Deserción en la izquierda

              Llega estos días a las librerías “Derechos frágiles” (Ed.62), magnífico trabajo de la escritora y referente feminista Gemma Lienas. Una oportuna publicación, pues coincide con un complejo momento político en que se verifica, en efecto, la fragilidad de las conquistas igualitarias alcanzadas por el movimiento feminista. “Autobiografía de una generación de mujeres”, subtitula nuestra autora este repaso al largo y difícil camino recorrido desde los tiempos de la dictadura franquista hasta ahora. He aquí una lectura más que recomendable para mujeres y hombres de cualquier edad. Las personas más jóvenes descubrirán, quizá con sorpresa, que cosas tan elementales como disponer de una cuenta bancaria o viajar sin tutela masculina estaban vedadas a las mujeres. Por no hablar de la consideración del adulterio femenino como un delito – tardíamente eliminado del Código Penal – o del derecho al aborto, penosamente obtenido a través de sucesivas reformas legislativas. Para los hombres de mi generación, el relato de Gemma Lienas avivará sin duda viejos recuerdos. Y dará claves para entenderlos. Muchos hemos crecido mecidos por la sintonía del consultorio femenino de doña Elena Francis, aquel popular programa radiofónico que daba pautas de comportamiento a las muchachas, reales e inventadas, que pedían consejo bajo las patéticas firmas de “una desconsolada” o “una que no sabe qué hacer”, y a quienes se ponía en guardia ante los requiebros de chicos demasiado atrevidos, sospechosos de “no ser de todas prendas”, o se conminaba a aceptar cristianamente la violencia conyugal o una maternidad no deseada, confiándose a un sacerdote. ¿Cuántas veces no habremos oído a madres o vecinas comentar que “esa chica no podía quejarse, porque su marido no se emborrachaba, ni le pegaba”? Afortunadas o desgraciadas. Cuestión de suerte. Pero la lucha por la dignidad y la emancipación de las mujeres, visible a través de la irrupción masiva de su movimiento en los años de la transición democrática, hunde sus raíces en una sorda resistencia que no cejó ni en las épocas más sombrías del reinado nacional-católico. Aún recuerdo, a finales de los cincuenta, a aquellas vecinas, obreras fabriles y amas de casa, que se ocupaban de la niña de una muchacha del barrio, sumida en la pobreza y abocada a la prostitución, cuando iba a “hacer la calle”. Gestos solidarios, sobreentendidos, complicidades y miradas conniventes. Cosas incomprensibles entonces para un niño. La sororidad existía mucho antes de que el movimiento feminista diera tan bello nombre a esa poderosa fuerza subterránea. La trayectoria vital que describe Gemma Lienas ayuda a entender el significado de aquel pasado, así como el valor transcendente de los logros democráticos alcanzados.

           Y contribuye a ponernos en guardia ante una vasta ofensiva misógina que pretende desbaratarlos. Hace unos días, la propia Gemma Lienas – y, poco después, la antropóloga y feminista Sílvia Carrasco – comparecieron en la comisión del Parlament de Catalunya que tramitaba la reforma de una ley que marcó un hito en la lucha del movimiento feminista y que se forjó con un amplio consenso en sus filas: la Ley 5/2008, sobre el derecho de las mujeres a erradicar las violencias machistas. La propuesta de reforma partía de una iniciativa del grupo parlamentario de Catalunya en Comú – Podem. A priori, nada parecería más razonable que actualizar aquel texto legislativo, abriendo el foco sobre campos que han cobrado relevancia en los últimos años y donde también se dan situaciones de violencia, ya sea el ámbito institucional y administrativo o las redes sociales. Sin embargo, pronto se vio que la evocación de tales carencias venía a ser como aprovechar la ventura de que el Pisuerga pase por Valladolid. La finalidad manifiesta de la reforma es alinear la Ley de 2008 con los postulados transgeneristas, de los que la izquierda alternativa anda obstinada en hacer bandera. Así, el artículo 8 señala que todas las medidas y el reconocimiento de derechos de la ley deberían extenderse a “las mujeres transgénero, las personas intersexuales, así como a las identidades no binarias o las que no quieren relacionarse con ningún espectro de género binario”. No es sorprendente que Lienas y Carrasco pusieran el grito en el cielo en sus respectivas intervenciones. Basta con una cucharada de engrudo para estropear un barril de miel. Y aquí es todo un cazo el que vierte la propuesta de reforma, desvirtuando la ley de 2008.

           La farragosa neo-lengua transgenerista hace desaparecer a las mujeres al disolver la violencia específica y objetiva que sufren en razón de su sexo en medio de la evocación de otras realidades, colectivos e incluso de subjetividades. Es curioso que el texto hable de “mujeres transgénero” – y no transexuales; es decir, de aquellas personas nacidas varones y que, a través de un proceso siempre complejo, han adecuado su apariencia física a la del sexo femenino, con el que se identifican. Y es que las mujeres no sufren discriminación y violencia en función de sus sentimientos, sino de su insoslayable realidad material como hembras de la especie humana… en una sociedad que permanece bajo la égida de la dominación masculino. Es más: el feminismo siempre ha identificado el género – los estereotipos, comportamientos e inclinaciones que se atribuyen a la mujer – como una construcción social, destinada a perpetuar ese dominio. De ahí que muchas feministas se solivianten ante una interesada confusión de conceptos que pretende hacer de esos estereotipos la base de una “identidad”. De tal modo que habría hombres y mujeres nacidos en cuerpos equivocados y el sexo brotaría de un sentimiento voluble o una “autodeterminación”. Semejante galimatías no tiene, por descontado, ninguna base científica. Pero su incidencia en la vida de las mujeres no es ninguna abstracción: al desdibujar el marcador esencial sobre el que se basan todas las políticas de igualdad – ya sea en el ámbito laboral, cultural, deportivo, de salud, de prevención o incluso en lo concerniente a las estadísticas – se minan los fundamentos y la efectividad de tales políticas.

           No deja de ser significativo que el deseo de ampliar el radio de actuación contra las violencias no alcance la prostitución, la pornografía, ni los “vientres de alquiler”  – a pesar de la incursión que hace la reforma en el dominio de los derechos reproductivos. Por lo menos en los dos primeros temas, los equipos dirigentes de los comunes siguen, por desgracia, prisioneros del consenso neoliberal dominante. Es decir, en el reino del deseo individual y, en el fondo, la desesperanza del final de la historia. A pesar del ejemplo sangrante de la prostitución legalizada en Alemania, aún sueñan con un comercio sexual adecentado y cooperativo, no con su abolición. A pesar del desplazamiento de millones de mujeres pobres desde los países de la periferia a las metrópolis para satisfacer la demanda de las industrias del sexo, aún siguen exigiéndonos que no confundamos trata y prostitución. Algo así como si se condenase el comercio negrero, pero se asimilase la esclavitud en las plantaciones de algodón al trabajo agrícola, susceptible – eso sí – de mejoras en las condiciones laborales. Por no hablar de la pornografía, filmación de violencias y tratos degradantes para las mujeres que nada tienen de ficción, auténtica apología de la dominación masculina en sus formas más extremas, y que la izquierda alternativa es aún incapaz de abordar en su dimensión política, con graves impactos en la educación sexual y afectiva de menores, chicos y chicas, y no como una cuestión moral.

           Ha habido mucha prisa para tramitar esa reforma. Hay prisa en el Ministerio de Igualdad por sacar adelante la llamada “Ley Trans”. Tanta que no hay tiempo siquiera de escuchar a las entidades feministas que alertan, no sólo de la brecha que abriría en sus derechos, sino de la amenaza que supone para la educación en la igualdad, para el desarrollo saludable de niños, niñas y adolescentes, para la normal expresión del lesbianismo y la homosexualidad, para aquellas personas que requerirán llevar a cabo una transición con la atención y las garantías debidas… Un temor fundado. Sin debate público alguno, ya hay quince comunidades autónomas que han aprobado protocolos instando a los enseñantes a detectar comportamientos de niños y niñas que supuestamente no corresponderían a su sexo.

Hay prisa por mostrar un perfil propio, diferenciado del PSOE, y el transgenerismo o la invocación de un pretendido “trabajo sexual” parecen actitudes transgresoras y disruptivas. Pero lo cierto es que esas corrientes de pensamiento se inscriben en una oleada cultural profundamente misógina, una reacción de las élites patriarcales ante el ascenso mundial del feminismo y un intento de redefinir el lugar de la mujer en un nuevo orden mundial. Los “bárbaros del patriarcado”, como dice Rosa Cobo, anuncian una época de servidumbre y sometimiento, cincelada por la violencia. El pensamiento neoliberal, ése que hace a la mujer prostituida responsable de su prostitución y presenta como “autodeterminación” individual el reflejo interno de las presiones sociales, ha preparado el terreno a la descomposición ideológica en la que nos estamos adentrando.

Atención, porque esto no es el problema de una izquierda inmadura frente a otra más veterana, sino del conjunto de las fuerzas progresistas. La socialdemocracia devendrá también un campo de batalla. En su día, el venerable SPD aprobó junto a los verdes la legalización de la prostitución. Hoy, por razones pragmáticas, por no generar tensiones con su socio de gobierno, el PSOE podría llegar a pensar que es mejor mirar para otro lado. En la izquierda hemos acuñado muchas expresiones que, sacadas de contexto, pueden ser una coartada de actitudes oportunistas: “correlaciones de fuerzas”, “sumas de debilidades”, “saber priorizar”… Es cierto que no resulta fácil gestionar algo así. Pero, cuidado: no estamos hablando de temas marginales. Esto no es un debate entre “sectoriales femeninas” de partidos de izquierda. No es moneda de cambio. Estamos hablando de cuestiones nucleares para la izquierda, de modelos de sociedad. Esta batalla cultural será mucho más decisiva para el devenir de la izquierda en su conjunto que la audacia de una determinada reforma fiscal o el diseño final de unos presupuestos – con toda la importancia que eso tiene.

No habrá socialismo si no está embebido de feminismo hasta el tuétano. Las feministas están reclamando debates serios y piden detener actuaciones frívolas desde las instituciones – como esta lamentable reforma de la ley de 2008. “Nos estamos quedando sin izquierda”, decía hace unos días la activista y escritora Pilar Aguilar. “Nos han dejado solas”, se lamentaba Carmen Domingo. Si la izquierda desertase este combate perdería irremisiblemente el norte en muchos otros terrenos… y durante muchos años. Hay que escuchar a las feministas.

Lluís Rabell

11/11/2020

(Es posible acceder a la integridad de las intervenciones de Gemma Lienas y Sílvia Carrasco a través de @feministes-cat)

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