Huérfanos

               No es fácil pensar con calma en medio de la tempestad. Sin embargo, más allá de la apremiante necesidad de sortear el encrespado oleaje, no hay que descuidar el rumbo ni el estado de la nave, si queremos llegar a puerto. En efecto. No resulta sencillo, en medio del estrépito mediático y judicial del “caso Zapatero, reflexionar sobre los problemas estratégicos que acucian a la socialdemocracia europea – y de los cuales esta crisis es un síntoma. Sin embargo…

Sería aventurado especular acerca del recorrido que tendrá este asunto o del impacto que tendrá en la legislatura y la continuidad del gobierno de Pedro Sánchez. Sea como sea, esto es sólo el principio. A partir de ahora, las filtraciones, las informaciones sesgadas, las hipótesis elevadas al rango de certezas – por no hablar de los bulos -, se convertirán en el pan nuestro de cada día. La derecha y la extrema derecha, junto con sus terminales en los medios de comunicación y en el propio aparato del Estado, se encargarán de alimentar el ruido y de hacerlo ensordecedor. Asistiremos a una campaña de desgaste, por no decir de acoso y derribo, del gobierno de izquierdas. Una campaña que tiene su origen y su patrocinio en la embajada de Estados Unidos, facilitadora de los primeros elementos de la investigación sobre los delitos de “blanqueo de capitales y tráfico de influencias” que se atribuyen a Zapatero.

Ciertamente, la endeblez fáctica del auto del juez Calama, que construye un relato acusatorio asertivo haciendo un “corta y pega” sobre la base de sospechas policiales y pesquisas inconexas, invita a pensar que las imputaciones pueden ser rebatidas por la defensa. Pero, recientemente hemos visto condenar a un Fiscal general del Estado, arguyendo que “él o su entorno” habrían podido filtrar a la prensa una información verídica y públicamente conocida de antemano. Manejando a conveniencia tiempos de instrucción, procedimientos y dobles varas de medir, toda una franja de la magistratura, en rebeldía contra el poder legislativo y el gobierno de izquierdas, trabaja para socavarlo. Tras la aprobación de la Ley de Amnistía, lo hace con un descaro que sería ingenuo ignorar.

               Pero, en los márgenes de esta tensión político-judicial, se ha abierto otro debate al que conviene prestar la mayor atención. Una reciente columna de Najat El-Hachmi, publicada en “El País” (“El último de la ceja”) plantea algunas cuestiones muy relevantes. Aun siendo escéptica por cuanto se refiere a los delitos atribuidos a Zapatero, la escritora se muestra muy crítica con la figura del expresidente. “No hace falta llegar a los delitos de corrupción para que la actividad de muchos expolíticos tenga elementos de turbiedad ética”, dice, cuestionando la incorporación de excargos públicos a los consejos de administración de grandes compañías. No es la única en hacerlo. Este es un tema, el de las puertas giratorias y los grupos de interés, poco o mal regulado por ley, que sigue coleando en la izquierda y afecta sin duda a su imagen. Los reproches más amargos de El-Hachmi se refieren, sin embargo, a determinadas decisiones políticas. Entre otras, a la gestión de la crisis financiera que hizo el último gobierno de Zapatero. La crítica, desde luego, es legítima. No obstante, sería injusto olvidar algunos hitos de sus dos mandatos – desde los avances en materia de igualdad de género, derechos civiles, dependencia y memoria histórica hasta el fin de ETA, pasando por la retirada de las tropas españolas de Iraq -, avances que explican la adhesión al legado de Zapatero por parte de la militancia del PSOE. Y que explican también la conmoción que ahora reina en sus filas.

Además, no conviene mezclarlo todo. Alguien puede merecer un reproche político. Su figura puede incluso suscitar antipatía. Pero la condena espuria por un delito que no hubiese cometido, no sólo sería una injusticia contra esa persona, sino que extendería una sombría amenaza sobre toda la sociedad. Nadie debe permanecer indiferente al respecto. Y tampoco hay que perder de vista el contexto, su gravedad, lo que realmente está en juego. Nos hallamos ante una ofensiva que no sólo pretende un cambio de gobierno, una alternancia o la apertura de un nuevo ciclo electoral. No. La acometida busca reconfigurar en profundidad el paisaje político e institucional, desarbolando durablemente a la izquierda, desmoralizándola, llevando incluso a la cárcel a sus líderes bajo vergonzantes incriminaciones. Se trata, en última instancia, de quebrar cualquier capacidad de resistencia a las políticas regresivas que las derechas, en concordancia con los grandes poderes económicos, aspiran a imponer en el próximo período. Vivimos tiempos radicales.

En tales circunstancias, es lógico que las acometidas más encarnizadas del adversario se concentren en los puntos más débiles de la fortaleza asediada. Con independencia de no incurrir en ninguna ilegalidad, y más allá de consideraciones éticas o estéticas, los negocios de intermediación y de lobby suponen establecer relaciones y compartir intereses con personajes que pueden acabar revelándose muy malas compañías. El nivel de exposición pública al que se ve sometido el expresidente de un gobierno es extraordinario. Moverse en esas aguas, que con frecuencia se tornan turbulentas, resulta muy arriesgado para alguien como Zapatero, por mucho que su declaración del IRPF sea irreprochable. La cultura de la izquierda no circunscribe sus exigencias de ejemplaridad al simple respeto de la legalidad vigente. La derecha es muy consciente de ello y no dejará de hurgar en esa llaga moral. Incluso si no logra que los tribunales condenen a Zapatero, habrá dañado de modo irreparable la imagen del único presidente en cuyos gobiernos no se dio ningún caso de corrupción.   

Para la izquierda, el golpe es severo. Con independencia de la opinión que cada cual pueda tener sobre la trayectoria de Zapatero, la caída de un referente tan sobresaliente – y las circunstancias que la envuelven – ponen de manifiesto, como dice Najat El-Hachmi, un sentimiento de “orfandad absoluta” entre quienes defienden “la justicia social, la igualdad y el reparto de riqueza”. Todos podemos convenir con ella en ese extremo. Pero el sentimiento de orfandad es tal en la medida que pone de relieve la mayor debilidad que hoy aqueja a la socialdemocracia – y al conjunto de la izquierda. Ante un cambio de rasante histórico como el que está viviendo el mundo, las fuerzas progresistas aún no han tomado la medida de los desafíos planteados; todavía se mueven a golpe de táctica – a veces con indudable mérito, si nos referimos al ejecutivo de Pedro Sánchez -, pero sin un horizonte estratégico claro, sin un relato comprensible para la gente trabajadora y la nueva generación, sin liderazgos colectivos bien asentados. Con toda la relevancia que puedan tener sus caras visibles, la percepción y el arraigo popular de la izquierda no pueden seguir dependiendo de figuras providenciales.

Bajo la égida de las grandes corporaciones tecnológicas y las finanzas, el capitalismo contemporáneo aboca la humanidad a la regresión civilizatoria y al desastre ecológico. No hay alternativa a ese destino sin osar transgresiones sistémicas, sin someter el mercado e incluso la potestad sobre la propiedad privada al interés social y la deliberación democrática. Y no es posible ir muy lejos en esa vía dentro de los límites asfixiantes de los Estados nacionales. Hoy, la invocación nostálgica de su “soberanía” no es más que una cortina de humo que ni siquiera logra ocultar la decadencia, la desagregación social y la deriva autoritaria hacia las que se deslizan. ¿Seremos capaces de plantear las cosas con esa contundencia?

Un programa, una perspectiva ambiciosa… Y un relato movilizador. Para una España plurinacional que necesita reconocerse a sí misma, para una Europa que se juega el ser o no ser en su transformación federal. No es verdad que haya pasado el tiempo de las grandes narrativas. Ese ha sido el mensaje, entre desencantado y cínico, de la posmodernidad. Pero ha llegado el tiempo de los depredadores. Frente a ellos hay que levantar la esperanza de un nuevo modelo social, avanzado y cooperativo; un modelo que todo el desarrollo científico, tecnológico y cultural hace posible, y al que se opone la codicia de unas élites nihilistas. No habrá programa de izquierdas que aglutine y movilice, si no está teñido de anhelos y osadía. La izquierda necesita hacer bandera de un nuevo contrato social, democrático, integrador de la diversidad cultural y de origen, matriz de identidades en construcción, abiertas y dignas de la condición humana.

Cuando más áspera es la lucha, cuanto más sombrías devienen las amenazas, mayor es la urgencia de esbozar un horizonte de cambio. Un horizonte que hay que vislumbrar en cada batalla parcial, en cada conquista lograda o, simplemente, preservada. Esa ha sido la historia de todos los movimientos de emancipación. Sólo por ese camino se seleccionarán, se templarán y se tornarán reconocibles los liderazgos que requiere el convulso período en el que nos adentramos. Encarar con firmeza las contingencias de un combate en el que nuestros adversarios no pretenden “hacer prisioneros”, exige al mismo tiempo una mirada larga. Sin todo ese esfuerzo – que es ingente, que es colectivo y que rebasa el marco nacional -, el sentimiento de orfandad no dejará de embargarnos, tetanizando a la izquierda ante el peligro. Ni ceder ante el ataque de las derechas, ni limitarse a resistir. Ese es el crucial desafío del momento.

Lluís Rabell

25/05/2026  

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