La advertencia

       Un suspiro de alivio recorre Europa, desde Lisboa hasta Kiev, tras la reelección de Emmanuel Macron en la segunda vuelta de los comicios presidenciales franceses. Como bien decía un tenso editorial de “Le Monde” en su edición del día anterior, llamando a cerrar el paso a Marine Le Pen, “Francia no es Hungría”. El modelo Orban, trasladado a París, hubiese tenido consecuencias infinitamente más desestabilizadoras que a orillas del Danubio. Francia, pilar de la UE, miembro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, potencia nuclear y poderosa economía, en manos de una extrema derecha soberanista, negacionista de la crisis climática y amiga de Putin… Los exorbitantes poderes presidenciales, diseñados en su día a la medida del general De Gaulle, a disposición de una líder populista dispuesta a promover la “preferencia nacional” a golpe de referéndum, dinamitando los principios republicanos y la convivencia… Uf. Se ha evitado lo peor.

            Sí, ha ganado Macron. Y, si los mecanismos del escrutinio mayoritario a dos vueltas funcionan como es previsible, las elecciones legislativas del próximo mes de junio deberían dar al presidente un holgado respaldo parlamentario que le permita gobernar. Sin embargo, sería un grave error pensar que esto no ha sido más que un susto, una pesadilla, y que la amenaza de la extrema derecha se ha disipado. O, como dicen algunos amigos, que su oportunidad ha pasado: si en el actual clima de incertidumbre y malestar social, tras la pandemia, la inflación y la guerra, no ha logrado hacerse con el poder, ya nunca lo conseguirá. Por desgracia, las cosas no son tan halagüeñas. Menos que nadie, la izquierda, responsable en gran medida de cuanto ha sucedido, debería dormirse en unos laureles… que ni siquiera son los suyos.

            Hay motivos de inquietud. En relación a las elecciones de 2017, Macron pierde casi dos millones de votos… y Le Pen gana 2.700.000 más. A pesar de su derrota, la extrema derecha cosecha un resultado histórico. Más preocupante aún: consolida su influencia electoral en las regiones desindustrializadas del norte y el noreste, otrora feudos socialistas y comunistas, así como en la Francia rural y periurbana que vio surgir el furor de los “chalecos amarillos”, y en el arco mediterráneo. Hay ahí mucho voto popular, de clase obrera desagregada por los efectos de la globalización, de sectores sociales de rentas bajas y pensionistas inquietos que, desde hace demasiado tiempo ya, se han sentido abandonados por la izquierda. El debate sobre si los votantes de Le Pen son realmente de extrema derecha o no carece de sentido. La evolución de su voto no resulta de un cursillo de adoctrinamiento ideológico, sino de sus condiciones de vida, de su desestructuración como clase, de sus angustias y su cólera. La extrema derecha formatea esos sentimientos y los dirige contra los más débiles: el “otro”, el inmigrante… o el que lo parece. La revuelta contra las “élites” termina reduciéndose a la violenta disputa por las migajas de un debilitado Estado social, cuyo amparo estaría reservado a los “nacionales”.

            Las cosas no caen del cielo. El ascenso de la extrema derecha se ha ido produciendo a lo largo de décadas. Décadas de neoliberalismo, ante cuyos dogmas sucumbió la izquierda de gobierno. Macron nació de las entrañas del mandato de François Hollande. Y la reacción de los portavoces del presidente reelecto no permite entrever ningún balance de una gestión que ha abonado el terreno a la extrema derecha, hasta el punto de situarla a las puertas del Elíseo. Carreristas sin bagaje político, chicos de buena familia, representantes de “la Francia que va bien” encantados de conocerse a sí mismos, los partidarios de Macron celebran su triunfo electoral exultantes, como si un 58% del electorado hubiese plebiscitado las políticas antisociales desplegadas durante su mandato. La izquierda no puede delegar en esas mediocridades políticas el balance y la rectificación necesarios para que Francia cambie de rumbo. En cierto modo, Macron ha ganado “malgré lui”. Los vientos populistas han soplado sobre todas las formaciones políticas. Los votantes de la derecha tradicional, desarbolada, se han refugiado tras la figura del presidente de los ricos y de las clases acomodadas urbanas. Pero Macron sólo ha logrado salir del paso gracias a la aportación de los votos de una izquierda consciente de la amenaza que representaba Le Pen. Y no sin dificultad.

            La socialista Anne Hidalgo, el ecologista Yannick Jadot, el comunista Fabien Roussel… llamaron a cerrar el paso a la extrema derecha utilizando el voto a favor de Macron. Pero ha sido sobre todo el electorado que había votado por Jean-Luc Mélenchon en la primera vuelta – en gran medida el electorado de izquierdas que se ha ido desplazando de sus partidos tradicionales de referencia – el que ha inclinado decisivamente la balanza. Un 41% de ese electorado ha dado su apoyo a Macron en esta segunda vuelta. Han sido sobre todo los barrios periféricos y los sectores más politizados. Según una encuesta, el 91% de esos votantes declara haber votado contra Le Pen… sin menoscabo de su radical oposición a cuanto representa Macron. El flamante presidente de la República haría bien en no olvidar este dato. Como tampoco debería perder de vista hasta qué punto su gestión anterior le ha hecho odioso a ojos de los más desfavorecidos: un 42% de los votantes de La France Insoumise optó por la abstención o el voto en blanco, y un 17% transfirió su voto a Le Pen. Voto “de castigo”, consciencia desdibujada por un relato soberanista… o “al diablo con todos”. Son tiempos propicios a la ira. Aunque con poco peso numérico, los resultados en los territorios de ultramar son altamente significativos. La abstención ha rebasado con creces el 50%. Ahí donde el discurso radical de Mélenchon arrasó en la primera vuelta, Le Pen obtiene un 70% de los sufragios en Guadalupe o un 60% en Martinica y en la Guyana francesa. La democracia liberal de la metrópolis no irradia sus beneficios a las colonias, o lo que queda de ellas. Su población se ha sentido maltratada por los gobiernos de París hasta el punto de no creer que Le Pen pudiera depararle algo peor que lo vivido con Macron. Más allá de los discursos tranquilizadores, ese es el panorama social de la República.

            ¿Tomará la izquierda cumplida nota de la advertencia? Ojalá lo hiciera. Aunque no parece evidente. Veremos si, de cara a las elecciones de junio, es capaz de llegar a acuerdos para lograr una representación parlamentaria acorde con su peso real en el país. Sólo su fragmentación le impidió rebasar a la extrema derecha y disputar la segunda vuelta frente a Macron, algo que hubiese situado el debate político y las perspectivas de un cambio a otro nivel. Pero hay muchas heridas abiertas. Persisten entre algunos actores políticos muchas ganas de “rematar” al Partido Socialista, como una manera de conjurar las derivas social-liberales. En la desarticulada socialdemocracia, que tantos dan por finiquitada, aún podrían pesar más los viejos tics y las ambiciones personales que la construcción de un nuevo proyecto reformista. Y en el espacio hoy mayoritario de la izquierda, el hiper liderazgo de Mélenchon y su vocación hegemónica quizá no faciliten tampoco la unificación de fuerzas. Las próximas semanas lo dirán. Más allá de las urgencias electorales – obtener apoyos institucionales es fundamental de cara a las grandes disyuntivas políticas y a los conflictos sociales que no dejarán de presentarse -, la reconstrucción de la izquierda será una tarea ardua y compleja. Será imprescindible establecer nuevos paradigmas. Los discursos populistas y la exaltación de los sentimientos soberanistas pueden servir para armar un voto de protesta social. Pero no aportan la conciencia política ni la homogeneidad necesarias para afrontar los problemas y construir una alternativa progresista. La propia división de opiniones en el seno de La France Insoumise ante la segunda vuelta refleja mucho más que una simple controversia táctica. Y el planteamiento general de Mélenchon, henchido de autosuficiencia nacional y ambiguo en cuestiones tan cruciales como una guerra en suelo europeo, siembra muchas dudas acerca de la coherencia de su programa y la solidez de la fuerza política construida entorno a él. Dudas que habrá que despejar. No hay tiempo que perder. Aún nos esperan muchos sobresaltos sociales, muchas crisis y convulsiones. La extrema derecha no ha perdido su último tren. La izquierda tampoco. Pero la advertencia francesa es muy seria. Ni aquí ni allí, la izquierda puede confiar en otra cosa que no sea su propio esfuerzo.

            Lluís Rabell

            25/04/2022

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