
Si el pensamiento clásico griego inauguró la era antropológica al volver su mirada hacia el ser humano y su conducta, quizás no ha habido en la historia un momento antropológico tan intenso como el actual, donde un brusco cambio de época y un trance civilizatorio se entrelazan con una crisis ecológica de dimensiones planetarias… causada por la acción humana. Ante el ascenso de los movimientos populistas, de rasgos autoritarios, xenófobos y negacionistas del cambio climático, importa entender a través de qué resortes la extrema derecha logra congregar una masa social, desde muchos puntos de vista, heterogénea. Atreviéndose a caminar sobre “el terreno resbaladizo de la analogía”-, Siegmund Ginzberg, durante años cronista de L’Unità, histórica publicación vinculada al PC italiano, contribuye a ese esfuerzo intelectual con su libro “Síndrome 1933”, un sugerente repaso a algunas claves de la llegada de Hitler al poder. Un trabajo que resulta imposible leer sin sentirse embargado por un sentimiento de déjà vu al considerar lo que está ocurriendo ahora mismo en nuestras democracias.
“Los grandes vuelcos electorales – escribe Ginzberg – suelen deberse a varias causas, a un conjunto de factores dispares. Importa tanto a quién se escoge como contra quien se vota; los intereses concretos y materiales pesan tanto como los grandes ideales…”. Como se nos recuerda con frecuencia, no todos los votantes de AfD, de Le Pen o de Vox podrían calificarse de nazis o de fascistas. Desde luego: la mayoría de esos electores, de distintas edades y extracción social, son ajenos a un ideario definido. Un hecho que no debería tranquilizarnos, sino llevarnos a indagar sobre el discurso que aglutina a toda esa gente tras un liderazgo que, por el contrario, sí tiene un programa definido y está dispuesto a llevarlo a cabo. Hace unos días, Joan Coscubiela ponía de relieve el poder de amalgama que tenía el sentimiento de víctima, sobre todo cuando esa percepción se eleva a la categoría de identidad.
El rechazo a la inmigración se ha convertido en la bandera que comparte el conjunto de la extrema derecha europea y con la que espera dar un vuelco a la situación. No es algo nuevo. El antisemitismo, llevado hasta sus últimas consecuencias por el régimen nazi, era sobre todo el odio al inmigrante, al refugiado judío pobre que huía de las guerras y las persecuciones del Este. El horror del Holocausto ha hecho olvidar algunos datos significativos de la época. En los años veinte, Alemania era quizás el país menos antisemita de Europa: menos que la Francia del caso Dreyfus y de Maurras, menos que Polonia o la Rusia de los pogromos. El 80% de los judíos que vivían en Alemania estaban perfectamente integrados en la sociedad, ejercían profesiones prestigiosas, eran comerciantes o funcionarios… No pocos habían luchado en la Gran Guerra, lucían condecoraciones al valor, incluso adoptaban nombres de pila germánicos. Muchos de ellos miraban con desprecio a los miserables correligionarios recién llegados al país. Ninguno imaginaba el destino común que les deparaba el delirio de la purificación aria.
El filólogo Víctor Klemperer, que escapó por poco a la deportación, escribía acerca de lo que la crueldad desplegada contra los judíos reportaba a los nazis: “Una enorme ganancia, tan grande que me hace creer que el antisemitismo de los nazis no era una aplicación particular de su teoría racial general, sino que tomaron y desarrollaron la teoría racial general para proporcionar al antisemitismo un fundamento duradero y científico. El judío es la persona más importante en el Estado hitleriano: es el cabeza de turco, el chivo expiatorio por excelencia, el antagonista del pueblo, el común denominador más evidente, el paréntesis más adecuado para encerrar los diversos factores.” Así es. El odio hacia el inmigrante racializado coagula, por oposición, una identidad ancestral donde encuentran refugio los miedos, las frustraciones y resentimientos de diversos estamentos sociales, zarandeados por los cambios y convulsiones del sistema, desde las clases medias en declive hasta sectores precarizados de la propia clase trabajadora. Esa confrontación configura el perímetro de un “nosotros” agraviado y situado ante un trance existencial. No solo cuentan los factores materiales, el deterioro de los servicios públicos o el empobrecimiento. Los elementos culturales y los mitos juegan un papel importante. Del mismo modo que Pirandello concibió personajes en busca de autor, la posmodernidad ha multiplicado identidades en pos de reconocimiento. Una parte de la izquierda radical se ha perdido en ese laberinto. Desde la tradición ilustrada, hablaríamos de la búsqueda de justicia y dignidad, de “construir sociedad”. Desde el populismo, de venganza.
La extrema derecha señala al inmigrante como un “privilegiado”, que accede a prestaciones, atenciones sanitarias o viviendas protegidas antes que los “nacionales”. Lo que hace particularmente viscoso y expansivo ese sentimiento no es precisamente la realidad – que contradice a cada paso semejante percepción de las cosas -, sino antes bien lo que algunos autores han distinguido como una paradójica forma de envidia. En una democracia que ha dejado en suspenso su promesa de progreso y acusa una notable fatiga de materiales, el inmigrante es portador de esperanza; el autóctono, angustiado ante el horizonte de su decadencia, solo encuentra consuelo en el pasado. La nostalgia de la grandeza perdida – o incluso, como en el caso de los alemanes de la antigua RDA, el recuerdo idealizado de una vida gris y ordenada bajo un régimen policíaco – adquieren una tremenda fuerza movilizadora y se conjugan naturalmente con la afirmación de una etnia definitoria de la nación en peligro. Una combinación explosiva.
Tanto más cuanto que esos sentimientos permiten movilizar al “pueblo” contra los débiles, al tiempo que sostienen la denuncia de la felonía de las “élites”. El discurso de la extrema derecha agrupa, nos dice Ginzberg, a “gente desengañada y resentida que cree haber identificado al responsable de sus frustraciones en el judío, en el que ‘gana dinero a su costa’, así como en los privilegiados y los intelectuales que los tratan con suficiencia, en los políticos ‘traidores del pueblo’, por los que se sienten abandonados.”
Pero hay otro rasgo distintivo del momento actual. La izquierda se debate entre la dificultad de detener el avance de esa corriente oscura… y una autosuficiencia intelectual que esconde una forma de rendición ante ella. Empiezan a oírse voces progresistas que dicen: “¡Pues que gobiernen!”. No es la primera vez que la izquierda cree que, confrontada a las tareas de gestión, la extrema derecha está condenada a un pronto fracaso, que sus recetas económicas darán pronto al traste con sus promesas populistas y perderá el apoyo de la gente. Bueno, ese pronóstico es acertado… a cierto plazo. Pero en el mientras tanto cabe toda una catástrofe. El Tercer Reich debía durar mil años. Apenas fueron doce. Pero, ¡qué años!
El error consiste en ignorar que, en determinadas circunstancias, el poder puede comprar y corromper al pueblo, arrastrando la nación a una debacle moral. La República de Weimar contaba con la mejor red europea de servicios sociales y sanitarios, así como con notables políticas de acceso a la vivienda. Las sucesivas crisis que golpearon a la economía alemana, en particular la que sucedió al crac bursátil de 1929, tornaron esos recursos insuficientes ante una marea de gente necesitada. “Las administraciones locales de izquierdas hicieron todo lo posible, realizaron esfuerzos sobrehumanos para ayudar a los más débiles en un momento en que había una trágica escasez de fondos.” Los nazis se aprovecharon de ello. Llegados al poder, desmantelaron todos los dispositivos asistenciales y los reemplazaron por un organismo central, la “Dirección para el Bienestar del Pueblo”, que exhibieron como “la mayor entidad social del mundo”. “Idearon incluso la renta básica, un ingreso mínimo para todos. A decir verdad, para todos no: solo para ciudadanos de raza aria pura y acreditada.” La expulsión de los judíos de la función pública y de muchos otros empleos liberó otros tantos puestos de trabajo. El saqueo de sus bienes y propiedades procuró unos oportunos ingresos financieros. El nuevo sistema gestionaba el trabajo disponible “premiando a los elegidos y condenando a los excluidos (extranjeros, judíos, opositores y asociales). Aunaba lo útil y lo placentero, la movilización y la propaganda.” El “Frente Obrero Alemán”, que había absorbido e integrado al Estado los antiguos sindicatos, gestionaba grandes programas, organizaba ocio, vacaciones…
Ya antes de la llegada de Hitler al poder la economía alemana había empezado a recuperarse de la recesión, y siguió haciéndolo – al igual que la de Estados Unidos – a un ritmo acelerado en los años siguientes. Pero el führer entendía que, en el fondo, la economía se dirigía mediante la fuerza. Merced a un artificioso programa de endeudamiento, el régimen financió una gigantesca inversión en rearme – en 1937, el gasto militar representaba el 42% del PIB -, hasta que estuvo en condiciones de resolver la asfixia del capitalismo alemán mediante una guerra de conquista y pillaje que devastó Europa y precipitó al mundo entero a la contienda. Las pensiones jugaron un papel notable en ese proceso. En 1933, el sistema daba cobertura nada menos que a cuatro quintas partes de la población. “Entre finales de 1932 y la caída del Tercer Reich – recuerda Ginzberg -, las reservas para las pensiones de los obreros se multiplicaron por seis; las de los oficinistas por cinco, y las de los mineros, por once y medio. Los obligaron a invertirlas en bonos del Reich, en deuda pública, lo que sirvió para financiar las autopistas y la red ferroviaria, pero sobre todo el rearme del país. Posteriormente se utilizaron para sufragar el esfuerzo bélico. Cuando concluyó a guerra y el valor de la deuda del Reich se desplomó a cero, los fondos de pensiones habían perdido el 95% de las reservas y los pensionistas se quedaron a dos velas.”
Al final, efectivamente, el desastre total. Pero, entre tanto, como señala el politólogo e historiador Götz Aly en su libro “La utopía nazi: cómo Hitler compró a los alemanes”, “quien no desee hablar de los beneficios que obtuvieron millones de alemanes de a pie hará mejor en guardar silencio sobre el nacionalsocialismo y el Holocausto.” Podríamos decir otro tanto de la atmósfera de delación que el régimen colaboracionista de Vichy alentó entre la población de la Francia ocupada. No se trata de establecer ningún paralelismo entre aquellos episodios y el presente. No hace falta insistir en las diferencias que nos separan de aquellos tiempos. Pero sí es necesario recordar el pasado para entender que el populismo es perfectamente capaz de cumplir las promesas hechas a “los suyos”. Por lo menos, durante una cierta etapa. Y que suele hacerlo de un modo brutal, rompiendo con las normas de gobierno de la economía que rigen en tiempos de paz, fracturando la sociedad y envileciéndola.
Los líderes populistas se sienten en cierto modo obligados a ello. Es una ilusión pensar que el poder los imbuirá de pragmatismo y moderación, que renunciarán a su programa máximo. Pueden contemporizar a la espera del momento oportuno. Cuando se acerca al poder, el lobo se viste con piel de cordero para desarmar suspicacias y adormecer a los incautos. Es lo que hace Marine Le Pen ante la proximidad de las elecciones presidenciales, poniendo sordina a su antieuropeísmo. Pero la radicalidad sigue latiendo, intacta, en el fondo de su proyecto, porque éste brota, como la lava del volcán, del brusco desplazamiento de las placas tectónicas sobre las que se asienta el capitalismo en su fase actual. La proclamación generalizada de la “preferencia nacional” por parte de todas las formaciones de extrema derecha es una ventana de Overton destinada a ensancharse hasta desembocar en la revocación de la democracia. Es hora de que la izquierda tome nota de todo ello. Hay momentos en que la historia puede bascular. Los bárbaros han penetrado en la ciudad.
Lluís Rabell
15/09/2026