Ser o no ser… socialistas

               Pocos comentarios tan lúcidos se han publicado estos días como el que firmó el pasado 18 de septiembre Salvador Enguix en las páginas de “La Vanguardia” bajo el título “Socialismo e inmigración”. Evocando la crisis de Ceuta, sometida a una presión migratoria que desborda los recursos de la ciudad, mientras PP y Vox entorpecen la gestión de la situación para desgastar al gobierno, escribe: “El PSOE sostiene que hay que proteger las fronteras sin renunciar a la humanidad. Es una posición razonable, pero el problema es cómo se concreta (…) Ahí está el dilema de la socialdemocracia. No puede asumir el discurso de la extrema derecha. Pero tampoco puede ignorar una preocupación social que existe, ni refugiarse en una política migratoria basada únicamente en buenos principios.”

               La trascendencia del dilema radica en que la cuestión que se dirime no se reduce a una gestión más o menos acertada de los flujos migratorios, sino que apunta al modelo de sociedad y, en última instancia, a la viabilidad de la propia democracia. La extrema derecha trata de situar la emigración, señalada como una sorda amenaza existencial para las naciones europeas, en el centro de las próximas contiendas electorales que han de celebrarse en algunos de los principales países de la UE. Y lo hace con notable éxito, arrastrando a la derecha conservadora tradicional o fracturándola. La socialdemocracia no puede rehuir la batalla. Tanto más cuanto que la presión ambiental hace mella en sus propias filas. Pero debe plantearla en toda su radicalidad, en sus verdaderos términos.

               Lo que están tratando de generar PP y Vox entre la ciudadanía española es miedo. Un miedo cerval y atávico: estamos ante una “invasión”. De “moros”, por más señas. El miedo es el virus más contagioso que existe, se expande rápidamente en la sociedad, coagulando los temores y resentimientos diversos que la atraviesan. El emigrante se convierte en la causa de todos los males, desde la inseguridad en las calles hasta los déficits en los servicios públicos o las dificultades de acceso a una vivienda. No solo se trata de que aquí “no cabemos todos”: vienen a “reemplazarnos”, a destruir nuestra cultura, a imponer sus bárbaras costumbres en nuestras ciudades.

               Y el miedo tiene un poderoso efecto corrosivo sobre los cimientos de la democracia. Ante una amenaza existencial vacila el respeto a los derechos humanos. PP y Vox saben muy bien que las devoluciones indiscriminadas que exigen son ilegales e impracticables. Pero para ellos se trata de izar una bandera: la ira popular debe impulsar al poder a quienes están dispuestos a rebasar ese ordenamiento que maniata a España frente a sus enemigos. No es descartable que la “vanguardia nacional” togada, que conduce la rebelión de la judicatura contra el poder legislativo y el ejecutivo, trate de procesar a Pedro Sánchez por “traición”, tal como apuntan Feijoo, Aznar y Abascal. Pero, más allá de esas maniobras de acoso y derribo, la cuestión es fijar el marco mental de las próximas elecciones legislativas.

               La explotación racista de la crisis de Ceuta es inseparable del principio de la “prioridad nacional”, normalizado a través de los pactos autonómicos de gobierno en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía. La ventana de Overton se ha abierto. La semilla del mal ya ha sido esparcida. Las concreciones de esa “prioridad” todavía son fluctuantes, pero ha quedado establecido que la gente accederá a determinados servicios, no sobre la base de criterios sociales y bajo un prisma de igualdad, sino en función del “origen” de quienes, por principio, tendrían derecho a tales prestaciones. La suspensión, por parte del Tribunal Supremo, del derecho de voto de cerca de 400.000 españoles, acreditados como tales a raíz de la Ley de Memoria Democrática, demuestra que es posible cercenar garantías constitucionales en función de criterios políticos. El miedo al inmigrante está llamado a ampliar el ámbito de la exclusión. Y el precedente generado por el Supremo, a banalizar la excepcionalidad y la arbitrariedad. La coincidencia no es casual. Incluso los resultados que puedan arrojar los próximos comicios quedan de antemano bajo sospecha: si dan la victoria a las derechas, habremos asistido al triunfo de la voluntad popular; si se repitiese el escenario de 2023, estaríamos ante un fraude electoral. La sombra de Trump es muy alargada.

               Que la extrema derecha pretende acabar con la democracia no es una sospecha. La derecha, que ha asumido los modos populistas, ha perdido en realidad la iniciativa política. Los políticos conservadores corren tras ella esperando contener la desbandada de su electorado tradicional. Algunos confían en que sus vínculos con el “Estado profundo” y sus relaciones fluidas con las élites mediáticas y empresariales otorgarán a estos caballeros una natural preeminencia a la hora de formar gobiernos de coalición con sus competidores más extremistas. Sin embargo, la derecha no tiene un proyecto definido; la ultraderecha sí. Y ese proyecto está cada vez más alineado con la visión del pensamiento neorreaccionario, la corriente ideológica que está reconfigurando el segundo mandato de Trump y proporciona un corpus teórico-filosófico a la oligarquía tecnológica de Silicon Valley. Es decir, a esos mismos ultrarricos megalómanos que brindan su apoyo a los partidos de extrema derecha en Europa, considerando que sólo ellos pueden salvar al viejo continente de la decadencia que conlleva la llegada masiva de inmigrantes.

               El politólogo francés Arnaud Miranda, estudioso de las evoluciones que se han dado en el seno de la derecha americana a lo largo de las últimas décadas, ha sistematizado los rasgos de esta última mutación, fraguada en los foros de Internet. (“La Ilustración oscura. Comprender el pensamiento neorreaccionario”. E. Taurus). El primero de ellos es sin duda “la convicción de que existen jerarquías naturales. (…) Las sociedades están estructuradas sobre la base de una serie de desigualdades infranqueables. Estas jerarquías entre individuos están determinadas por constantes sociales, raciales y sexuales.” En otras palabras: la etnia, la cultura de origen – y también el sexo: no por casualidad todos los teóricos de esta corriente son hombres blancos enrabietados con los avances feministas – establecen unas relaciones de dominación y sumisión que forman parte del orden natural de las cosas. Ni que decir tiene dónde quedan los principios de equidad en medio de semejante visión.

               En segundo lugar, señala Miranda, esta corriente se caracteriza por “un profundo pesimismo antropológico. Los neorreaacionarios están convencidos de que la violencia es un componente intrínseco a las sociedades humanas. (…) En este sentido, son ante todo ‘partidarios del orden’, y consideran las teorías de la justicia social como una forma de idealismo engañoso.” Lo cual conlleva “una absoluta aversión a la democracia. Una de las puntas de lanza de esta constelación ideológica es su intención de derrocar la democracia, que se señala como una fórmula política ineficaz a la hora de garantizar la seguridad y la prosperidad de la población.” En Estados Unidos abogan por la instauración de una “monarquía”, entendiendo por tal una gobernanza centralizada al estilo de una gran empresa, desembarazada de los engorrosos atributos de la intermediación institucional de las democracias liberales. En suma, un régimen dictatorial.

               Y en último lugar, esta gente exhibe un irrefrenable optimismo con respecto a la tecnología. “Muchos – de estos ideólogos – perciben la democracia y el progresismo como auténticos frenos al desarrollo del tecnocapitalismo, de manera que la transición neorreaccionaria es considerada como una vía de aceleración hacia un futuro transhumanista.” Por delirante que se antoje, esa es la cosmovisión que envuelve la política de la actual administración americana; es la perspectiva de un imperio que se siente amenazado en su hegemonía y que se revuelve contra todo y contra todos. Y ese es el proyecto al que quiere adosarse, como un actor secundario, buena parte de la extrema derecha europea. Sin gran elevación teórica – las más de las veces, remozando los prejuicios racistas más primarios -, pero con un certero instinto sobre cómo gobernar la corriente de repliegue nacional e identitario que palpita en las desconcertadas sociedades occidentales.

               El reto de establecer una política migratoria que ordene los flujos a través de vías seguras y de una cooperación al desarrollo con los países emisores – desafío indiscutiblemente europeo – condensa de algún modo la encrucijada histórica ante la que nos hallamos. Para el socialismo, como dice Salvador Enguix, se trata de “construir un discurso alternativo a la idea de sociedad cerrada y homogénea de nación y explicar que nuestro modelo de Estado de bienestar en buena parte dependerá del éxito de políticas migratorias distintas a las que sugieren conservadores y etnonacionalistas serán clave en el futuro de la socialdemocracia.” Ante los cambios demográficos a los que está abocada Europa, la democracia será plenamente “multirracial” – por emplear una terminología al uso entre los politólogos norteamericanos – o dejará de existir. Y con ella el contrato social que la sustenta. Los populistas pueden prometer un Estado social reservado a unos “nacionales” cuyo perímetro puede estrecharse a voluntad. Pero, ante la voracidad de las élites capitalistas y las crisis que provocan – la inflación desatada por la guerra en el Golfo está ya haciendo mella en la economía europea -, la viabilidad de las conquistas sociales no dependerá de la amplitud del campo de sus beneficiarios, sino de la contribución proporcional de las clases pudientes al esfuerzo solidario. Esfuerzo que una clase trabajadora fracturada por el racismo y el veneno de la “prioridad nacional” sería incapaz de imponer.

               He aquí lo que está en juego. Para el socialismo democrático, su propia razón de ser. Urge tomar conciencia de ello en medio de la confusión general y de los reproches sobre cuestiones secundarias a los que tan proclive es la izquierda. No hay tiempo que perder.

               Lluís Rabell

               19/09/2026

Deixa un comentari