A vueltas con la guerra de Ucrania

En el marco de la Segunda Jornada ISCAT, la entidad ASEC/ASIC, con la colaboración de “El Jacobino”, organizó el pasado sábado 26/11 una mesa redonda sobre la guerra de Ucrania y sus consecuencias geopolíticas. En ella tuve ocasión de departir con el periodista Rafael Poch, gran conocedor de la realidad en Europa del Este y autor de diferentes trabajos sobre la evolución de Rusia tras la caída de la URSS, y con la antropóloga Marina Pibernat, quien aportó, desde su disciplina académica, no pocos elementos de reflexión acerca del conflicto. Marc Luque moderó el debate. Estas son las notas sobre las que se basó mi intervención.

Es evidente que son muchas y muy profundas las implicaciones de la guerra que se libra en Ucrania. En el desorden mundial y en nuestra vida cotidiana. Pero también porque a través de esa guerra se plantea y dirime el futuro de la construcción europea. Por eso es muy importante entender de qué se trata realmente y qué es lo que hay en juego. Hay dos errores que deberíamos evitar al hablar de esta guerra. Por un lado, olvidar el contexto internacional en el que se desenvuelve. Pero, por otro, tampoco deberíamos subestimar su entidad propia, su grosor específico. Sus actores no son simples marionetas de potencias no contendientes, agentes de intereses comerciales extranjeros que se estarían enfrentándose “por procuración” en las planicies del Este de Europa. La complejidad de un conflicto como éste, su génesis, sus repercusiones, la multiplicidad de fuerzas y gobiernos que intervienen en él… hacen que nos veamos asediados por explicaciones conspirativas. “La guerra la ha iniciado Putin; pero en realidad los americanos querían que se lanzase a ella para poder humillar a Rusia, vender gas licuado a Europa, fortalecer la OTAN y reactivar la industria de armamento…”. La historia está llena de conspiraciones; pero la historia de la humanidad no es la de las conspiraciones habidas, sino la de la lucha de clases. Es su desarrollo vivo lo que crea las condiciones en que determinadas actuaciones pueden dirimir las disyuntivas planteadas. Pero, los poderosos, conscientes en mayor o menor medida de tales intereses de clase, se mueven bajo su impulso. Muchas veces, lo hacen más como aprendices de brujo, arrastrados por los acontecimientos que ellos mismos han desatado, que como lúcidos y previsores estrategas. Los regímenes autocráticos como ruso, anulando deliberaciones y críticas al líder supremo, son proclives a incurrir graves errores de cálculo. En el caso de Estados Unidos, los mismos intereses estratégicos pueden declinarse a través de distintas opciones en política exterior, según el talante de la administración que ocupe la Casa Blanca. Y esas diferencias conllevan consecuencias. Las guerras atraen a toda clase de carroñeros, dispuestos a enriquecerse a costa del sufrimiento humano. No son ellos, sin embargo, quienes determinan la naturaleza de los conflictos.

Un nuevo marco mundial

            Tenemos un nuevo marco geoestratégico general, definido por la rivalidad creciente entre la gran potencia imperialista del siglo XX, Estados Unidos, y la principal potencia emergente, que es China. Se trata de una disputa por el control de las materias primas y la hegemonía mundial. Esa disputa atravesará sin duda muchas etapas, conocerá distintos episodios más o menos tensos, pero será sostenida en el tiempo – de hecho, marcará el desarrollo del siglo – y tenderá a polarizar y alinear a todos los países en uno u otro campo.

            Viviremos, pues, momentos de crispación, incluso con riesgos de derrapaje bélico – como lo vemos de modo intermitente en Taiwan o en Corea. De hecho, estamos en los comienzos de una nueva carrera armamentística, al tiempo que se tambalean los acuerdos de no proliferación nuclear. Todo ello favorece la prolongación de conflictos regionales enquistados y amenaza con volver a inflamar otros latentes, mal resueltos en la etapa anterior, como es el caso de las fricciones entre Serbia y Kosovo, en las que reverberan los ecos de la contienda que libran Rusia y Ucrania. Washington y Pequín son conscientes del peligro de un crescendo en la confrontación: Xi Jinping ha mostrado su disgusto ante la amenaza de Putin de recurrir al arma nuclear y se ha entrevistado con Biden para hablar de “las líneas rojas que no hay que traspasar”.  Pero eso no significa que puedan controlar los acontecimientos, ni aún menos que la lógica de sus intereses contrapuestos no los empuje a término hacia la guerra.

            Queda lejos el tiempo de aquella ensoñación de Toni Negri y Michael Hardt, expresada en “Imperio”. La globalización ha propiciado una mayor interdependencia de las economías, pero no ha difuminado los Estados, ni los ha sustituido por una suerte de poder en red que se extendería sobre el conjunto del planeta. Los intereses de las grandes corporaciones tecnológicas, industriales o financieras siguen adosados a los Estados y a su poderío. La crisis de la globalización neoliberal pone al descubierto que la guerra imperialista, en su plena acepción, sigue a la orden del día, planeando como una amenaza sobre la civilización.

            En ese sentido, no nos hallamos ante la conformación de un bloque democrático, liderado por Estados Unidos, frente a un bloque autocrático. En el primero, junto a las democracias liberales occidentales, militan Estados muy poco respetuosos con los derechos humanos. El propio Josep Borrell así lo reconocía. Aunque el futuro de la democracia política está efectivamente en juego, no es ella la razón definitoria de la confrontación global. Ni siquiera estamos ante una reedición de la guerra fría. China no es una nueva URSS de rasgos asiáticos, la sombra que proyecta sobre el mundo no es la de una revolución emancipadora. El régimen de Pequín optó hace décadas por un sistema híbrido: conservando franjas significativas de la economía en manos del Estado, una omnipresente burocracia ha tutelado un vertiginoso desarrollo capitalista que ha transformado radicalmente el semblante del país. La política exterior es siempre una prolongación de la doméstica. La extensión de la influencia china en África y Latinoamérica sigue el surco de las inversiones extractivas, abierto por las multinacionales occidentales, así como pautas de generación de deuda externa similares a las del FMI o el Banco Mundial.

Un actor sistémico

Tras la apertura de Mao a Estados Unidos – y el giro económico consolidado por Deng Xiao Ping -, el capitalismo neoliberal optó por transformar China en la fábrica del mundo. Con ello logró una hegemonía mundial de varias décadas. Cientos de millones de hombres y mujeres, procedentes del campo, se incorporaron a la producción, las viejas metrópolis se desindustrializaron y las finanzas conocieron un crecimiento monstruoso. Occidente obtuvo un balón de oxígeno. Pero favoreció el surgimiento de un gigante económico, tecnológico y militar que hoy se postula al liderazgo mundial y pugna por el control de vastas zonas de influencia, empezando por el Pacífico. La burocracia china debe comprimir tremendas contradicciones internas. El curso de las últimas décadas ha generado una nueva estructura de clases, marcada por profundas desigualdades entre un gigantesco proletariado industrial – que un día tomará la palabra -, unas clases medias que sufrirán los vaivenes de las crisis cíclicas… y una nueva casta de multimillonarios, entrelazada con la nomenklatura gobernante, que tarde o temprano también reclamará un papel político dirigente. Esas contradicciones empujan a China, con mayor fuerza si cabe, hacia una política exterior expansiva, determinada por la lógica implacable del desarrollo capitalista del país. Más allá de cómo se vista ideológicamente, la pugna sino-americana se plantea, pues, en términos de competencia imperialista.

            Si China fue clave en la globalización, el caso de Rusia es distinto. El desmoronamiento de la URSS, a través de un período convulso, marcado por varios golpes de Estado, terminó dando paso a un régimen autoritario, formado por elementos de la antigua nomenklatura, procedentes sobre todo del KGB y de las fuerzas armadas, en alianza con una capa de oligarcas, enriquecidos con el expolio de los recursos de la economía nacionalizada. Mucho se ha discutido sobre “la traición de Occidente”, que prometió en su día no avanzar ni un centímetro hacia el Este, y que habría perdido la oportunidad de establecer una relación cooperativa con la nueva Rusia. Pero eso es olvidar que, al hundirse el carcomido dique de contención que de algún modo representaban el muro de Berlín y el propio Estado soviético, las leyes del capitalismo debían desbocarse. Los países que habían estado sometidos a la tutela del Kremlin querían lanzarse en brazos del sueño de prosperidad que a sus ojos representaba Occidente… y deseaban colocarse bajo su protección militar. Esa pulsión conectaba con una realidad aún más insoslayable: Estados Unidos, potencia protectora de Europa a través de la OTAN, no podía digerir a Rusia, no podía absorberla, ni subyugarla como una simple colonia. A pesar del descalabro que supuso el hundimiento del “socialismo real”, el país seguía conteniendo inmensos recursos, así como manteniendo una fuerte conciencia nacional… y un temible arsenal nuclear. En una palabra: conservaba lo necesario para seguir hablando con voz propia en el concierto de las naciones. Ahora, como Estado capitalista y extractivista de nuevo cuño.

 La amenaza real de Occidente

            A través de los vaivenes de la política exterior de sucesivas administraciones, no podían por menos que ir perfilándose los contornos de un choque de intereses. Tanto más cuanto que un régimen como el de Putin tiene su propia dinámica. El nacionalismo gran ruso es la ideología de una forma de gobierno que necesita la tensión bélica para mantener prietas sus filas y para disciplinar a la propia sociedad rusa. Ucrania forma parte de la historia nacional rusa. Ver a esa República definitivamente ubicada en la órbita occidental – y en una vía de integración a la Unión Europea; es decir, con un horizonte de mayor prosperidad y conminada a evolucionar hacia las formas de una democracia liberal – suponía a medio plazo un factor desestabilizador para la autocracia rusa. Sin duda, una amenaza mucho más temible que un eventual despliegue de la OTAN, que Rusia podía contener por medios mucho menos arriesgados que la invasión de Ucrania – invasión que ha tenido justamente el efecto contrario, haciendo bascular hacia la Alianza a países históricamente neutrales, como Finlandia o Suecia.

            En la decisión de invadir Ucrania ha pesado más bien la percepción, por parte del Kremlin, de un momento de debilidad de la OTAN después del fracaso en Afganistán. A lo largo de su tempestuoso mandato, Trump había mantenido una relación execrable con Europa… y Biden tomaba el relevo al frente de la Casa Blanca entregando Kabul a los talibanes. Por otra parte, Rusia se sentía respaldada por China, que le cubría las espaldas. Las circunstancias parecían favorables al blitzkrieg, una “operación especial” destinada a colocar un gobierno títere en Kiev y hacerse con el control del país. Por otra parte, la posibilidad de una respuesta europea, contundente y unificada, se antojaba también remota. Ahí Putin también erró. Pero, en realidad, sólo en cuanto al grado de la vacilación europea, mucho menor de la que esperaba. Durante años, Europa acogió a los magnates rusos e hizo la vista gorda sobre los desmanes de Putin. El dinero de oligarcas y mafiosos fluyó a raudales por la City. Alemania levantó su hegemonía industrial merced al abastecimiento energético ruso, suministrado a buen precio. Italia estrechó sus vínculos comerciales con Moscú… En realidad, las élites europeas se instalaron en la ensoñación de vivir bajo el manto protector americano, obteniendo gas y petróleo de Rusia… y fabricando en China. Desde hace tiempo, el Kremlin entendió que sus intereses pasaban por una Europa de antiguas potencias venidas a menos, desagregadas, sin una fuerte vinculación entre ellas. La relación de Putin con la extrema derecha y los movimientos nacional-populistas no es meramente ideológica: las tendencias al repliegue nacional, socavando el proceso de integración europea, favorecen la aspiración expansionista del régimen autocrático en su zona histórica de influencia. Y ahora, con la guerra eternizándose, ésa sigue siendo su estrategia político-militar: que Europa no pueda soportar el costo social de las sanciones impuestas a Rusia, que la penuria energética desate el descontento de la gente… y que, aquí y allá, se abra paso la idea de que cada país debe procurar su propio bienestar, aunque el precio sea abandonar Ucrania a su suerte. El apoyo militar a Kiev sólo es sostenible desde un esfuerzo mancomunado. Separadamente, los presupuestos de los Estados incurrirían en graves desequilibrios y tensiones internas. Putin lo sabe y querría quebrar ese esfuerzo por la base.

La naturaleza de la guerra…

            Sí, la guerra de Ucrania tiene su propia entidad, no es un mero reflejo de las tensiones geoestratégicas. Trotsky decía que, en nueve de cada diez ocasiones, la izquierda puede situarse en un conflicto simplemente por oposición a lo que hagan la burguesía imperialista o los gobiernos a su servicio. Pero siempre hay una décima ocasión en que las cosas son más complicadas y se hace necesario pensar. Ucrania es esa ocasión número diez. Las razones que empujan a la primera potencia a sostener el esfuerzo bélico de Kiev – y que, del mismo modo, pueden llevarla a traicionar en un momento dado a Ucrania o a forzar sus decisiones según el cálculo coyuntural de Washington – no deben empañar la realidad de una legítima resistencia nacional frente a una bárbara agresión que pretendía someter el país entero a una dominación de terror, como ha podido verse en las zonas ocupadas por las tropas rusas. Da fe de ello la destrucción sistemática de infraestructuras civiles, para someter a la población a toda clase de penurias y doblegar su ánimo. La resistencia ucraniana merece la simpatía y el apoyo decidido de las fuerzas progresistas y democráticas de todo el mundo. Y tiene el derecho, rubricado con millares de muertos, de recabar armas, provengan de donde provengan, así como de tener la última palabra por cuanto se refiere a un eventual alto el fuego o a unas negociaciones de paz. Algo que, por ahora, no parece a la orden del día.

Sería ocioso especular sobre el final de la guerra. Nada es más incierto. Muchos escenarios son imaginables, desde la peligrosa escalada que algunos anuncian hasta una congelación del conflicto al estilo de Corea, pasando por toda una gama de situaciones intermedias, más o menos favorables a uno u otro de los contendientes. De momento, las armas siguen hablando. Putin ha hecho una apuesta muy alta y se juega la supervivencia. Pero, en cualquier caso, la demanda de que seamos neutrales ante una agresión como la que está padeciendo Ucrania por parte de una potencia nuclear no es una posición aceptable desde un punto de vista democráticoni tan pacifista como parece. Ser neutrales en un combate desigual nos llevaría a incurrir en una complicidad de facto con el agresor. El objetivo de un pacifismo consecuente es alcanzar una paz justa, sin conquistas, anexiones, humillaciones, ni castigos colectivos; no la paz de los cementerios bajo la bota de los tiranos. Y eso es lo que esperaría a Ucrania si se viese obligada a rendirse. Por el contrario, un desenlace de la contienda propicio a Kiev crearía mejores condiciones para una futura reconstrucción del país en clave democrática y social. Después de los sacrificios consentidos por la población, no sería fácil que ésta aceptase una República moldeada por los intereses de los oligarcas nacionales. El deseo de integración en el proyecto europeo jugaría incontestablemente en favor del pluralismo, las libertades y la lucha contra la corrupción.

…y sus repercusiones

            La guerra de Ucrania tiene repercusiones mundiales, afectando al abastecimiento en grano de distintos países. La voz de Europa y de Estados Unidos llamando a defender a Ucrania no concita entusiasmo en África, en América Latina o en la India. No tanto por las simpatías que pueda inspirar Putin, como por el recuerdo de un reciente pasado colonial y de un reguero de golpes militares promovidos desde Washington. Sin embargo, sí que hay una parte importante de verdad en la afirmación de que la democracia está en juego en esta guerra. Si la UE no transforma los desafíos que plantea en un avance hacia su desarrollo federal, las tendencias iliberales y autoritarias ganarán fuerza en todos los países y propiciarán una enorme regresión social. La OTAN es hoy una alianza entre la UE… y el Partido Demócrata de Estados Unidos. A pesar de las dificultades que ello representa, Europa necesita avanzar hacia un sistema autónomo de defensa para no depender del paraguas americano. Sin ese respaldo, difícilmente dispondremos de una diplomacia creíble, capaz de romper la peligrosa dinámica de los dos bloques enfrentados, de promover salidas dialogadas a los conflictos y de tejer nuevas relaciones de confianza con los continentes otrora colonizados.

            La izquierda debería comprometerse en ese tránsito, que estará sin duda plagado de obstáculos. (Basta con evocar la idea de un sistema integrado de defensa europeo para que París, arguyendo que Francia dispone de la “force de frappe”, se postule al mando supremo del nuevo dispositivo). Pero no es menos vital que empiece a hablar con voz propia en todos los pliegues del conflicto. No podemos ser comentaristas impotentes de la lucha de clases, ni aún menos de la guerra. No nos corresponde especular sobre el futuro del régimen de Putin, sino apoyar activamente a la oposición democrática y de izquierdas que lucha contra él, a los movimientos feministas, a las madres de los soldados enviados al frente… De su fuerza dependerá el destino del país, si el curso de la guerra llega a desencadenar una crisis nacional. Un desenlace favorable a Ucrania la precipitaría sin duda. Del mismo modo, no podemos determinar nuestra actitud, como algunos pretenden, en función del grado de simpatía o desconfianza que nos merezca el gobierno de Zelensky. El deber de la izquierda es defenderlo sin vacilación ante la agresión militar del Kremlin, no ante las eventuales críticas o reivindicaciones de la izquierda social ucraniana. Hoy, la izquierda europea se debate entre un atlantismo de incierto futuro y un pacifismo impotente. Pero, basta con ver las actuales tensiones comerciales entre Estados Unidos y la UE para darse cuenta de que, si Europa no construye su autonomía desde un desarrollo federal, será un mero peón del juego americano en el nuevo tablero geoestratégico.

            Lluís Rabell

            26/11/2022

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