En Francia, la socialdemocracia no ha tomado la medida del rechazo que suscita

El problema no reside tanto en el ascenso de los “extremos” como en el vacío político que lo hace posible y en la ausencia de una fuerza capaz de encarnar de modo creíble una ruptura con el orden existente. El socialismo reformista se ha convertido en el espacio vacante del espectro político. No tiene un proyecto lo bastante atractivo como para federar, una doctrina que sea capaz de ordenar las cóleras sociales, una base y un anclaje territoriales a la altura de sus ambiciones, una fuerte encarnación de esa agenda.

Sobre todo, le falta una perspectiva: la de una transformación de la sociedad que no se reduzca ni a la gestión del actual sistema, ni a una redistribución de sus efectos más injustos. Ese vacío abre las puertas a una recomposición política dominada por la derecha clásica y la extrema derecha. Mientras ninguna fuerza política – al margen de La France Insoumise (LFI) – sea capaz de enarbolar una voluntad de reequilibrar las relaciones de poder económicas y sociales, el deseo de ruptura seguirá encontrando una salida en el “que se vayan todos”, en el repliegue o en la radicalización derechista. La crisis del socialismo es ante todo intelectual y programática.

Frente a ese vacío, Jean-Luc Mélenchon intenta el “más difícil todavía”: encarnar él solo las dos izquierdas históricas, la de Georges Marchais (secretario general del Partido Comunista francés desde 1972 hasta 1994) y la de François Mitterrand (primer secretario del Partido Socialista entre 1971 y 1981, y luego presidente de la República desde 1981 hasta 1995), la cólera y la fuerza tranquila. Es mucho pedir a un solo hombre.

LFI ha llevado a cabo un trabajo considerable de estructuración, de elaboración programática, de implantación local y de movilización de la juventud. Pero ese trabajo de laboreo no alcanza a compensar la ausencia de un espacio político más amplio. Contrastan con ese esfuerzo el diletantismo programático y las guerras entre baronías en el seno de un Partido Socialista que no está cumpliendo con su función histórica: movilizar, elaborar una doctrina, debatir acerca de las vías de transformación social. Subsiste como un aparato y una red de cargos electos, paro ¿dónde está el proyecto?

Los niños mimados de la política

La candidatura de Raphaël Glucksmann (cofundador del partido Place Publique) a la elección presidencial ilustra ese impasse: la hostilidad hacia Jean-Luc Mélenchon y el rechazo a la alianza con una izquierda considerada como demasiado brutal o polarizadora parecen desempeñar el papel de una línea programática. Pero oponerse a otra izquierda no constituye un proyecto de sociedad. ¿Qué propone Glucksmann en cuanto a las relaciones de propiedad, al reparto del valor, a la organización del trabajo, a la vivienda, a los servicios públicos o a la gestión colectiva de las inversiones?

A la vacuidad del proyecto responde la omnipresencia de los eslóganes. El peligro consiste en repetir el escenario de Macron: una representación política surgida de los círculos de notables e impulsada por las élites urbanas, que aparece como una respuesta razonable a los desórdenes del mundo… sin poner en cuestión las estructuras que los provocan. Dos niños mimados de la política, dos progresistas con ideas rancias.

El problema de la socialdemocracia es que no ha tomado la medida del rechazo que suscita, ni de su responsabilidad en la derechización de los valores. Todavía se considera a si misma como una fuerza de compromiso y de buena voluntad, cuando una parte de la opinión pública va en ella la cómplice de un orden social que se ha vuelto insoportable. Denuncia los monstruos que amenazan a la democracia sin comprender que, a los ojos de esa gente, ella es uno de los monstruos: por su complacencia con los intereses económicos, su tolerancia de las desigualdades, sus veleidades ecológicas y el recurso a la fuerza para contener la contestación. La distancia entre la imagen que cultiva y la que proyecta se ha convertido en un problema político mayor.

El compromiso socialdemócrata ha incumplido su promesa: conjugar la eficacia del mercado y la justicia social, dejando que el Estado corrija sus fallos y redistribuya sus frutos. He aquí el origen de su desorientación. La concentración de riquezas y poder alcanza unos niveles tales que fragiliza los contrapoderes: los estragos ecológicos y sociales se acumulan a un ritmo incompatible con el de su reparación; el acceso a una vivienda se ha convertido – en primer lugar, para los más jóvenes -, en una muralla infranqueable; el trabajo pierde, en gran medida, su sentido y su capacidad de garantizar una existencia digna.

El Estado ya no es más que el camión escoba del capitalismo financiero: recoge los estropicios del mercado sin impedir que siga produciéndolos. La socialdemocracia es instada a hacer cada vez más con recursos cada vez más constreñidos y sin incidir sobre los mecanismos que hacen esas intervenciones necesarias. Compra una paz social sin detener la depredación, la concentración de riqueza y la exclusión, al precio de una trayectoria de endeudamiento insostenible. Frente a los patrimonios que se acumulan, a los servicios públicos tensionados y a las perspectivas que se cierran, esa política aparece como una colusión que fragiliza el Estado y hace pagar sus impasses al contribuyente. Proteger los derechos sociales no puede reducirse a compensar indefinidamente los efectos de un sistema que destruye las condiciones materiales de tales derechos.

No es hora de practicar una gestión experta de lo existente, ni de buscar estabilidad. La socialdemocracia se equivoca de época. El espacio tradicionalmente ocupado por el socialismo reformista debe reencontrar una ambición transformadora: ya no se trata de adaptar la sociedad a la economía, sino de reorganizar la economía, poniéndola al servicio de finalidades humanas, sociales y ecológicas; repensar las inversiones, las relaciones de propiedad, el reparto del poder y la producción de riquezas. Dejar de indemnizar indefinidamente y enfrentarse a las causas de los desequilibrios. La izquierda debe articular una crítica del sistema, una visión atractiva de la sociedad y medios creíbles para hacerla realidad.

La transformación no es un toque decorativo de la gestión presupuestaria: ordena otras prioridades colectivas y una organización distinta del poder. Sólo a esa condición podrá la izquierda federar más allá de sus fronteras actuales y detener la deriva del voto hacia la derecha extrema. El tiempo apremia. Si no se produce un electrochoque intelectual y programático, la elección de mayo está ya decidida.

Olivier Passet (economista, antiguo director de síntesis en el Instituto de estudios económicos Xerfi)

“Le Monde”, 29/10/2026

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