
“Las llamas que asolan Europa occidental son la última y dramática manifestación del desajuste climático provocado por la actividad humana”. El editorial de “Le Monde” (28/07/2026) constata en estos términos una realidad que se ha tornado insoslayable. Los incendios que han devastado millares de hectáreas en Francia y en España, obligando a la evacuación de amplias zonas habitadas, condensan todos los desafíos que el calentamiento global plantea a nuestras sociedades. “El negacionismo es el más peligroso de los combustibles”, decía el presidente Pedro Sánchez en una de sus comparecencias ante los medios de comunicación. Por desgracia – y mal que pese a algunos – no se trata de una exageración polémica frente a las posturas de la extrema derecha… ante las cuales se pliega el PP. Sobre todo, cuando ese negacionismo se traduce en recortes presupuestarios que afectan a los servicios de extinción de incendios, en escandalosas negligencias y en ausencia de cualquier plan de resiliencia. Hemos podido verlo en el caso de la Comunidad de Madrid, con un servicio de bomberos forestales bajo mínimos y sumido en la más extrema precariedad. Pero asimismo en el país vecino, con sus recursos desbordados por las llamas en la región de Burdeos: de los doce aviones Canadair de que dispone Francia… ¡resulta que siete no están operativos por falta de mantenimiento!
La magnitud, la rapidez de propagación y la singularidad de estos incendios de nueva generación, no sólo ponen de relieve la realidad del calentamiento global. Como bien dicen la filósofa Cynthia Fleury y el alcalde socialista Stéphane Delpeyrat-Vincent en la tribuna de opinión que reproducimos a continuación, “lo que arde no es solo un bosque, sino una manera de habitar el territorio”. Una manera que se ha tornado insostenible. Un paradigma que urge cambiar desde nuevos criterios y a través de una amplia participación ciudadana, sin la articulación de cuya inteligencia colectiva, unida a la visión científica de los expertos, sería imposible dar con el camino adecuado y movilizar las energías necesarias para recorrerlo.
Una segunda lección de esta oleada de incendios es que, una vez más, las “soberanías nacionales” quedan en entredicho por las dimensiones de la tragedia. “El mapa de los incendios en tiempo real es estremecedor – prosigue el rotativo parisino -. Muestra que la respuesta debe pensarse a nivel europeo: ahora mismo, también hay fuegos activos en Alemania, en Italia, en Irlanda, en Escocia e incluso en los Países Bajos. Para luchar contra este fenómeno global, el mecanismo europeo de protección civil existente podría alcanzar muy pronto sus límites. Este dispositivo de urgencia, creado en 2001 y en el que participan los 27 Estados de la UE así como terceros países, interviene en múltiples dominios. Francia y España han solicitado su activación para recibir el refuerzo de medios aéreos de extinción. Pero, ¿qué pasaría si otros países recurriesen también a ese mecanismo?”.
La cuestión no se reduce, sin embargo, a nuestras capacidades de reacción ante la catástrofe. Ni siquiera a las políticas de adaptación y regeneración de nuestro hábitat y sus entornos. La canícula y su corolario de desgracias humanas y materiales plantean la cuestión, mil veces evocada y otras tantas diferida o diluida en otras urgencias, de la transición ecológica. Hablamos de un desafío tremendamente complejo y multidimensional. Sin duda, el desafío civilizatorio de este siglo. En primer lugar, europeo. Ningún Estado está en condiciones de abordarlo con éxito por separado, ni tendría sentido alguno: ¿acaso los fenómenos extremos que sufrimos se compadecen de las fronteras?
“Europa se enfrenta ahora a un debate decisivo: cómo preservar la soberanía en un mundo complejo, dominado por Estados Unidos y China – escribe el teniente de alcalde de Barcelona, Jordi Valls, en las páginas de “El Periódico” (28/07/2026). Enrico Letta habló de ello en Euronews, y la conclusión del ex primer ministro italiano fue contundente: aferrarse tan solo a la soberanía nacional equivale, en la práctica, a regalar el poder a los grandes bloques globales”. Añadamos a esta verdad que, en el plano medioambiental, tal repliegue equivaldría, además, a seguir agravando la crisis climática, exponiendo por ende a las poblaciones, los territorios y a la propia economía a los zarpazos de unos eventos naturales desatados.
Y, sin embargo, esa es la tentación que pesa sobre la UE: la búsqueda de soluciones nacionales a las presiones y amenazas globales. La poca ambición del nuevo presupuesto comunitario resulta, en ese sentido, inquietante. A su vez, la tardanza en los procesos de integración en el ámbito financiero, energético o de defensa ponen de relieve las inercias conservadoras de unas economías nacionales que han permanecido adosadas a sus respectivos Estados. Es posible que la conmoción causada por los incendios de este verano lleve – como lo hizo en su momento la pandemia – a un esfuerzo mancomunado para fortalecer la capacidad de reacción a nivel continental. Pero, desde luego, ya no basta con eso. La transición ecológica concierne a todos los ámbitos de la producción y la vida, desde los modelos industriales y agrícolas al transporte, pasando por la generación de energía, la distribución, el consumo, la salud comunitaria o el nuevo diseño de los entornos naturales. Requieren inversiones masivas en educación, en investigación, en I+D, así como un decidido liderazgo público. El debate es inaplazable. Urge un cambio radical de mentalidad. La transición ecológica no puede seguir pensándose como una rémora, un penoso deber, a contracorriente de las exigencias de la economía y del apremio de la competitividad internacional, sino como el motor de un nuevo desarrollo. “Estados Unidos salió de la gran recesión de 1929 solo en el curso de la Segunda Guerra mundial – escribe el filósofo esloveno Slavoj Zizek (“Una izquierda que se atreva a decir su nombre”). ¿Acaso la lucha contra la amenaza de las catástrofes ecológicas no es nuestra guerra?”.
Inspiradora intuición. La industria de guerra, en circunstancias diversas, ha dopado la economía a partir de un sobreesfuerzo del gasto público. (Naturalmente, esa apuesta no es inocua. Solo en la medida en que las “mercancías” producidas son exportables, se contiene la pulsión inflacionista de ese recurso. Estados Unidos lo sabe bien. Por el contrario, la “economía de la muerte”, impulsada en la Rusia de Putin durante la guerra de Ucrania, está alcanzando ya sus límites). ¿Por qué no aplicar la lógica dinamizadora de la inversión pública y mancomunada a gran escala a una “economía de la vida”? Lejos de practicar una suerte de diálisis sobre el cuerpo de un modelo socio-económico agotado, se trata de impulsar el surgimiento de uno nuevo, acorde con la justicia social y en concordancia con el pulso de la naturaleza. ¿Una ensoñación? La alternativa de la inacción, la rutina o el repliegue nacional conduce a una infernal pesadilla de la que tenemos ya reiterados avisos. “La humanidad, decía Marx, solo se plantea aquellos problemas que puede resolver”. Acaso podríamos añadir que solo forja los sueños que un día ha de alcanzar.
Lluís Rabell
29/07/2026
Lo que arde no es solo un bosque, sino una manera de habitar el territorio
En 2003, durante un episodio canicular histórico, descubrimos que se podía morir de calor. Miles de personas mayores, aisladas, frágiles, sucumbieron en medio de la indiferencia general. La canícula ponía entonces al descubierto las carencias de nuestro sistema de cuidados y de nuestra organización social. Más o menos, hemos aprendido a proteger mejor los cuerpos: hemos diseñado planes de alerta, de vigilancia sanitaria, de prevención, y hemos adaptado nuestras instalaciones.
Pero la canícula de 2026 ya es otra cosa. No solo los individuos están amenazados, sino los propios territorios: el calor extremo se ha vuelto inseparable de los grandes incendios, de la destrucción de paisajes enteros, del hundimiento de nuestros entornos, de la evacuación de localidades enteras. La crisis sanitaria se ha transformado en una crisis de habitabilidad.
Ese brusco giro nos obliga a reconsiderar de arriba abajo nuestra relación con los entornos que hemos ido moldeando. Los incendios que arrasan hoy el macizo de las Landas de Gascuña no se reducen a accidentes climáticos. Ponen en cuestión un modelo histórico. Ese inmenso bosque, el más extenso de Europa, es al mismo tiempo una obra humana y un paisaje natural. Es el resultado de una historia económica, de una determinada manera de gestionar el territorio, de un modo de concebirlo. Lo que está ardiendo en estos momentos no es un bosque, sino una forma de habitar ese territorio que ha dejado de ser sostenible.
Resiliencia de las colectividades
Del mismo modo que fue creado, este bosque puede ser repensado. Los grandes incendios forestales nos recuerdan que la cuestión no es tan solo la reconstrucción, una vez apagadas las llamas, sino la refundación: ¿qué elementos esenciales debemos preservar para resistir al calentamiento climático, qué distancias establecer entre los espacios habitados y los bosques, qué corredores ecológicos habría que reforzar?
Desde ese punto de vista, lo que está ocurriendo en la localidad de Saint-Médard-en-Jalles, en la región girondina, reviste un valor ejemplar. Esta ciudad-bosque, que desde hace tiempo viene reclamando pensar de otro modo las relaciones entre el desarrollo urbano, el ámbito forestal y la preservación de los entornos naturales, se ve a su vez confrontada a la prueba de la evacuación. Allí mismo donde la cátedra de filosofía hospitalaria impulsa, desde hace años y bajo la égida del ayuntamiento, un programa de investigación y de acción centrado en las vulnerabilidades territoriales, los cuidados y la resiliencia de las colectividades, henos atrapados por escenarios que creíamos exclusivamente prospectivos. La consternación es enorme, pero la voluntad de inventar nuevos modelos comunitarios prevalece.
Desde 2024, la ciudad ha invertido en un centro comunitario de salud y se ha convertido en la capital francesa de la biodiversidad. Dicho de otro modo, ha articulado su política de priorización de los espacios naturales con su política de prevención de riesgos. Y ha entendido que la biodiversidad constituye una auténtica infraestructura de salud pública, ha hecho de la participación ciudadana una componente esencial de la seguridad colectiva, ha creado una empresa pública para la gestión del agua, ha instalado comedores climatizados en los establecimientos escolares, promueve la vegetación en las calles…
Cada cuatro años, aproximadamente, en Saint-Médard-en-Jalles al igual que en otras localidades francesas, se producen “catástrofes” que obligan a desplegar actuaciones urgentes y a evacuar al vecindario. Dos cosas serán a parir de ahora esenciales. La primera se refiere al corto plazo. Todo el mundo es consciente de que tendremos que aprender a vivir con la banalización de situaciones “degradadas”; situaciones que pueden resultar tanto más mortíferas cuanto que andamos faltos de entrenamiento, de habilidades y disciplina. La población que creía estable su territorio lo descubre de pronto potencialmente inhabitable. La experiencia del desarraigo climático, que durante mucho tiempo percibíamos como algo lejano, se instala en la cotidianidad de nuestros pueblos y ciudades.
Preservar aquello que hace sociedad
No se trata de resignarse a la catástrofe, sino de aprender a preservar aquello que hace sociedad cuando desparecen las condiciones ordinarias. Aprender a mantener los cuidados cuando las infraestructuras se ven amenazadas. Aprender a organizar la solidaridad durante las evacuaciones. Aprender a proteger a los más vulnerables cuando las redes asistenciales se tambalean. Aprender, ante todo, a hacer de la preparación un acto democrático mucho más que una simple respuesta técnica.
El segundo desafío es, por supuesto, mucho más estructural, puesto que nos obliga a reinventar la futura habitabilidad. No podemos pensar el bosque independientemente de la ciudad, la salud independientemente del entorno, la seguridad civil independientemente de los cuidados, la ecología independientemente de la democracia. Debemos aprender a concebir territorios, no sólo capaces de resistir a los choques, sino también de recuperar rápidamente su capacidad de acción tras haberlos afrontado.
Es ahí donde nos jugamos la verdadera resiliencia a los impactos del cambio climático: no en el retorno a la situación anterior, sino en la capacidad de transformar nuestras vulnerabilidades en nuevas capacidades colectivas. La canícula de 2003 nos enseñó a salvar vidas frente a las oleadas de calor. La de 2026 nos imparte una lección mucho más exigente todavía: preservar las condiciones de nuestra vida en común en unos territorios que, ahora, sabemos también vulnerables.
Cynthia Fleury (Catedrática de Filosofía en el medio hospitalario, en el GHU París psiquiatría y neurociencias)
Stéphane Delpeyrat-Vincent (alcalde socialista de Saint-Médard-en-Jalles)
(« Le Monde », 28/07/2026)