Sed perseverare diabolicum

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Mucho peor que en primavera. Así estamos tras la jornada electoral de ayer. Pedro Sánchez puede proclamar que el PSOE ha vuelto a ganar. Pero la victoria es amarga y nos deja un panorama inquietante. La extrema derecha es la indiscutible y gran triunfadora de esta contienda. La temeraria repetición electoral – con que el equipo dirigente socialista contaba adueñarse de la centralidad política – se ha saldado con un desastre de impredecibles consecuencias. Algún brillante asesor debiera a estas horas estar vaciando su despacho y hacer mutis por la puerta de servicio de la Moncloa. El futuro del propio Sánchez podría estar en cuestión en medio de la áspera disputa que se avecina en torno a la investidura.

Nada ha salido según lo previsto. El solapamiento de la convocatoria con la reacción a la sentencia del “procés” ha resultado fatal. Se trataba de concitar una “mayoría cautelosa” con Sánchez y se ha logrado congregar a una multitud irritada en torno a Vox. La vorágine se ha llevado por delante a Ciudadanos y Pablo Casado siente en su nuca el desagradable aliento de la extrema derecha. Pero, si el PSOE se dejó seducir por frívolas especulaciones acerca de los beneficios de una repetición electoral fue, ante todo, por la lectura que su equipo dirigente hizo de la coyuntura nacional y europea. Se ha dicho que, tras el 28-A, el PSOE nunca quiso negociar de verdad con UP. Es muy probable. En cualquier caso, no parece que anduviese en pos de una coalición con Rivera o de un pacto con el PP: lo que quería era tener las manos libres para practicar una política de alianzas de geometría variable. Frente a la crisis catalana, Sánchez podía recelar de la firmeza de una izquierda alternativa que se había mostrado ambigua en algunas fases del “procés” y seguía hablando de “presos políticos” en un momento crítico. Pero la perspectiva de una nueva recesión ha pesado sin duda mucho más de lo que ha aparecido en los debates electorales. ¿Con qué políticas abordar un escenario de contracción de la economía cuando aún no han restañado las heridas de la crisis anterior?

Sánchez aspira a liderar un gobierno que ocupe un lugar preeminente y destacado en la construcción europea. A sus ojos, eso implica no sólo un respeto estricto del rigor fiscal dictado por Bruselas, sino sintonizar con los postulados de la nomenclatura comunitaria. La austeridad impuesta al sur de Europa tras la crisis de 2008 prolongó sus efectos en el tiempo. La UE parece haber entendido que, sin un estímulo del consumo interno y un incremento del gasto público, no es posible contrarrestar el estancamiento de la economía. Pero las evoluciones son lentas en el seno de la UE. Sus principales Estados están gobernados por ejecutivos de sesgo liberal. Un balance incompleto del período anterior y una muy insuficiente toma de consciencia de las exigencias de la transición ecológica se combinan con las inercias del pasado: con la idea de que la “flexibilidad” del mercado laboral favorecería la creación de empleo, con la ilusión de que las exenciones tributarias contribuirían, en beneficio de todos, al dinamismo de las grandes corporaciones… Hoy sabemos que esas políticas han ahondado la brecha social entre ricos y pobres, propiciando el desvío de sumas ingentes hacia los paraísos fiscales. En ese sentido, resulta significativo el deseo expresado por Pedro Sánchez de situar a Nadia Calviño, candidata frustrada a la dirección del FMI, al frente de una poderosa vicepresidencia económica. Como lo es, por no citar que un ejemplo, que el programa del PSOE proponga derogar “los aspectos más lesivos” de la reforma laboral del PP… sin que nadie nos haya explicado en nombre de qué bien superior el mundo del trabajo debería apechugar con los aspectos supuestamente menos lesivos de aquella ley.

Ante la perspectiva de una procelosa navegación, cabe imaginar que el capitán no desease compartir el puente de mando con un contramaestre que no paraba de refunfuñar, tratando de escorar el timón a babor. Pero la izquierda alternativa no ha sabido contrarrestar esa lógica. Su exigencia de entrar en el gobierno, transformando una legítima aspiración en cuestión de principios y obsesión, difuminó ante la ciudadanía el debate sobre la orientación del ejecutivo. Como en un teatro de sombras, el choque entre personalidades enmascaró la naturaleza de los problemas sociales y políticos que estaban en liza. Y eso facilitó las maniobras de quienes, no sólo no deseaban una coalición, sino acariciaban la esperanza de achicar el espacio de UP hasta hacer de ella una fuerza subalterna. Que cada cual asuma la parte de culpa que le corresponde. El maquiavelismo de unos y la torpeza de otros nos ha metido en un intrincado laberinto del que va a costar horrores salir.

Formar gobierno se antoja ahora mucho más difícil que hace unos meses. Una “gran coalición” entre PSOE y PP parece inconcebible, si no es en medio de una crisis mayor y bajo la exigencia de determinadas élites empresariales y mediáticas. Una abstención “patriótica” tampoco sería sencilla con un PP presionado por la extrema derecha, y podría incluso llegar a plantearse a cambio de una humillante retirada de Sánchez para dar paso a otro candidato a la presidencia del gobierno. Finalmente, la mayoría de la moción de censura contra Rajoy es ahora un mosaico deslavazado. Por un escaso margen frente a los socialistas, ERC ha ganado las elecciones en Catalunya. Pero lo ha hecho perdiendo fuelle, bajo la presión del independentismo radicalizado de Puigdemont y la irrupción de la CUP. Cuesta imaginar que, en tales condiciones, ERC tenga suficientes arrestos para asumir el papel de “traidor” pragmático. Veremos.

En cualquier caso, el desafío de desbloquear la situación y hacer posible un gobierno progresista incumbe plenamente a la izquierda. La socialdemocracia carga con la responsabilidad de un fiasco que no puede repetirse. José Antonio Zarzalejos escribía en un reciente artículo que unas terceras elecciones tendrían un carácter constituyente, en la medida que resultarían de la implosión de la actual arquitectura política y sus representaciones. A esa predicción habría que añadir desde ayer la amenaza de un ascenso desbocado de la derecha más extrema. Y atención al aviso: en Barcelona, Vox ha obtenido sus mejores resultados en el barrio más rico de la ciudad y también en Nou Barris, el distrito con las rentas más bajas. Mientras no hay gobierno y la situación social se degrada, la extrema derecha, partido del capitalismo más furioso, ofrece su bandera a los desamparados.

Es necesario, pues, que el PSOE busque un acuerdo con su izquierda. Y que lo haga planteando las cosas con honestidad. Habrá dificultades para ponerse de acuerdo en un programa y en una fórmula gubernamental. Lo que no puede haber son maniobras dilatorias, astucias, ni engaños. Por su parte, UP debe actuar con la mayor responsabilidad, midiendo muy bien hasta dónde puede llegar con sus planteamientos. No ha lugar para reproches ni lamentos. Errare humanum est, decían los clásicos. Pero añadían: sed perseverare diabolicum. No lo olvidemos. El tiempo apremia y no habrá otra oportunidad.

Lluís Rabell

(11/11/2019)

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