De la indignación a la ira

carteles 15M

Mucho más allá de la propia comunidad autónoma, las elecciones celebradas el domingo pasado en Castilla y León señalan el final de un ciclo político en España. La última década estuvo marcada por distintas manifestaciones de indignación frente a las disfunciones del sistema y a la arquitectura política imperante desde la transición. Ahora, en medio de una atmósfera de descomposición, llega el tiempo del resentimiento y de la ira. Vox se afianza como un actor político de primer orden y cae el telón sobre la agotada experiencia de Podemos. Pero, sobre todo, fallaron las predicciones que anunciaban un retorno del bipartidismo. Ha sido todo lo contrario: la jugada del PP salió mal, precipitando una guerra civil en sus filas. A su vez, la fragmentación del mapa político se agranda con la vigorosa irrupción de unas candidaturas de ámbito provincial que erosionan notablemente al PSOE. El conjunto dibuja un nuevo escenario. El desgarro provocado por la crisis de 2008 no ha cicatrizado. Pero la vieja herida social muestra señales de infección al paso de la pandemia con su corolario de incertidumbres. La gran recesión de la pasada década levantó una oleada de protestas contra lo que fue percibido por una porción heterogénea de la ciudadanía como una estafa de “banqueros y políticos”. Ese fue el vendaval que hinchó las velas moradas. La desazón de las clases medias ante la crisis las llevó a abrazar con fervor el proyecto independentista en Catalunya. Ciudadanos fue propulsado con el apoyo de los poderes mediáticos, como una contramedida liberal. Por su parte, el movimiento obrero libró batalla, levantando sendas huelgas generales contra las reformas del PP. Pero la izquierda estaba tocada y desconcertada. La generación que debía proveer el relevo de sus cuadros situaba a los partidos tradicionales junto a “la casta”. Las movilizaciones contra los recortes iniciaban un proceso de sorda resistencia sindical. Apenas ahora empieza a dar sus frutos bajo el gobierno de Pedro Sánchez, con Yolanda Díaz al frente del Ministerio de Trabajo. 

Los fenómenos surgidos al calor de aquellas circunstancias han agotado ya sus fuerzas. El partido de Rivera y Arrimadas está condenado a desaparecer, tras haber sido incapaz de ocupar un espacio de centralidad política cuando la socialdemocracia le brindó la oportunidad. El “procés” es historia. Ningún nuevo “embate” resucitará su cadáver. Queda, eso sí, un poso de amargura y frustración en la sociedad catalana. Por su parte, la singladura de Podemos constituye la demostración de la inanidad del populismo para levantar un partido de izquierdas solvente. El aliento ciudadano que recogió en sus inicios ha ido diluyéndose ante cada disyuntiva. Del “asalto a los cielos” y la ilusión de un sorpasso al PSOE, se pasó a la adaptación a un programa posibilista bajo liderazgo socialdemócrata. Eso sí: tratando de demostrar mayor determinación frente a los lobbys corporativos… y marcando un perfil connivente con determinadas corrientes nacionalistas, así como con el pensamiento posmoderno en materia de feminismo. Y todo ello a trancas y barrancas. Con notables aciertos – como la moción de censura que tumbó a Rajoy pero también favoreciendo inoportunas repeticiones electorales. La última se saldó con la apresurada formación del actual gobierno de coalición… tras un peor resultado de las izquierdas y una sonada irrupción de Vox en el Congreso. A lo largo de todos estos episodios, Podemos ha ido perdiendo fuelle electoral sin llegar a construir una organización, formar cuadros, enraizarse social y territorialmente, ni procesar las experiencias de tan agitada etapa. IU, que llegó fatigada al encuentro con los hijos del 15-M, se ha visto arrastrada por esa dinámica. Podemos agota así su ciclo vital, dejando a Yolanda Díaz muy poco donde agarrarse para relanzar un proyecto de izquierdas.

La presencia insoslayable de la extrema derecha se convierte en un dato que identifica el momento y condiciona el escenario político. No tiene mucho sentido buscar “culpables” de su crecimiento. En mayor o menor medida, lo han favorecido los errores de la izquierda, la política de alianzas del PP y, mal que pese reconocerlo en Barcelona, también el aventurerismo del nacionalismo catalán. Pero, en el fondo, con el característico retraso que revisten los desarrollos históricos en España, asistimos a un fenómeno que se está dando en todas las naciones industriales, como una expresión de la profunda crisis de la globalización neoliberal. Los movimientos nacional populistas están a la orden del día por doquier, formateando con discursos de odio los miedos de unas sociedades atomizadas y profundamente desiguales. Que se trate de un “mal de muchos” no debería consolarnos. La izquierda alternativa ha entrado en declive. El PSOE es víctima de la protesta “cantonal” de la España vacía: en Castilla yLeón, los escaños socialistas perdidos corresponden exactamente a los que obtuvieron las listas provinciales independientes. Pero el elemento que pasa a primer plano es el riesgo de implosión de la derecha tradicional. Lejos de la mayoría anhelada, el PP se encuentra inmerso en una lucha cainita y cara a cara con Vox, que sueña en voz alta con formar parte de la gobernabilidad del Estado. Algo que resultaría problemático a ojos de Bruselas – e incluso de Washington -, dado el discurso antieuropeista de la extrema derecha y sus “amistades peligrosas” en el Este de Europa. De ahí que hayan empezado a oírse voces favorables a una “gran coalición” entre el PP y el PSOE. (En política no cabe la palabra “imposible”. Sin embargo, España no es Alemania. En primer lugar, por la cultura política de nuestra derecha, muy distinta de la tradición demócrata cristiana. Con un PP “tomado” por una nueva promoción de ambición desmedida pero escasa estatura política, se hace difícil imaginar a sus actuales dirigentes abrazando semejante perspectiva. Perspectiva que tampoco sería fácil de digerir en las filas de la izquierda, pero que con toda seguridad ahondaría la crisis en las nacionalidades. Si el objetivo es estabilizar el país…). 

En cierto modo, esas mismas contradicciones perfilan cuál debería ser la política de la izquierda. Ningún “cordón sanitario”, por imperativo que pueda ser establecerlo en determinados ámbitos, resolverá el problema de la extrema derecha. El victimismo da votos y Vox lo sabe muy bien. Su discurso rima con el franquismo, pero el ascenso de este partido reaccionario no representa una rémora del pasado. Los jóvenes que se sienten atraídos por su retórica inflamada no tienen ni idea de lo que fue el fascismo. Agitar su recuerdo como un espantajo no bastará para alejarlos de Abascal. El avance de Vox significa el triunfo de la antipolítica, del descrédito general de las instituciones. La izquierda está obligada a responder, con palabras y con hechos fehacientes, a la inquietud de unas clases populares que se sienten desamparadasempobrecidas y despreciadas, si no quiere ver como los demagogos movilizan su ira contra los aún más pobres y contra la propia democracia. Federalismo y Europa. He aquí las dos palabras que las izquierdas deberían inscribir en el encabezamiento de sus programas. Sólo una política y una cultura cooperativas y solidarias – en materia tributaria, como en lo tocante a inversiones y servicios públicos – pueden recoser territorialmente España, poner coto al papel dislocador de una capital que cada día se asemeja más a una megápolis sudamericana, acabar con los agravios comparativos y la tentación del repliegue cantonal. Sólo la propuesta federal puede responder adecuadamente, en términos de reconocimiento nacional, de amparo cultural y de autogobierno mejorado, a la crisis territorial catalana. Y sólo el avance de la construcción europea brindará los recursos y el marco institucional para que todo eso sea factible. El futuro de España, el porvenir de su cohesión y de su convivencia, son inseparables del destino del proyecto europeo. La socialdemocracia no tiene otra manera de contener una hemorragia de votos que amenaza su posición en el Estado y que puede tornarlo ingobernable. Pero, si quiere dejar atrás los balbuceos y torpezas del ciclo que termina, la izquierda alternativa está obligada a reorganizarse declinando a su manera también esos principios. De lo contrario, seguirá sin construir nada sólido cuando, a su alrededor, todo se descompone y soplan vientos de ira.  

Lluís Rabell

17/02/2022

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