Hombres “TERF” 

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No nos corresponde a los hombres, por muy feministas y solidarios que nos declaremos, opinar sobre cómo deberían las mujeres gestionar sus movimientos o conducir sus debates. Y no sólo por causa de nuestra tradicional inclinación a colonizar esos espacios, ejerciendo sobre ellos paternales “protectorados”. No sólo por eso. También por una razón más actual e inquietante: es perceptible que asistimos a toda una ofensiva cultural y política destinada a forzar parcelas de privacidad duramente conquistadas e incluso a desdibujar a las propias mujeres como sujetos de un combate emancipador. Una parte de la izquierda se muestra permeable a esa ofensiva o se deja arrastrar por ella. Otra parte permanece perpleja y llena de dudas. Se intuye, sin embargo, que la disputa por decidir el semblante del feminismo del siglo XXI condensa los grandes problemas en que se debate nuestra sociedad.

Tampoco hemos sido necesarios para establecer ese diagnóstico. Lo han hecho voces muy destacadas del feminismo radical. Lo que quizás podamos aportar sea información útil “del otro lado”. O, dicho de otro modo, cómo son percibidos entre los hombres los debates en curso. Y hay que empezar recordando algo que puede parecer una obviedad, pero que resulta de la mayor importancia: hombres feministas son aquellos que han sido convencidos por la crítica y la lucha de las mujeres feministas. Algo que nunca les pusimos fácil. Ni siquiera en las filas de las organizaciones revolucionarias o del propio movimiento obrero. Pertenezco a una generación militante que ha sido testigo de la lucha denodada que tuvieron que librar las mujeres para tomar la palabra. La paridad dista mucho de ser una realidad en numerosos y decisivos ámbitos, es cierto. Pero invito al lector a echar un vistazo a las fotografías de Mayo del 68, a los testimonios gráficos de sus multitudinarios mítines y asambleas: rara vez veréis una mujer en la tribuna de oradores. Sin embargo, estaban allí, en el corazón de la revuelta. Como eran el alma invisible de tantas huelgas. Tuvieron que pelear para hacerse oír. Y tuvieron que organizarse de manera autónoma para construir su pensamiento y afianzarse frente a un entorno hostil. Quienes conocimos aquellos difíciles años no podemos por menos que sorprendernos ante la frivolidad de sectores que hoy reclaman la apertura de esos espacios a hombres que dicen sentirse mujeres. No se trata de discriminar a nadie: toda subjetividad es respetable y los deseos, legítimos. Pero por si solos no fundamentan derechos exigibles y, aún menos, invasivos, cuestionando los de otros colectivos. ¿Por qué sucede esto ahora, cuando el mundo asiste a una nueva oleada de violencias contra las mujeres?

La imagen de los hombres que se refleja en el espejo de Venus acostumbra a ser poco halagadora. El feminismo impugna radicalmente la superioridad en que hemos sido socializados. ¿Cómo entender entonces que el 8 de Marzo proscriba el debate sobre la prostitución y legitime esta vieja institución patriarcal hablando de “revuelta puteril” y “trabajo sexual”? ¿Acaso debe reconocerse a los hombres el derecho a comprar el cuerpo de las mujeres? ¿Puede una sociedad avanzada tolerar la existencia de una reserva de mujeres cosificadas, disponibles para satisfacer las ansias de dominación masculina? Desde hace siglos, el feminismo ha venido sosteniendo que tal privilegio debía ser abolido. ¿Ha dejado de ser así en la época del capitalismo global? Si es posible comprar a una mujer, tampoco habrá igualdad para las demás. Si admitimos que la pobreza o la discriminación étnica habilitan para transformarlas en mercancías, jamás habrá justicia social para el resto de la humanidad.

Por eso resulta tan nociva esa exaltación posmoderna de una subjetividad que desdibuja las clases sociales y que hace de la mujer una vaporosa construcción, perdida en un caleidoscopio de identidades intercambiables. Muy al contrario, el feminismo radical nos enseñó que la mitad de la humanidad vive sojuzgada en razón de su sexo; que millones de niñas están, desde su nacimiento, destinadas a la ablación, a cubrirse la cabeza, a someterse a los hombres o a estar por debajo de ellos incluso allí donde las naciones han alcanzado una igualdad jurídica formal. Ese feminismo hace de la mujer una categoría y un problema político. Por decirlo de algún modo, nos interpela en nuestra condición de beneficiarios de un orden ancestral; nos agarra por las solapas, nos zarandea y nos sitúa ante nuestras responsabilidades. Más aún: con sus investigaciones en el campo de la sociología, de la economía política, de la antropología, de la filosofía, con sus aportaciones en todos los ámbitos científicos y culturales – algo de tal alcance que aún nos falta perspectiva histórica para apreciar -, el feminismo radical ha sido decisivo para entender el mundo y concebir los parámetros y condiciones de su transformación socialista. Es ese feminismo el que ha sabido desentrañar la simbiosis entre la crueldad del patriarcado y la voracidad del capitalismo tardío y tecnificado.

Pero, ¿qué feminismo es aquel otro que, lejos de cuestionar nuestra masculinidad dominadora, nos invita a ser desenfadados clientes de la prostitución o consumidores compulsivos de pornografía? ¿Cómo es posible que feministas históricas – como Celia Amorós, Amelia Valcárcel, Rosa Cobo, Victòria Camps y tantas otras académicas y escritoras – al igual que toda una generación de activistas feministas que han consagrado su vida al combate por la igualdad y que han estado en primera línea de todas las causas sociales y democráticas – empezando por los derechos de los colectivos LGTBI – sean hoy tildadas de retrógradas e incluso acusadas de difundir un discurso de odio? No hay confrontación de ideas, sino descalificación y terrorismo verbal en ese diagnóstico de fobias vergonzantes que supuestamente aquejarían a quienes no comulgan con la teoría queer. A riesgo, pues, de engrosar las filas TERF (1), permítaseme permanecer fiel a la tradición ilustrada, al pensamiento crítico y materialista. Y al anhelo emancipador que da sentido al combate de la izquierda… y que sin el feminismo radical no sería.

Lluís Rabell

           18/02/2020

(1) TERF: acrónimo de “Trans-Exclusionary Radical Feminist”.

3 Comments

  1. Totalmente de acuerdo. Yo apoyé en su momento al movimiento y la teoría queer, que en su base teórica parecía prometedora y de fácil aplicación.

    Poco sabíamos muchas personas que sería usada para 1) invisibilizar nuevamente a las mujeres, 2) crear una nueva caza de brujas, 3) para estigmatizar a las mujeres abolicionistas teóricas y académicas que siempre han servido de referencia para un Feminismo coherente, 4) para infundir miedo en las nuevas niñas y mujeres interesadas en el feminismo radical / abolicionista.

    Luwgo de notar las barbaries que la teoría queer y el transactivismo empezaron a proponer como leyes, me costó salir del adoctrinamiento neoliberal y regulacionista que propone el transactivismo y la teoría queer.

    Gracias por el texto.
    Yo noe identifico como hombre, pero nací de sexo masculino y ahora sé que eso no lo puedo cambiar y que ninguna cirugía o vestimenta me dará el amor propio que le debo ami cuerpo y mi persona.
    Ser trans no es cambiar de sexo. Es cambiar solo de apariencia visual o gracias a hormonas. Me espabta recordar que el colectivo trans en algún momento me convenció de que había “nacido en el cuerpo equivocado”.

    M'agrada

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