¿Estamos en guerra?

            La pregunta se la hace hoy el rotativo “Le Monde”. Y no es baladí, ni resulta fácil de responder. Oficialmente, nadie está en guerra. Putin definió la invasión de Ucrania como una “operación militar especial”. La utilización de la palabra guerra, de un inmenso poder evocador en la consciencia de un país que conoce bien su trágico significado, ha quedado terminantemente prohibida en Rusia. Sin embargo, la realidad de millones de refugiados, de ciudades arrasadas por las bombas, de miles de víctimas civiles y militares… desborda el cínico eufemismo de los propagandistas. Nadie puede llamarse a engaño. A pesar del apagón informativo, numerosos ciudadanos rusos desafían la represión policial para denunciar la agresión contra la nación hermana.

            Pero, ¿y el resto del continente? Podríamos decir que vive en una suerte de interregno. No es la guerra tal como la está sufriendo la República ucraniana, pero tampoco es la paz. En un mundo globalizado, los conflictos bélicos alcanzan mucho más allá del teatro de operaciones donde se enfrentan las fuerzas contendientes. Por sus repercusiones económicas y sociales, por supuesto. Lo estamos viendo ya con la nueva diáspora de desplazados. Pero también porque una guerra como la que ha iniciado Putin se libra en muchos frentes. Y algunos se sitúan en el interior de nuestras fronteras.

            Si el amo del Kremlin creía que su “operación” iba a ser una suerte de blitzkrieg, con el ejército ruso desfilando por Maidán en cuestión de días, a estas alturas debe haber salido ya de su ensoñación ante la tenacidad de la resistencia ucraniana. Moscú no facilita cifras de bajas, pero algunas estimaciones occidentales consideran que unos 6.000 soldados rusos podrían haber muerto tras dos semanas de combates. En cualquier caso, con la prolongación de los mismos, van perfilándose los objetivos que realmente persigue Putin. Y aparece con mayor claridad que tales objetivos no se circunscriben al dominio territorial sobre Ucrania. Se trata, en primer lugar, de recomponer el área de dominación rusa en los tiempos de esplendor de la autocracia zarista. Pero, a pesar del aroma de oscurantismo que envuelve semejante proyecto, sería un error por parte de la izquierda considerarlo como un trasnochado anacronismo. No. Putin está dando una respuesta de futuro, su respuesta, a la crisis del orden mundial.

            Una nomenklatura corrupta, beneficiaria del expolio de los recursos de la economía soviética y reciclada en nuevo régimen autocrático, ha encontrado su más fidedigno representante en el antiguo coronel del KGB, que ha elevado las siniestras artes de la policía política al nivel de filosofía de gobierno. Ese poder – y los intereses oligárquicos que le sostienen – quieren hacerse un lugar en el concierto de las grandes potencias. Putin está resuelto a lograrlo a sangre y fuego, en una coyuntura internacional que se le antoja favorable. China se postula a la hegemonía mundial frente a la potencia americana, que da señales de declive. Estados Unidos salió debilitado de sus guerras en Oriente Medio y, tras años de infructuosa intervención, la OTAN acabó cediendo Kabul a los talibanes. Putin entendió que el momento le era propicio. Biden no se comprometería directamente en un conflicto que iba a librarse en suelo europeo. Por otra parte, no pocos países de la UE tienen estrechos vínculos comerciales con Rusia y la economía alemana pende en gran medida del suministro de gas que le llega del Este. ¿Qué podía salir mal? Estos días hemos podido comprobar que los mapas de los Estados Mayores detallan con precisión accidentes naturales, cotas y posiciones enemigas, pero nunca han servido para medir la determinación del adversario. Al inicio de la Primera Guerra Mundial, el Plan Schlieffen, trabajosamente elaborado y afinado durante años, debía conducir a la victoria total del ejército del Kaiser sobre Francia en un plazo de seis semanas.

            La de Putin es una guerra contra Europa. O, más exactamente, contra la construcción de una Europa democrática y federal. El poderío imperial y la influencia con que sueña Putin requieren que tenga frente a él un mosaico de Estados nacionales, demasiado pequeño cada uno de ellos para pesar decisivamente en la arena internacional. Pero ese imperio, comprimiendo brutalmente en su seno abismales desigualdades sociales y sentimientos nacionales diversos, difícilmente podría convivir en buena vecindad con un entorno de democracias políticas. De hecho, Putin lleva años trabajando para desestabilizarlas. Desde el apoyo al brexit hasta los coqueteos con el independentismo catalán, ha auspiciado cuantos movimientos populistas han ido emergiendo al calor de la última recesión mundial y la desazón de las clases medias.

La extrema derecha europea, no sólo se ha encandilado con los “valores” y métodos del señor del Kremlin, sino que ha contado con su apoyo y su financiación. Ahí están Marine Le Pen o Salvini. Hoy maldicen la hemeroteca. Pero un avance significativo de los planes de Putin reactivaría sus declaradas simpatías. Moscú vuelve a ser el faro de una internacional. Esta vez, reaccionaria hasta el tuétano. Esa “internacional” sigue trabajando como una quinta columna, prolongando de algún modo el conflicto bélico en el seno de nuestras sociedades. Ahora podemos comprobar que la guerra, negada con descaro por Putin hasta el momento mismo de iniciar la invasión de Ucrania, llevaba tiempo preparándose. En una economía tocada por la pandemia, con importantes cuellos de botella en los suministros industriales y una inflación disparada, el gas deviene una poderosísima arma de guerra. Los incrementos de precios y los suministros preferentes a China de los últimos meses preparaban las condiciones para la invasión, poniendo a Europa contra las cuerdas ante el temor de graves dificultades para sus economías nacionales.

Aquí también han fallado los cálculos. La UE ha reaccionado con mayor celeridad y unidad de lo esperado, con sanciones a Rusia y envío de armas a Ucrania. Pero las espadas siguen en alto. Alemania no puede prescindir del gas ruso. El impacto de sus costos sobre la conformación del precio de la electricidad, encareciéndola día tras día, amenaza con paralizar franjas enteras de la producción y devora el poder adquisitivo de salarios y pensiones. La ira social crecerá. Putin y sus amigos cuentan con ello. No es de extrañar que Vox trabaje ya en la organización de manifestaciones de protesta contra el encarecimiento del recibo de la luz y el precio de los carburantes, tratando de avivar el malestar de autónomos, transportistas y otros sectores. La extrema derecha sí es un auténtico partido de la guerra: de una guerra sorda, interior, de desgaste de la democracia. Un repliegue nacional, teñido de racismo y xenofobia, será ensalzado como alternativa a los sacrificios que comporta enfrentarse a los planes del Kremlin.

En semejante contexto, resulta turbador que el PP de Feijóo, de quien muchos esperaban una cierta reconducción al “centro” de su política, tomando distancias con Abascal, meta a Vox en el gobierno autonómico de Castilla y León y le otorgue la presidencia de su cámara legislativa. El “octavo pasajero” llevaba tiempo medrando en los conductos de aeración de la nave. Ahora ocupa el asiento del copiloto. Es posible que el PP, obcecado con desgastar a cualquier precio al gobierno de izquierdas, no mida el alcance europeo de decisiones como ésta, creyéndola una iniciativa de ámbito doméstico. Pero los fans de Putin empiezan a entrar en nuestros gobiernos regionales. Y eso tendrá consecuencias.

La respuesta y el desafío son europeos. La guerra lo acelera todo. Lo que ayer parecía imposible, deviene de repente imperativo. El primer reto que tiene planteado la Unión, so pena de un colapso de sus economías, es el de atajar el continuo incremento del precio de la luz. Hay que revisar el sistema “marginal” de conformación del precio de la electricidad, que lo alinea sobre los costos del proveedor más caro, ahora el gas. Los grandes oligopolios eléctricos deberán renunciar a ganar miles de millones de euros a cuenta de esta crisis. La guerra, incluso en una economía de mercado como la europea, obliga a constreñir drásticamente determinados intereses capitalistas. Aquello que era de sentido común – y que Bruselas se ha negado a contemplar en nombre de los sacrosantos principios neoliberales -, habrá que hacerlo por imperativo bélico. Y habrá que hacerlo deprisa. Si Europa vacila, su proyecto, e incluso la democracia liberal, se verán en grave peligro. La UE ha comenzado a dar algunos pasos en la buena dirección, planteando mutualizar gastos energéticos y de defensa. Pero no cabe quedarse a medias. La urgencia del momento obliga a recorrer en cuestión de días una senda que, en ausencia de una crisis de estas características, hubiese tomado años andar y quizá nunca se hubiese completado. La UE deberá empezar a comportarse en la práctica como unos Estados Unidos de Europa, antes de haber pergeñado su Carta Magna. Y deberá imprimirle decididamente un marcado carácter social, si quiere según seguir siendo un espacio de libertades y derechos. No hay otra manera de derrotar a Putin y la siniestra distopía que encarna su régimen. En ese sentido, sí, estamos en guerra.

Lluís Rabell

10/03/2022

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