La izquierda posible

       La atmósfera sobrecalentada de la guerra va envolviéndolo todo. Así los debates en la izquierda, que devienen tensos. Después de lanzar una filípica contra “los partidos de la guerra” que suministran armas a Ucrania, Podemos matiza que no pretendía aludir al PSOE. Aceptemos pues, en aras de la continuidad del gobierno de coalición, pulpo como animal de compañía. Pero ya sabemos que las alegrías duran poco en casa del pobre. Y lo que hoy llamaríamos izquierda alternativa no parece, hoy por hoy, atesorar demasiada cultura política. Pedro Sánchez tuvo que ejecutar una chicuelina dialéctica para soslayar la embestida de Ione Belarra, remitiendo su desacuerdo a un debate doméstico que no afectaría a la cohesión del ejecutivo. ¡Ojalá no llegue la sangre al río! Todo el mundo entiende, sin embargo, que la declaración de la secretaria general, tomada al pie de la letra, sería incompatible con su permanencia en el ejecutivo. No sólo exhibe una diferencia mayor con el presidente del gobierno en una materia – la política exterior – que es de su competencia. Lo hace, además, en un momento crucial – la mayor crisis de seguridad que vive Europa desde la segunda guerra mundial -, y situando al PSOE en el campo de las fuerzas belicistas que sacan provecho de la guerra a costa del sufrimiento de los pueblos. Podemos no ha dicho tanto, cierto. Pero ese es el significado exacto con el que la historia ha cargado la expresión “partido de la guerra”. Las palabras no son inocuas.

           Veremos en los próximos días si se confirma la desescalada. Sería lo deseable. Pero hay que tomarse muy en serio el incidente por cuánto tiene de revelador. Más que contra Pedro Sánchez, el misil morado iba dirigido contra Yolanda Díaz. A la izquierda del PSOE se perfila un choque frontal entre un proyecto que pugna por nacer – apenas esbozado y todavía envuelto en muchos interrogantes – y otro, agotado y sin futuro, que se resiste a abandonar la escena política. Pablo Iglesias, marcando desde su trinchera mediática la línea de un espacio que carece de vida orgánica democrática, constituye la viva imagen de esa decadencia. Al salir del gobierno, ungió a Yolanda Díaz como nueva líder del espacio que él mismo había encabezado. Pero, cuando invitó a sus cuadros a “cuidarla”, parece ser que en realidad les encargaba vigilarla de cerca.

           Esta crisis pone al descubierto que UP no ha metabolizado siquiera su propia experiencia. Podemos nunca ha sido un auténtico partido. Fue desde el principio una “máquina de guerra electoral”, como decía Íñigo Errejón. Merced a un discurso populista que denunciaba la “casta” y prometía una regeneración ética radical, cabalgó la indignación surgida de la recesión mundial y la crisis de la arquitectura política española. El “asalto a los cielos” se tradujo en una irrupción en las instituciones, aunque sin lograr el anhelado sorpasso de la socialdemocracia. A pesar de ello, jamás una fuerza a la izquierda del PSOE había obtenido semejante representación como la alcanzada a finales de 2015. Desde entonces, sin embargo, han sido demasiadas las oportunidades de consolidar su espacio que Podemos ha malogrado por falta de madurez, por lo inadecuado de un liderazgo unipersonal para procesar situaciones complejas, por falta de background de izquierdas. Fue un error no haber aprovechado la ocasión de apartar a Rajoy del poder que se presentó a principios de 2016 – aunque fuese permitiendo un incierto gobierno del PSOE con Ciudadanos y permaneciendo en una posición independiente, crítica al pacto que preferían los dirigentes socialistas en aquellos momentos. Es imposible decir hasta qué punto pesó aquello en la pérdida de un millón de votos tras la repetición electoral, a pesar de concurrir conjuntamente con IU. Aunque quizá la precipitada ingesta de aquellas siglas contribuyera antes bien a restar que a sumar. Aunque hubo torpezas por parte de todos en el fracaso de un acuerdo entre el PSOE y UP, forzar de nuevo una segunda convocatoria electoral en noviembre de 2019 redundó en beneficio de la extrema derecha.

           En política no hay fórmulas mágicas que garanticen el éxito. Para una izquierda crítica, gestionar desde el parlamento el apoyo a un gobierno progresista monocolor –  “a la portuguesa” – encierra también grandes dificultades. Que se lo pregunten si no al Bloco y al PCP. Pero esa izquierda debe actuar responsablemente, no sólo hacia su electorado, sino en relación a los intereses del conjunto de la clase trabajadora. Desde ese punto de vista, aunque 2019 se cerrase con la formación in extremis de un gobierno de coalición – y celebrásemos la entrada de la izquierda radical en el gobierno por primera vez desde el Frente Popular -, el precio pagado por la repetición de los comicios fue muy alto. La potente irrupción de Vox en el Congreso no sólo ha normalizado la presencia de la extrema derecha como un actor de primer orden de la vida política española, sino que lo ha convertido en un factor de arrastre de toda la derecha y de diseminación social de un populismo tremendamente corrosivo para la democracia.

           La disputa de estos últimos días demuestra que Podemos no toma perspectiva, ni se eleva hasta esas consideraciones. No le falta razón a IU cuando alerta acerca de los riesgos de un comportamiento “faccional”. Un adelanto electoral en estos angustiosos momentos – y por culpa de una rabieta del socio menor del gobierno – podría desembocar desde luego en distintos escenarios. El PSOE podría levantar la enseña de la estabilidad y del reconocimiento europeo. Pero Feijóo no es Casado, y el fracaso de un gobierno de izquierdas reforzaría la credibilidad del PP como partido de orden. ¿Llegaría a ser percibido Vox como una suerte de quinta columna de Putin… o se beneficiaría aún de los vientos de ira y desazón social desatados por la pandemia? En cualquiera de esas eventualidades, sólo una predicción se antoja verosímil: la izquierda alternativa devendría una fuerza irrelevante y desacreditada. El caudal de simpatía con que Podemos contó entre el electorado socialista está agotado. Es más, ese declive sería propicio a una hipótesis que algunas voces empiezan a evocar: la de un gobierno de gran coalición entre el PP y el PSOE. Semejante alternativa parece hoy muy difícil, incluso improbable. Podría representar una implosión de la socialdemocracia. No obstante, las cosas no ocurren porque sean temidas o deseadas, sino porque una concatenación de circunstancias lleva a ellas. Fracasada la coalición de izquierdas, pero con un PSOE aureolado como partido de Estado; percibida con inquietud en Bruselas y Washington la llegada de Vox al gobierno en un país clave para OTAN… la entente entre la derecha conservadora y la socialdemocracia podría aparecer como algo razonable, como la única esperanza de estabilidad, por parte de una sociedad que se verá zarandeada por una grave crisis económica y social.  Esa alternativa, que no haría sino certificar el duradero fracaso de las izquierdas para gobernar España y sería probablemente el preludio de etapas aún más sombrías, tiene sus partidarios y sus muñidores. Anhelante, el PNV le ha encendido ya un cirio a San Ignacio de Loyola.

           Con todo eso están jugando frívolamente los dirigentes de Podemos. Todo va muy deprisa. “La historia le muerde la nuca a Yolanda Díaz, diría el añorado Daniel Bensaïd. ¿Tendrá tiempo de configurar siquiera una plataforma electoral? ¿Con qué fuerzas podrá contar? ¿Cuál será su programa? Sería ilusorio esperar una respuesta acabada a todos los problemas. Eso no quita que, a la luz de la experiencia, podamos extraer algunas conclusiones. La izquierda que se trata de recomponer necesita mostrar mucho más temple y realismo. La fuerte vinculación con todo lo que representa CCOO es un buen anclaje. Pero no bastará con eso. La izquierda debe apoyarse fundamentalmente en las clases populares, pero ha de proponer un proyecto para el conjunto de la sociedad. En la víspera del 8 de marzo no está de más recordar que la solidez de lo que intente construir Yolanda Díaz dependerá muy mucho de su compromiso con la agenda feminista. Una de las decisiones más desafortunadas de Pedro Sánchez fue sin duda dejar el Ministerio de Igualdad en manos de Irene Montero. El feminismo no es algo accesorio, sino nuclear, al socialismo. Desgraciadamente, en Podemos – también ocurre en el espacio de los comunes – los objetivos del movimiento histórico de las mujeres por la igualdad se han disuelto en una celebración inane de la diversidad.

           Esa izquierda no puede vivir de sobreactuaciones, ni tampoco ser un simple matiz de las políticas públicas socialdemócratas. Si fuera así, sería más razonable integrarse en el PSOE, donde también conviven distintos matices. Al cabo – aunque no hay que pretender que eso se resuelva al ritmo de una convocatoria electoral -, deberá definir un horizonte y una estrategia de emancipación. Incluyendo la olvidada hipótesis de la revolución. Éste es ya a ojos de todos un siglo de guerras. Los sufrimientos humanos y las múltiples repercusiones que provocan los conflictos bélicos – repercusiones económicas, sociales, medioambientales – engendrarán también revoluciones. Una izquierda seria debe saber leer las etapas y ser fiel en las pequeñas como en las grandes cosas. Todo un período preparatorio, de acumulación de fuerzas, deberá ser recorrido buscando alianzas con la izquierda reformista, porque la izquierda no progresará si nuestra clase no lo hace, si el sindicalismo no avanza, si no se conquistan derechos y mejoras sociales… Y, por supuesto, si permitimos que la derecha más reaccionaria nos arrolle.

           Los argumentos de quienes se oponen al envío de armas a Ucrania, ya sea en nombre de un pacifismo abstracto o de una “diplomacia de precisión” que tendría la fuerza bíblica del Verbo, no son de recibo a estas alturas. La población ucraniana está resistiendo tenazmente a la invasión. Resulta de una insoportable arrogancia querer dictar desde aquí la estrategia que debe seguir, negándole las armas que pide para pelear. Entre otras cosas porque esa resistencia no tiene nada de romántico, ni de inútil sacrificio. El precio humano será altísimo. Pero, cada día que Ucrania resiste, Putin se debilita. Y aunque termine imponiéndose, la ocupación estará de antemano condenada.

           Aunque quizá ni siquiera sea esa petulancia lo más llamativo. Lo más llamativo es no percibir hasta qué punto el régimen autocrático ruso se ha vuelto referencial para toda la extrema derecha europea y hasta qué punto la expansión imperial soñada por Putin la fortalecería en todos los países. Mucho hablar de antifascismo y gritar que “no pasarán”… y no nos damos cuenta de por dónde están pasando ya. Hay gente que se ofende ante determinadas analogías. En la izquierda, ha habido quien se ha ofuscado por la evocación de la guerra civil española a propósito de la actual situación en el Este de Europa. Una analogía no pretende ser una identidad. Simplemente, pone de relieve determinados rasgos de una situación anterior susceptibles de arrojar luz sobre un presente incierto. Entonces como ahora, el destino de una República frente a una agresión reaccionaria deviene una cuestión de política interna en el resto de las naciones.

           Ucrania anuncia la tempestad que se cierne sobre toda Europa. Asusta ver el grado de impreparación de la izquierda. No hay tiempo que perder. Los juegos autodestructivos deben cesar de inmediato. Habrá que reconstruir una izquierda necesaria, a la altura de los desafíos de una época de profundas convulsiones a nivel mundial. Pero, para llegar a eso, hay que empezar por no cometer errores irreparables con el gobierno de coalición, mientras se agrupan de algún modo las fuerzas de la izquierda posible en estos momentos. Frente a izquierdistas e impacientes, Trotsky recordaba que quienes no sepan defender las posiciones conquistadas, jamás alcanzarán metas más ambiciosas.       

Lluís Rabell

07/03/2022

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