La izquierda ante la guerra

       La guerra siempre ha planteado severos desafíos a la izquierda. Ha causado incluso los más dolorosos desgarros en sus filas. Si la guerra representa la prosecución de la política por otros medios, éstos son de tal violencia y arrastran en su furia las pasiones y el destino de tantos seres humanos que la razón se tambalea. No resulta fácil mantener la cabeza fría en medio de la vorágine, ni discernir la verdad, primera víctima de todas las guerras. Basta con recordar el colapso de la Internacional Socialista en 1914, cuando sus principales partidos fueron arrastrados por el fervor patriótico de sus respectivas naciones. O el desconcierto del movimiento obrero europeo al inicio de la Segunda Guerra Mundial, aún bajo la conmoción causada por el pacto germano-soviético.

           La odiosa agresión de Putin contra Ucrania suscita, desde luego, una repulsa unánime en las filas de la izquierda y entre la opinión pública democrática. Incluso la extrema derecha, profundamente identificada con el modelo autoritario del presidente ruso, se ve obligada estos días a adoptar un perfil bajo. Aquí y allá surgen manifestaciones contra la guerra, movimientos de solidaridad con la población ucraniana. A pesar de todo ello, sin embargo, subsisten muchos matices en el enfoque que se da a esta gravísima crisis desde la izquierda. Y su discurso no siempre resulta inteligible para una ciudadanía perpleja ante los acontecimientos.

           La tradición marxista aconseja orientarse siguiendo criterios de clase. Por supuesto, la guerra no se reduce a ese factor, ni expresa el enfrentamiento en términos nítidos. El desarrollo concreto de una guerra pone en movimiento agravios seculares, conflictos nacionales, étnicos o culturales mal resueltos… Eso es innegable en el caso de Ucrania, si consideramos la atribulada historia de esta República desde su nacimiento al calor de la Revolución de Octubre hasta la caótica desintegración de la URSS. Pero la guerra desatada por la invasión rusa no responde tan solo a esos factores nacionales y regionales. En realidad, Ucrania es teatro – y víctima – de una confrontación mucho más amplia y prolongada, una confrontación de naturaleza imperialista.  La caída del muro de Berlín y el colapso del bloque soviético situó a Estados Unidos en la vía de una nueva expansión de su influencia económica, diplomática y militar. Pero esa expansión hacia el Este de Europa no podía “engullir” sin más a Rusia: a pesar del hundimiento del régimen burocrático y del desmembramiento de la URSS, Rusia conservaba una extensión territorial, una población, unos recursos naturales, un desarrollo industrial, una capacidad militar y una conciencia nacional que seguían haciendo de ella una gran potencia.

           Algunos comentaristas hablan del “error” que habría supuesto en su día no afianzar la amistad con Rusia cuando ésta tendía sus brazos a Occidente. ¿Por qué no haber tratado de integrarla en la OTAN? ¿No hablaba acaso Gorbachov de levantar “una casa común europea”?  ¿Por qué no, si Moscú abrazaba con entusiasmo la economía de mercado? Quienes así razonan pierden de vista algo esencial: la globalización ha supuesto un salto cualitativo en la interdependencia de las distintas economías del planeta, pero no ha disuelto la base del Estado-nación sobre la que se levantó el imperialismo. Un imperialismo cuya armadura militar recubre en nuestra época moderna la política de expansión del capital financiero dominante. Más allá de titubeos y matices entre sucesivas administraciones, no hubo “error” en la política americana de las últimas décadas, sino la expresión de una implacable lógica interna. Estados Unidos no quiere una Europa con autonomía en la arena mundial, ni podía convivir en un mismo marco de dominación con Rusia. Con la hegemonía pasa como con el mando en el ejército: se ejerce o se acata, pero nunca se comparte.

           Estados Unidos se ha aprovechado de la lentitud de la construcción europea para subordinar a su estrategia a los distintos países de la UE – países cuyo peso, tomado separadamente, es cada vez menos decisivo en un mundo globalizado. La OTAN ha cumplido esa función, ya sea dando cobertura a aventuras como la de Afganistán, o incorporando en oleadas sucesivas a la alianza militar a los países que habían estado bajo la órbita soviética. Ucrania representa una pieza clave en esa estrategia. Las crisis políticas que ha vivido en la última década, así como la exacerbación del nacionalismo,  han estado inequívocamente marcadas por la voluntad desestabilizadora occidental, deseosa de tener un gobierno “amigo” en Kiev. Pero nada sería más ingenuo que considerar la intervención de Putin como una “guerra defensiva” o una “acción preventiva”. Su régimen autocrático representa los intereses de una oligarquía cuyas aspiraciones no son menos imperialistas. Putin ni siquiera reconoce la singularidad cultural y nacional de Ucrania, que tacha de creación artificial leninista. A estas alturas de la invasión, parece evidente que su deseo sería instalar un régimen vasallo en Kiev por la fuerza de las armas. Semejante proyecto resulta más que dudoso, dada esa tozuda realidad nacional que desprecia el amo del Kremlin. Pero, en este caso también, más que de “error” habría que hablar de la lógica de conquista de un poder plenamente imperialista. Putin no se defiende de la presión occidental por métodos democráticos, sino mediante la agresión y la represión de su propio pueblo.

           La izquierda debe considerar el marco geoestratégico que envuelve la guerra en Ucrania. Pero no por ello debe confundir los distintos planos ni los tiempos del conflicto. El “No a la guerra” necesita declinarse de modo concreto, proponiendo objetivos a la movilización ciudadana y formulando exigencias a los gobiernos. La huida hacia delante de Putin ha reforzado a la OTAN y al liderazgo americano. Más allá de las franjas militantes o muy politizadas, una amplia opinión pública difícilmente puede asimilar en estos momentos consignas tradicionales del movimiento contra la guerra como “OTAN no, bases fuera”. Hoy por hoy, eso puede ser entendido como una actitud neutral. O peor, como una pose de superioridad moral por parte de la izquierda. Hay que dar tiempo al tiempo. La conciencia política progresa bajo el impulso de la experiencia. En la fase actual, se libra un combate desigual entre una gran potencia y la República de Ucrania. Eso es lo que ve la gente. La OTAN se mantiene en segundo plano. Es percibida como una alianza defensiva frente a la agresividad desmedida de Putin, capaz de amenazar a Suecia y Finlandia o de poner en alerta su fuerza nuclear. La exigencia del momento es la retirada de las tropas rusas de Ucrania y la solidaridad con su población. La resistencia popular es legítima, por encima de las discutibles credenciales del régimen ucraniano, que arrastra un pasivo de represión antisindical y de connivencia con fuerzas abiertamente fascistas. Tanto es así que el gobierno alemán, opuesto por razones históricas a brindar apoyo militar a cualquier contendiente de un conflicto bélico, acaba enviando armas a la República asediada.

           La cuestión no es menor. España “es territorio OTAN”, como le gusta decir a Enric Juliana. Su posición estratégica se ha acrecentado notablemente. En particular por lo respecta al abastecimiento energético del continente, que puede verse comprometido en el próximo período. El gobierno de Pedro Sánchez es consciente de ello y por eso se afirma tan ostensiblemente como un socio comprometido de la alianza. La nueva posición de España condicionará todo el desarrollo de su política interna, empezando por las tensiones territoriales. Unidas Podemos sabe que no es momento de “moverse en formación”. Es necesario hilar muy fino para explicar las cosas. Es cierto, la izquierda alternativa – y, al cabo, el conjunto de la izquierda – no pueden y no podrán ser indefinidamente atlantistas. La OTAN es un dispositivo de naturaleza imperialista que maniata a Europa y no corresponde a sus intereses, al progreso de sus pueblos. Si la OTAN no desapareció con la guerra fría fue por la necesidad americana de proseguir una expansión que parecía encontrar una vía expedita a finales del siglo XX. Pero Europa sólo puede superar ese marco avanzando en la integración política de la UE. Es decir, a través de una construcción federal que le permita tener un peso específico determinante en la economía-mundo y en la arena internacional, con una firme acción diplomática a favor de la paz, con voluntad de cooperación y un sistema autónomo de defensa. La UE aún se asemeja demasiado a un club presidido por viejas potencias venidas a menos, que no han tomado conciencia de su debilidad. El proyecto federal constituye la única manera de rebasar esa impotencia, que sólo puede engendrar reacción y vasallaje. El retraso histórico del proyecto federal facilita que, una vez más, los conflictos imperialistas se diriman a costa de las castigadas naciones de Europa.  

Pero la conciencia de tal necesidad – de esa urgencia – sólo se abrirá paso entre la ciudadanía a la luz de los acontecimientos. La izquierda debe exponer con paciencia su perspectiva y acompañar esa evolución. No hay atajos.

           Lluís Rabell                                                                                                   

           27/02/2022

ilustración : Source: “World reference atlas”Source: “World reference atlas”

2 Comments

  1. Muy interesante. Creo que falta introducir un elemento en nuestras reflexiones, Europa es un escenario geoestratégico secundario, el centro se ha desplazado al Pacífico y los europeos deberíamos asumirlo, un continente peopicio a servir de escenario de conflictos secundarios como lo fueron otros continentes durante la Guerra Fría.

    M'agrada

  2. De caer Rusia la izquierda pasaría de insignificante a nada;Rusia y China abogan y hacen por un mundo multipolar con futuro para todos;más posible…

    M'agrada

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