Medianoche en el bosque del porno feroz

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“¡Hay que abolir la pornografía!” Así de tajante se alzaba la voz de la histórica investigadora y militante feminista Sheila Jeffreys al cierre del 1er Fórum Internacional sobre feminismo y pornografía, celebrado los días 13, 14 y 15 de febrero en Santa Coloma de Gramenet, , bajo los auspicios de su Ayuntamiento – y el compromiso personal de la alcaldesa socialista Núria Parlón. Una apuesta valiente, sin lugar a dudas. El tema es tabú: basta con evocarlo para que salte a la palestra una legión de airados defensores del derecho irrestricto de cada cual a gozar de sus fantasías. Incluso desde las filas de la propia izquierda surgen inmediatamente denuncias de mojigatería o moral victoriana.

Pero la pornografía que hoy se difunde masivamente a través de Internet, en abierto, no tiene nada que ver con transgresión liberadora alguna. Al cabo, ni siquiera con el sexo propiamente dicho – aunque éste aparezca como el vector de su narrativa. No. La pornografía se ha convertido en una escuela global del odio hacia las mujeres. La industria de la pornografía se inserta plenamente en los entramados del tecnocapitalismo. Baste con señalar que, sólo en Estados Unidos, la pornografía y el conjunto de actividades mercantiles asociadas a ella generaron en 2019 un volumen de negocio de 6 billones de dólares. Imagínese, pues, su peso a nivel mundial… y el poder que confiere a esta industria su alto grado de concentración: ocho de los diez principales portales dedicados a la pornografía forman un oligopolio empresarial. Uno de los más populares, Pornhub, colgó a lo largo del pasado ejercicio 6’83 millones de vídeos: su visionado íntegro requeriría permanecer pegado a la pantalla durante 169 años.

Son cifras que producen vértigo. Lourdes Muñoz, directora de Iniciativa Barcelona Open Data, y Maribel Cárdenas, directora de Políticas de Igualdad y LGTBI del Ayuntamiento de Santa Coloma, las desgranaban en una documentada ponencia. Y el contenido de esos productos provoca escalofríos. Por su parte, la joven investigadora Mónica Alario, estableciendo el tránsito entre la construcción simbólica de la pornografía y la demanda creciente de prostitución, hizo un repaso de las numerosas ofertas temáticas. Nada que ver con lo que podía verse hace unos años en algunos cines especializados – hoy desaparecidos. Ni argumento, diálogos o simulación. Directamente, sexo duro, prácticas humillantes, violaciones y torturas reales. La narrativa del porno propone una erotización del dolor femenino, enseña a excitarse con la violencia ejercida sobre mujeres y niñas. Ahí, la mujer no tiene deseos propios, no es un sujeto. Al contrario: sólo se realiza a través del sufrimiento y las vejaciones infringidas por los hombres. Esa deshumanización, esa cosificación total y despiadada de la mujer, hace que la pornografía sea indisociable, en su relato y en su práctica, de la prostitución o los vientres de alquiler.

Rosa Cobo, profesora de sociología de la Universidad de La Coruña, señalaba que en los momentos de grandes cambios, el patriarcado siempre se pregunta cómo debe ser la mujer. Estamos ante una crisis de civilización. El feminismo, con su lucha tenaz y sus conquistas, ha cuestionado la masculinidad. El capitalismo informacional exige mercantilizar masivamente los cuerpos femeninos. En ese sentido, la pornografía dibuja las normatividades femenina y masculina, redefiniéndolas a través de una exaltación de la violencia. “Un discurso de odio envuelto en un imaginario libertino”, diría la escritora americana Andrea Dworkin. “Una propuesta radical de la soberanía masculina”, apunta Rosa Cobo. Porque hay “fugas” en el sistema. Es necesario establecer una nueva fratría entre varones; hay que incorporar a ella a las nuevas generaciones… y hay que indicar a las jóvenes, aterrorizándolas si cabe, qué lugar les corresponde en ese orden. Pero el nuevo pacto viril desborda el perímetro del patriarcado que habíamos conocido hasta ahora: la pornografía deriva ya en una intensa apología del incesto y la pedofilia. Y en sus expresiones más extremas, conclusión lógica de esa afirmación sistemática de la infrahumanidad de la mujer, su asesinato. En el menú de las infinitas ofertas pornográficas, es fácil dar con vídeos donde no aparece ningún tipo de práctica sexual, sólo tortura. La redefinición del patriarcado y las nuevas configuraciones del capitalismo nos precipitan así hacia “la sociedad sin límites” de que nos hablaba la antropóloga Beatriz Ranea.

Esos son los contenidos a los que acceden cada día millares de adolescentes – y de niños a partir de los 8 años – tecleando simplemente una palabra en el buscador, como explicaba Lluís Ballester, docente de la Universidad de las Islas Baleares. Hasta el punto de que la pornografía se convierte en su fuente de educación afectiva y sexual, y formatea su comportamiento. De poco sirven los discursos acerca de la igualdad y el respeto cuando la pornografía les propone modelos basados en la dominación y naturaliza todo tipo de prácticas que ignoran el deseo femenino. ¿Cómo educar en la prevención de enfermedades de transmisión sexual cuando el preservativo está proscrito en esas representaciones? La pornografía deviene así una amenaza sin paliativos para la salud pública. Y un formidable altavoz para la cultura de la violación. Así lo apuntaba la periodista Graciela Atencio, directora de Feminicidio.Net. No en vano la grabación de la violación colectiva cometida por “La Manada”, colgada en Internet, recibió un número ingente de visitas.

No estamos, pues, ante una cuestión sobre la que se pueda frivolizar. Lo decía la eminente filósofa Amelia Valcárcel en la conferencia inaugural de estas densas jornadas cuyos trabajos, pronto disponibles, merecen ser estudiados con la mayor atención. Con todo lo que conlleva, punta de lanza de la expansión de las industrias del sexo, el “porno feroz” – según la expresión acuñada por el periodista y sociólogo Gabriel Núñez Hervás que dio título al encuentro – atenta contra los propios cimientos de la democracia, anunciando la llegada de “los nuevos bárbaros”. Y más que nadie debería reflexionar sobre todo ello la izquierda alternativa, sensible a los cantos de sirena de la posmodernidad, ínclita a hablar de “trabajo sexual” (Valcárcel recordaba que, en todas las sociedades patriarcales, desde la Roma clásica hasta nuestros días, la prostitución siempre ha sido regulada por los poderes públicos) y a contemplar con buenos ojos la pornografía. (Laura Pérez, concejal del Ayuntamiento de Barcelona, saludaba el último Salón erótico celebrado en la ciudad, arguyendo que el porno bien podía convertirse en un aliado del feminismo y contribuir a la educación sexual de la juventud. Todo un dislate). La proximidad de debates  tan importantes como el concerniente a la trata con finalidades de explotación sexual o la llamada “Ley trans”, que pronto han de darse en el Congreso, hace insoslayable esa reflexión.

Lluís Rabell

16/02/2020

4 Comments

  1. Gran idea la del Ajuntament de Santa Coloma.

    El porno es una eina mas per mantenir el neoliberalisme a costa del que sigui.
    Bones reflexions per les nostres companyes feministes que defensen la prostitució
    Esperem les conclusions de les jornades per. escampar les per tot el mon.

    M'agrada

  2. Gracias LLuís por tus claras aportaciones a los temas candentes del Feminismo. Estoy de acuerdo contigo y como Feminista Radical de toda la vida coincido totalmente con lo que expones

    M'agrada

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