La ira que no cesa

       A pocos días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, la incertidumbre sigue reinando acerca de su desenlace. Macron, percibido por gran parte del electorado popular como “el presidente de los ricos”, necesita recabar los votos de franjas sociales que han chocado, a veces con gran violencia, con su gobierno a lo largo del último mandato. Marine Le Pen ha conseguido disipar el aura sulfurosa que envolvía a su padre, y se esfuerza por consolidarse como la portavoz de “los de abajo”. En parte lo ha logrado ya, asentándose en territorios electorales que fueron otrora feudos de la izquierda.

            El espacio político agrupado en torno a la candidatura de Jean-Luc Mélenchon, que obtuvo unos magníficos resultados en los barrios periféricos y en los maltratados territorios de ultramar, será decisivo para inclinar la balanza entre los dos candidatos. Pero el comportamiento de esa izquierda no se prevé uniforme. Según algunas encuestas, apenas una tercera parte de ella estaría dispuesta a dar su voto al actual presidente de la República. La abstención o el voto en blanco tienen muchos más adeptos. Y esa es una tendencia muy presente también entre el electorado comunista y de extrema izquierda. Cuántos votos obtenidos por La Francia Insumisa pueden ir a parar a la extrema derecha constituye hoy por hoy una incógnita. En una sociedad polarizada y castigada por sucesivas crisis, la ira y el resentimiento son más fuertes que la razón. El enfado con Macron hace que mucha gente humilde minimice el peligro que se cierne sobre Francia y sobre Europa. En manos de una amiga declarada de Orban y Putin, los amplios poderes de que dispone la presidencia de la V República, como el de proponer “revisiones constitucionales” por vía de referéndum – sobre la “preferencia nacional” en el acceso a los derechos sociales, acerca de la preeminencia de la soberanía francesa sobre los tratados europeos… –, podrían tener un tremendo efecto desestabilizador. Sin embargo… El brexit o la elección de Trump nos aleccionaron acerca de la fascinación que puede ejercer un precipicio sobre una sociedad en lucha consigo misma.  

        ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? El diario “Le Monde” publica hoy (20/04/2022) una interesante entrevista del politólogo Dominique Reynié, brindándonos algunas claves acerca de ese voto “a la contra” que zarandea a las democracias liberales en pérdida de legitimidad. Vale la pena prestarle atención.

            Lluís Rabell

“Las elecciones se han convertido en instrumento de protesta contra el poder”

            En la primera vuelta de las elecciones presidenciales, un 68% de los inscritos se situaba en la “protesta electoral”, según el politólogo Dominique Reynié, profesor en la facultad de Ciencias Políticas y director general de la Fundación para la innovación política. Ese porcentaje sin precedentes, explica, plantea el riesgo de que nos encontremos con un sistema político devenido ilegítimo.

¿Qué cabe entender por “protesta electoral”?

En la práctica, la sostenibilidad del modelo democrático implica que se satisfagan algunos prerrequisitos. La participación electoral forma parte de ellos, así como una preferencia mayoritaria por los candidatos llamados “de gobierno”. La protesta electoral constituye, pues, una anomalía, soportable en la medida en que permanece como un fenómeno marginal. Sin embargo, ya no es el caso.

En la Fundación para la innovación política, he diseñado un indicador para medir su evolución. Se trata de adicionar, sin confundirlos, tres comportamientos. En primer lugar, está el voto de protesta, es decir el voto a favor de candidatos populistas, representando a partidos tales como La Francia Insumisa (Mélenchon), el Reagrupamiento Nacional (Marine Le Pen) o ¡Reconquista! (Éric Zemmour), por lo que respecta a este año, pero igualmente a favor de la izquierda revolucionaria, como el Nuevo Partido Anticapitalista.

Luego está la abstención. Sólo una parte de la misma tiene que ver con la protesta, pero los indicios de un componente de protesta nos llegan a través de los sondeos de opinión, la geografía electoral y por el hecho de que la curva de la abstención sigue el mismo contorno del voto de protesta. Finalmente, están los votos en blanco.

La protesta electoral se da en todos los países democráticos, pero la cuestión clave consiste en el nivel que alcanza el fenómeno. Esa protesta concierne al 70’4% de los inscritos en Italia (elecciones generales de 2018), al 70% en Grecia (2019), al 56% en España (2019), al 36’5% en Alemania (2021), al 33’5% en Dinamarca o al 24’2% en los Países Bajos. Los niveles más altos se dan en Francia (el 68% de los inscritos en la primera vuelta de las presidenciales), en Italia, en Grecia y en los países de Europa central y oriental, como Hungría (72’4% en 2022), en Polonia (69’7% en 2019) o en la República checa (61’2% en 2021). Los votos de protesta representan la mayoría de los sufragios expresados en Francia (55’6%), en Italia (56’2%) y en Hungría (60%), donde la protesta está en el poder.

¿Se trata de un fenómeno nuevo?

La novedad no reside en la existencia de tal protesta electoral, sino en la evolución de su nivel. Por lo que respecta a la elección presidencial francesa, podemos constatar un ascenso continuado desde 1988 hasta el récord de este último 10 de abril, con el 68% de los inscritos. Entre los sufragios expresados, el 55’6% congregado en la primera vuelta a favor de las candidaturas de protesta se convirtió en mayoritario, superando incluso el 54’6% de votos a favor del “No” en el referéndum de 2005 sobre el proyecto de tratado constitucional europeo. Su porcentaje fue del 29’6% con ocasión de aquel recordado 21 de abril de 2002, cuando Jean-Marie Le Pen consiguió, ante la sorpresa general, calificarse para una segunda vuelta frente a Jacques Chirac, y alcanzó un 48’4% en la primera vuelta de las presidenciales de 2017. Así pues, a lo largo de veinte años, el total de los votos de protesta ha progresado en veinticinco puntos.

¿Nuestro sistema político se ha vuelto ilegítimo?

El riesgo de que así sea se ha convertido en real. La protesta electoral se nutre del declive de las instituciones encargadas de representar y organizar el pluralismo y la conflictividad: los partidos, los sindicatos y los medios de comunicación profesionales. En Francia, los partidos o candidatos llamados “de gobierno” han visto su base electoral deshilacharse, hasta desaparecer por lo que respecta al Partido Socialista o a Los Republicanos. La República en Marcha aún consigue mantenerse a flote, gracias a Emmanuel Macron, pero el nivel de las aguas protestatarias no deja de subir.

Nuestra vida política se desinstitucionaliza. Es decir, las elecciones, en particular los comicios que deben designar al presidente de la República, se transforman en un instrumento de protesta contra el poder en lugar de representar un acto de delegación del poder. Paralelamente, la conflictividad se torna cada vez más anómica, espontánea, efímera y violenta. De tal modo que, cada vez más, cuando llegan las elecciones presidenciales, votamos para protestar. Y luego votamos para “cerrar el paso”; es decir, para bloquear las consecuencias que se derivan de nuestro voto de protesta. Una vez elegido el presidente, retomamos inmediatamente el camino de la protesta para bloquear la acción del gobierno: “gorros rojos” (movimiento contra la ecotasa, surgido en Bretaña en 2013), movilizaciones en defensa del territorio, “chalecos amarillos”, antivacunas, oposición al pase sanitario, etc. Es insostenible.

¿Por qué? ¿Qué salida cabe imaginar ante ese ascenso continuado de la protesta electoral?

Un escrutinio tras otro, vamos minando nuestras instituciones de representación y de regulación de la conflictividad social. Las destituimos mediante la presión creciente y convergente de las redes sociales y de los populistas. Los ciudadanos oscilan entre retirada cívica, desinterés, apatía, explosiones de cólera y de emoción. Si ya no hay representantes, ni mediación, la alternativa es el vacío o bien la confrontación, en contacto directo con el Estado. En este caso, con las fuerzas del orden y no con los cargos electos; en la calle y las rotondas, no en los parlamentos; en las redes sociales, no en un espacio mediático organizado por periodistas profesionales. En tales circunstancias, el advenimiento de la violencia parece evidente.

¿Será en las circunscripciones donde el voto de protesta ha sido más fuerte donde se decida la segunda vuelta de las presidenciales?

Sí, teniendo en cuenta los tres componentes de la protesta electoral. Así pues, el resultado de las presidenciales depende, por una parte, de que el voto de protesta que afluyó a la candidatura de Mélenchon se una al voto de gobierno, encarnado por Macron. A condición, por supuesto, de que ese voto de protesta no se movilice más a favor de Marine Le Pen. Es posible un reflujo de la protesta electoral, dado que, en la segunda vuelta, no se trata de manifestar una opinión, como en la primera vuelta, sino de decidir a quién se confía el poder, y por lo tanto de asumir las consecuencias.

La evaluación del riesgo desempeñará sin duda un papel, incluso entre los electores protestatarios, puesto que la elección de una candidatura rupturista podría fragilizar el valor de sus ahorros y de su patrimonio al amenazar la estabilidad del euro. Por su propia naturaleza utilitarista, ese frente “monetario” recela una eficacia más fiable que el frente republicano (hipotética agregación de los sufragios opuestos a una deriva antisistema).

Finalmente, una mayor movilización de los abstencionistas, muy numerosos en la primera vuelta (26’3%), contribuirá a determinar el desenlace del escrutinio, en función de que juegue a favor de Emmanuel Macron o de Marine Le Pen.

(Entrevista realizada por Benoit Floc’h. Traducción: Lluís Rabell)

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