Sin cartas de navegación

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Queda por delante mucho trabajo de orfebrería. Habrá que componer laboriosamente una mayoría parlamentaria suficiente para sacar adelante la investidura. Pero el preacuerdo alcanzado por PSOE y UP permite abrigar la esperanza de que, por fin, vaya a conformarse un gobierno progresista tras meses de angustioso bloqueo. Sin duda se trata de una excelente noticia para la gente de izquierdas. Cabe preguntarse, sin embargo, cómo ha sido posible obtener en menos de 48 horas aquello que no se pudo lograr después de agotadoras negociaciones – acaso más aparentes que reales.

Quizás la respuesta esté en los recados que nos dejó el 10-N. La concatenación de circunstancias que envolvieron la repetición electoral modificó sustancialmente el paisaje político. La extrema derecha cosecha un resultado espectacular que le permite inscribir su discurso en la agenda nacional, condicionando el margen de actuación de la derecha clásica. El conflicto catalán sigue enquistado, lastrando la vida política española. Mientras, el electorado da muestras de hartazgo ante la parálisis institucional y los nubarrones que se ciernen sobre la economía. Pero, sobre todo, fracasan los cálculos del equipo asesor de la Moncloa: el PSOE no refuerza su mayoría – todo lo contrario: pierde tres escaños y se deja 700.000 votos en el camino. UP también sufre un notable castigo, pero conserva un suelo granítico de más de tres millones de votos. Se desvanece así la ilusión de un gobierno en solitario del PSOE, rodeado a derecha e izquierda por partidos debilitados, susceptibles de permitir una política de alianzas de geometría variable.

Pedro Sánchez ha demostrado olfato táctico y capacidad de reacción. La única manera de conservar la iniciativa política era adaptarse al nuevo escenario y actuar con rapidez. Para sorpresa de muchos, Pablo Iglesias, que hace apenas unas semanas quitaba el sueño a Sánchez, verá realizado el suyo y será vicepresidente de un gobierno de coalición. Se acabaron los vetos. Ambos dirigentes dicen dejar atrás agravios y reproches. No podemos por menos que alegrarnos. Como no podemos dejar de esbozar una sonrisa ante la reacción de las derechas, que el acuerdo pilla con el paso cambiado. El PP que, por boca de Pablo Casado, negaba el pan y la sal a Sánchez, lamenta ahora que el PSOE desista de buscar un acuerdo con los conservadores. Inés Arrimadas se descuelga – ¡a buenas horas! – propugnando una “gran coalición”. Y – en este caso sin sorpresas – Vox denuncia el contubernio de Sánchez con el “comunismo bolivariano” y los “golpistas catalanes”. Nada menos.

Sin embargo, la justificada alegría que hoy sienten las izquierdas no debería nublarnos la razón ante las dificultades que nos aguardan, ni ante el subtexto del acuerdo. Sánchez ha demostrado audacia arrojando por la borda sus reservas anteriores y abrazando la fórmula gubernamental de la coalición, a la que tanto se había opuesto. ¿Han triunfado, pues, los postulados de UP? No es tan sencillo. Dado lo apremiante de la situación tras los comicios del pasado domingo – y después de haber focalizado sus exigencias en la participación gubernamental -, Iglesias sólo podía aceptar la propuesta del PSOE. Aunque eso supusiera firmar un pacto que es muy genérico acerca de las medidas que desplegará el futuro gobierno, pero bastante preciso por cuanto se refiere a los compromisos que adquiere la izquierda alternativa.

El documento señala la lealtad, la solidaridad y la disciplina que debe unir a los socios de gobierno. Y no podría ser de otro modo. Un gobierno es un órgano ejecutivo por excelencia y habla con una sola voz. Pero el acuerdo explicita también que el conjunto de medidas progresistas que desplegará en materia social, medioambiental o económica se inscribirán en el marco de los equilibrios presupuestarios y el rigor fiscal preceptivos en la Unión Europea. La figura de Nadia Calviño – que todo el mundo da por sentado será la vicepresidenta económica – envía una clara señal a Bruselas en el sentido de que el nuevo gobierno no se desviará de sus preceptos. Y aquí es donde pueden surgir problemas y tensiones. Porque se tratará de impulsar políticas destinadas a aliviar las desigualdades sociales mejorando pensiones, salarios y capacidad negociadora de los sindicatos. Pero, ¿hasta qué punto se podrá llegar en la reversión de las reformas laborales? ¿Hasta dónde una política tributaria más progresiva, gravando a las grandes corporaciones? ¿De qué margenes dispondrá el gobierno para incrementar el gasto social y la inversión pública? Nadie se atreve a hablar de recesión, pero las señales de enfriamiento de la economía son evidentes. ¿Favorecerá la UE políticas anti-cíclicas para contrarrestar esa tendencia? ¿Qué apoyo brindará a la lucha contra el fraude fiscal o hasta qué punto sostendrá un esfuerzo presupuestario para la transición ecológica? España puede influir en Europa. Pero no está en condiciones de dictar su política, ni tampoco puede actuar al margen de la Unión. El terreno para desplegar políticas progresistas puede volverse muy estrecho… y muy fuertes, en un momento dado, las presiones para retomar la senda de la austeridad. Por no hablar de políticas migratorias o de la política exterior europea. Y atención, porque la extrema derecha estará al acecho, brindando una bandera de odio a los desamparados y a los perdedores de todas las crisis.

Por eso, muchos pensamos en su día que una fórmula gubernamental “a la portuguesa” hubiese resultado más flexible y adecuada que una coalición, pues permitía dirimir los debates en el Parlamento en lugar de comprimir esas contradicciones en un consejo de ministros. Pero eso ya es “pantalla pasada”. Estamos donde estamos y hay que arar con estos bueyes. La izquierda alternativa debe ser consciente de la responsabilidad que asume. Nos complace decir a cada paso que “sí se puede”. Pero lo cierto es no todo depende de la mera voluntad política. Hay algo que se llama correlación de fuerzas. Los revolucionarios deben aprender a leerla y a trabajarla con paciencia. No es fácil encontrar el equilibrio entre la fidelidad a los principios y la lealtad práctica hacia la gente trabajadora – que hoy no puede permitirse el lujo de que fracase la experiencia de un gobierno progresista.

El acuerdo menciona al final a Catalunya y la necesidad de propiciar un proceso de diálogo desde el respeto a la Constitución y al Estatut. Y así debe ser, en efecto. No hay otro marco posible para reconducir el conflicto. Pero aquí será donde la izquierda alternativa deberá llevar a cabo un rápido y decidido aggiornamento de sus postulados. Durante la reciente campaña electoral, empezó a normalizarse la perspectiva federal. Es necesario llevar esa reflexión hasta el final. El discurso de los comunes no puede seguir lastrado por ese imaginario independentista que ve a España como una dictadura y lleva la sociedad catalana al declive y al enfrentamiento civil. De esa puesta al día dependerá en gran medida el éxito del futuro gobierno de izquierdas. Celebremos su anuncio. Pero asegurémonos de que nazca y crezca robusto. Y consideremos seriamente las tareas que nos incumben. Para esta nueva singladura nadie nos ha facilitado cartas de navegación.

Lluís Rabell

(12/11/2019)

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