Eurocomunes

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No es aconsejable hacer de un agravio una bandera, pues se corre el riesgo de ser capturado por el marco mental del adversario. Pero, a veces, resulta tentador. Sobre todo cuando el término utilizado para la mofa no es tan unívoco como parece e incluso se antoja evocador. Es el caso de la expresión “eurocomunes”. La ha acuñado en su último trabajo (“Espectros de Octubre”) el sociólogo Josep Maria Antentas, referente de la corriente Anticapitalistas. El autor pretende, con semejante palabro, evocar la memoria de lo que en la década de los 70 se conoció como “eurocomunismo”, estableciendo cierto paralelismo con la agitada situación que se vive en el espacio político de la izquierda alternativa.

El eurocomunismo representó un intento de emancipación de la tutela históricamente ejercida por el Kremlin sobre el movimiento comunista internacional. Grandes acontecimientos habían puesto en crisis su influencia. En Praga, con la reivindicación de un socialismo democrático, doblaban las campanas por unos regímenes burocráticos a los que la generación de mayo del 68 daba ostensiblemente la espalda. Los viejos dogmas quedaban desfasados y el movimiento obrero se enfrentaba a nuevos desafíos. Desde luego, el fenómeno fue complejo y contradictorio. Ahí se mezclaron muchas cosas, desde una crítica – muy incompleta – del estalinismo hasta la búsqueda de nuevas estrategias de acceso al poder. El “compromiso histórico” propugnado por el PCI de Enrico Berlinguer reflejaba en gran medida el trauma que supuso para toda la izquierda el golpe militar contra la Unidad Popular de Salvador Allende. La extrema izquierda europea de aquellos años vio sobre todo en el eurocomunismo un giro hacia la derecha, que situaba a esos partidos en la senda de la socialdemocracia. Cuando Antentas habla de “eurocomunes”, lo hace desempolvando esa percepción. La analogía pretende designar aquellos sectores de nuestro espacio político que, a sus ojos, no resultan decididamente disruptivos”. (La CUP le merece, en ese sentido, una opinión mucho más favorable y elogiosa).

Ningún documento fundacional acredita la existencia de un ideario eurocomún”. Sería pretencioso querer adelantar algo que, de surgir, sólo puede resultar de una amplia reflexión colectiva. Sin embargo, de modo latente, esa corriente está ahí y es posible captar algunos de sus rasgos. El más destacado, su renuencia a abrazar los dogmas de la posmodernidad.

La “nueva izquierda”, surgida al calor de los movimientos contra la globalización, tras el hundimiento de las grandes utopías de emancipación social del siglo XX, está más imbuida de una visión neoliberal de lo que querría admitir. El debilitamiento de los sindicatos, el desplazamiento de la producción industrial al continente asiático, la internacionalización y las nuevas cadenas de valor, la precariedad y la disgregación del trabajo propiciadas por los vertiginosos cambios tecnológicos, la irrupción de la robótica… han generado la ilusión óptica de la desaparición de la clase obrera. De hecho, sin embargo, ésta nunca ha sido tan numerosa y densa como ahora. Eso sí, su centro de gravedad ya no está en las antiguas metrópolis; su organización y la consciencia que tiene de si misma se hallan muy lejos de su realidad objetiva. Por otro lado, la ausencia de contrapesos al poder de las corporaciones multinacionales y el desarrollo monstruoso del capital financiero, socavando la soberanía de Estados, han imprimido un sesgo de inestabilidad permanente, de liquidez y ausencia de horizonte a nuestras sociedades.

Allí donde esa “nueva izquierda” ve la necesidad de hallar otros sujetos revolucionarios – cuando no se ahoga en un presente infinito, percibido como un caleidoscopio de conflictos y de identidades en liza -, los eurocomunes” percibimos el reto de una profunda reorganización del movimiento obrero y de una actualización, por fin posible, del socialismo. Lejos de disolver la sociedad de clases, la globalización ha elevado su paradigma, su lucha y sus contradicciones a una escala planetaria. El capitalismo es, más que nunca, explotación de la fuerza de trabajo y de la naturaleza. Y tiene sexo. El destino de la humanidad se dirimirá en el combate contra las desigualdades sociales y el cambio climático. La alternativa a las guerras y a las crisis devastadoras del capitalismo, se confunde con el gobierno democrático de los inmensos recursos existentes, conjugando justicia social, equidad de género y transición ecológica.

Ni que decir tiene que, críticos con la historia de la izquierda, somos poco dados sin embargo a desprendernos del bebé con el agua sucia. Será imposible encarar las próximas convulsiones sin actualizar el sindicalismo de clase y tejer alianzas internacionales en ese sentido. La izquierda no puede limitarse a denostar las torpezas de la actual UE, necesita impulsar su reforma federal. No hay soluciones nacionales a los grandes problemas que aquejan a nuestras sociedades. El peligroso ascenso de movimientos populistas y de extrema derecha, los repliegues nacionales e identitarios que observamos aquí y allá, desde la América de Trump a la Italia de Salvini, pasando por la locura del Brexit, tienen como telón de fondo la desazón y el declive de las clases medias. Y no es distinto en Catalunya. Más allá de sus especificidades nacionales, el “procés” expresa la revuelta de esas clases, que cifran su bienestar en la separación unilateral de la región más rica de España. Desde luego, la solución de un conflicto territorial de esa naturaleza requerirá llegar a soluciones políticas audaces, dando salida a aspiraciones legítimas – reconocimiento de la singularidad nacional, mejora del autogobierno, financiación adecuada… y pasando sin duda por algún tipo de reforma constitucional. Pero la izquierda debe empezar por mirar la realidad cara a cara y decir la verdad.

Cada vez le resultará más insostenible mantener un discurso ambiguo respecto a la independencia. Y tampoco tiene sentido tratar de dosificar lo social y lo nacional, como si hubiese que dar con una poción mágica. El desarrollo de la crisis territorial refleja la agudización de los conflictos sociales en la actual etapa de la globalización. Cuando, el 7 de septiembre de 2017, el independentismo “realmente existente” definió la República a que aspiraba, esbozó un Estado de rasgos autoritarios, destinado a sobrevivir como un paraíso fiscal. Y no se trataba de un error de diseño. En el marco de la actual “economía mundo”, como le gusta decir a Thomas Piketty, tal sería la suerte de una pequeño país, abruptamente desgajado de una España a la que buena parte de nuestra sociedad se siente vinculada: un juguete en manos de los mercados financieros y una forma de gobierno llamada a comprimir tremendas contradicciones. No todos los federalistas se reconocerían como “eurocomunes”. Pero a buen seguro éstos son todos federalistas. O sea, partidarios de un acomodo de la nación catalana en un proyecto solidario con el resto de España y Europa. El tiempo del carácter relativamente progresista de los Estados nación ha quedado muy atrás en el desarrollo histórico. Es difícil considerar el movimiento por la independencia como una opción que pueda abrazar la izquierda.

Pero no nos ahorraremos la controversia con quienes confunden la política transformadora con la retórica radical. O idealizan un proceso que cuestiona el Estado, sin considerar la naturaleza de dicho proceso y sus efectos sobre la clase trabajadora. Con esa apelación o bajo otra bandera más estética, los “eurocomunes” deberán decidirse a tomar la palabra. Hay toda una izquierda alternativa por perfilar y consolidar.

Lluís RABELL – 23/03/2019

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