Catalunya y su “drôle de guerre”

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Al comienzo de la Segunda Guerra mundial, y a pesar de haber sido formalmente declarada por Londres y París tras el ataque alemán a Polonia, durante el período comprendido entre el 3 de septiembre de 1939 y el 10 de mayo de 1940 – en que la Wehrmacht comenzó la invasión de Francia, Bélgica, los Países Bajos y Luxemburgo -, las tropas francesas y británicas no se enfrentaron con ella a lo largo del frente occidental. Esa fase de calma, engañosa y prolongada, fue lo que la prensa francesa llamó drôle de guerre. (Los alemanes, menos floridos, hablaban de Sitzkrieg “guerra de asiento”).

Naturalmente, el conflicto que había prendido en el Este y que devastaría todo el continente no iba a tener nada ilusorio, ni mucho menos de humorada. Pero aquella incierta espera, con miles y miles de soldados atrincherados en la supuestamente infranqueable “línea Maginot”, no podía por menos que desconcertar a la opinión pública y excitar la imaginación popular. Sin embargo, en la guerra como en la vida política, la ausencia de grandes movimientos puede mutar, sin transición, en una actividad febril.

Quizás valga la pena recordar que, ya entonces, los avances científicos y tecnológicos de la civilización contradecían aquellas fronteras tantas veces dibujadas con sangre. Ironía de la historia o contrapunto del drama que se cernía sobre la humanidad: durante aquellos meses, la radio popularizaba a través del éter canciones tan gozosas y vitales como este inolvidable “Boum” de Charles Trenet.

(https://youtu.be/p0KWyWwVp0E)

Catalunya y su “drôle de guerre”

           Catalunya vive, desde las turbulencias del pasado otoño, un período de “empantanamiento” – según la expresión acuñada por Joan Coscubiela. En el corto plazo, podríamos incluso decir que la situación se asemeja a una drôle de guerre: no se aprecian operaciones a gran escala. Una sensación que tiene mucho que ver con las incertidumbres que envuelven a todos y cada uno de los actores políticos.

           Sin duda serán necesarias algunas contiendas electorales para que dispongamos de un mapa más preciso, por cuanto a las correlaciones de fuerza se refiere. Y, eso, a todos los niveles. Los resultados de las elecciones europeas de la próxima primavera condicionarán el margen de maniobra de los distintos gobiernos. La política progresista de los ejecutivos socialistas de Lisboa y Madrid apunta a una mayor integración europea, fiscal y social, así como a un esfuerzo de reactivación que dejase atrás los años de austeridad. Sin embargo, se acumulan factores adversos. La gestión tecnocrática de la crisis financiera del 2008 prolongó la recesión, propiciando una oleada de populismo euroescéptico. Desde el “Brexit” a Salvini, pasando por el ascenso generalizado de la extrema derecha, las tendencias al repliegue nacional tiran con fuerza de las costuras de la UE. La política española – y la catalana – no sólo estarán marcadas por tales tensiones, sino que constituyen la expresión nacional de las mismas.

Pedro Sánchez gobierna en minoría. Y tiene que emprender un giro en las políticas públicas – los PGE pactados con Podemos suponen mejoras sensibles para la clase trabajadora y un incremento de la progresividad tributaria – al tiempo que se enfrenta con la mayor crisis institucional y territorial habida desde la transición. Una crisis envenenada por el tratamiento que, durante años, le dieron los gobiernos del PP, rehusando un abordaje político de la misma y refugiándose tras las porras y las togas. La judicialización del conflicto catalán es la peor herencia de la era Rajoy: el encarcelamiento de los dirigentes independentistas constituye un obstáculo insalvable para una normalización de la situación. Algo tan evidente como que Pablo Iglesias tiene que ir a Lledoners para tratar de los presupuestos con Oriol Junqueras.

Pero no resulta fácil desmadejar el ovillo. En la derecha española se libra una ruidosa batalla por su liderazgo entre Casado y Rivera, cuya derivada es una radicalización reaccionaria de los discursos. Por lo que respecta al independentismo, la pugna interna por su hegemonía no es menos intensa. La lucha entre ERC y la última mutación de la derecha nacionalista, bajo el estresante liderazgo de Puigdemont, frena cualquier balance sobre el fracaso de la vía unilateral. El “procés” no sólo topó con el Estado español, sino que dividió en lo más hondo a la propia sociedad catalana. Si ERC da señales de querer explorar una vía más pragmática, la explotación del factor emocional por parte de sus socios bloquea, hoy por hoy, una apuesta decidida en ese sentido. Nadie se atreve a ser tildado de traidor.

Todos los movimientos se tornan contradictorios o buscan vías subterráneas. El Govern negocia con Madrid en múltiples comisiones bilaterales… al tiempo que, bajo los focos mediáticos, escenifica constantes desaires hacia el Estado y reclama una “mediación internacional”. Se plantea un canje de presupuestos contra presos… a sabiendas de que la separación de poderes lo hace imposible – y a riesgo de reducir el margen de maniobra del gobierno socialista frente a una magistratura irritada y celosa de sus prerrogativas. Nada es exactamente lo que aparenta ser.

Las fuerzas independentistas carecen, eso sí, de estrategia compartida alguna. Ni siquiera gestionan con solvencia el autogobierno que el 21-D puso en sus manos. En medio de semejante panorama, ¿aguantarán formalmente unidos, como pretenden, hasta el juicio de sus líderes? Incertidumbres, tanteos, improvisaciones… Drôle de guerre.

Lluís Rabell  (17/10/2018)

(Artículo publicado en Catalunyapress)joa

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