Su moral y la nuestra

               Son malos tiempos para la lírica. Estamos inmersos en el estruendoso crescendo de una ofensiva mediático-judicial para acabar con el gobierno de Pedro Sánchez. Una cosa es lo que el ejecutivo, por responsabilidad institucional, está obligado a decir, manifestando su confianza en la prevalencia del Estado de Derecho. Otra, sin embargo, es la realidad de una crisis que amenaza sus propios cimientos. Y es que no cabe ni siquiera hablar de “conspiración”. La concertación entre los distintos actores de esa acometida se produce a plena luz del día; los líderes de la derecha y la ultraderecha se reúnen sin tapujos con el embajador de Estados Unidos, patrocinador de la campaña de acoso y derribo contra el díscolo gobierno español; la agenda de las actuaciones de la magistratura es anunciada con puntual antelación, su concatenación minuciosamente orquestada. No amanece ningún día sin “revelaciones”, sin nuevas pesquisas que no certifican nada, pero que saturan la capacidad de discernimiento de la opinión pública y generan una atmósfera irrespirable.

               La percepción que se busca instalar en la ciudadanía es la de una corrupción generalizada cuyo epicentro residiría, finalmente, en la Moncloa. El bombardeo es de tal intensidad que el desmentido de los bulos, autos chapuceros, falsedades y condenas anticipadas de hoy queda inmediatamente sepultado por una nueva tanda de filtraciones de sumarios secretos o la noticia de un intempestivo registro policial al alba del día siguiente. Poco a poco, va calando el sentimiento de que “esto va en serio”. Y es cierto. Hay fuerzas muy poderosas y determinadas, no sólo a descabalgar a la socialdemocracia del poder, sino a desarbolarla y a quebrar durablemente cualquier capacidad de vertebrar una resistencia social a lo que se nos viene encima. Hay que leer nuestros “episodios nacionales” en el contexto del período histórico en el que hemos entrado. Esto no va de la clásica alternancia entre derecha e izquierda, ni se reduce a la “impaciencia” del PP por ocupar el gobierno. No. La campaña contra el “sanchismo” es la expresión local de un movimiento reaccionario de fondo a nivel mundial; un movimiento que bebe de las exigencias de un capitalismo convencido de que su dominación es ya incompatible con las conquistas del Estado del Bienestar y las constricciones de la democracia liberal; que quiere reventar el proyecto unificador de Europa… y que ve en el ejecutivo progresista español la encarnación de cuanto detesta. FeijooAbascal Ayuso se sienten amparados por los depredadores que están diseñando el nuevo escenario geopolítico mediante el chantaje, el asesinato y la guerra.

               No se equivocan, pues, quienes intuyen el peligro. En esta contienda no se harán prisioneros. No se conformarán con echar a Sánchez; a poco que puedan, tratarán realmente de meter a sus allegados, familiares y a él mismo en la cárcel. Está por ver que lo consigan. Hay toda una lucha por librar y la izquierda puede ganar. Pero, ¡que nadie se llame a engaño! Las reiteradas amenazas de la extrema derecha – de las que ha ido embebiéndose el PP – no son pura balandronada, sino una auténtica declaración de intenciones. Tras el fallo del Supremo contra el Fiscal general del Estado, el desarrollo de los próximos capítulos judiciales supondrá a la vez un test y un ensayo general en ese sentido. Algunos socios y amigos del gobierno ya están denotando algún que otro temblor de piernas. No es que el auto de imputación de Zapatero, ni el más reciente, del juez Pedraz, u otras piezas procesales les parezcan sólidos, es que les intimidan. Una cosa son las justas oratorias en sede parlamentaria y los minutos de gloria en TikTok… y otra muy distinta mantenerse firme cuando empiezan a llover chuzos de punta. Incluso en las filas del PSOE se escuchan voces reclamando que Sánchez convoque elecciones cuanto antes para “salvar a la infantería”. Vana ilusión. Si algún barón territorial es hoy cortejado por los medios de comunicación afines a la derecha, se trata simplemente una maniobra de división. Pocas posiciones autonómicas – e incluso municipales – se mantendrían si el gobierno de España cayese en medio de la actual vorágine, provocando un desánimo general. Ese es, precisamente, el primer objetivo de las derechas: que cunda la desazón y la desmovilización entre los votantes progresistas.

               Pero, he aquí que, en medio de todo este ruido, empiezan a proliferar opiniones, supuestamente “neutrales”, que reclaman que Sánchez se retire en nombre de una ética y una estética democráticas, dado que su gobierno se ve “cercado” por diversos escándalos. Así, por ejemplo, Josep Martí Blanch, acaso sintiendo de donde sopla el viento, pontifica en las páginas de “La Vanguardia”“Cuando sabes que tu minoría en el Congreso es ya estructural, que no podrás aprobar ni un solo presupuesto en toda la legislatura, que estás obligado a gobernar a través de decretos que la Cámara Baja no convalidará, y aún así te mantienes en tus trece, estás prostituyendo la idea de democracia. Con una excusa, eso sí, tan efectista como hasta el momento, efectiva: ¡Que viene el lobo! ¡Confórmense con un zorro!”. (LV. 28/05/2026)

               Parece que a nuestro inoportuno profesor de moral el “lobo” en cuestión le parece un sociable animal de compañía. Sin embargo, basta con echar un vistazo a las políticas de Trump y sus acólitos, políticas que quisieran replicar aquí unas derechas dispuestas a bailarle el agua a Washington, como para intranquilizarse. Están en juego valiosas conquistas sociales; está en juego la propia sustancia de una democracia, que quedaría malherida si triunfase el “golpe blando” en curso; está en juego la convivencia, que se vería rápidamente amenazada en sus cimientos por la previsible institucionalización de la “preferencia nacional”. Está en juego, en fin, el propio devenir de Europa, cuya construcción federal tiene hoy su principal baluarte en el gobierno de España. Todo eso sin contar con que no existe la parálisis política a la que se refiere Martí Blanch. A pesar de su precaria situación parlamentaria, el ejecutivo de Pedro Sánchez ha sacado adelante decenas de leyes, ha convalidado decretos y ha establecido colaboraciones autonómicas multinivel con territorios gobernados por el PP – como en materia de vivienda. Y ha gestionado de modo ejemplar crisis como la del hantavirus o sacado adelante un proceso de regularización de más de medio millón de inmigrantes, denostado por la derecha y por Vox. “La Vanguardia” nos perdonará si, puestos a escoger, preferimos la astucia del zorro a los colmillos del lobo.

               En el fondo, Martí Blanch no hace sino sumarse a los corifeos que pretenden aleccionar a la izquierda – y a “los de abajo” – en nombre de una moral y una concepción de la democracia totalmente abstractas, que lejos de ser el resultado de un determinado desarrollo social, emanarían de una suerte de mandato divino… perfectamente funcional para los intereses de las clases poseedoras. Un clásico del marxismo, León Trotsky, en un inspirado opúsculo – “Su moral y la nuestra”, cuyo título he tenido el atrevimiento de apropiarme – ya escribió en su día acerca de semejante mentalidad. “¿Qué son todos estos moralistas demócratas? Los ideólogos de las capas medias, caídas o temerosas de caer entre dos fuegos. Los principales rasgos de los profetas de este género son su alejamiento de los grandes movimientos históricos, el conservatismo petrificado de su pensamiento, la satisfacción de sí en la propia mediocridad y la cobardía política más primitiva. Los moralistas quieren, ante todo, que la historia les deje en paz; con sus libritos, sus revistillas, sus suscriptores, el sentido común y las normas morales.” El texto, plenamente actual, fue escrito en febrero de 1938, cuando Europa se encaminaba hacia una catástrofe que las democracias de aquel tiempo no supieron conjurar.

               Y es que lo que hoy llamamos “democracias liberales”, al igual que sus precursoras, son producto de la lucha de clases. El semblante de las democracias ha sido cincelado por las luchas del movimiento obrero, por las exigencias de igualdad del feminismo, por la tenacidad de los movimientos en favor de los derechos civiles… Sin todo ello, viviríamos aún bajo una democracia censitaria – algunas élites tecno-capitalistas fantasean con el retorno a algo similar – y el derecho de voto no sería universal. Sin la derrota del fascismo y el ascenso de los reclamos populares en la posguerra, las constituciones y ordenamientos jurídicos europeos no hubiesen integrado los principios de amparo y equidad que aún conservan… y que la actual ofensiva reaccionaria tiene justamente en su punto de mira.

               Nada de eso importa a los santones, imbuidos de una moral superior en cuyo nombre Pedro Sánchez debería ceder amablemente el gobierno a los golpistas, demostrando así que “no se aferra al poder”. Pero, “la moral – insistía el viejo revolucionario – es producto del desarrollo social; no encierra nada invariable, se halla al servicio de los intereses sociales y esos intereses son contradictorios. La moral posee, más que cualquier forma ideológica, un carácter de clase.” En ese sentido, las tradiciones más firmes de la izquierda siempre han rechazado la engañosa discusión acerca de si los fines justifican los medios. ¿Justificar ante qué o ante quién? En realidad, los medios empleados se desprenden del objetivo que se persigue. ¡Naturalmente que la clase trabajadora y quienes defienden sus intereses deben forjar una moral propia! Una moral que se decline desde el objetivo superior de la justicia social y la liberación de la humanidad. Y eso exige una lucha incesante por elevar la conciencia de los oprimidos, por tejer entre ellos firmes lazos de fraternidad; exige apelar a los rasgos más elevados de la condición humana, a su espíritu de cooperación, a su abnegación y a su razón; exige luchar por la verdad y exige, entre otras muchas cosas, ejemplaridad por parte de los dirigentes…

¡Desde luego que no podemos ser indiferentes a los casos de corrupción que se produzcan en nuestras filas! No hacen sino sembrar el desconcierto y llevar agua al molino del adversario. Pero, por eso mismo, porque la izquierda se debe ante todo a su clase, no puede permitirse “tirar al bebé con el agua sucia”. Esos lujos sólo están al alcance de quienes se creen a buen resguardo de la tempestad. O estarían dispuestos incluso a aullar con los lobos… tras la cacería del taimado raposo. La decisión de convocar elecciones está en manos de Pedro Sánchez. A priori, sin embargo, lo más sensato y responsable sería agotar la legislatura. En la actual coyuntura, un año es una eternidad. Y la izquierda necesita tiempo para reorganizarse y preparar las próximas contiendas. Precipitarlas, no haría sino avalar una campaña que, en lugar de rebatir democráticamente el proyecto socialista, pretende desacreditar moralmente a la izquierda. Ceder ante tal presión, renunciando a los resortes que el gobierno de la nación ofrece a la implementación de medidas progresistas, sería – ¡eso sí! – faltar al deber moral para con la clase trabajadora y el bienestar de la mayoría social. Esta es una moral mucho más exigente y digna, impone una mayor rectitud a sus seguidores, que la retórica farisaica de quienes, ante el recrudecimiento de la lucha de clases, pretenden situarse por encima del bien y del mal.

PD. Tras los acontecimientos de estos últimos días, quien esto escribe ganas tuvo de desplazarse hasta Ferraz para afiliarse al PSOE. Un buen compañero me hizo saber que, con el carnet del PSC, ya me valía. Pues eso… Ni un paso atrás.

Lluís Rabell

29/05/2026

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