Paternalistas

       El feminismo nos ha hecho mejores a muchos de nosotros que hemos tenido actitudes machistas”, decía hace unos días Pablo Iglesias en uno de sus comentarios radiofónicos. Me abstendré de azarosas disquisiciones acerca del grado de mejoría alcanzado por el líder de Podemos, ni por cualquiera de nosotros. Educados como hemos sido para considerarnos el centro del universo, la apreciación de los hombres sobre nuestra propia virtud bien podría teñirse de narcisismo. Mejor que opinen las mujeres al respecto. Lo que sí resulta poco discutible – las feministas nos lo han enseñado – es que el patriarcado, ese sistema de dominación de los varones sobre las mujeres que permea nuestras sociedades, tiene muchos pliegues e innumerables manifestaciones, algunas burdas y ostensibles, otras más sutiles. El paternalismo y la condescendencia hacia la palabra de las mujeres alterna frecuentemente con la irritación hacia su discurso, cuando éste se torna insistente. Y sobre todo cuando cuestiona nuestra auctoritas. Esas cosas ocurren en las mejores familias, incluidas las de la izquierda.

            Que cada cual haga su propio examen de conciencia. Pero no se trata de un problema individual, sino antes bien colectivo, que requiere ser politizado. Últimamente, cuando más ha arreciado la polémica en torno a la “Ley Trans” – y se ha visto hasta qué punto tensionaba las costuras del gobierno de coalición -, han empezado a escucharse voces alarmadas por la división y la intransigencia que habrían hecho mella en el movimiento feminista, imposibilitando un acuerdo. “Si el movimiento obrero no hubiese sido sobrepuesto el espíritu unitario a las querellas internas – se ha venido sugerido -, jamás habría levantado poderosos sindicatos”. “La izquierda ha pagado muy caras sus luchas cainitas”, se ha repetido aquí y allá. Todo eso es cierto. Pero… Vayamos por partes.

            La alusión al sindicalismo reviste gran interés. A la vez porque se presta a esclarecedores paralelismos… y porque el sindicato no es la medida de todas las cosas. La historia de España nos alecciona sobre la importancia vital de los sindicatos. Sin ellos no habría democracia. Y no me refiero tan solo a la representatividad del mundo del trabajo y a las funciones que les atribuye la Constitución, sino al propio advenimiento de las libertades. Muchos factores se conjugaron en el agotamiento de la dictadura franquista. Pero acaso el más decisivo, el hecho sin el cual la agonía del régimen hubiese podido prolongarse, fue la quiebra del sindicato vertical bajo la acción combinada de la lucha obrera en fábricas y tajos, la organización clandestina y la labor de zapa en el seno de la CNS. La integración de la clase trabajadora al Estado a través de una organización que encuadraba a empleados y empresarios bajo la tutela y arbitraje de los funcionarios del régimen, constituía su quintaesencia. No bastaba con aplastar al movimiento obrero – eso fue obra de una brutal represión en el curso de la guerra civil y en los años posteriores. Era preciso, además, calafatear cualquier grieta por la que pudiese colarse la lucha de clases. Más que cualquier otro, ese era el rasgo genuinamente corporativista y fascista de la dictadura. El descalabro del sindicato vertical selló su inviabilidad.

            El sindicato es la organización elemental de la clase trabajadora, el primer peldaño en la construcción de su conciencia. Pero la independencia del proletariado respecto a las clases poseedoras requiere, además, otros instrumentos, partidos portadores de un proyecto alternativo de sociedad y una estrategia para alcanzarlo. Con el surgimiento del Estado social, los sindicatos de clase han sido llamados a ocuparse de las políticas públicas, pues de otro modo no podrían cumplir con el mandato de defender “los intereses materiales y morales de la clase obrera”, como se decía en el viejo vocabulario de la CNT. La defensa de las políticas de equidad lleva tiempo inscrita en el frontispicio de las organizaciones sindicales; un número creciente de mujeres engrosa sus filas y se incorpora a sus cuadros de dirección.

            ¡Ojalá la mirada sindical – y la de toda la izquierda – acerca de la encrucijada en que se halla el feminismo tuviese en cuenta esa historia y estos parámetros! El feminismo no es una opinión, ni una percepción subjetiva, sino un movimiento histórico emancipador del yugo patriarcal. Y ese movimiento ha construido una agenda de combate por la igualdad. Una agenda que, al propugnar la superación de los estereotipos y roles de género, al combatir toda forma de discriminación hacia las mujeres, al denunciar la prostitución, la pornografía y los vientres de alquiler… se enfrenta a un denso entramado entre la cultura patriarcal y los intereses del capitalismo de nuestro tiempo, cuya realización apunta a una nueva era de sometimiento de las mujeres. En otras palabras, lo que está planteando el feminismo supera con creces la idea de un “perfeccionamiento de la democracia”. En realidad, aborda un combate civilizatorio trascendental. El movimiento obrero y la izquierda política deberían entenderlo cuanto antes, porque no pueden definir su propio horizonte al margen de esa lucha. Pues bien, la “Ley trans” – y el conjunto de disposiciones autonómicas adoptadas en los últimos años e inspiradas en la misma filosofía – se inscriben en otra doctrina, opuesta en todo punto a los objetivos feministas. El ideario queer pretende que el sexo es un sentimiento y que hay que hacer leyes basadas en ese principio, con lo cual quedan socavados todos los esfuerzos por reequilibrar la desigualdad estructural entre hombres y mujeres. ¿Acaso aceptarían los sindicatos legislaciones basadas en una “autopercepción de clase” o en su carácter “fluido”? Es más: ¿podrían siquiera existir en tal caso las organizaciones obreras? En una situación histórica extrema, como recordábamos antes, al capitalismo ya se le ocurrió una forma de encuadrar por la fuerza todos los “sentimientos sociales” en una misma estructura estatizada… sin alterar – ¡antes al contrario! – la realidad material de las clases y el dominio de una sobre las demás.

            El feminismo, como movimiento vivo que es, ha estado siempre atravesado por mil debates. Sin embargo, lo que tenemos ahora enfrente no es una controversia entre dos corrientes de pensamiento feministas, sino la confrontación de dos agendas, una feminista y otra misógina y homófoba, con sus respectivos corolarios políticos. Por eso no vale desentenderse. No hay nada tan paternalista como esa mirada distante con la que a veces juzgamos a las feministas “sectarias”, incapaces de superar sus desavenencias. O esas frívolas interpretaciones periodísticas que atribuyen las críticas al Ministerio de Igualdad a una supuesta “lucha por el poder” entre rancias y acomodadas señoras y una nueva generación “rompedora”. (Un vicio, como es sabido, ajeno a los hombres). Todo ello manifiesta, por demás, una ceguera total ante la lucha de clases que se está librando. Una creencia anticientífica como la que proclama que nacemos en cuerpos equivocados sólo podía prender con fuerza en las sociedades desvertebradas y desesperanzadas que han dejado tras de sí décadas de hegemonía neoliberal, de omnipotencia del mercado y de individualismo exacerbado. Las leyes transgénero no podrían prosperar sin el impulso de poderosas corporaciones y de determinadas élites. Está en juego producir una generación de farmacodependientes. Pero también llevar adelante un experimento social de masas en una perspectiva transhumanista. Esa es la distopía que ha germinado en la mente de algunos de los hombres más ricos e influyentes del planeta. ¿De verdad cree la izquierda que podría inhibirse – o, peor, apuntarse al delirio – sin exponerse a sufrir graves consecuencias a cierto plazo?

            En lo inmediato, a pesar de todas las advertencias, el destino de la “Ley trans” que se tramita, por vía de urgencia y sin comparecencias, en el Congreso de los Diputados, parece ya sellado. La Moncloa ha arbitrado la cuestión y no hay más que hablar: paz en la coalición con Podemos. Se acercan elecciones y hay que tragar con la susodicha ley, que se ha convertido en fundamento ideológico y seña de identidad de los aliados del PSOE. A partir de ahora, el feminismo crítico, entre las muchas lindezas a las que ya está habituado, tendrá que hacer frente a la acusación de poner en peligro la reedición de una mayoría progresista, si persiste en sus objeciones. La lógica electoral tenderá a expulsar todos los debates de principios. Pero, ¿serán acertados los cálculos de los geniecillos de la demoscopia que asesoran a Pedro Sánchez? Para ellos, hay que cerrar carpetas conflictivas. Sí, habrá descontento entre las feministas. Pero la opinión pública apenas empieza a enterarse de lo que pasa. Los sindicatos aceptan el discurso de los “derechos trans” y no dirán nada. El ruido ensordecedor de la bronca parlamentaria desplazará el foco de la atención hacia otras cuestiones. Esa es la previsión. Y tal vez sea acertada… a corto plazo. Eppur si muove. Al final, todo acabará en un estrepitoso fracaso: aquí también tendremos nuestro Tavistock y nos daremos de bruces con la realidad. Queda por ver cuál será el coste humano y político: cuántos menores con la salud destrozada, cuántas familias maltrechas, cuántos profesionales amordazados, cuánta regresión en materia educativa, en políticas de igualdad y en otros ámbitos… Y cuál será el estado de la izquierda “al final de la escapada queer”. La extrema derecha ya ha olido sangre y puede sacar tajada de la inconsistencia y el oportunismo – ¡esa vieja enfermedad del movimiento obrero! – que reinan en nuestras filas. Como para irnos desprendiendo de nuestro condescendiente paternalismo…

            Lluís Rabell

            4/12/2022

3 Comments

  1. Tienes toda la finezza analítica, Lluis Rabell, que le falta a los y las políticas en activo. Qué desgracia de gente que toma las decisiones. Así que a votar mal, como nos acusarán elles.

    M'agrada

  2. Menos mal que la lectura de textos como este nos da pie a reflexionar e intentar entender.
    Considero , igual que el autor, que la ley trans y sus secuelas serán un fuerte tropiezo para el avance del feminismo.
    Una absurdidad para elevar el análisis de situaciones peculiares a la categoria de verdad absoluta. El movimiento feminista y la libertad permiten ayudar y acompañar cualquier situación conflictiva, difícil y que requiere apoyo y ayuda sin por ello imaginar un universo paralelo que condicione la lucha por la igualdad.
    Màs articulos y análisis, por favor.
    Necesitamos pensar, mucho. Es ina necesidad imperiosa para poder articular el mensaje feminista y difundirlo. Gracias.

    M'agrada

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