De honras y barcos

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El tiempo se acaba. El fracaso del encuentro de hoy entre las delegaciones del PSOE y de UP parece abocarnos a una repetición electoral. Los gurús de las encuestas – que nunca se hacen responsables de sus pronósticos fallidos – pueden especular cuanto quieran acerca de los resultados de una nueva cita con las urnas. Pero la acumulación de factores que impactarán sobre la opinión pública en las próximas semanas, desde la sentencia sobre el 1-O hasta un posible brexit sin acuerdo, pasando por los indicios de recesión en la economía mundial, hacen aventurado cualquier pronóstico. Sobre todo si tenemos en cuenta la decepción del electorado de izquierdas ante la incapacidad de entendimiento de sus partidos. Ir a elecciones es jugarse el escenario político a la ruleta.

Ha llegado la hora de la responsabilidad. Y, quienes nos reconocemos en la tradición de la izquierda alternativa, debemos pedírsela de modo muy especial a nuestros propios dirigentes. No es el momento de repartir culpas, sino de hacer frente a la situación. A estas alturas, es evidente que el PSOE ve más arriesgado un gobierno de coalición que unos comicios. Como era de prever, la cuestión catalana – en particular, las ambigüedades exhibidas por los comunes – generan un recelo insalvable en la Moncloa. Puede parecernos injusto. Tenemos derecho a sentirnos agraviados. Podemos sospechar incluso que haya otros motivos tras la cerrazón a que ha llegado el equipo negociador socialista. Pero el dato está ahí. Y UP no tiene tiempo, ni posibilidad de modificar ahora esa percepción. Puede, eso sí, mantener el pulso… y decidir el fracaso de la investidura.

Sería un grave error hacerlo. Hay que renunciar al gobierno de coalición. Si entendemos que una repetición electoral pone en riesgo que haya un gobierno progresista – un gobierno capaz, cuando menos, de restituir derechos, atenuar desigualdades sociales y encarar los retos de la transición ecológica -, la izquierda alternativa debe evitarla. Aún al precio de tragarse el orgullo y algún sapo. Eso de que “más vale honra sin barcos que barcos sin honra” puede valer como lema para el ocaso de un imperio, pero no tiene nada que ver con el espíritu del movimiento obrero: los susodichos navíos llevan a bordo una sufrida marinería. Y, ante todo, nos debemos a ella.

El Manifiesto Comunista de Marx y Engels señalaba algunos rasgos de la izquierda que, más allá del lenguaje de la época, siguen siendo vigentes y convendría recordar: “Los comunistas no forman un partido aparte de los demás partidos obreros. No tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado (…) Cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto”. Unidas Podemos representa a 3’7 millones de hombres y mujeres que le han dado su voto. Pero su política debe responder al interés general del conjunto de la clase trabajadora – que hoy pasa por evitar su desánimo y por cerrar el paso a una recuperación de las derechas, facilitando el gobierno más a la izquierda posible. De poco vale aferrarse a la idea de una coalición, hoy manifiestamente inviable, si ello supone que no va a haber ningún gobierno progresista antes del 23-S.

Estos días han circulado algunos artículos denunciando la perfidia de la socialdemocracia que se remontaría al asesinato de Rosa Luxemburgo y explicaría la obsesión del PSOE por destruir a Podemos. (“Arrojar el cadáver de Pablo Iglesias a las frías aguas del Speer”). No es lugar para desarrollar la crítica que la tradición marxista revolucionaria ha hecho de la socialdemocracia, crítica materialista de una formación histórica del movimiento obrero. Digamos simplemente, para quienes gustan de las simplificaciones y las evocaciones sesgadas del pasado, que la revolución alemana de 1918, efectivamente sofocada por el gobierno de Ebert, Scheidemann y Noske en connivencia con la burguesía y el militarismo, no fue un levantamiento espartaquista – una corriente aún incipiente -, sino un movimiento de trabajadores mayoritariamente socialdemócratas, deseosos de instaurar una república democrática avanzada. Y no está de más recordar también que, poco después y a pesar de todo ello, cuando refluían en toda Europa los movimientos revolucionarios de la posguerra, Lenin y Trotsky defendieron vehementemente la unidad de acción de los jóvenes partidos comunistas con esa misma socialdemocracia, frente a una nueva ofensiva del capitalismo. Porque, a pesar de las terribles experiencias que acababa de vivir la clase trabajadora, una franja decisiva de la misma seguía alineada con sus líderes reformistas. La necesidad de organizar una acción defensiva conjunta del movimiento obrero pasaba por delante de los legítimos y fundados reproches que cabía hacer a esas direcciones. El drama de Alemania consistió precisamente en que, frente al ascenso del nacional-socialismo, el poderoso Partido Comunista, con la Internacional ya en manos de Stalin, consideró que el SPD era un partido “social-fascista” con el que era imposible aliarse. Las consecuencias de esa línea sectaria son bien conocidas: Hitler empezó por “unificar a toda su oposición… en los campos de concentración.

Es normal que un espacio tan joven y aún tan poco templado por la experiencia como Unidas Podemos resuenen con fuerza las voces que invocan la voluntad de no dejarse doblegar por el PSOE. Se oyen argumentos que recuerdan los de aquellos izquierdistas que, según Lenin, acusaban una enfermedad infantil. Pero hay que reaccionar. Hay mucho en juego. Que los cuadros más experimentados hablen y asuman sus responsabilidades dentro de las confluencias. No se ha venido aquí a gozar de una jubilación, ni a evitar debates incómodos. Hay que acabar con este desafío en el que es nuestra gente quien tiene todas las de perder. Es necesario obligar a retomar las conversaciones con el PSOE, tratando de afinar tanto como sea posible un acuerdo programático – hemos perdido un tiempo precioso -, ajustando la hoja de ruta de un gobierno progresista y sus mecanismos de control… Pero abandonando la obsesiva pretensión de acceder al consejo de ministros; una pretensión que puede dar al traste con todo. La cuestión no es saber cómo seríamos juzgados unos y otros en términos electorales, si fracasara definitivamente la investidura; no se trata de saber si ganaríamos o perderíamos apoyos. El verdadero dilema es otro: una dirección política que, en la actual encrucijada, no supiera estar a la altura, poniendo por delante “el interés del movimiento enfocado en su conjunto”, sería una dirección fallida, incapaz de levantar un verdadero partido transformador.

Lluís Rabell

(10/09/2019)

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