de 1937 – está indisolublemente ligada a la total emancipación de la humanidad. Todo lo que hagamos al respecto no pude ser más que un paliativo o incluso un arma de doble filo, como lo demuestra el ejemplo de Palestina.” La historia acumula lentos desarrollos, que no pueden mesurarse a la escala vital de una generación, y conoce también momentos de brusca aceleración. Desde la perspectiva del deambular milenario del pueblo judío, la existencia de Israel será narrada un día como un infausto desvío en el camino hacia la tierra prometida, finalmente alcanzada y fraternalmente compartida.
Lluís Rabell
11/08/2026
(En la fotografía que ilustra este artículo, Abraham León, a la derecha, junto a Ernest Mandel, histórico dirigente de la IV Internacional)
La suspensión del conflicto entre Israel y sus vecinos deja sin respuesta la causa que lo produjo
A finales de 1940, en un París vencido, Henri Bergson se hizo censar como judío. Tenía 81 años, estaba enfermo y seguía siendo el filósofo francés más célebre. Dado su renombre, Vichy le ofreció quedar exento de las medidas adoptadas contra los judíos. El filósofo de la duración no quiso permanecer al margen del tiempo. Murió algunas semanas más tarde. Había rehusado el único privilegio que le ofrecía la tiranía: sustraerse al destino común.
Israel fue creado para hacer de los judíos sujetos de la historia, y no sus objetos o sus excepciones. Sin embargo, su política persigue cada vez más aquella exención que Bergson rechazó en su día. Esa política prefiere dejar las cosas en suspenso a tomar decisiones: su frontera más cargada de consecuencias – la que se refiere a los territorios palestinos – sigue siendo provisional; la ocupación, temporal en palabras, se ha vuelto permanente en los hechos; incluso la capacidad nuclear de Israel mantiene una ambigüedad convertida ya en doctrina. Israel practica una política del tiempo. Compra intervalos sin decir para qué ha de servir ese tiempo.
Este verano, Gaza permanece varada entre un alto el fuego y una posguerra sin nombre; el Líbano, entre un acuerdo-marco y una retirada incierta; Irán, entre un entendimiento fragilizado por la reanudación de las hostilidades y un pacto nuclear diferido. En cada caso, la suspensión del conflicto deja sin respuesta la cuestión que lo produjo. El problema tiene menos que ver con la fuerza de Israel que con la pobreza de su finalidad política. Hamás ha sido duramente golpeado, Hezbollah debilitado, Irán directamente atacado. A pesar de ello, Hamás conserva su influencia en Gaza, Hezbollah permanece anclado en la política libanesa y el régimen de Teherán sobrevive. Israel puede obligar a pagar, pero es incapaz de decir lo que está comprando.
Memoria de la impotencia
La estrategia israelí ha encontrado, desde hace tiempo, nombres con los que designar esta ausencia de desenlace. En Gaza, “cortar el césped” se refería a una especie de guerra de mantenimiento, que era necesario reemprender periódicamente. La “campaña entre guerras” transformaba el intervalo en un campo de acción que difería la siguiente contienda al tiempo que presumía su llegada. Incluso la retirada de Gaza alimentó este lenguaje. Dov Weisglass, asesor de Ariel Sharon (1928-2014), describió ese repliegue como un “cloroformo” destinado a adormecer cualquier proceso político con los palestinos. Esas fórmulas domestican la repetición y disfrazan la ausencia de una conclusión de capacidad de dominio de la situación.
La apuesta consiste en que Israel difiera las guerras y deje para más adelante la decisión acerca de lo que quiere ser. Se puede dejar en suspenso una decisión, pero resulta imposible impedir que el tiempo devenga historia.
Esa tentación recurre a veces a un lenguaje más antiguo que el Estado: el discurso del pueblo elegido, del pueblo que queda aparte de los demás. En política, ese apartamiento puede convertirse en excepción, incluso en pretensión de sustraerse al destino común. Esa narrativa se nutre de la memoria del exilio, de la persecución, del abandono y el aniquilamiento. La memoria de la impotencia judía es muy real. El peligro llega cuando se convierte en una regla de gobierno: la prevención antes que la política, la desconfianza antes que la búsqueda de un arreglo, la supervivencia por encima de cualquier otra obligación. “Nunca más” se convierte entonces en una manera de mantener la historia en suspenso: cualquier peligro es percibido como una amenaza existencial, cualquier compromiso se antoja prematuro.
Esa tradición contiene, sin embargo, su refutación. El profeta Amos no deja lugar al equívoco: “No he conocido más que a vosotros entre todas las familias de la Tierra. Por eso os castigaré por todas vuestras iniquidades”. La elección del pueblo judío no supone en modo alguno para él una suerte de sobreseimiento, sino una exigencia más estricta. Es en relación con los palestinos donde el hecho de dejar en suspenso las cosas revela el precio que hay que pagar por ello. Israel no ha tomado una decisión definitiva acerca de su propio estatuto nacional, ni sobre los límites de su soberanía. Sus fronteras con Egipto y Jordania fueron establecidas mediante tratados de paz. Los acuerdos de Oslo (1993) remitieron el trazado de la frontera palestina a las negociaciones sobre un estatuto definitivo. Treinta años más tarde, esa frontera sigue sin dibujarse.
Pero una frontera que no ha sido trazada no equivale a un espacio vacío. Ese espacio es vivido y administrado. Aquello que debía ser provisional se ha convertido en un paisaje de puestos de control, de permisos, de colonias y de muros. Israel calificó su ocupación como temporal, al tiempo que hacía de su presencia un hecho rutinario. Y ha presentado ese control como una “exigencia de seguridad”,evitando pronunciar su verdadero nombre, mucho más desagradable: dominación. Un Estado que no sabe decir donde termina su poder es incapaz de decir qué clase de Estado es. El 7 de octubre fue el crimen de Hamás. Pero destruyó también una hipótesis israelí: aquello que permanecía sin solución era, no obstante, gestionable.
Fallecido en 1929, antes de la Shoah y del nacimiento de Israel, el filósofo y teólogo alemán Franz Rosenzweig había comprendido cuál era el precio de entrar en la historia. A su entender, los judíos vivían al margen del tiempo de las naciones: pueblo eterno, preservado por el calendario antes que por la espada. Convertirse en una nación entre las naciones suponía renunciar a esa exención.
Los instrumentos de la historia
Israel no ha realizado la visión de Rosenzweig, sino que la ha invertido. Si el calendario ha mantenido al pueblo judío al margen del tiempo de las naciones, Israel confía hoy esa misma tarea a las fronteras, los ejércitos, los muros y la disuasión. El Estado fundado para que los judíos entrasen en la historia utiliza los instrumentos de la historia para resistirse a sus exigencias.
A Bergson le ofrecieron una exención y la rechazó, no quería pasar sus últimas semanas de vida siendo una excepción. Su gesto no salvó a nadie, pero dejó clara su postura. Para todos aquellos de nosotros que vivimos en el intervalo israelí, donde lo provisional se ha convertido en un modo de vida, se impone la misma exigencia: decir claramente dónde nos situamos. Pero un Estado no puede contentarse con una declaración de principios: responde ante la historia mediante sus fronteras, sus leyes y el uso que hace de su fuerza.
Israel todavía no ha respondido. No ha dicho dónde termina su poder, a qué clase de Estado deben servir su fuerza; ni tampoco si su soberanía lo inscribe en la historia o, por el contrario, lo mantiene al margen de la misma. Esa indeterminación es anterior al 7 de octubre. El duelo que ha seguido a esa fecha hace que la suspensión sea aún más difícil de romper; no transforma esa antigua suspensión en una respuesta política. Ningún duelo, por profundo que sea, puede sustraer a un Estado de la historia.
Yonatan Touval (ensayista y analista político israelí)
“Le Monde”, 7/08/2026