¿Gobernar con ERC?

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Es azaroso meterse en una campaña electoral especulando, antes de que las urnas hayan emitido su veredicto, acerca de la composición del futuro gobierno. Tan aventurado como revelador de la política que realmente le ronda a uno por la cabeza, pero no acaba de verbalizar desacomplejadamente. En un inteligente análisis del panorama que envuelve estos comicios, Oriol Bartomeus dice que éstas serán “unas elecciones a la sombra del tripartito”: su evocación, como reproche o como nostalgia, flotará cual halo fantasmagórico sobre la campaña. Es posible que así suceda. Sin embargo, en estos últimos días ha empezado a plantearse la hipótesis de otra coalición, más acorde – piensan algunos – con la complejidad del momento actual. El “procés” ha provocado cansancio entre la sociedad catalana. Por otro lado, la pugna en el interior del mundo independentista es tal que el ejecutivo presidido por Torra ha hecho implosión. Tras el acercamiento operado durante la negociación presupuestaria, ¿sería descabellado imaginar un gobierno vertebrado entorno a una alianza de ERC con los comunes? Desde luego, nada hace pensar que los números den para que baste con la suma de esas dos fuerzas políticas. Pero, ¿no se avendría quizás la CUP a brindarles un apoyo crítico? ¿Y JxCat? ¿Y el PSC? Tal vez si ERC rebasase a la enésima mutación convergente con suficiente amplitud como para “satelizarla”… O si la necesidad de un apoyo republicano para mantener la legislatura llevase al PSOE a pedir cierta moderación a los socialistas catalanes. ¿Una abstención “responsable” en la investidura? ¿Acaso una actitud connivente cuando llegasen los futuros presupuestos? Soñar es gratis. Lo que acostumbra a salir caro son las consecuencias de las políticas basadas en ensoñaciones.

La idea del “bipartito” forma parte de esas quimeras. Pero su aparición en estos momentos no es casual, ni tampoco inocente. La realización de semejante hipótesis requeriría, como se ve, un improbable alineamiento astral. En primer lugar, por cuanto se refiere a la actitud de ERC. De confirmarse los pronósticos de las encuestas, que anuncian la reedición de una mayoría parlamentaria independentista, no cabría esperar sino una continuidad de la alianza entre los hermanos enemigos del nacionalismo. En tales condiciones, y aunque realizase su anhelado sorpasso sobre el mundo convergente, no es esperable que ERC se atreviese a mandar a la ruidosa corte de Waterloo a la oposición, optando por una coalición alternativa. El imaginario que estos años de “procés” han instalado entre las clases medias del país no se ha desvanecido. Es más: el desorden global y las propias disfunciones de la UE pueden reavivarlo. Ciertamente, una mayoría social parece inclinarse por una vía dialogada. Pero el temor a ser acusado de traidor todavía pesa mucho en el ánimo de los líderes políticos independentistas. Y la idiosincrasia de ERC la hace particularmente sensible. ERC es el partido de las viejas y nuevas menestralías. Sus sentimientos hacia el entramado político y sociocultural trenzado a lo largo de décadas de hegemonía convergente es contradictorio y casi enfermizo: un lejano eco plebeyo, mezclado con una creciente ambición de poder, hace que los masaderos detesten a esos señoritos que llevan toda la vida pavoneándose por la finca nacional; pero, por otro lado, envidian su suficiencia y querrían parecerse a ellos. La evolución de ERC y la selección de su personal político han situado a este partido más cerca de los postulados del centrismo liberal que de esa socialdemocracia de la que, de modo ocasional, se reclama. De hecho, ERC lleva años acompañando y asumiendo sin desgarros las políticas de austeridad promovidas por sus socios conservadores.

Sin ir más lejos, proyectos como la fallida “Ley Aragonés” – que abría la puerta a una oleada de externalizaciones en los servicios públicos – o la gestión cicatera de la Renta Garantizada de Ciudadanía – con un 81% de solicitudes denegadas y el IRSC congelado desde 2010 – ayudan a entender la volubilidad de su “alma social”. ERC es un partido nacionalista por encima de otras consideraciones. Incluidas, mal que les pese, las democráticas: en 2017 votó, junto a la derecha nacionalista y la CUP, a favor de una República de rasgos autoritarios. El sueño de ERC es convertirse en el gran partido nacional catalán, interclasista y hegemónico en el conjunto de la sociedad.

¿Es legítima esa aspiración? En democracia, por supuesto. ¿Será necesario que la izquierda llegue a pactar un modelo de convivencia democrática con el independentismo? Sin duda, pensamos muchos federalistas. Durante mucho tiempo aún, una amplia porción de la ciudadanía seguirá reconociéndose en el espectro ideológico de los partidos nacionalistas. El federalismo tiene capacidad de propuesta para dar acomodo a esas franjas sociales sin que deban abjurar de sus ideales. Pero lo que no puede hacer la izquierda es confundir diálogo, pacto y cesiones mutuas… con subordinación al liderazgo nacionalista. El proyecto de ERC aspira a levantar nuevas fronteras en busca de una soberanía que, en la era de la globalización, difícilmente podría derivar en otra cosa que un mayor sometimiento a los dictados de los mercados financieros y una profunda regresión social y democrática. Las circunstancias hacen que, en estos momentos, ERC opte por una actitud pragmática. ¡Y bendito sea el principio de realidad! Pero, basta con mirar los efectos del brexit en Escocia y en Irlanda para entender que futuros avatares de la UE pueden ser percibidos como nuevas ventanas de oportunidad para otro intento secesionista. En esa perspectiva, disponer del poder autonómico supondría una formidable plataforma. La izquierda, sabedora de la fractura interna que conllevaría, no puede subordinarse, ni asociarse en modo alguno a semejante perspectiva. A veces, sin embargo, cautiva de sus propias ilusiones y embelleciendo la realidad, parece dispuesta a ello. Es muy discutible que los comunes hayan facilitado el trámite de unos presupuestos de la Generalitat que poco resuelven de la emergencia social y climática, y que pueden convertirse en un balón de oxígeno para un gobierno desacreditado y agonizante. Esas cuentas son esencialmente las de ERC, con algunas concesiones a la izquierda alternativa cuyo impacto efectivo está por ver. Presentarlas como “la primera piedra de un futuro gobierno progresista” plantea muchos interrogantes acerca del proyecto de esa izquierda y de su independencia política. Urge despejar esas dudas.

Lluís Rabell

13/02/2020

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