Juegos de guerra

           “Pero, ¿qué se nos ha perdido en el Mar Negro?”, se preguntará buena parte de la desconcertada opinión pública española. “Nuestra posición en el Magreb”, habría que responder en honor a la verdad. No se equivoca Enric Juliana al señalar que esa es la clave de la sobreactuación atlantista de Pedro Sánchez ante la crisis ucraniana: el deseo, por parte del gobierno de España, de contar con el respaldo de Estados Unidos a la hora de gestionar los siempre difíciles equilibrios con Marruecos y Argelia, con el irresuelto destino del Sáhara y el suministro de gas como telón de fondo. Y, por supuesto, las ganas de aparecer como un actor relevante y dinámico de la Unión Europea. La cumbre de la OTAN, programada para el próximo mes de junio en Madrid, debería dar un espaldarazo a esas pretensiones de proyección exterior – pretensiones estrechamente vinculadas, no lo perdamos de vista, a importantes cuestiones “domésticas”, desde el control de los flujos migratorios en la frontera sur hasta la incidencia de los costes energéticos sobre una dinámica inflacionista que está distorsionando todas las previsiones macroeconómicas.

           Todo eso es muy comprensible. Pero apuntarse a demostraciones de fuerza militar bajo la tutela del Tío Sam conlleva riesgos. Sobre todo cuando se trata de exhibir musculatura en las inmediaciones de una potencia nuclear como Rusia. El propio gobierno es consciente de ello. A las marciales declaraciones del primer momento han sucedido apelaciones a la vía diplomática. Sin embargo, el compromiso con la OTAN está ahí… y un par de navíos de la armada española zarpan rumbo al Mar Negro. El reproche que, desde la izquierda, se ha lanzado contra Pedro Sánchez resulta sin duda exagerado y propagandístico: el PSOE no ha olvidado la guerra de Iraq, ni la exigencia pacifista de la sociedad española, en cuyo impulso se inscribió para llegar al gobierno. No, Pedro Sánchez no querría viajar por el túnel del tiempo hasta las Azores. Pero la crisis ucraniana puede descontrolarse en un momento dado y engullir en su torbellino a quienes anden merodeando por ahí. Las armas las carga el diablo y en la zona empieza a haber muchas.

           ¿Es entonces real la amenaza de una guerra? Si atendiésemos a lo que sería “razonable” por parte de las fuerzas en presencia, quizá minimizaríamos nuestras inquietudes. Desgraciadamente, los conflictos bélicos no nacen de cálculos sensatos, sino del desbordamiento de profundas contradicciones nacionales e internacionales. Y la Historia del siglo XX nos ha aleccionado sobre el comportamiento de los necios e irresponsables que, demasiadas veces, tienen en sus manos el destino de los pueblos en momentos críticos. No sería razonable pensar que, más allá de un sueño húmedo, Rusia estuviese realmente dispuesta a invadir Ucrania y someterla al dictado de Moscú. Más allá de la dificultad de la empresa en términos estrictamente militares – y de la muy alta probabilidad, esta vez sí, de un enfrentamiento mayor con la OTAN -, “rusificar” un país de tales dimensiones y con tal arraigo de su singularidad nacional sería misión imposible. Una cosa es anexionar Crimea, con una mayoría abrumadora de población rusa y otra muy distinta controlar una sociedad donde sigue muy vivo el recuerdo del maltrato sufrido bajo la dominación de la burocracia soviética. (Un recuerdo azuzado por el nacionalismo y las formaciones de extrema derecha). Putin es consciente de ello. Incluso en una zona como el Dombás, de la que se han enseñoreado las milicias pro-rusas, la mezcla nacional de sus habitantes complica las cosas. El señor del Kremlin, según una visión de la historia muy propia de la mentalidad de un ex-funcionario del KGB, puede considerar que la República ucraniana fue un artificio leninista. (En realidad, la política revolucionaria de los bolcheviques hacia los pueblos que vivían bajo la autocracia zarista no “inventaba” anhelos nacionales, sino que pretendía federarlos en un esfuerzo compartido de emancipación democrática y progreso). Pero los hechos son más obstinados que Putin.

           Eso no quita que pueda dar un paso de más y los acontecimientos se precipiten. Intervenir para que el Dombás bascule definitivamente del lado ruso – o quizá un intento mal calculado para cambiar bruscamente el actual signo pro-occidental del poder en Kiev -, podrían desencadenar un conflicto de alcance imprevisible. A lo largo de estos años de prolongada crisis ucraniana, la OTAN no ha parado de estrechar el cerco militar sobre Rusia, desplegando su armamento desde las Repúblicas bálticas hasta Rumanía y Bulgaria. Putin tiene razones para sentirse presionado por Estados Unidos – que no para de meter baza en los movimientos de descontento social que puedan surgir aquí y allá, como estas últimas semanas en Kazajistán -… y, al mismo tiempo, saberse más fuerte que en anteriores envites. China le respalda. Irán se ha convertido en una retaguardia amiga. La combinación de esos factores puede resultar explosiva. Por razones de política interna, un régimen autoritario como el de Putin, que apela constantemente al orgullo gran-ruso para enmascarar sus desmanes, no puede permitirse perder la cara cuando está en juego su credibilidad como potencia mundial.

           Con todo ello, hay una verdad que la socialdemocracia europea finge ignorar y que podría acabar imponiéndose de un modo trágico: en esta escalada de tensión, la OTAN no está defendiendo ninguna causa democrática, ni representa la avanzadilla armada de ningún modelo progresista. La OTAN nació como el instrumento mediante el cual Estados Unidos mantenía a Europa occidental bajo su tutela durante la guerra fría. La URSS dejó de existir; pero, en su pugna por la hegemonía mundial, Estados Unidos no ha cejado en su empeño por desmembrar al antiguo rival. A pesar del estrepitoso hundimiento del régimen soviético y del saqueo de su economía nacionalizada a manos de una voraz oligarquía, Rusia sigue conservando recursos y potencial, sigue siendo un actor con el que hay que contar. Su papel, decisivo en la guerra de Siria para afianzar el régimen de Assad, así lo demuestra. Para los estrategas del Pentágono, el control de una región tan rica y poblada como Ucrania – que cuenta con algo más de 44 millones de habitantes – es visto como algo clave para poner definitivamente el pie en el cuello del viejo adversario.

           Ya sería hora de la izquierda dejase de chuparse el dedo con Biden. El relevo en la Casa Blanca no ha supuesto ningún cambio de rumbo en la política exterior americana respecto al mandato de Trump. Desde luego, no en un sentido favorable a la paz mundial. Al contrario, podría decirse. El profundo desgarro interno que sufre la sociedad americana, que lleva a no pocos observadores a hablar del riesgo de una nueva guerra civil, no hace sino más tensa y angustiosa la lucha de Estados Unidos por preservar su posición mundial. Una lucha que va irremediablemente perdiendo, de fracaso en Iraq en deshonrosa salida de Afganistán, frente al ascenso de China y las alianzas que Pequín está tejiendo a su alrededor. El sentimiento de decadencia hace particularmente peligrosas las iniciativas americanas. Y Europa cometería el peor de los errores dejándose arrastrar por ellas. El amigo americano no es tal. Como otrora la imperial Gran Bretaña, Estados Unidos no tiene amigos, solo intereses. Y pretende que los países europeos subordinen a esos intereses las prioridades de las naciones del viejo continente y de la población trabajadora en general. Desde el espionaje al gobierno de Merkel a la puñalada trapera propinada a los contratos franceses de venta de armas a Australia, las trastadas y chapuzas del gran aliado del otro lado del Atlántico deberían haber aleccionado ya al más incauto de los líderes europeos. Incluso en un tema tan crucial para la economía alemana como la llegada de gas ruso a través de Nord Stream 2, no hay reparos por parte de Washington a la hora de presionar para que la renuncia a ese canal forme parte de las sanciones contra Rusia. Son muchas las señales que alertan del peligro de que Europa permanezca encorsetada en la OTAN.

           Estados Unidos se aprovecha de la lentitud de la integración europea. Durante el largo período en que dominaron el mundo, las viejas potencias coloniales europeas enseñaron con sangre que la única libertad de las pequeñas naciones consiste en escoger el amo al que quieren servir. Hoy, en un mundo globalizado y multipolar, esas antiguas metrópolis se hallan en el papel de pequeñas naciones. No va a ser fácil dejar atrás una estructura como la OTAN, manifiestamente inadecuada a los intereses de Europa, que no puede permitirse más guerras en el continente, pero que atesora experiencia suficiente como para concebir marcos seguros, espacios desmilitarizados y estatus de países neutrales que den garantías a todos los Estados. Para ello, sería necesario que Europa llegase a hablar con una voz unificada: en el terreno diplomático, donde debe construir las soluciones a los conflictos planteados; pero también en el terreno de una defensa europea autónoma, cuya filosofía se distancie de cualquier veleidad colonial. Hoy por hoy, eso todavía parece un sueño. Sin embargo…

Cuando se celebre la cumbre de la OTAN en Madrid, es muy probable que haya protestas pacifistas en las calles. Ojalá no estén incentivadas por un nuevo derramamiento de sangre en el Este. En cualquier caso, ¿será ese encuentro una ceremonia de vasallaje hacia Washington, dominada por cálculos a corto plazo… o alguien hará oír una propuesta europea de desescalada militar? ¿Quién lo hará, si la izquierda rehúsa ese desafío?

           Lluís Rabell

           24/01/2022

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