Federalistas “marranos” (*)

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Tomo prestada la metáfora al añorado filósofo y revolucionario marxista Daniel Bensaïd, que la usaba para referirse a los comunistas heterodoxos, obligados a sortear la rigurosa vigilancia del pensamiento oficial. No es exagerado decir que, en las filas de la izquierda alternativa, quienes nos reconocemos en la tradición federalista del movimiento obrero hemos tenido el sentimiento de tener que andar judaizando en silencio. En cierto modo, la “nueva política” nos conminaba a sumergirnos en sus fuentes bautismales y a deshacernos de las antiguas creencias. (*)

Si hay una corriente denostada por el independentismo, ésta no es tanto el nacionalismo español – frente al cual se construye y reafirma el catalán – sino el federalismo. Burlas e insultos han sido constantes a lo largo del “procés”. “Federalismo” se llamaba el asno cagón que montaba la caricatura del socialista Pere Navarro en “Polònia”, sutil plataforma de propaganda bajo el formato de un programa de humor. Una animadversión comprensible: el federalismo persigue el acomodo y la cooperación entre diversas culturas y naciones; ni las niega, ni admite el sometimiento de unas por otras, ni ensalza las fronteras. Casa muy mal pues, con el centralismo y con el separatismo, que sienten cuestionada su emotiva mitología nacionalista por la racionalidad federal.

Ocurre, sin embargo, que al chocar los reclamos catalanes con gobiernos socialmente tan regresivos y con una visión tan uniforme de España como los del PP, el independentismo ha logrado durante un tiempo presentarse como un movimiento progresista, negar contra toda evidencia su pulsión identitaria, difuminar el papel de la derecha nacionalista que lo dirigía… y subyugar o acomplejar a buena parte de la izquierda. El PSC ha sufrido dolorosamente esa presión en sus filas. Pero también el espacio de las confluencias de izquierdas que identificamos como los comunes. Y difícilmente podía ser otro modo. En ese espacio, aún en construcción, han convergido fuerzas procedentes de una izquierda de matriz comunista y ADN federalista. Pero esa izquierda ha llegado cansada y con el rostro surcado de cicatrices a la cita con la nueva generación militante. El relevo ha sido tomado por unos liderazgos sin vínculos con la cultura del movimiento obrero, debilitado bajo la hegemonía neoliberal, y mucho más cercanos sin embargo – por origen o vivencias compartidas – con no pocos cuadros del independentismo radical.

El “procés” ha pesado mucho en la singladura de los comunes. Ha condicionado su crecimiento cuando trataban de configurar su espacio en la política catalana. Ha generado la ilusión de ser algo así como el ala izquierda de ese movimiento, al afluir a sus candidaturas miles de votos independentistas – cuando la hipótesis de un referéndum pactado parecía verosímil. Durante mucho tiempo el discurso ha sido ambiguo y tortuoso. También en este espacio las contradicciones se han vivido dolorosamente. Durante el otoño de 2017, mientras CSQP se oponía en el Parlament a las “leyes de desconexión”, los comunes coqueteaban con el 1-O. Poco después, rompía el pacto municipal con los socialistas en Barcelona. Prácticamente hasta hoy, se ha estado utilizando un lenguaje – presos políticos”, “régimen del 78”… – que situaba a la izquierda alternativa bajo el influjo del imaginario colectivo “procesista”: el choque de un movimiento nacional emancipador con un Estado autoritario.

Por fortuna, imperativos prácticos y cierto instinto de supervivencia han atenuado los efectos de la penuria estratégica. A despecho de ERC, Ada Colau sigue siendo alcaldesa de Barcelona… gracias a una alianza recompuesta con el PSC y los votos de Manuel Valls. ¿Fue la necesidad de tomar distancias con la huida hacia adelante del sector más radicalizado del independentismo tras la sentencia? ¿Entrevió el núcleo dirigente de Catcomú la posibilidad de morder” en el electorado socialista ante las vacilaciones del PSOE a la hora de enarbolar la declaración de Granada? Lo cierto es que durante la campaña del 10-N – y a pesar de presentar un cabeza de lista de marcado perfil soberanista -, los comunes pusieron sordina a la retórica anterior y situaron el federalismo, cuando menos como enunciado, en el frontispicio de su propuesta política. Es una buena noticia. La base social natural de nuestro espacio es abrumadoramente federalista y autonomista. Si creemos lo que dicen algunas encuestas, en mayor medida incluso que el electorado socialista. La dirección de los comunes quizás no sea consciente de cuánto deben sus resultados del 10-N – y el pinchazo de la apuesta de Íñigo Errejón en Catalunya – a la lealtad de la corriente federalista.

Pero el giro táctico es insuficiente ante el desafío que supone la formación de un gobierno de izquierdas en Madrid – si llega a consolidarse – y la proximidad de unas elecciones autonómicas, susceptibles de configurar nuevos escenarios. El preacuerdo firmado con el PSOE fija unos parámetros muy claros acerca del tratamiento de la crisis territorial: búsqueda de soluciones dialogadas en el marco constitucional. Sólo el federalismo, explotando las potencialidades del Estado autonómico y generando la perspectiva y condiciones de un nuevo pacto, puede concluir el camino iniciado en la transición. Las derechas nacionalistas, la española y la catalana, están en pié de guerra contra semejante hipótesis. Por el contrario, la izquierda – y, singularmente, la izquierda alternativa – sólo pueden avanzar por ese camino. El desbloqueo de la situación en Catalunya exige que una parte significativa del independentismo se desmarque de la vía unilateral y abandone la dinámica de enfrentamiento que propugnan Puigdemont y la CUP. Pero una formación como ERC no encontrará los arrestos necesarios para asumir el papel de “traidora” si el federalismo no deviene una fuerza insoslayable. La apuesta de la izquierda social, de ese amplio espectro que va desde la socialdemocracia hasta la órbita de los comunes, así como su estrecha cooperación, deberían ser en ese sentido inequívocas. El fracaso del gobierno progresista en España, abriría una crisis en que la derecha más retrógrada y la extrema derecha podrían marcar por mucho tiempo el rumbo del país.

Ahora que los comunes se disponen a abrir un proceso asambleario, es hora de abordar estos debates estratégicos. El federalismo no puede seguir judaizando en la penumbra.

Lluís Rabell

(16/11/2029)

(*) “Los marranos y la fidelidad”

Marrano” es la denominación que dan los españoles del siglo XV a los judíos forzados a convertirse al cristianismo, pero que secretamente no abjuran de su religión. “Lo fascinante en la imagen del marrano imaginario, escribe Bensaïd, es su doble identidad sin duplicidad, su desdoblamiento sin desgarro, el paso de un mundo y de una época a otra”. Al igual que Derrida, Bensaïd estima que “esta dialéctica de la infiel fidelidad se opone a cualquier fantasmagoría de pureza, a todo repliegue comunitario, a toda integridad y a todo integrismo. Tal vez el “marranismo” político nos lleve hasta una salida, entre los pánicos identitarios y la diversidad sin diferencia del cosmopolitismo mercantil quizás nos lleve a un internacionalismo reinventado”.

https://www.danielbensaid.org/Daniel-Bensaid-ou-la-lente-impatience?lang=fr

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