Desamparados

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Me refería en un reciente artículo a mi participación, a mediados de enero, en un debate sobre la situación política, organizado en Madrid por Isegoría. Es ésta una interesante asociación donde comparten reflexiones hombres y mujeres de izquierdas, frecuentemente unidos por sus vínculos con el sindicalismo de clase. El encuentro dio pie a ricos intercambios. Hay que escuchar a esa militancia curtida. Sensible a lo que ocurre en los barrios populares, es capaz de percibir tendencias subterráneas, estados de opinión que los barómetros oficiales – cada vez más inoperantes ante una situación tan voluble como la actual – apenas empiezan a detectar.

Temían algunos compañeros que las inminentes citas electorales propulsasen a Vox como fuerza altamente influyente en el tablero político. En la capital, en el conjunto de la comunidad autónoma de Madrid y mucho más allá.. Si desplazamiento de votos tradicionales del PP hacia la extrema derecha parecía “cantado” – y estamos viendo ya el efecto de radicalización reaccionaria que eso tiene en el campo conservador -, se intuían, además, otros movimientos tanto o más preocupantes: votantes de izquierdas que no descartaban dar esta vez su apoyo a Vox. “Esa puede ser la reacción de los desamparados”, decían mis amigos. La gente que se siente “desamparada”… La expresión volvió una y otra vez en nuestra conversación, dibujando los contornos de una compleja realidad social. La realidad de aquellas personas a quienes la recesión, oficialmente superada a tenor de las cifras macro-económicas, ha instalado sin embargo, obstinadamente, en la precariedad o la pobreza, sin que vislumbren un horizonte de salida. Pequeños autónomos y falsos autónomos, gente de mediana edad en paro prolongado, jóvenes con trabajos estacionales o mal pagados… Mujeres, muchas mujeres al frente de familias con dificultades para llegar a final de mes. Desigualdad crónica. Bolsas de frustración y desesperanza. Y una realidad política que parece desentenderse de esa lacerante situación. Los discursos de la izquierda oficial – por no decir ya las disputas, divisiones y avatares de la nueva izquierda – pasan literalmente por encima de la cabeza de no pocas personas que deberían conformar la base social natural de las fuerzas progresistas. Pero faltan referentes y organización que la vertebren. El sindicalismo todavía está recomponiéndose a través de luchas parciales a nivel de empresas; aún porfía por recuperar el terreno perdido con las reformas laborales, lejos de poder plantear grandes conflictos colectivos.

En medio de semejante disgregación, la indignación ha ido mutando en amargura y puede acabar en ira desatada. “¿Cómo puede alguien como tú dar su voto a Vox? ¿No oyes acaso lo que dicen?”. La pregunta, sensata, obtiene respuestas propias de momentos en que la cólera expulsa a la razón: “Lo mismo da. ¡Al diablo con todos!”. Y, en eso, llegan quienes aportan respuestas sencillas a cuestiones complejas; aquellos que designan chivos expiatorios, próximos, identificables y vulnerables, hacia donde reconducir la ira. El inmigrante que acude a los servicios sociales se torna visible, se le percibe como acaparador de atenciones de una administración dotada de insuficientes recursos. Aparecen adalides de viejos prejuicios y sentimientos patrios, convocando a una nueva cruzada contra los “enemigos internos” de España. El conflicto catalán actúa como el coagulante de diversos malestares, los hace confluir en una incontenible riada que está a punto de llevarse por delante al gobierno de Pedro Sánchez. Dando réplica al metoo, se alzan voces que propugnan el retorno a una virilidad dominadora, a un orden patriarcal que nunca desapareció, pero cuya reivindicación descarada se antoja reconfortante a hombres a quienes queda muy poco de lo que enorgullecerse… La desazón y frustración de las clases medias alimenta derivas populistas. El sufrimiento de amplios sectores populares puede brindar gasolina a los incendiarios.

¡Ay de la reacción de los desamparados! Los hay en la capital. Pero también abundan en otras áreas metropolitanas, cuarteadas por las desigualdades, como la de Barcelona. ¿Qué votarán esos miles y miles de hombres y mujeres que se sienten desatendidos por una Generalitat ensimismada en el “procés”? ¿Cómo se situará políticamente toda esa gente a quien no llega siquiera el paliativo de una Renta Garantizada, votada hace más de un año por el Parlament? ¿Cómo se entrelazarán las penalidades sociales con la sensación de exclusión de la ciudadanía catalana que la deriva del independentismo ha instalado en buena parte de nuestra sociedad? Los lazos amarillos son muy visibles. El sordo malestar de los pobres no. Pero bien podría manifestarse esta primavera a través de un voto encolerizado o nihilista.

Lo peor, decían mis amigos de Madrid, es que la izquierda no sabe reaccionar ante lo que se avecina. La primera reacción tras el batacazo en Andalucía y la irrupción de Vox fue un llamamiento épico a la resistencia contra el fascismo; un “no pasarán” que quizás henchía el corazón de una orla politizada… pero que ignoraba los mecanismos sociales que habían determinado la pérdida de 700.000 votos para la izquierda y la eclosión fulgurante de un partido de extrema derecha. La segunda reacción errónea tuvo que ver con la situación de las mujeres. Esquivando un balance serio del fracaso, la izquierda – esta vez con el PSOE de Susana Díaz al frente – “encargó” en cierto modo a los movimientos feministas lanzarse a la denuncia de Vox. Desde luego, el ideario de la extrema derecha en materia de igualdad es reacción en toda la línea – y la rapidez fulgurante con la que el PP de Casado lo ha metabolizado certifica la peligrosidad del contagio. Pero, sería nefasto que la izquierda descargase sobre las espaldas del movimiento feminista la responsabilidad de frenar el desplazamiento a la derecha del escenario político. ¡Cuidado! Si no se aportan respuestas sociales de fondo por parte de una izquierda creíble, puede darse un fenómeno contradictorio. Podría suceder que, siguiendo la estela del exitoso 8 de marzo de 2018, una amplia franja de mujeres, sobre todo jóvenes, se incorporase a la lucha feminista… al tiempo que, por debajo, en las capas más profundas y maltratadas de la sociedad, el malestar empujase en sentido contrario. De tal modo que incluso el clamor a favor de la igualdad apareciese a los ojos de algunas mujeres como un discurso “políticamente correcto”, alejado de los apremios materiales cotidianos que ellas deben atender. “Quien es feminista y no es de izquierdas – decía Rosa Luxemburgo -, carece de estrategia. Quien es de izquierdas y no es feminista, carece de profundidad”.

Así pues, mis amigos lamentaban que, aún proclamándose feminista, la izquierda careciese de estrategia, programa y política de alianzas capaz de enfrentarse al desafío populista de las derechas. Y temían que ese vacío pusiera en cuestión el propio ascenso del feminismo y sus enormes potencialidades transformadoras. El juicio de los desamparados puede ser muy severo, si no sabemos estar a la altura de las circunstancias.

Lluís Rabell

(8/02/2019)

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