Alba y ocaso del capitalismo (3)

En pos de la igualdad

         “La tendencia a largo plazo hacia la igualdad es constatable desde finales del siglo XVIII, pero ha tenido un alcance limitado. Las diversas desigualdades siguen situándose en niveles considerables e injustificados en cualquier caso: estatus, propiedades, poder, ingresos, género, origen… (…) Constatar la existencia de una evolución hacia la igualdad no significa que haya que sacar pecho, al contrario. Es más bien un llamamiento a continuar con la lucha, a partir de una base histórica sólida.” He aquí las ideas-fuerza que Thomas Piketty coloca en el frontispicio de uno de sus más recientes trabajos: “Una breve historia de la igualdad”.

           Las desigualdades no caen del cielo, ni resultan de una fatalidad natural. “La desigualdad es ante todo una construcción social, histórica y política”, subraya el autor. De tal modo que es objeto de una pugna insomne. Esa tendencia de fondo hacia la igualdad que Piketty detecta a partir de la Ilustración “es la consecuencia de luchas y revueltas frente a la injusticia, que han permitido transformar las relaciones de poder y derrocar las instituciones en las que se han basado las clases dominantes”. Luchas prolongadas y conquistas parciales, penosamente arrancadas, requiriendo el impulso y las energías de sucesivas generaciones. La historia se desarrolla sobre tiempos largos, puntuados de bruscas aceleraciones. La toma de la Bastilla fue precedida por décadas de rebeliones campesinas. Y “aunque la nobleza perdió definitivamente sus privilegios fiscales, políticos y jurisdiccionales en 1789, siguió conservando durante mucho tiempo una posición privilegiada como clase propietaria. (…) Hasta los años 1880-1910 no se redujo su peso entre las mayores riquezas.”

Frente al discurso, difuso y dominante, de quienes asocian el avance del capitalismo con el florecimiento de la democracia, los últimos siglos atestiguan que los progresos en materia de equidad y libertades proceden, muy al contrario, de los esfuerzos sociales por embridar las pulsiones naturales del mercado y las dinámicas de la acumulación privada, tantas veces basada en la despiadada desposesión de los más débiles. El capitalismo no sólo se acomodó perfectamente de la esclavitud, sino que hizo de uno de los crímenes más atroces de la historia una ingente fuente de riqueza de las metrópolis. En 1791, fue la revuelta de la población negra de Santo Domingo – que representaba el 95% de sus habitantes – lo que supuso el principio del fin del sistema esclavista atlántico. Sin embargo, a pesar de haber vencido el intento napoleónico de restablecer la esclavitud, bajo la amenaza de una nueva invasión, la República de Haití aceptó pagar una onerosa indemnización a los antiguos propietarios de las plantaciones. El pago de esa ominosa deuda, refinanciada por los bancos franceses, no concluyó… hasta mediados del siglo XX, lastrando estructuralmente el desarrollo del primer país que osó abolir el comercio negrero.

No está de más recordar que, de los catorce presidentes de los Estados Unidos que precedieron a Lincoln, once fueron propietarios de esclavos. Durante la guerra civil americana, la Iª Internacional de Marx y Engels apoyó decididamente la causa del Norte, animando a los trabajadores ingleses a oponerse a las maniobras de su propia burguesía, simpatizante de unos Estados Confederados que abastecían de algodón la industria textil británica. La esclavitud fue abolida, pues, al precio de una cruenta contienda. Pero fue necesario un siglo más para que se abriesen paso los derechos civiles. Aún hoy, el racismo corroe las entrañas de la sociedad americana. No es casual que el asalto de los partidarios de Trump, el 6 de enero de 2021, inaudito desafío a las instituciones democráticas, introdujese por primera vez en la historia la bandera confederada en los salones del Capitolio. La opresión deja huellas perennes en las naciones. Las injusticias de hoy hunden sus raíces en los expolios de ayer. No en vano Piketty, al hablar de Estados Unidos, subraya sus orígenes como República esclavista, o se refiere a Francia como “una República colonial que se ignora a sí misma”. Será imposible establecer un nuevo orden internacional, justo y cooperativo, sin abordar el contencioso de las reparaciones por los estragos causados al Sur por parte de las viejas potencias. Un contencioso que enlaza con los intentos renovados de someter a esos países a la codicia extractiva de las grandes corporaciones. Por no hablar de la necesidad de equilibrar los esfuerzos de la transición energética, ante una crisis climática fundamentalmente provocada por las emisiones contaminantes de los países ricos.

El pasado sigue proyectando su alargada sombra sobre el presente. Y, muchas veces, olvidamos lo reciente de algunas conquistas. Así, por ejemplo, Suecia, hoy modelo de una democracia avanzada, mantuvo hasta 1911 un sistema electoral censitario, basado en las propiedades e ingresos de los ciudadanos. “Dentro del 20% de hombres que eran lo suficientemente ricos para votar, los votantes se dividían en unos 40 grupos. (…) Los miembros del grupo menos rico tenían un voto cada uno, mientras que los del grupo más rico tenían hasta 54 votos cada uno.” La llegada de los socialdemócratas al poder en la década de 1920, tras intensas movilizaciones sindicales, dio un vuelco a esa situación. En vísperas de la Primera Guerra Mundial la concentración de la propiedad era tan extrema en Suecia como en Francia o Inglaterra, donde el 10% más rico era dueño de entre el 80 y el 90% de las propiedades privadas. Pero, “en el período de entreguerras, los socialdemócratas pusieron la capacidad estatal al servicio de un proyecto político completamente diferente: en lugar de utilizar los registros de la propiedad y de la renta para distribuir los derechos de voto, los utilizaron para aplicar impuestos fuertemente progresivos a los más ricos con la finalidad de financiar servicios públicos que permitieran un acceso relativamente igualitario a la sanidad y a la educación a toda la población.” “Nada es inamovible, no hay culturas intrínsecamente igualitarias o desigualitarias”, concluye Piketty.

Prueba de ello es el período histórico entre 1914 y 1980, que el autor define como el de “la gran redistribución”. En esos años las desigualdades de renta y patrimonio se redujeron considerablemente, sobre todo en el mundo occidental. Piketty lo atribuye al surgimiento del Estado social “como consecuencia de la creciente movilización socialista y sindical desde finales del siglo XIX”, al desarrollo de una fiscalidad muy progresiva sobre la renta y las herencias, así como “a la liquidación de los bienes extranjeros y coloniales” – que representaban una parte muy relevante de las fortunas. “Las rivalidades entre las potencias europeas y el carácter insostenible del régimen colonial jugaron un papel crucial en el movimiento que condujo al colapso de las sociedades propietarias de la Belle Époque. La forma en que Europa se reconstruyó después de la guerra, mediante la cancelación de sus deudas públicas, también ofrece lecciones para el futuro.”

Los datos son elocuentes. Si a principios del siglo XX los ingresos fiscales totales – impuestos, contribuciones… – representaban menos del 10% de la renta nacional en Europa y en Estados Unidos, ese porcentaje se cuadriplicó en el viejo continente y se triplicó al otro lado del Atlántico. Hasta la Primera Guerra Mundial, el grueso del gasto de los Estados lo absorbían los aparatos destinados al mantenimiento de su soberanía territorial, el orden social y las posesiones coloniales. Sería imposible imaginar los avances en materia de educación, sanidad o protección social sin el giro en las políticas tributarias que se inició en los años 30 y se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial. Piketty no duda en hablar de una “revolución antropológica”, en la medida que asistimos a una “ampliación sin precedentes del papel del Estado, que se hace sobre todo en beneficio de las clases populares y medias, y en gran medida bajo su control, o al menos bajo el de los movimientos políticos que las representan”: el Partido Laborista mayoritario en 1945, el ininterrumpido voto obrero a la socialdemocracia sueca, la coalición popular impulsora del New Deal… por no hablar del “programa de la Resistencia”, que se impondría en Francia tras la Liberación y que tuvo en la edificación de la Seguridad Social su realización más emblemática. He aquí otra lección de cara al futuro en estos tiempos inciertos: aquel formidable progreso social fue de la mano de un avance no menos significativo de la democracia política, de la representatividad de sus instituciones, de la consolidación del sufragio universal y de la influencia de la sociedad civil organizada. Es decir, todo aquello que ha sido socavado por las últimas cuatro décadas de neoliberalismo.

“Hasta principios del siglo XX, casi todos los sistemas fiscales del mundo eran claramente regresivos; se basaban principalmente en impuestos sobre el consumo e indirectos, imponiendo una carga proporcionalmente mayor a los más pobres”. Una fiscalidad progresiva debe concernir no sólo a las rentas, sino a los patrimonios y herencias. El triunfo de la “revolución conservadora”, con su oleada de rebajas fiscales y exenciones para los ricos en todos los países, casi nos ha hecho olvidar que, en Estados Unidos, el tipo máximo del impuesto federal sobre las rentas más altas pasó del 7% en 1913 al 77% en 1918… y alcanzó el 94% en 1944. Durante casi cincuenta años, la media de esos tipos impositivos se situó en torno al 81% en las principales naciones industriales. Algo que, dicho sea de paso, no mermó en absoluto la productividad de esos países. Muy al contrario, los ejercicios neoliberales nunca se han acercado a las tasas de crecimiento registradas durante aquel período; un crecimiento estrechamente ligado al acceso generalizado de la población a la enseñanza. Pero, “¿habría podido imponerse tan rápidamente la fiscalidad progresiva sin la conmoción de la Primera Guerra Mundial y sin la presión del régimen bolchevique sobre las élites de los países capitalistas?”, se pregunta con pertinencia Thomas Piketty. ¿Habría alcanzado la clase trabajadora americana y europea el nivel de vida que logró durante los “treinta gloriosos” – y se habría afianzado una clase media con acceso a la propiedad -, sin la existencia de la URSS? Más allá del efecto acelerador que hayan podido tener guerras, crisis y revoluciones, hay que convenir con Piketty que los cambios habidos en las relaciones de poder y en la función de los Estados “fueron el producto de las fortísimas tensiones sociales y desigualdades de la época.”

Por supuesto, los tipos más elevados – del 70 o el 80% – sólo afectaban como mucho al 1% más rico de la población. Pero esa minoría gozaba de un enorme poder e influencia. A principios del siglo pasado, ese 1% poseía más de la mitad de la riqueza total en Francia y casi dos tercios en el Reino Unido. La progresividad fiscal democratizó sensiblemente las cosas. Sin embargo, esa progresividad ha ido despareciendo. Merced a numerosas formas de exoneración, comenta el cronista de economía de “Le Monde”, Stéphane Lauer (28/12/2021), “el tipo efectivo que paga el 0’1% de los franceses más ricos sobre el patrimonio que legan apenas es del 10%, muy por debajo del 45% que teóricamente deberían tributar las sucesiones superiores a 1’8 millones de euros. De tal modo que, para estar en lo más alto del nivel de vida, hay que heredar. La sociedad basada en el mérito del trabajo está esfumándose.” Francia se ha convertido en una sociedad de herederos: el 60% del patrimonio global procede de sucesiones. Una realidad que lleva a Piketty a proponer una redistribución radical de ese patrimonio, otorgando a cada joven una suma de 125.000 euros a su mayoría de edad. Por supuesto, semejante medida de desconcentración de la propiedad sería impensable sin un nuevo ascenso de las luchas populares, que permita recuperar el terreno perdido en materia de fiscalidad y recomponer unos servicios públicos y unos regímenes de pensiones profundamente erosionados.

Si hoy el horizonte se antoja sombrío, es tanto más necesario imaginar otro futuro para desbrozar el camino de esas luchas. Piketty trata de hacerlo evocando un socialismo democrático, descentralizado y autogestionario, de espíritu federal, basado en una amplia participación de la ciudadanía. Su mirada sobre un pasado repleto de ricas experiencias nos brinda muchas pistas. Caminos andados – y en parte desandados – en la construcción del Estado Social, avances incompletos – como el de la cogestión en Alemania – apuntan a la preparación de la clase trabajadora apara situarse en la sala de máquinas de la economía y a la voluntad de democratizarla… La reflexión deviene insoslayable para la izquierda ante la crisis del orden global. Una crisis que, a la hora de concebir una alternativa al capitalismo, quizá nos depare “una batalla entre socialismos”. Ahí está el modelo chino, que Piketty califica de “dictadura digital perfecta”: un sistema híbrido que, a pesar de su portentoso crecimiento, ha propiciado “un fuerte aumento de las desigualdades y una extrema opacidad por cuanto se refiere a la distribución de la riqueza, con el consiguiente sentimiento de injusticia social, que no es posible acallar eternamente a base de encarcelamientos y aislamientos.”

El camino hacia la igualdad se confunde con el progreso de la civilización humana. Y, en ese camino, la superación del legado patriarcal ocupa un lugar central. (A ello estará consagrado el último de esta serie de artículos: el ocaso del capitalismo proyecta sobre las mujeres del mundo la amenaza de una profunda regresión en sus frágiles conquistas y de  la instauración de nuevas servidumbres). La historia de la igualdad nos habla de la tardanza con que han ido abriéndose paso los derechos de las mujeres y las enormes resistencias que han tenido que vencer. Basta con recordar las fechas en que se alcanzó algo tan elemental como el sufragio femenino: 1893 en Nueva Zelanda, 1944 en Francia, 1971 en Suiza o 2015 en Arabia Saudí. El propio desarrollo del Estado social de la posguerra no sólo fue en parte tributario de un expolio colonial persistente, sino que estuvo marcado por innegables rasgos androcéntricos: la mujer, su papel social, su salario… fueron siempre “complementarios” de los del hombre, y a él subordinados. La feminista americana Nancy Fraser se ha referido en más de una ocasión al desacople que ello pudo suscitar entre una parte del feminismo y la izquierda cuando se desató la ofensiva neoliberal contra el Estado del Bienestar. Volver la vista atrás, sí. Pero no para idealizar gestas pasadas, sino para considerar críticamente sus límites y construir una nueva ambición transformadora. Nada menos que a eso nos invita la obra de Thomas Piketty.

Lluís Rabell

(17/01/2022)

1 Comment

  1. Mare! ❤
    Quina reflexió mès potent 🎉
    Tinc ganes de plorar de felicitat perque hi ha futur.
    Marco y Relato necesitamos para generar discursos potentes que devuelvan a la Clase Obrera hacia la Izquierda y vuelvan a confiar mayoritariamente en nosotras/os. Porque somos más, somos las mayorías… masas ingentes de proletarios/as que luchamos cada día por el pan, la sal y el aceite…

    M'agrada

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