Reencuentro con la banalidad del mal

El término fue acuñado por Hannah Arendt a raíz del juicio celebrado en Jerusalén contra Adolf Eichmann, uno de los principales artífices de la “solución final”; es decir, del metódico exterminio de millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. La filósofa alemana se interesó por la personalidad de Eichmann, tratando de trazar, a través de él, un perfil de los ejecutores del Holocausto. Sus conclusiones, totalmente contraintuitivas, no podían ser más inquietantes. No se trataba de un sádico, de un psicópata, de alguien aquejado por un trastorno mental. Ni siquiera manifestaba una arrebatadora aversión antisemita. Los psicólogos que examinaron a Eichmann dictaminaron que era una persona absolutamente normal. Tras la monstruosidad no habitaba ningún monstruo. Sólo la mediocridad intelectual, combinada con el celo de un funcionario metódicamente entregado a su tarea. Un individuo desinhibido ante cualquier consideración moral concerniente a sus actos, pues éstos se inscriben en un plan aprobado por lo que él considera una “sociedad respetable”. El lenguaje burocrático con el que se nombraban las deportaciones y el asesinato industrializado facilitaba la aceptación – por no decir la adhesión – a las directivas de Hitler y los otros líderes nazis. Años de envilecimiento y deshumanización de los judíos les habían identificado como un cuerpo extraño a la nación, étnica y culturalmente degradado, un tumor a extirpar. Todos los elementos estaban reunidos para que, en la atmósfera sobrecalentada de la guerra, la lógica implacable del genocidio, latente en el ADN supremacista del régimen, acabase imponiéndose.

Eichmann no fue un caso único de banalización del mal. Otros muchos, a distintos niveles de responsabilidad, participaron de ese fenómeno. Uno de los testimonios más estremecedores recogidos en la célebre película de Claude Lanzmann, Shoah, es el de un antiguo responsable de ferrocarriles, explicando con orgullo corporativo que, a pesar de las dificultades que suponían los bombardeos aliados sobre las líneas férreas, sus trenes siempre llegaron puntualmente a los campos de la muerte. Ni el “cargamento” de los convoyes, ni su trágico destino eran cosa suya. Su misión era la de organizar desplazamientos de trenes con eficiencia. Y a ella se ceñía, ajeno a cualquier sentimiento de culpa. Hannah Arendt rechaza, sin embargo, la idea de una fatalidad. Muy al contrario: la experiencia histórica nos confronta a la dualidad de la condición humana. En determinadas circunstancias, muchas personas, a priori carentes de un determinado propósito, son capaces de convertirse en ejecutoras de las peores atrocidades contra sus semejantes. Pero, al mismo tiempo, ante esta tesitura, también hay hombres y mujeres, colectivos, a veces naciones enteras, que resisten y se sublevan contra el mal. Así ha ocurrido siempre. El ser humano es capaz de la peor abyección… y de la gesta más sublime. En esa capacidad de rebeldía contra la barbarie radica la esperanza del progreso civilizatorio.

Valga este recordatorio para aprehender la trascendencia del momento político que vivimos. El electorado brasileño ha rechazado que un aspirante a autócrata como Bolsonaro se hiciera con el poder. A medio mandato, Trump ha sido desautorizado por la sociedad americana. No son hechos menores. Tampoco lo es que formaciones de extrema derecha lleguen al gobierno. La deriva que son capaces de imprimir utilizando la maquinaria del Estado puede precipitar la decadencia de las naciones, llevándolas a la naturalización de aquello que otrora fue impensable. Dos relevantes producciones culturales, una obra de teatro y una película, referidas a momentos históricos y lugares distintos – la Francia de 1940 y el genocidio perpetrado en Gaza por el gobierno de Israel – han venido recientemente a recordárnoslo.

La profesora de arte dramático Keti Irubetagoyena, junto con sus alumnos del Conservatorio Nacional, han puesto en escena una obra singular por su factura y contenido: “Interpretar el archivo, octubre-diciembre de 1940”. En aquellas fechas, en efecto, tuvo lugar en Vichy, sede del gobierno colaboracionista del mariscal Pétain, una reunión interministerial para coordinar la aplicación de la recién aprobada legislación sobre el estatuto de los judíos, que preveía su exclusión de la función pública. Era el inicio de una serie de medidas discriminatorias que condujeron a la detención de miles de ciudadanos y de familias enteras, entregados por las autoridades francesas al ocupante para su deportación y exterminio. Todo ello con un celo que llegó a sorprender a la propia Kommandantur de París. En aquel período, recibió tal cantidad de denuncias acerca de vecinos y conocidos, sospechosos de ser judíos o resistentes, que las autoridades alemanas, desbordadas, sólo se interesaron por las misivas que tenían remitente, desechando un alud de cartas anónimas. La sociedad estaba tocando fondo, gangrenada por los prejuicios reaccionarios, la codicia individual y la falta de empatía. Desde Alemania hasta la República española, pasando por el sombrío Moscú de los procesos estalinistas, el movimiento obrero había encadenado una sucesión de derrotas históricas. Las sociedades civiles estaban quebradas y los discursos raciales fluían por toda Europa.

El azar quiso que las actas de aquellas reuniones se conservaran. Fueron halladas en 1993. Pero, curiosamente, no sólo contenían las decisiones adoptadas, sino los nombres de los altos funcionarios que participaron en el conciliábulo, así como – hecho infrecuente – la transcripción literal de sus intervenciones. La obra de Irubetagoyena no se limita a recrear dramáticamente aquel episodio: sus diálogos están tejidos con las expresiones que fueron allí utilizadas. Y eso es, sin duda, lo que produce el mayor escalofrío entre quienes asisten a la representación. “Si los miembros de aquella reunión – dice la directora – profieren frases antisemitas, racistas o sexistas, no lo hacen con virulencia, sino con la mayor simplicidad, como si se tratase de evidencias comúnmente compartidas.” (“Le Monde”, 4/11/2026) Algunos ejemplos son ilustrativos: “Es necesaria una interpretación estricta de la ley, de lo contrario se nos colará la mitad de casos”; “si introduces excepciones, introduces enemigos”; “el judío forma parte de una comunidad nacional que es sólo la suya”.

Pero, ¿quiénes eran los hombres que así se expresaban? Aquí tampoco había locos, ni agitadores. Se trataba de destacados funcionarios, desplegando con minuciosidad técnica unas disposiciones legales que, entendían, no les correspondía juzgar. Algunos de ellos, como Maurice Lagrange – que actuaba en nombre del gabinete de presidencia del gobierno -, Jean Delvolvé – secretario de Estado de Justicia – o Henri Yrissou – del departamento de Finanzas –, no sólo no fueron objeto de depuración al finalizar la guerra, sino que hicieron largas carreras en la administración pública, en la Corte de Justicia de la incipiente Comunidad Europea, en el mismísimo Consejo de Estado tras la Liberación. Fueron diputados, alcaldes, miembros de gabinetes gubernamentales bajo la IV República. Personalidades respetables, sin nada de lo que avergonzarse siquiera. Sólo Henri Yrissou, revelando sin duda una pulsión juvenil que nunca le había abandonado, se unió al Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen a finales de los años 80. No obstante, prueba del reconocimiento institucional a su trayectoria, el hospital del municipio occitano de Gaillac fue rebautizado con su nombre en 2014. “¿Qué ocurriría – se pregunta el periodista Bastien Scordia – si el día de mañana la administración fuese movilizada al servicio de un poder autoritario, poco apegado al Estado de derecho y a nuestros fundamentos constitucionales? ¿Reproduciría los mismos mecanismos que en 1940?”. Lo cierto es que Marine Le Pen ya ha anunciado que, de alcanzar la presidencia de la República en 2027, tratará de reformar la Constitución mediante un referéndum que incorpore la noción de “prioridad nacional”. Si tal fuese el desenlace de los comicios de la próxima primavera, la extrema derecha requeriría la actuación de una burocracia que ha demostrado ser proclive a acomodarse a los mandatos del poder. El contexto actual es, ciertamente, distinto al de aquella “medianoche del siglo” que alumbró los totalitarismos. Pero lo mejor sería aunar esfuerzos desde el campo progresista para evitar el escenario de una gobernanza ultra.

Daños colaterales

La película a la que nos referíamos más arriba es “NAZA”, un documental realizado por los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor. “Naza” resulta de la contracción del hebreo “nezek agavi” – “daños colaterales” – y es el término aséptico con el que se designa a las víctimas civiles que perecen en los ataques del ejército israelí contra sus objetivos en Gaza, ya sean éstos la eliminación de miembros – reales o supuestos – de Hamás o la destrucción sistemática de viviendas, escuelas, hospitales e infraestructuras civiles. La película resulta perturbadora, no por las imágenes que muestra – apenas alguna secuencia muestra los efectos de los bombardeos en la Franja -, sino por los testimonios que recoge. Bajo anonimato, a oscuras y desde la terraza de un céntrico edificio en Tel Aviv, hablan 24 soldados y oficiales del centro operativo donde se programan y evalúan los bombardeos de la aviación israelí y los ataques de los drones en Gaza. La IA permite localizar objetivos y estimar el número de “naza” que comporta cada acción. La más sofisticada tecnología permite, no sólo pinchar los móviles, sino activarlos a distancia y escuchar a través de ellos. Uno de los soldados explica que, para eliminar a miembros de Hamás, se decidió que lo más efectivo es atacar de noche, cuando se reúnen con su familia – cuyos miembros perecerán también en el bombardeo. “Desde los móviles intervenidos, podíamos escuchar los gritos de los niños pidiendo auxilio”.

“¿Cuántos “naza” se consideraban asumibles?”, pregunta el entrevistador. Otro operador responde que, personalmente, llegó a programar la eliminación de un solo individuo… en una operación que causó la muerte de 500 personas. En las operaciones de demolición sistemática de barrios enteros, la IA estima asimismo cuántas personas – ancianos, enfermos, familias… – no podrán abandonar sus casas a tiempo. En término medio, del orden de un 26 % de los habitantes. Las bombas caen de todos modos sobre ellos. “A través de las imágenes que nos enviaban los drones que sobrevolaban la zona, podíamos ver los efectos de la devastación. Había cadáveres esparcidos. Podíamos ver a los perros devorarlos. Yo no soportaba esas imágenes, pero otros compañeros sí las miraban.”

El reparto de comida a la hambrienta población palestina se convirtió en el escenario de una cacería indiscriminada de hombres, mujeres y niños a cargo de los francotiradores israelíes, apostados a distancia. Adentrarse en una zona declarada prohibida por el ejército – áreas cambiantes y nunca claramente delimitadas: “Nosotros no repartimos panfletos explicativos” – suponía la muerte. “¿Eran guerrilleros?”. “A través de las cámaras – responde el entrevistado – nunca vi a ninguno de esos blancos abatidos portar armas”. Casi al final de la película se plantea la pregunta: “¿Lo que estáis haciendo es un genocidio?”. “Desde luego – responde sin vacilación el entrevistado -, pero la sociedad nos demanda que actuemos así”.

La voz de algún soldado se quiebra. El hecho de que unos cuantos se arriesguen a dar testimonio significa sin duda algo. Pero, más allá de la toma de conciencia individual del horror, el lenguaje es muchas veces “neutro”. La humanidad del “otro” resulta todavía innombrable. Quienes hablan en la película son muy representativos de la sociología de una unidad militar de élite, destino ambicionado por muchos: jóvenes cultos, de clase media, que no dan muestra de fanatismo. “No sentimos ningún odio especial hacia los árabes”. El tipo de gente que uno espera encontrar en una ciudad moderna como Tel Aviv y que, en la vida civil, son ingenieros informáticos, ejecutivos, personal cualificado… Colegas de trabajo o compañeros de estudios a cuya boda asistimos, con quienes salimos a cenar. Muchos de ellos pueden planificar, a media hora en coche del infierno de Gaza, un exterminio de masa en horario de oficina, como una tarea estrictamente técnica, sin cuestionar moralmente lo que hacen.

Pero, hay que decirlo una vez más: no son monstruos. ¡Qué fácil resultaría combatir el mal si así fuera! La clave reside en una frase que se dice al principio de la película: “No hay inocentes en Gaza”. El trauma causado por brutal acción de Hamás el 7 de octubre de 2023 cristalizó en Israel un consenso que se había ido fraguando durante años, alimentado por el fracaso de cualquier vía negociadora sobre el futuro de Palestina, el ascenso de una extrema derecha religiosa y un corrosivo miedo existencial. “Si nosotros queremos vivir, ellos deben morir.” Esa es la trampa que hoy conduce a Israel hacia el colapso. Pero, entretanto, ese clima enfebrecido inhibe la responsabilidad individual ante el crimen. Al fin y al cabo, es lo que la sociedad espera que hagan sus servidores para protegerla. Hace tiempo que, enfrente, no se vislumbran semejantes. Sólo “naza”.

Ninguna nación está al abrigo de caer en la barbarie. Ni siquiera los sufrimientos de anteriores generaciones preservan del naufragio a la sociedad moderna. Sólo pueden hacerlo la conciencia renovada, la organización y la lucha política. Una lucha que apele a lo más noble, abnegado y solidario que hay en nosotros. Porque, a pesar de todo, como nos recuerda Hannah Arendt, la elección moral sigue siendo libre. Y “humanamente hablando, no se requiere más, y nada más se puede pedir razonablemente, para que este planeta siga siendo un lugar apto para la habitabilidad humana”.

Lluís Rabell

7/11/2026

Deixa un comentari