El nombre de la izquierda

               Siempre es interesante leer a Slavoj Zizek. Es cierto que el filósofo esloveno, avezado a la controversia, se deja arrastrar a veces por su ardor polémico y sobredimensiona algunos rasgos de los fenómenos que analiza. No lo es menos que su gusto inmoderado por escrutar los comportamientos sociales y políticos a través de las categorías psicoanalíticas – Zizek es un devoto confeso de Lacan – puede resultar por momentos cargante. Sin embargo, las paradojas y reflexiones que nos propone resultan muy estimulantes. Y oportunas. Adentrándonos en una época convulsa e incierta, nada es tan urgente para la izquierda como resituarse, reconstruir su pensamiento, su estrategia. Y atreverse a decir su nombre.

               Ante una nueva mutación del capitalismo, marcada por la preeminencia de las grandes corporaciones de Silicon Valley, Zizek pone de relieve la radicalidad sistémica de ese cambio. “El sueño que hay detrás del esfuerzo tecnológico-científico es poner en marcha un proceso de no retorno, un proceso que se reproduzca de manera exponencial y continue por su cuenta.” Estamos, pues, ante un estadio senil del capitalismo; pasamos de la irracionalidad acumulativa y depredadora a un delirio auto referencial en el que no hay lugar para la humanidad. Esa ensoñación nihilista constituye un síntoma inequívoco de agotamiento histórico. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

               “Un ciclo económico está llegando a su fin, un ciclo que comenzó a principios de la década de 1970, la época en que nació lo que Yanis Varoufaquis denomina el ‘Minotauro global’, el monstruo que ha movido la economía mundial desde entonces hasta 2008. Al final de la década de 1960, la economía de Estados Unidos ya no era capaz de seguir reciclando sus excedentes a Europa y Asia: esos excedentes se habían convertido en déficits. En 1971, el gobierno norteamericano respondió a este declive con un audaz movimiento estratégico… impulsando los déficits. ¿Y quién los pagaría? ¡El resto del mundo! Mediante una permanente transferencia de capital que fluía a través de los océanos, Estados Unidos se convirtió en el depredador no productivo. (…) Esta entrada de dinero es como el diezmo que se pagaba a Roma o las ofrendas al Minotauro en la antigua Grecia.”

En efecto. Todos los países, incluida China, han estado invirtiendo su excedente de beneficios en Estados Unidos, comprando sus emisiones de deuda… Pero la confianza que inspira Estados Unidos, mucho más que económica, es ideológica y militar. De ahí la necesidad de actuar como un imperio. Tras el hundimiento de la URSS, la hegemonía americana parecía incontestable. Estados Unidos era el garante del comercio marítimo internacional y guerreaba contra los regímenes “canallas” que se apartaban de su órbita. Pero, “de 2008 en adelante, añade Zizekeste sistema mundial neoespartano se ha ido descomponiendo”. Las intervenciones en Oriente Medio y Afganistán supusieron un enorme desgaste y acabaron en un fiasco. La “fabrica del mundo” acabó transformándose en un adversario estratégico del imperio. De las entrañas de la globalización neoliberal surgió un amenazador desorden global. Hoy, bajo el mandato de Trump“los reordenamientos geopolíticos perceptibles pueden provocar guerras reales (al menos, locales). Las guerras comerciales son la materia prima de la que están hechas las guerras reales. Nuestra situación global se parece cada vez más a la de Europa en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. No está claro dónde estará nuestro Sarajevo…”. En aquel período – como ahora -, todas las potencias se rearmaban, las propias clases dominantes temían una conflagración y muchos la consideraban imposible. Ya sabemos lo que ocurrió.

               Ante ese sombrío panorama, Zizek reclama la comparecencia de una izquierda desacomplejada en la escena de la historia. Y ahí resulta muy pertinente su crítica del populismo de izquierdas, inconsistente alternativa al social-liberalismo. De hecho, como recuerda Zizek, Ernesto Laclau saludó en un primer momento la “tercera vía” de Tony Blair como la superación de una confrontación, a sus ojos desfasada, entre izquierda y derecha. En el fondo, y más allá de su retórica radical, el populismo de izquierdas (Podemos sería su mejor versión, según Zizek) no cuestiona fundamentalmente al capitalismo. “Todo lo que queda de la izquierda es una multiplicidad de luchas concretas: los derechos humanos, el feminismo, el antirracismo, y, sobre todo, el multiculturalismo.” Dejemos para otro momento la muy discutible versión del feminismo – en ruptura con la tradición materialista e ilustrada del combate secular por la igualdad – a la que se aferra esa izquierda desnortada. En cualquier caso, lo que caracteriza al populismo es la polarización, la búsqueda de un adversario capaz de agregar, necesariamente de modo episódico, a una multitud dispersa.

               Pero, justamente, “esa propensión a construirse el Enemigo es una limitación fatal del populismo: hoy en día, el ‘enemigo’, en última instancia no es un agente social concreto, sino, en cierto sentido, el propio sistema, el capitalismo. (…) Los populistas de izquierdas, al centrarse en enemigos concretos, parecen privilegiar la soberanía nacional, el Estado nación fuerte, como defensa contra el capital global. Casi todos ellos defienden (…) el nacionalismo, y presentan su lucha como una resistencia frente al capital financiero internacional.” No pocos izquierdistas consideraron el Brexit como la expresión de una revuelta popular contra las élites tecnocráticas de Bruselas. Movimientos radicalmente opuestos – como el RN de Marine Le Pen y La France Insoumise de Jean-Luc Mélenchon – tienen innegables puntos de contacto en su euroescepticismo y un antiamericanismo de acentos gaullistas.

               Los métodos populistas son mucho más propicios y funcionales a la extrema derecha que a la izquierda supuestamente radical. “El populismo que funciona en un estado de emergencia, por definición, no puede durar. (…) El populismo de izquierdas choca con el límite de la lucha contra el enemigo en el momento en que toma el poder.” O participa de él: Pablo Iglesias, flamante vicepresidente, poco tardó en abandonar el gobierno de coalición de izquierdas para lanzarse a una lucha épica “contra el fascismo” en Madrid. Y es que la izquierda necesita dar cuenta de la complejidad y necesita organizar a una clase trabajadora hoy ampliamente atomizada y precarizada. Por el contrario, la extrema derecha – que representa la opción más violenta de las clases dominantes – se siente cómoda en medio de esa desagregación social, del debilitamiento de sindicatos de clase y partidos, del descrédito de la intermediación y la delicuescencia de la sociedad civil, un caldo de cultivo propicio a la desmemoria y a la manipulación de las emociones.

               Evocando los incendios que han devastado millares de hectáreas en Francia y en España, Théodore Tallent, profesor en la Universidad de Ciencias Políticas de París, reflexiona acerca de la discordancia entre el impacto social de esas catástrofes y la toma de conciencia ecologista por parte de la ciudadanía. (“Le Monde”, 31/07/2026). Ante esos eventos, “la investigación en ciencias sociales raramente observa un salto hacia adelante en la conciencia, sino con frecuencia lo contrario. (…) El shock inicial se disuelve rápidamente en explicaciones fragmentadas (el viento, el retraso de los bomberos, la avería de una red eléctrica deficiente, etc.), y la memoria del acontecimiento se desvanece. (…) Aunque parezca contraintuitivo, es la extrema derecha – negacionista y opuesta a los presupuestos dedicados a la protección del medio ambiente – quien logra capturar la cólera que brota de esos episodios y darle la vuelta a conveniencia, dirigiéndola contra las élites, contra los ecologistas, contra todo… excepto las causas reales del problema.” El populismo resulta muy adecuado a la inmediatez, a la manifestación simplista y exaltada que permite asaltar el poder. La extrema derecha aspira a logarlo a fin de vaciar de contenido la democracia para salvar al sistema, comprimiendo sus contradicciones. Ya no se puede defender la democracia sin teñir esa lucha de radicalidad transformadora.

               Una izquierda que pretenda cambiar el mundo no puede remitirse a la espontaneidad. El acontecimiento llegará, sin duda. La lucha de clases jamás se detiene, pero se manifiesta de manera compleja. La tarea de la izquierda es preparar, organizar, prever, materializar la conciencia política, construir una comprensión común de los acontecimientos y un horizonte esperanzador de cambio. No basta con azuzar una indignación… que puede desbordarse por muy distintos cauces. Muy acertadamente, el sociólogo Benoit Giry nos advierte que “el mundo tal como hoy existe no puede durar. Están en curso transformaciones radicales de nuestro modo de vida y acabarán produciéndose. Pero, ¿en qué sentido irán? ¿Hacia una mayor solidaridad o hacia una competencia más feroz entre los individuos y los grupos sociales? ¿Hacia una explotación desenfrenada o una gestión razonada de los recursos ecológicos? Los desastres no zanjarán la cuestión. No hay un efecto mecánico unívoco que vaya de las catástrofes al mundo social. Las consecuencias sociales de las catástrofes dependen de los modos de producción e intercambio, de las desigualdades y la estratificación social, de los procesos electorales, de los movimientos sociales y las movilizaciones, de las organizaciones, de los instrumentos de acción pública, de las prácticas individuales y colectivas, de las categorías de comprehensión de los actores y marcos que las organizan. En resumidas cuentas: de las instituciones sociales que estructuran nuestras vidas. Esas instituciones sólo se modifican al precio de un trabajo político largo y difícil. No contemos con las virtudes providenciales de las catástrofes. No nos salvarán.” (“Le Monde”, 30/07/2026)

Tal es la complejidad que debe estar dispuesta a abrazar la izquierda. Las reflexiones de Slavoj Zizek nos invitan a ello. Del mismo modo que nos incitan a un pensamiento crítico… que tampoco está demás aplicar a algunos deslices y contradicciones del propio autor. Valga como ejemplo su insistencia en afirmar que la elección de Trump – frente a la alternativa de Hilary Clinton o Kamala Harris – ha sido lo mejor que podía haber ocurrido en Estados Unidos, porque habría favorecido una lucha interna en las filas del Partido Demócrata y el ascenso de una corriente socialista en sus filas. Aquí tampoco hay que confiar en las catástrofes. En el plano político, los éxitos de la extrema derecha acostumbran a tener unos efectos desmoralizadores de los que cuesta recuperarse. La llegada de Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York ha sido ante todo el resultado de un tenaz trabajo militante, desarrollada durante años por la corriente socialista democrática entre la población trabajadora y humilde de la ciudad, y no tanto de las vociferaciones y amenazas del inquilino de la Casa Blanca. Pero, bueno… ¡tampoco le podemos pedir a un filósofo que resuelva los problemas que debemos abordar desde nuestro esfuerzo colectivo! De hecho, la función de la filosofía no es la de brindar respuestas, sino la de plantear las preguntas apropiadas e incitarnos a pensar. A veces, de manera un tanto provocadora, como hace Zizek. Por eso vale la pena leerlo.

               Lluís Rabell

               31/07/2026

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