El mundo necesita una “encíclica” socialista

               “Vivimos en un mundo nuevo e incierto – decía Edgar Morin en una entrevista concedida poco antes de morir. Un mundo donde debemos reconocer algo que habíamos olvidado: la incertidumbre acerca del destino de la humanidad. Hoy tenemos que enfrentarnos a ese mundo aparentemente caótico. Pero el caos supone la presencia simultánea de fuerzas destructivas y de fuerzas de juventud. Los griegos clásicos decían que ‘cosmos’, el mundo, es hijo del caos, una mezcla de posibilidades de orden y de desorden. Tal es nuestra época. Necesitamos un pensamiento que sea pertinente, que sea capaz de aprehender esa complejidad y de abordarla lo mejor posible, cambiando de estrategia cuando sea menester.”

A tenor de la publicación de la encíclica “Magnifica humanitas” y de la reciente visita del Papa León XIV a España, diríase que, hoy por hoy, es el Vaticano quien mejor ha captado el zeitgeist, el espíritu de nuestro tiempo. “La religión es el lamento de la criatura oprimida, el corazón de un mundo despiadado y el alma de situaciones sin alma”, escribía Marx, allá por 1844, en su crítica de la filosofía del derecho de Hegel. En efecto. El imperialismo de Trump, el martirio de Palestina a manos del gobierno de Israel, la guerra de Putin contra Ucrania o el régimen de la purga permanente de Xi-Jinping… dibujan un mundo tremendamente cruel y despiadado. Y el futuro que proyectan los gurús archimillonarios de las grandes corporaciones tecnológicas, un mañana sometido a los designios de sus algoritmos, no podría resultar más desalmado. Al tiempo que se convertía en el primer billonario de la historia, Elon Musk incendiaba las redes, incitando al pogromo contra la población migrante en Belfast. El hombre más rico del planeta en guerra contra los más vulnerables. Toda una metáfora del enfrentamiento social que palpita bajo el actual cambio de época.

En ese contexto, el mensaje del Papa ha resonado con fuerza mucho más allá de la esfera católica y del universo creyente. La encíclica no se reduce a un posicionamiento doctrinal sobre la IA y su impacto social. La Iglesia se postula como consuelo de la inmensa cohorte de hombres y mujeres que gimen bajo la injusticia o perecen en el mar, tratando de alcanzar las costas de Europa. Una humanidad que anhela un mensaje de esperanza. Humanismo cristiano frente a la violencia y el nihilismo de Silicon Valley. Desde ese punto de vista, la crítica de la religión como el “opio del pueblo” a que se refería Marx – remitiendo la salvación a la vida eterna y propiciando entretanto la resignación a la servidumbre en la tierra – no da cuenta del discurso de León XIV, que llama reclama la acción de la sociedad y los Estados para establecer un nuevo orden mundial basado en la paz y el respeto a la dignidad de todos los seres humanos. Ahí reside la fuerza del mensaje; es lo que explica su conexión con millones de personas que necesitan ser escuchadas y reconfortadas, que buscan un referente que las congregue.

Para la izquierda, la cuestión que se plantea no es caer rendida de admiración ante el talento comunicativo del Vaticano, ni denostar a la Iglesia poniendo de relieve sus contradicciones, la misoginia que aún reina en sus filas o los abusos largamente ocultados. No. El primer deber de la izquierda es entender lo que está sucediendo y hacerse cargo de ello. El pasado 11 de junio, Federalistes d’Esquerres cerraba en Barcelona su ciclo de charlas de este curso con un debate a cargo del profesor de ética Ángel Puyol y la socióloga Carmen de la Fuente acerca de la fraternidad“la hermana pobre” de la tríada universal consagrada por la Revolución Francesa. Aventuraba Ángel Puyol que su menoscabo se debía, en realidad, al hecho de que se trata del más exigente y difícil de los tres mandatos. La fraternidad es mucho más solidaridad o empatía; significa el reconocimiento de una idéntica valía todos los seres humanos, y por tanto la obligación de hacer efectiva su igualdad social – y no sólo jurídica – para que la libertad de todas y todos pueda ser plena. Carmen de la Fuente, por su parte, se preguntaba si la fraternidad es posible en el mundo actual. El eco del discurso papal certifica, en cualquier caso, que la humanidad está sedienta de fraternidad. Pero, al mismo tiempo, pone de manifiesto la incomparecencia de la izquierda, a nivel global, ante la actual encrucijada de la historia, ante el caos llamado a engendrar un nuevo mundo.

Las más de las veces, la voz de la socialdemocracia – y de la izquierda en su conjunto – se limita a reclamar un retorno a los parámetros anteriores, heredados de la posguerra, o a defender un amenazado Estado del Bienestar. Defensa sin duda necesaria, pero insuficiente para hacer frente a lo se nos viene encima. Olvidando quizás que el periodismo es la narración de un tiempo efímero, Enric Juliana se ha adentrado estos días en el resbaloso terreno de la predicción. Según el analista de “La Vanguardia”, el Papa estaría promoviendo una recomposición del espacio ideológico de la democracia cristiana. Más aún: habría sembrado una semilla en España, la semilla de un entendimiento entre PP y PSOE en una futura legislatura… a condición de que la socialdemocracia saliese lo bastante mal parada de la próxima contienda electoral y se impusiese en sus diezmadas filas el retorno a una “línea caoba”. La imaginación periodística es libre. Parece muy dudoso, sin embargo, que vaya a producirse una epifanía de la democracia cristiana. Como tampoco hay visos de que pueda darse una vuelta del PSOE a los caminos trillados del social-liberalismo, por mucho que algunos añoren aquellos viejos tiempos.

Las condiciones materiales, económicas, así como la evolución de las relaciones entre las clases, han socavado los cimientos de una pacífica alternancia entre centroderecha y centroizquierda. En toda Europa, la derecha conservadora se desliza imparablemente hacia las tesis de una ultraderecha en plena expansión. En tales circunstancias, el hundimiento de la socialdemocracia, corriente troncal del campo progresista, abriría la vía a un devastador proceso involutivo en materia de derechos sociales y civiles, incluida la posible revisión de los preceptos liberales de la propia Constitución. La inclusión de la “prioridad nacional” en los pactos de gobierno autonómico suscritos por PP y Vox representa la apertura de una ventana de Overton con miras a un futuro amenazador para la convivencia en una España multicultural y diversa.

Pero lo que estamos viviendo estos días no es sino la expresión singular, nacional, de las grandes tendencias de fondo que están reconfigurando el mundo. De las entrañas de la globalización ha surgido una geopolítica explosiva. El potencial asiático emergente ha puesto en cuestión la hegemonía americana y ha generado turbulencias en el seno de las naciones occidentales, desestabilizando a sus clases medias. “El paréntesis de la globalización, que tan provechoso resultó para la economía china – dice el profesor Branko Milanovic -, se ha cerrado. Así lo atestiguan las políticas económicas exteriores de los distintos países. (…) La utilización de la coerción en las relaciones económicas se ha vuelto banal. No se trata solamente de las barreras aduaneras fijadas por Donald Trump. La Unión Europea ha cambiado también su manera de relacionarse con el resto del mundo. (…) Hemos entrado en una era mercantilista. (…) El software neoliberal ha quedado restringido a las políticas internas de cada país. Hoy correspondería hablar de ´nacional-liberalismo’. Ya no habrá un retorno a la ideología neoliberal que conocimos.” (“Le Monde”, 14-15/06/2026).

Así es. Asistimos a una mutación del capitalismo que tensa las relaciones sociales hasta el punto de hacer crujir el andamiaje de las democracias liberales. “En los países occidentales y en Estados Unidos en particular – prosigue Milanovic -, ha aparecido una nueva élite. En el capitalismo clásico, aquel que describía Marx, la cúspide de la distribución social la ocupaban los detentores del capital. Hoy en día, las mismas personas ocupan a la vez la cima en la escala de los ingresos del capital y del trabajo: cuadros dirigentes de compañías, emprendedores, financieros, abogados o médicos ricos… (…) El capital sigue estando muy concentrado entre las manos de esta nueva élite. Y como esos managers trabajan, se sienten legitimados. Piensan que todo el dinero que ganan es fruto de su trabajo y que se lo merecen absolutamente.” Pero esa franja social, que puede representar, según este economista, un 3% de la población en Estados Unidos o un 2% en un país como Francia, fue la principal fuerza promotora – y la gran beneficiada – de la revolución neoliberal de los años 1990. Es su dominación, su cultura y sus formas lo que contestan, cargadas de amargura y resentimiento, una clase trabajadora precarizada y unas clases medias en franco declive. La socialdemocracia perdió fuerza entre ellas, incapaz de sustraerse al cuadro hegemónico y sostener un esfuerzo redistributivo frente a las crecientes desigualdades. Finalmente, han sido ricos líderes de extrema derecha, adalides del “nacional-liberalismo”, quienes han conseguido capturar esa cólera popular… y desviarla en gran medida contra la emigración. Pero el nacionalismo populista de Trump – al igual que el que agitan, en sus particulares condiciones, Putin y también Xi-Jinping – conlleva la necesidad de comprimir esa amenazadora conflictividad social. He aquí la raíz de la crisis que atraviesan las democracias liberales, aquejadas de una grave fatiga de materiales. Las plegarias papales no insuflarán un segundo aliento a los actores de un pasado desaparecido.

La religión puede aportar consuelo moral a los desvalidos o inspirar una acción social compasiva. Pero no puede activar una fraternidad transformadora de esta insoportable realidad. Esa tarea corresponde al dominio de la política; es una responsabilidad que incumbe a la izquierda… y que ya está tardando en acometer. Urge un aggiornamento en toda la izquierda. En concreto, el socialismo democrático necesita redactar sin tardanza su propia “encíclica”, ofrecer a los pueblos un relato que dé cuenta del curso de los acontecimientos y dibuje el horizonte de superación de un capitalismo que ya no puede brindar progreso alguno a la humanidad. “El proyecto tecno-nacionalista – dice Thomas Piketty – exhibe una energía que se echa en falta en el campo internacionalista e igualitario: en la batalla cultural que se abre, debemos proponer un futuro esperanzador y deseable.” O como dice el también economista Lucas Chancel, codirector del Laboratorio sobre las desigualdades mundiales de París, hay que trazar “un plan para cambiar de sistema a partir de la realidad existente, si no queremos vernos arrastrados al abismo”. En un reciente estudio, este instituto propone toda una serie de medidas, desde audaces políticas impositivas sobre los grandes patrimonios para financiar adecuadamente los servicios públicos… hasta la superación de la insoluble dicotomía entre crecimiento y decrecimiento, instituyendo sobriedad en ámbitos bien definidos de la producción y el consumo, y haciendo factible una transición ecológica socialmente justa. ¿Una utopía? En anteriores etapas, nuestras sociedades ya demostraron que es posible alcanzar objetivos ambiciosos. “A comienzos del siglo XX – insiste Chancel -, en los países ricos, un obrero trabajaba tres mil horas al año. Costaba imaginar entonces que tan solo se trabajarían mil quinientas horas cien años más tarde. Y, sin embargo, eso es lo que ha ocurrido. Proponemos proseguir esa tendencia hasta alcanzar las mil horas.”

Pero, para materializar la fraternidad y cumplir las promesas emancipadoras inconclusas de la Revolución, hará falta más que una perspectiva, una narrativa y un programa de transición. Serán necesarias también una inteligencia colectiva capaz de “cambiar de estrategia cuando sea menester” y una fuerza movilizadora en ósmosis con las clases populares y sus luchas. La causa socialista, profundamente humanista, no requiere de ningún salvador supremo. Lo que sí está pidiendo a gritos es una organización, dinámica y activa, que aúne los esfuerzos de los partidos socialdemócratas y progresistas, hoy en apuros y a contracorriente en sus respectivos laberintos nacionales. Coincidiremos con León XIV en que es tiempo de “levantar la mirada”. Pero, más que alzar la vista al cielo, tal vez convendría que lo hiciéramos hacia una Internacional Socialista más necesaria que nunca para abanderar la esperanza en estos tiempos convulsos.

Lluís Rabell

14/06/2026

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