¿Tiene futuro la democracia?

La pregunta parece de lo más pertinente, dada la incertidumbre que nos rodea. El mundo que conocíamos, sus pautas y coordenadas se desvanecen. Entramos en una época violenta, marcada por la ambición de los depredadores. ¿Sobrevivirán las democracias liberales a este trastorno? En otros momentos, como fue el caso de los años treinta del siglo pasado, las democracias entonces existentes fueron incapaces de contener la conflictividad social. Desde Weimar hasta la República española, pasando por la Francia de Vichy, fueron barridas por el vendaval de la Historia. ¿Les espera un destino similar a los regímenes democráticos surgidos en Europa después de la Segunda Guerra Mundial? El pacto social sobre el que se han asentado durante décadas ha quedado profundamente erosionado. ¿Cuánta desigualdad podrán soportar unas instituciones de las que cada vez más gente desconfía? ¿Prevalecerán ante la acometida de una extrema derecha que cabalga sobre la angustia y el resentimiento de una sociedad que no espera nada bueno del mañana?

La verdadera cuestión – nos dice, sin embargo, en su último ensayo el filósofo Daniel Innerarity –, “no es tanto saber si la democracia sobrevivirá, sino qué tipo de supervivencia nos promete; no qué futuro espera a la democracia, sino qué futuro nos espera a nosotros en una democracia.” (“El futuro de la democracia”. Ed. Galaxia Gutenberg). Ahí está la clave de muchos fenómenos que se desarrollan ante nuestro asombro. La democracia solo puede subsistir si, de alguna manera, contiene y hace verosímil la promesa de un futuro mejor. Bajo la abrumadora presión ambiental del declive social, del cambio climático, de las vertiginosas innovaciones tecnológicas y las guerras, la ausencia de un horizonte creíble de progreso, de mejora de las condiciones de vida, explica el éxito de los discursos que promueven el regreso a un pasado supuestamente glorioso. Vana ilusión – que funciona, pero que solo puede conducir al desastre. Las condiciones materiales y las relaciones sociales que rigieron en épocas pasadas – y que en realidad nunca fueron tan idílicas como a los nostálgicos les gusta recordarlas – han quedado definitivamente superadas por el desarrollo histórico. De la misma manera que, silenciosamente, la lucha de clases está socavando los cimientos de las democracias en su arquitectura actual.

Los temores que planean sobre las naciones occidentales – señala Innerarity – “quizá expliquen el resentimiento contra los inmigrantes, que son pobres en el presente pero ricos en futuro, por parte de determinados sectores de la población que son exactamente lo contrario: favorecidos en el presente y preocupados por el futuro.” Esta disonancia en la percepción del tiempo, del pasado y del porvenir, ofrece un terreno propicio para la narrativa de la extrema derecha. Una narrativa en la que el pasado, idealizado como promesa de futuro, se tiñe inevitablemente de la nostalgia de una pureza ancestral, cultural y étnica, amenazada. En realidad, se trata de la proyección fantasmagórica del nerviosismo de las clases medias ante la decadencia a la que las aboca el capitalismo. Pero esta focalización discriminatoria representa un auténtico torpedo dirigido a la línea de flotación de la democracia, achica hasta la asfixia el demos sobre el que se levanta su ordenamiento jurídico. Llevar la lógica interna de la llamada “prioridad nacional” hasta sus últimas consecuencias supondría sustituir un pacto ciudadano de convivencia – es decir, la aceptación de un conjunto de derechos y deberes, iguales para todos, más allá de las creencias y el origen de cada uno – por una especie de vuelta al tribalismo. La globalización ha aniquilado las condiciones de posibilidad de las “soberanías nacionales”.  El agotamiento de la forma neoliberal de “la economía-mundo” que ha marcado las últimas décadas y la irrupción de un capitalismo que recupera rasgos de dominación feudal han reducido esta “soberanía” al derecho de elegir al amo al que servir. Lamentablemente, la izquierda sigue todavía perpleja ante el cambio de época. “Aunque se percibe a sí misma como progresista, la izquierda tampoco se relaciona muy bien con el futuro y apela a mantener el presente; sueña con que las cosas se limiten a no empeorar, a mantener las conquistas sociales (del pasado), usando un lenguaje literalmente conservador. Y a pesar de que se autodenomine transformadora, no proyecta ningún futuro alternativo, sino más bien una especie de futuro continuo, una mera prolongación o supervivencia. A estas alturas, en el seno de la izquierda hay más resistencia que revolución.” Efectivamente.

               Y es que, aun intuyendo el peligro, todavía nos cuesta aceptar, con todas sus consecuencias, la radicalidad del giro histórico que estamos viviendo. Todavía quisiéramos recuperar los parámetros de una situación que conocíamos bien y en la que sabíamos movernos; un tiempo de alternancias entre derechas e izquierdas en el marco de unas democracias, ciertamente perfectibles, pero que nos parecía un refugio confortable. Un tiempo en el que los partidos conservadores aún no eran reaccionarios, ni se habían acomodado a los postulados neofascistas. Pues bien, ese pasado, en cuyo seno se ha ido gestando – ¡y no lo habíamos previsto! – el caos presente, no será restaurado. No estamos ante un cambio de ciclo político, sino ante una mutación sistémica, un movimiento telúrico que hace temblar toda la superficie del planeta. “El capitalismo actual – dice el filósofo – es el de una multitud de actores que juegan a la soberanía y cuyos intereses no pueden ni quieren estar alineados. La guerra económica ha dejado de ser una metáfora en medio de este nuevo darwinismo geopolítico. Se trata de un capitalismo depredador, rentista y ostensiblemente violento, entregado al puro juego del poder, que ha desatado una nueva ola de imperialismo territorial. Algunos autores, como Arnaud Orain, se han referido a él como un capitalismo de la escasez o de la finitud”. Pero, entonces, “si no hay suficiente para todos, entramos en un juego de suma cero. Y esta convicción vale tanto para impedir la migración como para desmantelar las instituciones globales. Esta convicción, muy contraria a la promesa liberal, produce una inquietante alianza entre esta nueva forma de capitalismo y la xenofobia; es el resultado de un profundo pesimismo respecto a las posibilidades de integración social en virtud del crecimiento. (…) Se trata de una nueva forma de capitalismo que es, al mismo tiempo, antigua, similar a la que se configuró a comienzos del siglo XVII con la expansión colonial marítima y que se justificaba en nombre del derecho de presa. Han resurgido viejas formas de depredación…”. 

Este capitalismo no puede convivir con la democracia liberal, con sus equilibrios de poder, con sus restricciones normativas, con cualquier regulación de los mercados… Unos mercados en gran medida capturados por los oligopolios tecnológicos y financieros. Peter Thiel, el gurú de Palantir que ha encontrado la tierra prometida en la Argentina de Milei, lo dice de manera contundente: “La libertad es incompatible con la democracia”. La formidable concentración de riqueza y de poder en un reducido núcleo de la sociedad – que “se ha emancipado” del destino del resto de la ciudadanía – ha llevado a la expresión más parasitaria, senil y destructiva del capitalismo. La marcada tendencia al estancamiento del crecimiento en las economías más desarrolladas – pese a los constantes avances tecnológicos y al incremento de la productividad – revela que este sistema genera ganancias, no beneficios. La carrera por el dominio mundial de la IA condensa todas las contradicciones que agitan sus entrañas, hasta el punto de convertirse en una metáfora. La descomunal inversión de billones de dólares en el desarrollo de este vector tecnológico, sin garantías de rentabilidad por cuanto a sus aplicaciones en la economía productiva se refiere, propicia el crecimiento de una burbuja especulativa en unos mercados financieros hipertrofiados y volátiles. Por su parte, los gigantescos centros de datos que requiere la IA consumen ingentes cantidades de energía, con el consiguiente impacto medioambiental. La caída tendencial de la tasa de beneficio, determinada por este incremento exponencial del capital fijo, solo puede ser compensada por la fuerza: mediante la apropiación de recursos naturales y conocimientos, con la captación especulativa de las rentas del trabajo y la captura masiva de fondos públicos. No es por nada que las grandes corporaciones tecnológicas se han insertado en el corazón del complejo industrial-militar y de las agencias de seguridad nacional estadounidenses. En todas partes, se espera que los presupuestos de defensa crezcan a expensas del gasto social. Esta evolución, imparable, socava los fundamentos del Estado de Bienestar que había hecho viables las democracias liberales. Se agota el tiempo de “la economía social de mercado”, de los márgenes que permitían cierta redistribución de la riqueza y unas tensiones relativamente contenidas entre las clases. Ahí está el trasfondo de la crisis de las democracias. El capitalismo tiende a vaciarlas de intermediación, de contenido representativo y deliberativo. Las clases populares, por su parte, no encuentran respuesta a su empobrecimiento y a su zozobra en unas instituciones concebidas en otra época, y se desesperan. Entre el callejón sin salida de la democracia y la desintegración del tejido social aparece la alternativa autoritaria.

               Por supuesto que la izquierda tiene el deber de defender con uñas y dientes los derechos civiles y las conquistas sociales. Quien es incapaz de defender las posiciones adquiridas difícilmente alcanzará otras. La cuestión, sin embargo, es que estas conquistas no se podrán mantener en el marco de unas democracias que muestran una inevitable fatiga de materiales. La democracia, como sistema de gobierno basado en la soberanía popular, solo prevalecerá si se eleva sobre una nueva promesa social. Este es el gran desafío que debe afrontar el socialismo democrático. Mucha gente habla estos días del reconocimiento que está alcanzando el Papa León XIV más allá de la esfera de influencia católica. “El sufrimiento religioso es al mismo tiempo la expresión del sufrimiento real y una protesta contra el sufrimiento real – escribía Marx en su crítica de la filosofía del derecho de HegelLa religión es el lamento de la criatura oprimida, el corazón de un mundo despiadado y el alma de situaciones sin alma.” Frente al nihilismo y la brutalidad de los nuevos señores feudales, el Papa ofrece un mensaje humanista, el consuelo de una esperanza colectiva. El eco de su voz pone en evidencia, sin embargo, la tardanza de la izquierda en comparecer ante la actual encrucijada de la Historia. 

La Iglesia puede reorganizar su influencia en torno a una encíclica. El socialismo necesita ofrecer a la sociedad un horizonte plausible de progreso y un programa de acción para lograrlo. Las invocaciones papales no resucitarán a la Democracia Cristiana como fuerza política: ya no hay espacio para un proyecto conservador con sensibilidad social. Pero tampoco lo hay para una socialdemocracia de gestión. El intento de preservar el Estado social, sin más ambición de cambio, puede derivar fácilmente en un cierre de fronteras. Y el repliegue nacional es la muerte por asfixia de la democracia. El socialismo europeo necesita elaborar una respuesta compartida a la crisis actual, una respuesta que tendrá que ir a sus raíces. La política tendrá que prevalecer sobre las pulsiones de la economía y tendrá que domarlas: podremos tener una sociedad que cuente con el estímulo del mercado, pero no sometida a sus leyes. Los derechos derivados de la propiedad privada tendrán que inclinarse ante la responsabilidad social. Para afrontar los grandes retos del siglo, como la transición ecológica, no bastará con una distribución más equitativa de las cargas fiscales: será necesaria una transformación profunda del modelo productivo, liderada por los poderes públicos y con una participación decisiva del sindicalismo de clase. El feminismo de la igualdad, freno de la ola reaccionaria en curso, tendrá que impregnar instituciones y políticas públicas. En una palabra: la izquierda necesita salir de los caminos trillados, necesita audacia. Para que la democracia pueda resurgir, tendremos que volver a teñir de esperanza la bandera del progreso, hoy contemplada con desilusión y frustración. Solo así los pueblos querrán y podrán vivir en democracia.

Lluís Rabell

10/06/2026

(Artículo publicado, en catalán, en “Pensament Socialista“)

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