La conjura de los responsables

            Todavía subsisten más zonas de sombra que hechos probados, más conjeturas e hipótesis que certezas, en el escándalo de espionaje que lleva semanas agitando la escena política. Sin embargo, el asunto tiene tanta enjundia que, dado el actual contexto de polarización, hubiese sido ingenuo esperar que la prudencia y el rigor se impusieran como norma de conducta por parte de los distintos responsables políticos.

            En algunos casos, es muy posible que la realpolitik acabe cerrando el paso a la verdad. Por lo menos a corto plazo. Por lo que se ha sabido, el pirateo de datos de Pedro Sánchez y Margarita Robles correspondería al período de mayores tensiones diplomáticas con Rabat. Todas las miradas se han vuelto hacia el servicio de inteligencia marroquí, que dispone desde hace años de “Pegassus” por gentileza de Israel, con quien la monarquía alauita intercambia servicios y favores. La sospecha es razonable. No lo parece tanto la fulminante reacción de Jaume Asens, cuya formación política, UP, forma parte del gobierno de coalición, apuntando a que el presidente sería víctima de un chantaje por parte de Mohammed VI – lo que explicaría el viraje de la tradicional postura española sobre la cuestión del Sáhara. Desde luego, la imaginación es libre. Pero no está de más recordar, por lo que se refiere a la idea de un estatuto de autonomía para el Sáhara, que esa propuesta contaba con el aval de Washington, Bonn y París, cuando la diplomacia americana recaló a principios de año en Madrid. En marzo de 2021, la Sexta Flota ya había realizado, sin previo aviso a España, maniobras conjuntas con las fuerzas marroquíes a proximidad de las Islas Canarias. A buen entendedor… Pero, si Marruecos anduviese detrás del hackeo, es dudoso que el gobierno español quisiera airearlo ahora, cuando se está normalizando la situación en los pasos fronterizos de Ceuta y Melilla y se ha oficializado la cooperación entre ambos países en distintos ámbitos. La cumbre de la OTAN ha de celebrarse el próximo mes de junio en Madrid, con la guerra de Ucrania tensionando el Este de Europa. No es momento de crear un punto de discordia en el flanco sur de la Alianza.

            Por otra parte, tampoco habría que descartar que los servicios marroquíes, si tal fuese el caso, hubiesen actuado subcontratados por un tercer país. No sería la primera vez. Como tampoco constituye una novedad el espionaje entre Estados aliados, un asunto que acostumbra a resolverse entre bambalinas por la cuenta que trae a todos los implicados. En su día, el móvil de Angela Merkel también fue asaltado… y no llegó la sangre al río con el amigo americano. Se sospecha que el de Emmanuel Macron lo fue a su vez por la inteligencia marroquí. El Eliseo ha guardado un sepulcral silencio al respecto. Nada de eso resulta demasiado tranquilizador para la ciudadanía, ni saludable para la democracia. Pero así son las pautas de la “razón de Estado” en el actual contexto mundial.

            Con todo, no hay que perder de vista que la crisis arrancó con la información acerca de un espionaje masivo a líderes, activistas y abogados independentistas catalanes. Aquí también, la prudencia hubiese sido de rigor. Desde luego, la violación de los derechos constitucionales de que se hablaba, de confirmarse, no sería una cuestión menor en una democracia política. Por menos caerían ministros y gobiernos enteros. Pero las cosas no están tan claras como pretendían los denunciantes del llamado “catalangate”. El CNI ha acreditado escuchas, practicadas bajo tutela judicial, a dieciocho personas – y no a más de sesenta según afirmaba el famoso artículo del New Yorker. ¿Está realmente acreditada la intervención de todos esos teléfonos? Bajo el gobierno del PP, conocimos la existencia de “policías patrióticas” y sucias tramas que se movían en las llamadas “cloacas del Estado”. ¿De verdad eso forma parte del pasado, tal como lo asevera el gobierno? Tal vez no le sea fácil responder a esas preguntas de modo fehaciente. Pero no puede dejarlas en suspenso. El conflicto catalán no está cerrado. Sería imposible reconducirlo sin restablecer una mínima confianza en el Estado de Derecho. Por eso, además de arrojar luz sobre lo sucedido, tampoco cabe eludir la tarea de actualizar, en un sentido más garantista, la legislación sobre secretos oficiales y las medidas de tutela judicial que deben aplicarse, cuando justificadas razones de seguridad requieran la suspensión temporal de la privacidad de un ciudadano.

            Pero si los dirigentes independentistas, más allá de las simpatías o antipatías que inspiren, son acreedores de amparo democrático por parte del Estado que repudian, tampoco deberían sorprenderse de que éste se alarmase ante determinadas actuaciones. En las fases más álgidas de la crisis territorial, hubo reiterados y reconocidos contactos del entorno de Puigdemont con exdiplomáticos y personajes turbios cercanos al Kremlin. La víspera de aquella dudosa declaración de independencia del 27 de octubre de 2017, el propio President recibía a escondidas a un presunto enlace ruso que le hablaba del envío de mercenarios y dinero en apoyo de la futura República Catalana, llamada a convertirse en un paraíso fiscal especializado en criptomonedas. Si está claro que unos iban de pardillos, resulta difícil saber si los otros iban de espías, de provocadores o de estafadores. O todo a la vez. En cualquier caso, la total irresponsabilidad mostrada por los dirigentes independentistas resulta manifiesta. Estamos hablando del presidente de la Generalitat, primera autoridad del Estado en Catalunya. Y no menos irresponsable fue la conducta tras la sentencia a los líderes del “procés”, en octubre de 2019, alentando peligrosísimas acciones, como la ocupación del aeropuerto, desde una sofisticada plataforma digital – “Tsunami democràtic”-, todo un experimento de manipulación de masas. Hoy, con la crisis abierta por la invasión de Ucrania, pocos pueden dudar ya de la hostilidad de Putin hacia la UE y de sus intenciones desestabilizadoras. No es difícil imaginar que ocurriría si el presidente de una región francesa o el gobierno de un land estableciesen contactos con presuntos agentes de una potencia extranjera, amagando con quebrar la integridad territorial de sus respectivos Estados. ¿No sería legítimo acaso monitorizar a semejantes aventureros?

            La sobreactuación de ERC, rasgándose las vestiduras en el Congreso, era de esperar. Siente en su cogote el aliento de la derecha nacionalista, para quien este asunto ha sido agua de mayo. El gobierno debe armarse de paciencia y seguir ofreciendo una pista de aterrizaje a ERC. Lo requiere la prosecución de la legislatura. Y no hay más vía que el diálogo para seguir rebajando tensiones en Catalunya. El gobierno tendrá que mover ficha, pero hacerlo con cautela. No es fácil gestionar una crisis con tantas aristas. Esclarecer hechos, proponer reformas… Pero, más allá del gesto que ha supuesto el relevo efectuado a la cabeza del CNI, Sánchez difícilmente podría prestarse a otras exigencias del independentismo sin socavar la credibilidad de su gobierno. ERC tiene que hacerse cargo de esos límites y aguantar la presión de JxCat… por el bien de todos.

Y, desde luego, ayudaría a ello que el socio minoritario del gobierno dejase de jugar a hacer de oposición, interpelando un día al ministro de Presidencia y, otro, señalando a la ministra de Defensa. No se puede estar en misa y repicando. La situación, llena de incertidumbres, no está para jugar con fuego. La caída del gobierno progresista abriría un escenario en el que la derecha y la extrema derecha tendrían muchas posibilidades de hacerse con el poder. La izquierda alternativa optó en su día por una coalición con el PSOE. Lo hizo a sabiendas de que éste es un país miembro de la OTAN y de que los márgenes de actuación de un ejecutivo de izquierdas serían limitados. A pesar de ello, el balance de un gobierno que ha soportado tantas situaciones adversas en los dos últimos años, es encomiable en materia social, laboral, económica, por cuanto se refiere a lo obtenido en Europa… El ruido está tapando esa gestión. Más que nunca, es momento de actuar con responsabilidad. En ese sentido, el desempeño de Yolanda Díaz sigue siendo ejemplar: es capaz de mostrar el perfil propio y solvente de una izquierda crítica, haciendo valer matices y objeciones cuando es necesario… pero sin faltar en ningún momento al deber de solidaridad gubernamental. No se podrá configurar un espacio político a la izquierda del PSOE, indispensable para que las próximas elecciones puedan arrojar una mayoría de progreso, si no es desde la lealtad y la utilidad a la gente trabajadora. La permanente guerrilla radiofónica que se obstina en practicar Pablo Iglesias constituye un gravísimo error. No sólo desacredita al gobierno del que formó parte, sino que mina las incipientes bases de un reagrupamiento que aún está por hacerse, y que tendrá el tiempo contado antes de enfrentarse a enormes desafíos. Jordi Amat describió, en un inspirado opúsculo, la concatenación de decisiones y conductas que condujo a la crisis catalana como “la conjura de los irresponsables”. Sería hora de que la izquierda promoviese una conjura de los leales.

            Lluís Rabell

            14/05/2022

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out /  Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out /  Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out /  Canvia )

S'està connectant a %s