Faquires e impacientes

mafalda

Por fin. La investidura de Pedro Sánchez se ha hecho realidad por una ajustada mayoría… en medio del griterío ensordecedor de la derecha española – que, unido a la voluble abstención de ERC, hace presagiar una tensa legislatura. España rebosa de felones y traidores. La conformación de un gobierno de izquierdas es, sin duda alguna, una esperanzadora noticia para la mayoría social. Pero constituye un enorme desafío para la izquierda alternativa. Por vez primera desde la Segunda República, partidos que se sitúan a la izquierda de la socialdemocracia – singularmente, comunistas – accederán a la gobernación del Estado. Ello resulta, sin duda, de la fragmentación del panorama político en la última década y de la necesidad de componer mayorías plurales para hacerse con el poder. A su vez, la llegada al gobierno de una fuerza como Unidas-Podemos tiene un innegable impacto en la cultura política imperante, uno de cuyos tabús era la incompatibilidad de dicha izquierda con las más altas responsabilidades del país.

No obstante, ese dato, enormemente positivo, tiene su reverso. La premura por dar a conocer cargos ministeriales antes de que el Presidente del gobierno hubiese anunciado su composición ha dado pie a un momento de tirantez en la coalición. Pero, más allá de la bisoñez, hay algunas cuestiones de fondo que la izquierda alternativa debería procesar. Desde las elecciones de la última primavera, UP rechazó la fórmula de un entendimiento “a la portuguesa” con el PSOE, reclamando con insistencia su presencia en un gobierno de progreso. Bien. A eso se ha llegado. Ahora, hay que ser plenamente conscientes de lo que la izquierda se lleva entre manos. Algo parece asumido: aunque UP trate de imprimir su impronta transformadora en las áreas de gestión a su cargo, éste va a ser un gobierno de corte esencialmente socialdemócrata. Su objetivo será atenuar las desigualdades sociales, recuperar derechos laborales y libertades, mejorar la distribución de los esfuerzos tributarios, iniciar la transición ecológica… y reconducir la crisis territorial a los cauces del diálogo político. Y todo ello en el marco de la disciplina fiscal europea y del incierto horizonte de la economía mundial. ¿Es eso poco o mucho? Desde luego, andamos lejos de un “asalto a los cielos”. Pero eso es lo posible – aunque en absoluto vaya a resultar fácil – en la actual situación. Y, por lo tanto, es lo que hay que lograr. La gente trabajadora, las clases populares, la juventud… necesitan un respiro, una mejora perceptible en sus condiciones de vida y sus perspectivas, para poder encarar otras metas.

La cohesión social – dice la Comisión Ejecutiva Confederal de CCOO en su declaración “Distribuir la riqueza. Disputar las ideas”es la argamasa de la sociedad, y seguramente su deterioro explica buena parte de los problemas de fragmentación política y social, que pueden alimentar algunos de los conflictos que a veces adquieren la forma de conflictos territoriales”. Nadie puede tener mayor empeño que la izquierda alternativa en la realización de los objetivos gubernamentales. Los obstáculos, numerosos, serán de distinta naturaleza: irán desde las resistencias patronales y corporativas hasta la guerrilla mediática y judicial que anuncia una oposición de derechas radicalizada, pasando por las propias condiciones objetivas. El economista Nacho Álvarez, que trabajará cerca de Pablo Iglesias como secretario de Estado, gusta decir que los márgenes tributarios se construyen desde la política. Y es cierto. Sin embargo, la ampliación de los mismos contemplada en el pacto de coalición resulta limitada – en algunos casos, se antoja más “pedagógica”, por cuanto a una distribución equitativa del esfuerzo fiscal se refiere, que resueltamente recaudatoria. Por otra parte, la reorientación de los paradigmas fiscales de la UE, incidiendo en el control del déficit de las economías nacionales por encima de su deuda, puede ayudar, alejándonos de un rigor que operó de manera pro-cíclica durante la anterior recesión. Pero las incertidumbres que pesan sobre la economía mundial siguen siendo muy grandes, al albur del impacto que puedan tener sobre ella, turbulencias financieras, tensiones comerciales o amenazas bélicas, como las que sobrevuelan Oriente Medio.

La senda por la que transitarán las políticas sociales del gobierno será estrecha. Urge, sin embargo, que sus efectos benéficos se hagan sentir. Las heridas de la crisis de 2008 – en materia de salarios, precariedad, bolsas de pobreza, degradación de servicios públicos, acceso a la vivienda… – son profundas y sangrantes. El éxito del gobierno de izquierdas radicará en reducir el desfase entre su acción reparadora y ese sufrimiento social. Si la brecha no se cierra significativamente, será explotada por la derecha y, muy especialmente, por la agitación populista de la extrema derecha. Con todo ello, la crisis territorial podría conocer también un nuevo período de inflamación. En la gestión de ese desafío se la jugará el gobierno de Pedro Sánchez. Pero, más que nadie, se la jugará la izquierda alternativa. A ella corresponderá hacer gala de lealtad gubernamental… y, al mismo tiempo, establecer una conexión viva y fluida con la realidad social. Algunas contradicciones pueden ser difíciles de sobrellevar. Basta con imaginar lo que supondría, en caso de un enfrentamiento abierto de Estados Unidos con Irán, el requerimiento de las bases americanas en España para desplazar tropas o realizar bombardeos. Dilemas que las izquierdas, con otra fórmula de cooperación, hubiesen podido escenificar y dirimir en el Parlamento deberán zanjarse en un consejo de ministros. Pero estamos en el baile y hay que bailar.

No hay recetas que vayan a ahorrarnos quebraderos de cabeza. Pero, con sus dirigentes en el ejecutivo, se torna más acuciante que nunca la necesidad de que la izquierda alternativa encare el mayor de sus déficit: el de convertirse en una auténtica fuerza política democrática y arraigada. Hay que superar definitivamente la etapa de los liderazgos personales y los plebiscitos internos. Es necesario una marco amplio, efectivo, de evaluación de la situación y de elaboración colectiva de la política. Una organización de hombres y mujeres presentes y activos en sindicatos, asociaciones y movimientos sociales, en ámbitos profesionales y culturales… – es decir, en ósmosis con la sociedad que pretenden representar. Un colectivo capaz de hacer pedagogía; pero también de captar el palpito y las inquietudes de esos sectores, de trasladarlos a quien corresponda e incluso de dar un formato apropiado a los conflictos que surjan. ¿Seremos capaces de resolver esa complicada ecuación en el tiempo que los acontecimientos nos concedan?

Es imposible responder a esa pregunta. Podemos señalar, eso sí, algún escollo a evitar. En tiempos de la antigua URSS, circulaban en Europa del Este no pocos chistes que ponían en solfa la ciega disciplina hacia el Kremlin que se atribuía a los comunistas búlgaros. Una de esas historias contaba que era convocada con urgencia en Moscú una conferencia internacional de partidos. Antes de que dieran comienzo las sesiones, un grupo de bromistas se dedica a sembrar de chinchetas los asientos que deben ocupar las delegaciones. Conforme éstas van llegando e instalándose, se desata un griterío indescriptible: imprecaciones, airadas protestas, chillidos… Sólo los búlgaros permanecen impasibles. El jefe de la delegación, con lágrimas resbalando por sus mejillas y la voz entrecortada de dolor, ordena: “¡Que nadie se mueva! Si los camaradas soviéticos han colocado aquí estas chinchetas, debe ser por una excelente razón”.

He aquí el verdadero desafío que se plantea a la izquierda. Para asegurar el éxito del gobierno progresista, deberá mostrarse leal y comprometida… sin perder su espíritu crítico, ni su conexión con la sociedad. Habrá que guardarse de los impacientes que quieran correr antes de empezar a andar… o echarlo todo por la borda ante la primera contradicción. Pero tampoco nos ayudarán a encontrar el rumbo los faquires.

Lluís Rabell

(09/01/2020)

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