Ventana de oportunidad

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El profesor y analista electoral Carles Castro acaba de publicar un brillante trabajo (“Cómo derrotar al independentismo en las urnas”, ED Libros) cuya aparición, justo cuando acaba de constituirse en Madrid el gobierno de Pedro Sánchez, no podía ser más útil y oportuna. En efecto: el tratamiento del conflicto catalán pondrá a prueba al nuevo ejecutivo progresista y determinará en gran medida su éxito o su fracaso. Resulta, pues, de primera importancia establecer un diagnóstico sobre la situación en Catalunya, hoy gobernada sobre la base de una mayoría parlamentaria independentista surgida de los tensos comicios del 21-D de 2017, tras la fallida DUI de octubre y la aplicación del 155. Pero, ¿es realmente indestructible esa mayoría? “¿Está Catalunya condenada a ser gobernada eternamente por fuerzas del mismo signo, cuyo balance estratégico se resume actualmente en el agotamiento y el descalabro?” He aquí la pregunta a la que trata de responder Carles Castro, analizando los resultados de distintas citas electorales así como la evolución del voto, considerando los cambios demográficos y culturales acaecidos en la sociedad catalana desde la transición, cruzando esos datos con las pistas que dibujan las encuestas de opinión acerca de las preferencias y sentimientos de la ciudadanía… Todo ello desde la solvencia académica y la honestidad intelectual: Carles Castro no oculta su adscripción a la tradición del catalanismo progresista, ni su deseo de ver emerger una “tercera vía”, contrapuesta al secesionismo y al inmovilismo. Ni rastro, en ese sentido, de un pensamiento presuntamente aséptico. Ni aún menos de un deseo revanchista de ir “a por ellos”. Tal como lo expresaba el propio autor en una reciente presentación de su libro, ellos también forman parte de nosotros”.

De hecho, el libro nos propone una hipótesis fundada sobre datos empíricos, pero que sólo podrá verificarse a través de la lucha política y a condición que ésta atienda a determinadas exigencias. “El nacionalismo soberanista hace ya décadas que reúne menos de la mitad de los votos en las elecciones autonómicas. La pérdida de la mayoría parlamentaria nacionalista, en cambio, supone un reto mucho más complejo. Sin embargo, los indicadores demoscópicos y electorales revelan que es perfectamente posible una mayoría no independentista en el Parlamento catalán”.

Las fuerzas independentistas no alcanzaron la mayoría de sufragios en aquellas elecciones supuestamente plebiscitarias de 2015. Ni siquiera en la convocatoria de alto voltaje de diciembre de 2017. La traslación de votos a escaños, que favorece la representación de las circunscripciones más afines al soberanismo, permite sin embargo lograr una mayoría en el Parlament con un apoyo en las urnas de algo más del 47%. Carles Castro estima que, por debajo del 45% de los sufragios, el independentismo perdería esa mayoría. De hecho, unos pocos miles de votos en Tarragona o Lleida (algunos más en Barcelona) harían bascular los escaños suficientes para alterar las mayorías en la cámara. ¿Cabe esperar que se produzcan tales desplazamientos? El autor lo considera razonable. La polarización del conflicto, la actuación policial contra el 1-O, el rigor penal contra los líderes independentistas… han distorsionado el espectro ideológico de la sociedad catalana. Sin embargo, todos los datos apuntan a la existencia de “un notable contingente de secesionistas tácticos que habrían apostado por la independencia como una estrategia para forzar al Estado a negociar una mejora del autogobierno”. “Más de 350.000 electores – esa cifra aparece una y otra vez como resultado de distintas estimaciones – que se identificaban como independentistas sobrevenidos en los últimos cinco años admitían otras soluciones para Catalunya distintas a la ruptura con España (y que, además, entrañaban su permanencia dentro del Estado)”. A pesar de la aspereza de los choques con el Estado, un tercio de ese electorado admitía que la salida más probable era un pacto en torno a la mejora de las competencias de la Generalitat y su financiación. Lo que supone, en cifras absolutas, un cómputo potencial de 700.000 votantes independentistas alejados de cualquier realismo mágico”.

Pero no sólo en el campo soberanista pueden producirse cambios. El partido ganador de las últimas elecciones autonómicas, Ciudadanos, recogió un caudal de votos procedentes de la derecha, pero también de sectores populares que tradicionalmente daban su apoyo al PSC. Superado el sobresalto de otoño de 2017 – y con el proyecto naranja deshilachado – es muy probable que la mayoría de esos votos se dispersen, volviendo en parte a los caladeros socialistas, desplazándose otros hacia Vox y PP o refugiándose en la abstención. Todo ello, combinado, podría propiciar una nueva aritmética parlamentaria. Existe suficiente masa crítica ciudadana en Catalunya para impulsar una política fértil que persiga metas factibles y consensos más amplios que el destructivo intento de imponer a la mitad del país los designios de la otra mitad”.

Con toda razón, Carles Castro insiste en que no se abrirá el juego político mientras no se rompa la mayoría en el Parlament – y, con ella, la inacabable pugna entre ERC y las sucesivas mutaciones convergentes. Algo que nuestro analista considera imposible sin la aparición de una nueva oferta electoral, catalanista moderada, cuya referencia podría ser el actual PNV. Es decir, “una marca diferenciada que permita incorporar al elector de centroderecha, pero también a aquel otro cuyo tránsito al realismo identitario no le obligue a renegar (o a sentirse un renegado) de su genética soberanista anterior. Y esa genética se expresa a través del voto a unas siglas autóctonas y de obediencia exclusivamente catalana”.

Hay en estos momentos diversos tanteos y reagrupamientos que van en esa dirección. ¿Llegarán a cristalizar a tiempo, antes de se produzca una nueva convocatoria electoral? ¿Será audible el discurso de esa hipotética formación y atractivos sus liderazgos? No corresponde a las izquierdas inmiscuirse en un proceso que se desarrollará lejos de su espacio natural. (Por mucho que la aparición de una opción capaz de atraer cientos de miles de votos partidarios de una perspectiva no rupturista fuese decisiva para posibilitar una “tercera vía”). Tampoco sirve de nada especular. Si las izquierdas, socialdemócrata y alternativa, hacen lo que tienen que hacer, el resto de actores políticos acabarán trabajando – algunos muy a pesar suyo – a favor de la causa progresista. El gobierno de Pedro Sánchez brinda la posibilidad de hacer patente que, si la aventura secesionista fracasó y no debe volver a intentarse, existe margen para caminar hacia el pleno reconocimiento de la nación cultural catalana y para el fortalecimiento de sus instituciones dentro de una España fraterna y de una Europa avanzada. La distensión – y una salida adecuada de la situación penal de los líderes encarcelados – serán necesarias para aislar a los partidarios de reavivar la confrontación.

No será menos decisiva la claridad con que esa izquierda afirme su propia perspectiva para Catalunya. En un escenario de nuevas alianzas, cabe imaginar distintas combinaciones para un gobierno de superación del conflicto. Pero ninguna ambigüedad sería tolerable. La mejora del autogobierno debe acompañarse de un compromiso de lealtad y respeto del marco constitucional – incluso para su reforma. Si es lógico considerar la posibilidad de un acuerdo con una parte no esencialista del soberanismo, la izquierda no puede contemplar ninguna alianza que ponga de nuevo en solfa la idea de un referéndum de autodeterminación. Carles Castro evoca profusamente la experiencia de Quebec. La del brexit debería ser definitiva por cuanto se refiere a los efectos devastadores que conlleva empujar a una sociedad a pronunciarse sobre cuestiones complejas desde la emotividad y la desazón.

Es concebible – tal vez sea ésa la alternativa que acabe abriéndose paso – una entente de gobierno con una ERC emancipada” de su alianza con la derecha nacionalista radicalizada. (En la medida en que el partido de Oriol Juqueras seguirá influyendo a una parte sustantiva de las clases medias cuyo concurso resulta imprescindible para configurar una mayoría social de progreso). Pero, después de todo lo ocurrido, el liderazgo de un gobierno destinado a recomponer la unidad civil de la sociedad catalana difícilmente puede recaer en manos de una fuerza independentista. No podemos predecir el curso de los acontecimientos, ni anticipar las distintas variables. Pero algo es seguro: sin un peso suficiente de la izquierda social y federalista, será imposible articular la “tercera vía” y superar el bloqueo. La “ventana de oportunidad” puede cerrarse.

Lluís Rabell

(16/1/2020)

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