Alba y ocaso del capitalismo (2)

La crisis permanente

         Las urgencias impuestas por la pandemia podrían dar la impresión de que la fiera se ha amansado. Ante el riesgo de un colapso de las economías, los Estados han gastado y gastado, con el beneplácito de los bancos centrales. El BCE ha comprado ingentes cantidades de deuda pública. Liquidez a espuertas, tipos de interés a ras del suelo. Aleccionada por los efectos recesivos de las políticas de austeridad y rigor fiscal con que encaró la crisis financiera de 2008, la Unión Europea ha dado un paso significativo hacia la financiación mutualizada de la deuda, con la emisión de importantes fondos de reconstrucción. El año que comienza podría llevarnos, sin embargo, a un cambio de rasante.

La pandemia sigue dando coletazos y genera muchas dudas sobre la robustez de la tan anunciada recuperación económica. La inflación ha irrumpido con fuerza en Europa – y de manera particularmente intensa en España. Las tensiones geopolíticas, como las que afectan al suministro de gas, se suman a los cuellos de botella que han afectado a los flujos comerciales a lo largo del último ejercicio. El aumento de los precios inquieta: podría no ser un fenómeno tan episódico como se decía. En cualquier caso, el BCE acaba de anunciar su intención de reducir sustancialmente la compra de deuda y amaga con encarecer el precio del dinero. (Algo que la Reserva Federal Americana tiene ya decidido). Vuelven a oírse voces llamando a la “moderación salarial” para contener la inflación. Y, como acertadamente advierte “Le Monde Diplomatique”, los “chantajistas de la deuda” están de nuevo al acecho.

La deuda ha sido el instrumento utilizado por las élites financieras para imponer su dictado a los gobiernos, empujándolos a ampliar el campo de privatizaciones y desregulaciones, en un proceso sostenido de desmantelamiento del Estado del Bienestar. Esa deuda se fue incrementando a medida que los Estados abandonaron la progresividad fiscal que caracterizó las décadas de prosperidad de la segunda mitad del siglo XX y necesitaron financiarse a través de los bancos… a los que hubo que rescatar en los momentos críticos con dinero público; es decir, endeudando aún más al conjunto de la ciudadanía, al convertir la deuda privada de las entidades financieras en deuda pública. La de España alcanza en estos momentos el 130% de su PIB. Así pues, cuando apenas se atisba el final de las medidas restrictivas impuestas por las sucesivas olas de la pandemia, los guardianes de la ortodoxia fiscal, discretos mientras se aplicaba respiración asistida a las economías nacionales, levantan el dedo para recordar que “la fiesta” no puede durar por más tiempo, que habrá que “sanear las finanzas” y será necesario acometer sendas “reformas estructurales”. Una retórica harto conocida que siempre ha anunciado recortes en los servicios públicos y amenazas para los sistemas de pensiones basados en la solidaridad. Por si eso fuera poco, cada día resulta más evidente que la transición energética será altamente costosa y sus dilemas – ¿cómo se repartirá socialmente el esfuerzo requerido? – serán el vector de ásperas luchas de clases a lo largo de las próximas décadas.

           Es el momento indicado para poner las luces largas y tratar de entender la lógica de un capitalismo financiero que se hará sentir de nuevo con fuerza sobre nuestras sociedades. A ello puede ayudarnos el interesante trabajo de Marc Chesney, profesor de economía en la Universidad de Zúrich, publicado bajo el título de La crisis permanente. La oligarquía financiera y el fracaso de la democracia”. En efecto. Una de las principales consecuencias de la desregulación de los flujos de capitales que trajo consigo la “revolución conservadora” de los años 80 – y que ha cincelado el semblante de la globalización neoliberal – ha sido el desarrollo monstruoso de la esfera financiera. Desacoplados de la economía productiva, ajenos por completo a las necesidades humanas, los mercados financieros proyectan sobre ellas una amenaza constante de zozobra. Según cifras publicadas a principios de Diciembre de 2021 por el Banco Internacional de Pagos – y que algunos economistas, como Juan Torres López, estiman “cortas” en la medida que no incluyen todas las operaciones realmente efectuadas -, el volumen mundial de transacciones financieras se elevaría a 14.937 billones de dólares. Por su parte, el Banco Mundial estima que el PIB conjunto de todos los países alcanzó los 84,6 billones de euros. En otras palabras: el monto de las transacciones financieras efectuadas representa nada menos que 176 veces el PIB del planeta. Las cifras producen vértigo.

Estamos ante un universo paralelo donde, en fracciones de segundo, los activos financieros cambian de manos, saltando de un continente a otro; donde circulan productos financieros opacos – o, directamente, estafas empaquetadas – entre las distintas plazas e incluso a través de otros circuitos; donde se cruzan apuestas y se especula con la quiebra de empresas y la desvalorización de sus activos; donde supuestas entidades arbitrales, como las agencias de calificación, participan del juego y lo falsean… Un gigantesco casino al que acuden entidades bancarias, fondos de inversión, fondos privados de pensiones… Una oligarquía que ha adquirido un poder desmesurado y una enorme capacidad de corrupción de la democracia. Y eso a pesar de que, nos dice Chesney, “la plutocracia financiera constituye una pequeñísima minoría, que ni siquiera representa el 0,01% de la población”.

No obstante, esa minoría sabe cómo hacer que prevalezcan sus intereses, incidiendo en las legislaciones y en las políticas públicas de los gobiernos. En Estados Unidos, “entre 1998 y 2008 esas élites se gastaron 1,7 millardos de dólares para financiar las campañas electorales de sus aliados y 3,4 millardos para sus actividades de lobbying. Según la revista Fortune, Wall Street se gastó 2 millardos de dólares para influenciar las elecciones de 2016.” Tanto Donald Trump como Hillary Clinton se beneficiaron de las contribuciones de firmas financieras tan conocidas como Wells Fargo, Citibank, Goldman Sachs, Bank of America, Morgan Stanley, o fondos especulativos como Renaissance Technology. Una influencia política que se conjuga con la capacidad desestabilizadora de ese sector. “En 2020, los cuatro mayores actores americanos del sistema financiero paralelo, que son Black Rock, Vanguard Group, State Street Global Advisors y Fidelity Investments, gestionan juntos unos 19 billones de dólares de activos, un monto cuasi igual al PIB de los Estados Unidos”. La influencia que esas corporaciones ejercen sobre las instituciones es tal que algunos autores, como Thomas Piketty, la describen como el advenimiento de una nueva “democracia censitaria”, donde el poder del dinero subvierte al sufragio universal. Aunque las formas y la cultura política sean distintas, tampoco en Europa los grupos financieros carecen de influencia sobre los Estados y las instancias comunitarias. Desde luego, no son lobbystas corporativos lo que se echa en falta en Bruselas. La crisis de 2008 demostró que los jugadores guardan siempre un as en la manga.  

Cuando estalla una burbuja especulativa y les correspondería en buena lid declararse en bancarrota, tienen la capacidad de descargar sus pérdidas sobre la sociedad. Too big to fail. Son entidades demasiado grandes: su caída supondría una tremenda convulsión económica, provocando una cadena de quiebras. Pero el problema es que los Estados evitan el hundimiento… sin apartar a esos aventureros de sus puestos – a excepción de algunas cabezas de turco, que sirven para cubrir el expediente. Es el socialismo de los ricos: los beneficios son siempre privados; las pérdidas, en cambio, son nacionalizadas y, con ello, se incrementa la capacidad acreedora de los bancos sobre el Estado salvador. Marc Chesney nos advierte sobre el alcance del nuevo paradigma y su diferencia respecto a otras etapas anteriores del capitalismo. “Una mundialización requiere la mayor libertad posible para la circulación de las personas, de las mercancías y del capital; y presupone un progreso tecnológico que permita esos movimientos. Durante la primera mundialización, estos últimos se apoyaron en los sectores ferroviario y marítimo, así como en el telégrafo y el teléfono. Con la segunda, que se inició en los años 1990, se apoyaron también en los sectores aéreos y espaciales, así como en internet. (…) La primera globalización desembocó en la Primera Guerra Mundial.  La segunda no ha permitido resolver las numerosas tensiones actuales y ha engendrado crisis financieras, ecológicas y sanitarias. (…) Se caracteriza fundamentalmente por hallarse bajo el imperio de la economía de casino, directamente perjudicial para el progreso social”.

El “Moloch financiero” ha trastocado el papel tradicional de todos los actores económicos. El sector bancario ya no cumple su papel motor en la economía. “En Francia, en Alemania y en Inglaterra, las cantidades que los bancos dedicaban en 2012 a los créditos para las empresas no financieras no correspondía sino a un pequeño porcentaje de su balance, respectivamente, un 12%, un 18% y un 5%. Muchas empresas tienen dificultades para que este sector financie sus inversiones, y ello a pesar de una política de tipos de interés muy bajos y de la compra de activos a los bancos comerciales, practicada por el BCE. (…) Desde finales de 2014 hasta principios de 2017, el volumen de créditos otorgados por los bancos a las empresas en la zona euro solo aumentó un 0,27%.” La propia Bolsa desempeña cada vez menos la función de optimizar la asignación de capitales y riesgos, facilitando la financiación de las empresas que acuden a ella. En Francia, las empresas se financiaban de esta forma en 2011 hasta sólo un 5’4% de sus necesidades. Diez años antes, lo hacían al 27%. “Para gestionar una financiación tan limitada de las empresas bastaría con que la bolsa abriese una hora por semana”.

¿Qué hacer ante una monstruosa excrecencia del sistema que amenaza con arrastrar a la humanidad de una convulsión a otra, de “destrucción creativa” en regresión social? ¿Cómo doblegar el poder de una casta que encarna “la quiebra moral de las élites”? “El imperio financiero está estructurado en torno a megabancos que siguen creciendo comprando otras entidades. Las oleadas de desregulación les permitieron implantarse con fuerza o incluso dominar sectores como los seguros, la energía, los metales, los productos alimenticios… e imponer su lógica a estos”, resume Chesney.He aquí el desafío del nuevo siglo. Sin duda, como el propio autor lo sugiere, será necesario un profundo movimiento de la ciudadanía para rescatar la democracia. La izquierda tiene el deber de imaginar transformaciones y modelos que sólo serán factibles merced a intensas luchas sociales. Políticas audaces para embridar las actuaciones del mundo financiero, sometiéndolo finalmente a los imperativos del progreso humano y a la preservación de la vida. Incluso una mínima tributación sobre las transacciones financieras aportaría ingentes recursos a las cuentas públicas. Es evidente que semejante objetivo sólo se puede contemplar desde la voluntad política coaligada de las naciones, en un espíritu federal. No es otro el reto que se planteará a la Unión Europea en el período que se avecina. ¿Hasta cuándo nuestras sociedades estarán a merced de los tahúres? ¿Por qué no volver, como se estableció tras el crac bursátil de 1929, a una estricta separación entre los bancos de inversiones y las entidades de crédito y ahorro? ¿Y por qué esa función dinamizadora de la economía no habría de ser asumida por una banca pública, socialmente participada por depositarios, sindicatos y empresas, como ha imaginado en alguno de sus trabajos el economista crítico Frédéric Lordon? Sólo las luchas venideras desbrozarán el camino, forjando la alternativa a un sistema históricamente agotado y sujeto a una crisis permanente. Urge que la izquierda se rearme con la ambición transformadora necesaria para contribuir a la victoria.

Lluís Rabell

(13/01/2022)

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