
Las vertiginosas transformaciones y los conflictos que agitan a nuestra sociedad inciden hoy con redoblada fuerza en la escuela. Una escuela a quien encargamos, no sólo que instruya a nuestros hijos e hijas, sino que actúe como vector de igualdad y crisol de ciudadanía. Ingente tarea… y desmesurada exigencia. Pedimos al sistema educativo eficiencia, claridad en su modelo, en su propósito… cuando, en realidad, aún no sabemos muy bien hacia dónde vamos y el futuro aparece envuelto en una bruma de incertidumbre.
La Catalunya de la transición democrática – y, con ella, la escuela que surgió en aquellos años de ilusión renovadora – han quedado superadas por los impactos de la globalización neoliberal. En pocos años, al filo del nuevo milenio, hemos dejado de ser un país de seis millones de habitantes, con una relativa homogeneidad cultural y una identidad nacional más o menos definida, para convertirnos en una sociedad de más de ocho millones de hombres y mujeres. Una sociedad diversa y compleja que tiene por delante el reto de redefinir su demos, su “nosotros”, de cimentar los fundamentos de convivencia de una nueva ciudadanía en fase de agregación.
El fenómeno migratorio de los últimos años no es algo externo. No se trata de una capa de población extranjera que se superpone a un núcleo nacional, a la vez estable y absorbente. No nos hallamos ante la llegada de “otros catalanes”, sino ante el surgimiento de otra Catalunya. El invierno demográfico de la población autóctona, combinado con la amplitud y diversidad de esos flujos migratorios, hacen que el semblante, la composición étnica y cultural, así como la conciencia que de sí misma y de su porvenir pueda tener nuestra sociedad, planteen muchos interrogantes. Merced a esos aportes humanos, la situación contiene la posibilidad de un formidable salto adelante en cuanto a riqueza cultural y potencialidades de progreso se refiere. Pero encierra también, a corto plazo, enormes desafíos en materia de acogida e integración. Y, por supuesto, tensiones sociales, exacerbadas por los discursos de la extrema derecha.
La globalización ha hecho converger todo un conjunto de tendencias que constituyen el trasfondo de la actual crisis educativa. La desindustrialización de Catalunya y la apuesta de sus élites por un modelo económico con un gran peso del turismo y los servicios, ha atraído una inmigración – más masiva y diversa que nunca – hacia un país que ya no dispone de los espacios de socialización que fueron las fábricas, ni permite a los recién llegados cifrar sus aspiraciones en el relativo bienestar de las clases medias, en franco declive desde la última recesión de la economía mundial.
La escuela es la primera institución llamada a digerir esta realidad. Los problemas a los que se enfrenta no son sólo de naturaleza cuantitativa, de recursos. (Por supuesto, también los hay en este orden de cosas. Todos los servicios públicos e infraestructuras, diseñados en un contexto que pertenece al pasado, aparecen insuficientemente dimensionados e infradotados después de años de recortes y desinversión). Sin embargo, el principal problema sigue siendo conceptual y político. ¿Qué país queremos construir? ¿Cómo nos imaginamos la Catalunya de las próximas décadas? Algunos temas en discusión, como es el caso de la escuela inclusiva, ponen de relieve hasta qué punto estamos abordando los retos del presente con un pensamiento desfasado.
Así, por ejemplo, hablamos de alumnos con Necesidades Educativas Especiales “Tipo B”, refiriéndonos a aquellos niños y niñas que tienen dificultades de aprendizaje derivadas de su entorno social y familiar. En Barcelona, serían alrededor de unos 35.000. En realidad, estamos señalando, de forma aséptica, la geografía de la pobreza urbana; hablamos de los hijos de las familias con las rentas más bajas y los trabajos más precarios, mayoritariamente inmigrantes. Las cifras mencionadas deberían hacernos ver por sí mismas que no nos estamos refiriendo a un “nicho” de población, ni a la periferia del sistema educativo, sino al corazón del mismo. Los maestros reclaman más “manos” para afrontar esta realidad. Y, ciertamente, el incremento de personal docente y de soporte educativo, la reducción de ratios, la mejora de los equipamientos escolares, etc., aliviarían el agobio que padecen escuelas e institutos. No obstante, el verdadero fondo de la cuestión es saber qué deben hacer exactamente esas “manos” que con tanta vehemencia se reclaman. Es decir, qué sistema educativo necesitamos pensar y poner en marcha. Se trata de mucho más que de las imprescindibles aulas de acogida. Si queremos garantizar equidad, habrá que considerar cosas como la universalización de las actividades extraescolares, que tanto ha contribuido a la mejora del sistema educativo en el vecino Portugal. O la vuelta a un horario de mañana y tarde, asegurando a todos los alumnos una comida saludable y un espacio de socialización. O cambios sustanciales en las materias impartidas, por ejemplo por cuanto al estudio de segundas lenguas: hay millares de alumnos cuyos idiomas maternos son el tagalo, el urdu, el árabe o el mandarín. ¿No debería la escuela sacar alguna conclusión al respecto?
Pero no improvisemos. De toda evidencia, necesitamos una reflexión colectiva. Porque no hablamos de un epifenómeno. Los cambios demográficos, culturales y tecnológicos, pero también las sucesivas crisis – económicas, sanitarias, medioambientales – han impactado en la escuela de manera especialmente perturbadora en estos últimos años. Las restricciones presupuestarias han afectado al sistema precisamente en un momento clave, en que la inversión en educación y en formación profesional aparece como la apuesta de futuro más importante. Las desigualdades sociales, que tienen una distribución y una cronificación territorial, han acentuado el problema de la segregación escolar. Y no solo entre centros públicos y privados, sino en el propio seno de la escuela pública. La función niveladora de la escuela, otrora “ascensor social”, ha quedado maltrecha.
Pero en la crisis y el malestar general también han intervenido los patrones ideológicos de la posmodernidad, el individualismo y el hedonismo consumista propios de la época. Los malos resultados constatados por diferentes estudios y encuestas – como el archiconocido Informe PISA – han relanzado la controversia entre partidarios de reforzar el tronco curricular general de la enseñanza y quienes insisten en las bondades de modelos de aprendizaje mucho más flexibles y adaptados a las singularidades y autonomía de los alumnos. La verdad, probablemente, esté en un equilibrio entre ambas tendencias. El problema no reside tanto en la propia innovación pedagógica – cuyos beneficios vienen avalados por la evidencia científica -, sino en la complejidad a la hora de plasmarla en las aulas y en la alta formación de los docentes que ello requiere. Ahí reside sin duda la clave de muchas disfunciones y fracasos.
En cualquier caso, la transmisión de conocimientos y la disciplina de trabajo, indispensables para la formación de un espíritu crítico, han cedido el paso a la búsqueda de un supuesto bienestar emocional, cada vez más incompatible con el respeto de la autoridad docente y la frustración del deseo individual. Los libros han ido desapareciendo de las aulas, mientras los dispositivos electrónicos hacían irrupción en ellas… con unas consecuencias de las que tan sólo hoy empezamos a tomar conciencia. La comprensión lectora de los alumnos ha caído en picado. Muchas veces, sus dificultades en matemáticas no proceden del desconocimiento de fórmulas y ecuaciones, sino de la incapacidad para entender el enunciado de los problemas. Las facultades – incluidas las de letras – están recibiendo hornadas de estudiantes incapaces de descifrar un texto. El recurso sistemático a la IA enmascara, al tiempo que agrava, todas esas carencias.
Por cuanto se refiere a la transmisión de valores, cabe señalar que la coeducación, apenas esbozada hace unos años como principio vertebrador de la educación en la igualdad y el respeto entre ambos sexos, va siendo suplantada por una fantasmagoría de “identidades de género”; una ideología que sume en la indefensión a los menores frente a trastornos y malestares, ya sean propios de su natural desarrollo o tengan un origen traumático, empujándoles a tratamientos que ponen en riesgo su integridad y su salud. La exposición desde tempranas edades a las redes sociales y el consumo de pornografía han multiplicado los problemas de salud mental entre los adolescentes, así como los comportamientos agresivos de los chicos contra sus compañeras, siguiendo las pautas de erotización de la violencia aprendidas en las pantallas.
No es extraño que este cúmulo de problemas – y la lista no es exhaustiva – genere angustia y desconcierto entre un personal docente que, a diferencia de la generación anterior, ilusionada con la construcción de una escuela moderna para un país que recuperaba la libertad, ni dispone de un horizonte estimulante, ni ha sido formado para afrontar una situación como la actual. La propia profesión está en entredicho. La comparación con el nivel de exigencia académica con el que se selecciona y forma al cuerpo docente en un país de referencia como Finlandia – exigencia acorde con su reconocimiento social y su remuneración – pone de relieve que la apuesta por la excelencia educativa empieza necesariamente por ahí. No cabe pedir a nuestros enseñantes que encaren todos esos desafíos sin dotarlos de las herramientas necesarias.
Sirvan estas anotaciones para entender que, si se trata de repensar todo el modelo educativo – podríamos hablar incluso de “cambiar de caballo cruzando el río” –, el marco idóneo para hacerlo no es el de una negociación sindical. Ni mucho menos una huelga – nunca mejor dicho – indefinida, como ha llegado a plantearse. A lo largo de estos últimos meses, hemos estado negociando cuestiones referentes a condiciones de trabajo, salarios, promociones, etc., junto con otras que tienen que ver con los niveles de inversión presupuestaria… mientras, por debajo, se acumulaba un sordo malestar. Desgraciadamente, ese malestar ha sido gestionado por una parte del sindicalismo docente de un modo que no podía sino enconar el conflicto con la administración. Incapaz de defender los ventajosos acuerdos alcanzados en la mesa de negociación, USTEC optó por sumarse a proclamas maximalistas, incentivando una efervescencia asamblearia que, finalmente, la desautorizo y desbordó. Las elecciones sindicales se aproximan y esa tensión añadida ha contribuido a desatar una tormenta perfecta teñida de amarillo. Sin olvidar el sesgo político de determinadas actuaciones. No es difícil reconocer un eco tardío del “procés” en las formas, tan airadas como impotentes, adoptadas por el movimiento, en su “todo o nada”, en sus llamados a “bloquear el país” y en la virulencia de los ataques contra los sindicatos de clase, CCOO y UGT, y contra el gobierno socialista de la Generalitat.
Sin duda, la clave para reconducir el conflicto consiste en situar correctamente cada cosa en un plano en el que pueda ser tratada: las cuestiones laborales en el ámbito del diálogo entre sindicatos y administración; el debate sobre el grado de inversión, sus prioridades y su calendario, en el marco de los presupuestos… y la reflexión acerca de los objetivos del sistema educativo y su modelo, en un amplio debate social, con todos los actores implicados, tal como ha propuesto la propia consellera de Educación.
Lluís Rabell
15/06/2026
(Estas notas corresponden a las ideas expuestas en un reciente encuentro del grupo “Pròleg”, celebrado hace unos días en Barcelona en torno a la crisis del sistema educativo, y recogen también algunas observaciones planteadas en el curso de la discusión).