El jovencito Frankenstein

young-frankenstein-2-590x317

La fórmula “gobierno Frankenstein”, profusamente utilizada por la derecha, fue sin embargo acuñada en su día en las propias filas socialistas. La “vieja guardia” del PSOE, disconforme con el “no es no” de Pedro Sánchez a la investidura de Rajoy, pretendía desacreditar de este modo la heterogénea alianza de fuerzas parlamentarias cuya conjunción era necesaria para encumbrar al joven secretario general hasta la presidencia del gobierno. La entente de las izquierdas y de nacionalistas de distinto signo para propiciar el relevo de Rajoy adquiría un semblante monstruoso ante los ojos de un “aparato” a quien se antojaba más “responsable” facilitar, mediante una abstención de la bancada socialista, la continuidad del PP en el poder.

Parece haber transcurrido una eternidad desde aquel aciago Comité Federal del 1 de octubre de 2016 que defenestró a Pedro Sánchez. Lo que entonces parecía impensable ha visto, contra todo pronóstico, la luz. Rajoy es historia. Y el “renacido” Pedro Sánchez, propulsado a la Moncloa por la moción de censura contra su predecesor, acaba de componer un ejecutivo que ni sus más acérrimos adversarios se atreverían a apodar “Frankenstein”: un gobierno mayoritariamente femenino y netamente feminista, con reconocido talento y perfiles inequívocamente comprometidos con la transición ecológica, la defensa de los derechos civiles o la justicia social.

Quizás, como dice Íñigo Errejón, se trate más de un gobierno “de transición” que de un “gobierno del cambio” con un ambicioso programa transformador. En cualquier caso, pone fin a la era Rajoy y abre una ventana de oportunidad. La situación de bloqueo era tan asfixiante que los primeros gestos del nuevo gobierno saben a bocanada de aire fresco. La decisión de acoger el barco de refugiados “Aquarius” – en contraste con el matonismo del gobierno nacional populista italiano -, la contundencia de la vice-presidenta Carmen Calvo acerca de los “vientres de alquiler” como explotación del cuerpo de las mujeres pobres o los primeros gestos de distensión hacia Cataluña permiten abrigar esperanzas de avance social y democrático en un nuevo escenario político. Ciertamente, hay quien hubiese preferido un ministro de Cultura de perfil más académico… o un responsable de Interior que acreditase un currículum más garantista en su paso por la magistratura. Pero esas objeciones no hacen sino certificar que se trata de un gobierno de centro-izquierda. Pedro Sánchez no pretendía sin duda otra cosa a partir de la lectura de la actual correlación de fuerzas en el Congreso y en el país. Y no desmienten sus potencialidades. Desde sus primeros compases apunta a ser algo más que un “gobierno bonito”, como diría Enric Juliana.

Mención especial merece la designación del veterano Josep Borrell al frente de la cartera de Exteriores. Como era de esperar, desde las filas independentistas, no pocas voces han puesto el grito en el cielo. Si Meritxell Batet encarna la apertura del diálogo con la Generalitat, Borrell representa el inequívoco compromiso constitucional del ejecutivo. (Aunque no está muy claro si lo que de verdad molesta a algunos es el aura jacobina de Borrell… o bien el rigor intelectual con que ha demolido algunas falacias propagandísticas del “procés”, como el discurso acerca de las balanzas fiscales). La formación del gobierno de Pedro Sánchez ha descolocado a una fuerza política como Ciudadanos, que apostaba por seguir creciendo, a cuenta del PP, en un escenario de empantanamiento y confrontación, especialmente en el ámbito de la crisis territorial. Pero obliga también a las fuerzas soberanistas a resituarse, a escoger entre una estrategia de tensión, para la que estaban ya mentalizadas… o una vía más prudente de negociación en el marco de la ley – sin que ello suponga abandonar el horizonte de la independencia, aunque sí requiera desmontar buena parte del relato sobre el que han cabalgado durante estos años.

¿Difícil? Sin duda. La moción de censura ha triunfado porque Puigdemont carecía de diputados afines en el Congreso, y tanto ERC como Pdcat decidieron jugar la carta del realismo, descartando una abstención que hubiese garantizado la continuidad del PP y consolidado el marco mental de “cuanto peor, mejor”. He aquí, pues, que “la España irreformable” alumbra un gobierno progresista y europeísta… e incluso el Tribunal Constitucional, blanco de tantas críticas airadas, parece respirar aliviado y sugiere vías de recuperación para las leyes catalanas suspendidas. La vida da muchas vueltas. La política aún más.

Quizás sea el momento de hacer pública una anécdota que ilustra esta tesis y que, a estas alturas, puede ser contada. Durante la segunda quincena de septiembre de 2016, un reducido número de diputadas y diputados de “Catalunya Sí Que es Pot” participamos, junto al entonces President Carles Puigdemont, en una “confabulación” destinada a cerrar el paso al PP y a propiciar la investidura de Pedro Sánchez, lo que hubiera sido una primera tentativa de “gobierno Frankenstein”. Como se recordará, estábamos a punto de debatir la cuestión de confianza, a la que el President se había visto abocado tras la negativa de la CUP a votar los presupuestos. En la ronda de contactos que mantuvo con los distintos partidos en los días previos, detectamos cierta predisposición a explorar nuevos escenarios, más favorables a la negociación entre el gobierno de España y la Generalitat que el que suponía la continuidad del PP en el poder. De ahí, surgieron encuentros discretos en Palau… y algunos acuerdos – a los que el President Puigdemont se atuvo, haciendo honor a la palabra dada.

Por lo que respecta a la cuestión de confianza, quedó claro desde el primer momento que no podíamos acceder a la abstención que nos sugería: estábamos en una clara postura de oposición de izquierdas al Govern y a su hoja de ruta. No deseábamos, sin embargo, un abrupto fracaso del “procés” en un choque frontal con el Estado, de impredecibles consecuencias para las instituciones catalanas. Así, pues, empezamos por pactar un “no” de nuestro grupo parlamentario… envuelto en un tono comedido que toda la prensa remarcó. Se trataba del preámbulo de otro acuerdo que debía darse – y  efectivamente se dio – en el debate de política general que se celebraría durante la primera semana de octubre, y donde estaba prevista la adopción de distintas resoluciones. Convenimos a través de esos contactos en el voto conjunto, por parte de JxSí y de CSQP, de una resolución que planteaba la necesidad de trabajar a favor de la celebración de un referéndum legal, pactado con el Estado español. Joan Coscubiela se encargó del delicado trabajo de orfebrería que supuso negociar cada palabra y cada coma, hasta el último minuto y a punto de descarrilar en el tramo decisivo. Cabe destacar que, durante todo este proceso, Neus Munté, a la sazón persona de máxima confianza del President y partícipe de todos nuestros encuentros, desempeñó con gran eficiencia una labor negociadora, determinante para que todo llegase a buen puerto. Por el contrario, en aquella fase de las turbulentas relaciones entre convergentes y republicanos, encontramos en el vice-presidente Oriol Junqueras las mayores reticencias… y a punto estuvo de dar al traste con todo.

Finalmente, la resolución se aprobó – y nunca fue impugnada ante el Tribunal Constitucional. Esa resolución sirvió de base, poco después, para la configuración del efímero Pacto Nacional por el Referéndum. (En esa fase, el independentismo, ya lanzado a la aventura unilateral, hizo de ese marco unitario de partidos, sindicatos y entidades de la sociedad civil una lanzadera para la convocatoria del 1 de octubre de 2017. Para nosotros representó, por el contrario, un intento de habilitar una “pista de aterrizaje” para evitar la ruptura del marco estatutario y constitucional… que acabaría produciéndose en aquellas sesiones parlamentarias del 6 y 7 de septiembre del año pasado. Evidentemente, no teníamos ni de lejos la “musculatura” necesaria para imprimir otro curso a los acontecimientos).

Pero todo esto era, en realidad, el envoltorio y el complemento de una maniobra que, de haber surtido efecto, quizás sí lo hubiese logrado. Ahora, tras todo lo acontecido, todo el mundo ve en Puigdemont a la representación genuina de la radicalización del “procés”, a su versión irrendentista. Sin embargo, en aquellos momentos, encontramos en él a alguien dispuesto a hacer una apuesta no exenta de riesgos: favorecer un gobierno de Pedro Sánchez, aunando los apoyos de Podemos y de los soberanistas vascos y catalanes. Por aquel entonces, las mayores reticencias cabía esperarlas por parte de ERC, en pugna con los herederos de Convergència por la hegemonía del campo soberanista. Pero Puigdemont, en un rol inverso al que ha tenido estos días, estaba dispuesto a “forzar la mano” de los republicanos, poniéndoles ante la tesitura de escoger entre Sánchez o Rajoy. Y, por supuesto, nadie se llamaba a engaño acerca de los márgenes en que podía moverse un eventual gobierno del PSOE, con su presidente atenazado por las baronías del partido: cabía esperar, a lo sumo, algunos gestos de apaciguamiento, un clima más dialogante con la Generalitat… Pero ni hablar de referéndum, ni de “derecho a decidir”. Más allá de algunas mejoras en  temas competenciales, inversiones estatales o financiación, la “cuestión catalana” estaba llamada a transitar, por lo que a perspectivas políticas se refería, por una comisión parlamentaria de incierto recorrido. Y, sin embargo, Puigdemont estaba dispuesto a jugar esa baza. Por nuestra parte…

Por nuestra parte, había un cierto atrevimiento. Digámoslo así. (Los “faroles” en partidas de póquer en que se apuesta con bienes ajenos son cosa de líderes  irresponsables como Clara Ponsatí). Pero lo cierto es que hablábamos, tratando de coger la ocasión al vuelo, sin estar muy seguros del comportamiento de nuestro propio espacio político. Resultaba evidente que, en la delicada situación interna en que se encontraba Sánchez, era impensable una coalición gubernamental con Podemos (¡Difícil sería ya que algunos dirigentes territoriales “aceptasen” los votos morados!). Si, ahora, cuando se ha presentado la moción de censura contra Rajoy, Podemos ha demostrado madurez y responsabilidad; si ha contribuido decisivamente al éxito de la operación y ha sabido posponer sus legítimas aspiraciones partidistas, las cosas no estaban tan decantadas en septiembre de 2016. Hablábamos con Puigdemont – e informábamos de ello a Pablo Iglesias – mostrando el mayor aplomo posible… mientras cruzábamos los dedos para que a nadie se le ocurriese en Madrid ponerse a reclamar, por así decir, el Ministerio de Marina como condición de un apoyo a Sánchez.

Por otro lado, quien haya seguido la vida del Parlament sabrá que no todos los elementos de nuestro grupo eran demasiado fiables, ni contábamos con apoyos o reconocimiento por parte de los “comunes”. Aún así, intentamos tejer los hilos de un acuerdo. Era nuestra obligación tantear esa posibilidad. El Comité Federal del PSOE dio en seguida al traste con ella – y de nuestros acuerdos con el President quedó lo dicho. Visto en perspectiva, hoy se antoja que las cosas no habían madurado lo suficiente. Ni en el seno del PSOE, donde el resurgir de Pedro Sánchez le ha conferido una autoridad y un reconocimiento de los que carecía entonces. Ni por parte de la izquierda alternativa, que aún no había empezado a desembarazarse de un cierto radicalismo pueril. Ni, desde luego, en un plano objetivo, por cuanto se refiere al desgaste del PP, finalmente desbordado por sus escándalos de corrupción… o a la disposición de los partidos independentistas tras el choque del pasado otoño con los poderes del Estado.

A toro pasado, todos somos grandes profetas. Cerca de dos años después, quizás nuestros esfuerzos puedan suscitar alguna sonrisa. Tal vez alguien vea en Coscubiela, en Gemma Lienas o en un servidor (permítaseme omitir a cómplices que siguen en activo), más que a temibles conspiradores carbonarios, al conspicuo Igor, a Frau Blücher y al atribulado Frederick de la célebre comedia “El jovencito Frankenstein”. Aceptémoslo con buen humor. Sirva la experiencia, sin embargo, para ver que la fatalidad no existe en la Historia. El futuro no está escrito de antemano, sino en permanente disputa. Las cosas no han sucedido de la única manera que podían ocurrir. Siempre hay bifurcaciones, alternativas, opciones, diferentes caminos posibles. Conviene tenerlo presente ahora, cuando se acumulan tantas incertidumbres… pero cuando renacen también no pocas esperanzas.

Lluís Rabell (11/06/2018)  

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out /  Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out /  Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out /  Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out /  Canvia )

S'està connectant a %s