Corsarios y mercaderes

           La controvertida votación del Decreto Ley sobre la Reforma Laboral, celebrada el 3 de febrero en el Congreso de los Diputados, hará correr ríos de tinta. El espectáculo que sus señorías brindaron a la ciudadanía se presta sin duda a muchos comentarios, entre sombríos – por el deterioro de la democracia – y burlescos, por la “justicia poética” que supuso la convalidación del decreto merced al voto erróneo de un diputado del PP. ¡Con lo bien urdida que estaba la encerrona que, de haber funcionado, hubiese dejado tocado y hundido al gobierno de Pedro Sánchez! Lo cierto, sin embargo, es que las vicisitudes de esa jornada parlamentaria condensan los rasgos definitorios de la situación del país, incluso en el ámbito local, así como su conexión con las tendencias que configuran en estos momentos el panorama internacional.

           Analizando el resultado de las recientes elecciones legislativas en Portugal, el profesor Boaventura de Sousa Santos emitía este diagnóstico, que podría declinarse en toda Europa desde las respectivas singularidades nacionales: “La pandemia confirió una nueva dimensión a la fragilidad humana, duró lo suficiente para no ser considerada un accidente menor y afectó de modo muy particular a las poblaciones envejecidas, sobre todo a las que estaban acostumbradas a un mínimo de protección social que, de repente, se les antojó precioso, no por satisfactoria, sino por existir a pesar de las diferencias. Así, aumentó exponencialmente el desequilibrio entre el miedo y la esperanza. Ese desequilibrio a favor del miedo engendró dos emociones colectivas distintas: el temor a una mayor precariedad y la desesperación vivida como resentimiento. La primera emoción alimentó el deseo de estabilidad y fue captada casi totalmente por el PS. La segunda emoción alimentó el deseo de autoritarismo (y favoreció el ascenso de la extrema derecha).” (“El colapso de la izquierda de la izquierda en Portugal”). Esas tendencias de fondo atraviesan también la realidad española, y toda su complejidad plurinacional. La reforma laboral, pactada entre sindicatos, patronal y gobierno bajo la mirada complaciente de Bruselas, se inscribe de modo consciente en el deseo de estabilidad.

           Los sindicatos consiguen mejoras sustanciales para los trabajadores en materia contractual, así como un mayor poder de negociación colectiva. La reforma, por supuesto, no agota la agenda sindical. Pero los dirigentes de CCOO y UGT son conscientes de la situación, de la necesidad de recomponer fuerzas tras años de crisis, de recortes de derechos y de una dura devaluación interior a costa de la clase trabajadora. Y, desde luego, han preferido unos logros alcanzados mediante la concertación a la incertidumbre de una reforma unilateral del gobierno, en medio del clima de inestabilidad que prevalece en la escena política. La CEOE, no sin fuertes disensiones internas, ha optado también por el pacto, en la línea de los sectores empresariales más dinámicos y que más esperan de los fondos europeos… y ante la irritación de las patronales cuyo modelo se basa en la precariedad contractual y los bajos salarios. Esas franjas se han reconocido, por supuesto, en la feroz oposición del PP y Vox a la reforma. Por su parte, Pedro Sánchez, que gusta tomar consejo de su homólogo portugués, ha querido hacer de ella una bandera de la legislatura. Tanto por su contenido como por la manera en que ha sido cincelada: a través del diálogo entre los actores sociales, bajo los auspicios del gobierno. Ese mismo gobierno cuyo carácter “ilegítimo” fue decretado desde el mismo día de su constitución. El desempeño de Yolanda Díaz al frente del Ministerio de Trabajo se inscribía en esa misma voluntad de conectar con la gente, necesitada de mejoras tangibles y de una razonable seguridad en las relaciones laborales. No en vano se ha convertido en la ministra mejor valorada del gobierno.

           Por eso, para algunos, devino crucial tumbar la reforma… y destruir políticamente a Yolanda Díaz. Hay un clasismo visceral por parte de la derecha y la ultraderecha, que no cesa de manifestarse en las broncas sesiones del Congreso de los Diputados. Pero, al mismo tiempo, hay una estrategia. Una estrategia destinada a capturar los sentimientos de ira y resentimiento que laten en una parte de nuestra sociedad. Espoleado por Vox, el PP está operando en modo Trump: mentira sistemática, utilización de bulos, agresividad desmedida… e incluso conatos de violencia, como en Lorca, en una suerte de remake provinciano del asalto al Capitolio. Un hecho que, si bien chapucero, no habría que subestimar como síntoma: la derecha siempre tuvo una concepción patrimonial sobre las instituciones; pero, ahora, cuando esas instituciones no se muestran funcionales a sus intereses, está dispuesta a azuzar una horda enfurecida contra ellas. De modo más sistemático, recurre a sus campañas mediáticas de acoso y derribo – como ha ocurrido recientemente con Alberto Garzón – y a sus tentáculos en el aparato judicial. No hay duda de que nos espera una ruidosa batalla en los tribunales para tratar de deshacer el resultado de la votación en el Congreso, invocando “tongos” y siniestras conspiraciones cibernéticas. Sólo futuros acontecimientos dirán el grado de descrédito en que están cayendo las instituciones. Pero hay razones para inquietarse. El filibusterismo descarado que supone la “cooptación” de diputados para que alteren el sentido de un voto comprometido favorece el discurso anti-político de la extrema derecha. Díaz Ayuso declara que la reforma laboral aúna a “comunistas, nacionalistas y a todos los enemigos de España”. Odio, visceralidad, resentimiento. La otra tendencia del momento.

           En Portugal, la izquierda a la izquierda de la socialdemocracia, que hizo caer al gobierno de Antonio Costa en nombre de unas exigencias que no estaba dispuesto a asumir, ha pagado muy cara la incomprensión del estado de ánimo mayoritario entre la población. Aquí, con similar miopía y un alto grado de frivolidad, algunos socios del gobierno han estado a un paso de dar al traste con la legislatura. Más allá de las maniobras, torpezas y traiciones que han salpicado la singladura parlamentaria del decreto – y sobre las cuales hay ya abundante literatura -, importa retener el comportamiento de las izquierdas nacionalistas gallega, vasca y catalana… que, antes que izquierdas, son nacionalistas. EH Bildu y ERC han exhibido una misma retórica maximalista que nadie puede tomarse en serio. Bildu hacía de portavoz de LAB y ELA, cuyo auténtico problema con la reforma laboral… es que la hayan pactado CCOO y UGT. La exigencia de la preeminencia de los convenios autonómicos – de hecho, existen pocos – no justificaba en modo alguno un voto contrario a la convalidación. En efecto: nada impedía a los grupos parlamentarios formular sus reservas respecto a la reforma, sin por ello impedir que sus beneficios llegasen a los trabajadores, empezando por quienes padecen unas condiciones laborales más precarias. En realidad, Bildu y ERC esperaban que su voto negativo no fuese determinante: se trataba de sacar pecho ante sus respectivas parroquias, al tiempo que denunciaban la colusión del gobierno con la derecha. La cara de susto de Oskar Matute y Gabriel Rufián, cuando por un momento pareció que el decreto decaía y debían afrontar sus responsabilidades, ocupará un lugar de honor en la antología de las livideces faciales.

La pieza más importante de todo el embrollo ha sido, sin duda, la actitud de ERC. En un excelente artículo de análisis de los contenidos de la reforma, Joan Coscubiela fustigaba hace unos días el “purismo” estéril de quienes son capaces de malograr una conquista colectiva en nombre de una exigencia maximalista. Oportuna reflexión. No obstante, en el caso de ERC más que en ningún otro, el izquierdismo era pura fachada. ERC es capaz de vestirse de bolchevique en Madrid, pero se alinea con la derecha de los recortes en Barcelona. No por casualidad escogió la reforma laboral para “dar un toque” al gobierno de España de cara a la mesa de diálogo: así se erosionaba a Yolanda Díaz,que iba adquiriendo mucho predicamento en esa área metropolitana que sigue resistiéndose a los de Junqueras, y se contentaba a un pequeño y mediano empresariado deseoso de contar con mano de obra dúctil. Sin olvidar a ese electorado que oscila entre el discurso republicano y la retórica de Puigdemont. El “toque” a punto estuvo de aupar al PP. A pesar de su influencia entre toda una franja de cuadros sindicales, ERC sigue siendo el partido por antonomasia de una menestralía de rasgos provincianos. Como cantaba Jacques Brel: « Ils voudraient avoir l’air/ mais ils n’ont pas l’air du tout/ Faut pas jouer les riches/ quand on n’a pas le sou. »

           Es cierto que no hay mayoría alternativa a la de la investidura, y toca seguir lidiando con ERC. Pero el aventurerismo a que ha demostrado – ¡una vez más! – ser proclive debería llamar a una reflexión estratégica de las izquierdas. Los accesos de radicalismo y las gesticulaciones de estos aliados no hacen sino desorganizar el campo de las fuerzas progresistas… y llevar agua al molino de los partidos de la ira. Es imperativo mirar más allá de la coyuntura, más allá incluso de las próximas contiendas electorales. La izquierda está, hoy por hoy y todavía durante un tiempo, obligada a componer un bloque de progreso con determinadas fuerzas nacionalistas. Pero no puede hacer de necesidad virtud, y menos programa. La izquierda necesita desplegar una decidida propuesta federal para España; una propuesta capaz de acomodar su diversidad en torno a un proyecto cooperativo y europeísta, que resulte ampliamente compartido. Entre otras muchas cosas, esa izquierda, por decirlo de un modo taxativo, no puede renunciar a liderar el autogobierno de Catalunya. Cautivos del corto plazo, de la exigente inmediatez de la política, nos falta visión estratégica. Pero, sin esa voluntad articuladora, la incertidumbre general y los vaivenes de los tiempos que se avecinan alimentarán la furia populista.

           Que no se equivoque la socialdemocracia, ni la izquierda alternativa. Esta, bajo el peso excesivo de una hornada universitaria surgida tras el hundimiento de las utopías del siglo XX, tiende a creer en la fuerza del verbo y no capta esos estados de opinión que, en el caso de la reforma laboral, los sindicatos, pegados a la realidad, han interpretado con acierto. La apuesta de Yolanda Díaz no ha suscitado una oleada de entusiasmo unánime en las filas de Podemos. Pero la corriente social central, deseosa de estabilidad, no prevalecerá indefinidamente, aunque sin duda se expresará todavía con fuerza en las próximas citas europeas con las urnas. Es muy posible, en ese sentido, que Macron conserve la presidencia de la República. Pero la sociedad francesa ha ido acumulando en su seno un furibundo “deseo de revancha” que hincha las velas de la extrema derecha. (“Le Monde”, 5/02/2022)  Una cohorte de obreros industriales cuyas fábricas cerraron, de pequeños comerciantes arruinados, de trabajadoras precarias y mal pagadas, de vecinos de barrios degradados, de jubilados maltratados por la brecha digital, de gentes para quienes no habrá ascensor social… una masa de quien la izquierda lleva muchos años desconectada. En tiempos de François Hollande, los estrategas socialistas teorizaron que no era demasiado grave perder el voto obrero, si se progresaba entre las profesiones liberales y las capas más educadas de la población. Hoy, los humillados y despreciados abrazan la teoría racista de “la gran sustitución”. Francia islamizada. Un miedo informe que congrega todas las frustraciones y todos los agravios. Ciertamente, cada país tiene sus características, su particular desarrollo histórico. Sobre Francia pesa una tremenda herencia poscolonial. Pero, en mayor o menor medida, todas las naciones industriales han generado su “cinturón del óxido”. Sin ir más lejos, el último informe de Caritas sobre los índices de pobreza en Catalunya alerta de que “el 29% de su población sufre exclusión social”.

¡Ojalá el susto del 3 de febrero lleve a las dos izquierdas – cada una tiene lo suyo – a reflexionar! La política se basa en el manejo del tiempo. O mejor, de los tiempos, de los ritmos de cada una de las corrientes que agitan la sociedad. Pero, por encima de todo, hay que saber a quién se pretende representar, sobre qué clases se asientan los proyectos políticos. De lo contrario, las izquierdas perecerán entre el furor de los corsarios y la mezquindad de los mercaderes.

Lluís Rabell

6/02/2022

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