Nuestras legiones perdidas

            Un reciente artículo de Santiago Alba Rico (“Ucrania y la izquierda”) ha levantado ampollas en todo un sector militante, en el que se cuentan algunos amigos míos. No es de extrañar. El artículo fustiga con vehemencia la actitud de quienes, con variadas excusas que van desde un pacifismo abstracto hasta la sospecha acerca de la integridad moral de la nación agredida, rehúsan posicionarse claramente junto a Ucrania frente a la devastadora invasión rusa de su territorio. “Estalibanes”, les llama Alba Rico, haciendo gala de premonición en la víspera del reconocimiento oficial del régimen de Kabul por parte del Kremlin.

            No es fácil cuantificar el peso específico de esos sectores, pero sí apreciar cuán coriáceos se muestran. Cuando todavía andaba la opinión pública conmocionada ante las imágenes de la matanza de Bucha, se celebraban actos de denuncia de la OTAN. Cuando se hacía evidente que los crímenes de guerra contra la población civil ucraniana, lejos de ser hechos aislados, respondían a un patrón de conducta deliberadamente encaminado a sembrar el terror, se enfatizaba un episodio de ejecución de prisioneros rusos. Desde luego, Kiev es la primera interesada en castigar y cortar de raíz cualquier brutalidad de este tipo. Pero, ni un hecho puntual puede compararse a una política de Estado, ni la crítica de la “hoja de servicios” de la OTAN puede servir para atenuar la gravedad de los crímenes de Putin. Porque, en el fondo, de eso se trata: de decir, como un eco de las protestas de Vox ante la evocación de Gernika por parte de Zelenski ante el Congreso de los Diputados, que “ni los que bombardean son tan malos, ni los bombardeados tan inocentes como parece”. Así pues, la “operación especial” de Putin no sería más que una acción defensiva para romper el cerco de la OTAN. Y aunque Ucrania sea el granero del mundo, su República, repleta de nazis, “no parece trigo limpio”.

            La controversia dura desde el inicio de la guerra. Afortunadamente, por lo que respecta a UP, se ha impuesto la sensatez de Yolanda Díaz, y ya no se oye hablar de “diplomacia de precisión”, ni de condenas al “partido de la guerra” por suministrar armas a Ucrania. Pero la campaña destinada a relativizar la agresión militar continua en determinados círculos de la izquierda alternativa. Análisis de contextos en los que Rusia se habría visto “empujada a actuar”, intrincadas conspiraciones, llamamientos a la paz y al desarme universal… y la insistente denuncia de que Ucrania no es más que una marioneta al servicio del imperialismo. Aludiendo a esa actitud, Raimon Obiols decía hace algunos días en una entrevista a TV3 que los simbolismos perduran más allá de las realidades de las que emanaron un día, y que una parte de la izquierda seguía proyectando sobre la Rusia actual su nostalgia de la antigua URSS. Por mucho que cueste atribuir algún rasgo progresista al régimen autocrático de polizontes y oligarcas saqueadores, yo también creía que se trataba de ese atavismo. Y es probable que, en el caso de no pocos países africanos y latinoamericanos, con el recuerdo vivo del colonialismo y de las intervenciones yankis, el primer reflejo sea evitar un alineamiento contra Putin.

            Pero, por cuanto se refiere a nuestra izquierda, creo que el problema es más profundo, de orden cultural, y tiene que ver con el peso de la herencia estalinista. Desde luego, nadie – o casi – se atrevería hoy a reivindicar la figura de Stalin; pero el largo período de hegemonía de la burocracia soviética sobre el movimiento obrero internacional dejó huellas que no ha borrado el hundimiento de la dictadura totalitaria. Y es que el estalinismo combatió el pensamiento marxista, crítico y materialista, así como su tradición de debate abierto, substituyéndolos por el maniqueísmo y el culto a las falsas autoridades. La Guerra Fría, con su tensión permanente entre Estados Unidos y la URSS, incrustó una visión simplificada y obtusa de la lucha de clases en la mente de un par de generaciones militantes. Berlín, Budapest, Praga, Gdansk… desacreditaron el aura de los usurpadores. Pero esos levantamientos de la clase trabajadora terminaron en derrotas. La experiencia de una democracia socialista en el Este quedó frustrada. Y con ella, la posibilidad de un fecundo reverdecer del marxismo a nivel mundial. El oprobio de la nomenclatura soviética, que finalmente abrazó sin tapujos la economía de mercado en su versión más cleptocrática y corrupta, no bastó para deshacerse de los tics del pasado.

            El pensamiento cerril heredado del estalinismo es incapaz de abrazar la complejidad de la realidad, ni de captar la dialéctica de los fenómenos políticos. Si se defendía a la URSS frente al imperialismo americano, era en bloque: la menor crítica al régimen del Kremlin era sospechosa. La lucha contra Franco exigía una idealización de la República española. Más tarde, la denuncia del bloqueo contra Cuba conllevaría obligatoriamente la descripción de la isla como un paraje idílico. Permítaseme reivindicar otra escuela – perseguida, vilipendiada y arrinconada a lo largo de décadas -, que entronca con la mejor tradición de la socialdemocracia revolucionaria de principios del siglo XX y que se revela hoy mucho más fresca y apta para orientarse ante la actual crisis del orden global que las incólumes recetas acerca de los “bloques”.

            Corrientes como la que representaban los trotskistas o el POUM fueron muy críticas con el gobierno del Frente Popular y su conducción de la guerra, considerando que la victoria militar sobre el fascismo sólo era posible ahondando en la revolución social. A pesar de ser perseguidos y asesinados, sus militantes jamás abandonaron la defensa armada de la República frente a Franco, conscientes de que, si vencía la reacción en España, toda Europa se vería envuelta en una sangrienta contienda. En esa misma época, los partidarios de la IV Internacional consideraban necesario derrocar al gobierno de la camarilla estalinista, so pena de ver como la burocracia, en su carrera por consolidar los privilegios alcanzados, acababa precipitando la URSS en una caótica restauración capitalista. Sin embargo, cuando Hitler rompió el pacto germano-soviético, los supervivientes de la oposición de izquierdas, desde los confines del gulag, se ofrecieron como voluntarios para combatir la invasión nazi en primera línea. Consideraban que, a pesar de sus monstruosas deformaciones, el Estado surgido de la Revolución de Octubre, con su vasta economía nacionalizada, representaba una base valiosísima para un ulterior avance hacia el socialismo. Pero, si no era la clase trabajadora sino Hitler quien aplastaba a la burocracia, esas conquistas se perderían en un mar de sangre y el capitalismo mundial se revigorizaría por muchos años. Frente a esa amenaza, que pasaba a primer plano, los trotskistas estaban dispuestos incluso a establecer una suerte de “frente único” con la fracción burocrática que les había estado persiguiendo sin piedad. Y llamaban a todas las tendencias del movimiento obrero a defender la URSS de modo incondicional.

            La brújula de la izquierda para orientarse ante los acontecimientos no puede ser otra que la de los intereses de la clase trabajadora y los oprimidos. Su emancipación es un proceso lleno de altibajos, de progresos y también de amargas derrotas y de retrocesos. Un rasgo distintivo de la izquierda más consecuente – y de la primera etapa de la Internacional Comunista – fue la defensa de los pueblos coloniales y semicoloniales frente a la tiranía de las metrópolis. No habría progreso alguno para esas naciones, ni desarrollo vigoroso de una clase obrera autóctona, si no se deshacían de aquel yugo. El compromiso con esa tarea no llevaba, sin embargo, a los revolucionarios a perder de vista el contexto mundial, ni los límites de esa imprescindible etapa. “Rodeada por el capitalismo decadente y sumergida en las contradicciones imperialistas, la independencia de un país atrasado será inevitablemente medio ficticia. Su régimen político, bajo la influencia de las contradicciones internas de clase y la presión externa, caerá en la dictadura contra el pueblo”. (26 de mayo de 1940. Conferencia de Emergencia de la IV Internacional). Ningún embellecimiento de la realidad. Mirar cara a cara las dificultades. Esa era la buena escuela. Y sigue siéndolo.

            Tampoco han faltado estos días muestras de indignación en redes ante la evocación, por parte de algún comentarista, de las numerosas violaciones cometidas por los soldados del ejército soviético en Alemania. No obstante, se trata de un hecho conocido y documentado. (Ver “Los amnésicos”, de Géraldine Schwarz). Un hecho tan cierto como que el Ejército Rojo consintió sacrificios heroicos en la lucha contra el nazismo y que fue decisivo en su derrota. Maquillar la historia para convertirla en un cuento de adalides inmaculados y locos siniestros no sirve para elevar la conciencia política de la clase obrera. Muy al contrario: esa práctica significa infantilizarla. Es propia de un pensamiento administrativo y elitista que, en el fondo, la desprecia, creyéndola incapaz de erguirse por encima de su condición. Según ese punto de vista, los oprimidos siempre necesitarán dioses, césares y tribunos.

            La izquierda no necesita edulcorar nada acerca de Ucrania. La guerra estalla en el contexto de una reconfiguración geopolítica que, de manera cada vez más nítida, irá enfrentando un bloque de naciones, liderado por Estados Unidos, a China y sus aliados. La autocracia de Putin busca afianzar su imperio regional en ese escenario. No hay que ser ingenuo acerca de las intenciones de algunos amigos que visitan Kiev estos días y proporcionan armas a Ucrania. Las potencias no defienden valores democráticos, sino áreas de influencia y mercados. Pero, al mismo tiempo, en la presente etapa de esa reconfiguración, la guerra desatada contra Ucrania tiene un carácter eminentemente reaccionario. El aplastamiento de esta nación no alejaría, sino acercaría la perspectiva de una guerra mundial. Sería el preámbulo de otras aventuras del Kremlin – acaso en Georgia – y hundiría al pueblo ruso en la parálisis. Al mismo tiempo, un éxito de Putin daría un nuevo impulso a la extrema derecha en toda Europa, dislocando su proyecto. No hace falta idealizar a Ucrania ni a su gobierno para entender que el interés de las fuerzas progresistas del mundo entero pasa por su defensa incondicional frente a la invasión. El combate de Ucrania es legítimo, y legítimo es que se arme como pueda, porque en ello le va la vida. “Nuestro belicismo debe estar limitado por la necesidad de evitar un conflicto internacional y una confrontación nuclear; nuestro pacifismo por la necesidad de afirmar la justicia y el derecho internacional”, nos dice Santiago Alba Rico“El dilema es tan grande, está tan lleno de peligros e incertidumbres, concluye, que no deberíamos hacernos culpables de emborronar la única cosa que la izquierda, como todo el mundo, debería tener clara: quién es el agredido y quién es el agresor”.  Es difícil expresarlo con mayor nitidez.

Allá por el año 53 a.C., toda una legión romana mandada por Craso fue hecha prisionera por los partos en la batalla de Carras, en la actual Turquía. Después de muchos avatares, aquella legión perdida acabó combatiendo en Asia Central y en China. La izquierda, que ha conocido vicisitudes y cautiverio político, tiene también algunas legiones perdidas.

Lluís Rabell

11/04/2022

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