
Nuestro presente – nadie lo pone en duda – se formó en la matriz de los desarrollos y acontecimientos pretéritos. Menos evidente resulta, sin embargo, discernir hasta qué punto el ayer reverbera en los rasgos que definen el mundo actual. Dicho de otro modo, ¿podemos aprender del pasado? La cuestión no es jugar al acertijo sobre lo que nos depara el futuro. Las profecías, acertadas o no, nunca han alterado el curso de la historia. Y los profetas nunca lo fueron en su propia tierra. No. Lo que importa al mirar hacia atrás, al recurrir a las analogías, es tratar de identificar las tendencias que agitan nuestras sociedades y entender a dónde podrían llevarnos. Comprender para actuar, para incidir a tiempo y de modo apropiado en la vorágine de los sucesos. A no ser que caigamos en el fatalismo o nos resignemos a ser sujetos pasivos de la historia, simples marionetas movidas por las pasiones de los dioses.
Edgar Morin, comprometido con los combates emancipadores de su tiempo, creía posible y necesario aprender de la historia. “La historia posee en sí misma, en forma humana, las grandes fuerzas cósmicas de la unión y la desunión, de la concordia y la discordia. Sus lecciones son cruciales – reflexionaba al final de su dilatada existencia. (…) La historia consiste en evoluciones, involuciones, revoluciones. Nos muestra las increíbles gestas de Alejandro, así como el colapso de grandes imperios que parecían eternos y, sin embargo, desaparecieron para siempre. El papel de la imaginación, del mito y de la religión es enorme y permanente. De naturaleza incierta, la historia solo nos aporta certezas de manera retrospectiva, una vez los hechos se han consumado. Es a la vez orden y desorden, determinismo y aleatoriedad. Es creativa y destructiva. Revela la genialidad y la estupidez. Nos revela todas las facetas de la naturaleza humana. Desde la más sublime a la más bárbara.”
Hasta dieciséis grandes enseñanzas llegaba a discernir el pensador en su breve opúsculo “Lecciones de la historia”, auténtico destilado de la sabiduría atesorada por este excepcional testigo y actor del siglo XX. Una lectura altamente recomendable para ayudarnos a situar en perspectiva la crisis del orden mundial, el asalto populista a las democracias y la encrucijada civilizatoria en la que se encuentra la humanidad. Rescatemos en esta reseña un par de esas lecciones que arrojan una luz particularmente cruda sobre la naturaleza de los cambios que nuestras sociedades viven con mayor intensidad.
La primera se refiere a la idea de progreso, generalmente asociada a las innovaciones técnicas. Desde su prehistoria, la humanidad no ha dejado de avanzar en ese sentido, acumulando capacidades productivas y conocimientos. Sin embargo, “la paradoja no solo consiste en que ese progreso material no vaya acompañado de ningún progreso moral, sino que además los innumerables saberes se mantienen separados, compartimentados, sin conducir a un pensamiento capaz de afrontar los problemas humanos fundamentales. (…) El progreso científico y técnico hizo posible Auschwitz, Hiroshima y Gaza. Hoy, los pensamientos unilaterales, sectarios y fanáticos vuelven a ser hegemónicos.” En su día, el Angelus Novus de Walter Benjamin, contemplando horrorizado las matanzas y calamidades que han jalonado la historia, pero incapaz de resistir a la fuerza huracanada del progreso que sigue empujándolo hacia adelante, ya nos advirtió al respecto. Durante mucho tiempo, el capitalismo se ha presentado a sí mismo como fuente de un progreso unilateralmente benéfico para la humanidad y nos ha invitado a creer ciegamente en soluciones tecnológicas a sus problemas. Innumerables crisis, guerras y hambrunas han puesto de relieve esa trágica discordancia entre tecnología y progreso civilizatorio a la que se refiere Morin. Y es que el desarrollo de las fuerzas productivas de una sociedad, así como su impacto, están inextricablemente entrelazados con la evolución de las relaciones de clase en su seno.
“Mientras el planeta se entrega a procesos regresivos que parecen implacables, (…) una élite tecnocrática californiana ha resucitado y globalizado una creencia en el progreso basada en los éxitos de la ciencia. Esta ideología promete la inmortalidad y una sociedad perfecta regulada por la inteligencia artificial. (…) Pero, hoy por hoy, parece ser que solo una minoría privilegiada podría beneficiarse del transhumanismo (…), mientras que el resto de la humanidad se vería reducida a vegetar o incluso sería eliminada.” La más reciente mutación del capitalismo proyecta ante nuestros ojos un futuro distópico, digno de una película de ciencia-ficción. Y, además, lo hace como si se tratase de un desenlace inexorable. Mucho se habla estas últimas semanas sobre los complejos algoritmos de la IA que, saltándose todos los cortafuegos, invaden por su cuenta sistemas operativos críticos, arrebatando el control a sus gestores humanos. Desde luego, como ocurre con otras tecnologías, los accidentes son posibles. Sobre todo cuando tantas decisiones cruciales están en manos de esos aprendices de brujo megalómanos, capaces de desatar fuerzas que les sobrepasan. Por eso mismo, la auténtica amenaza de Skynet, la pesadilla apocalíptica de las máquinas exterminadoras que evoca Terminator, reside en la concentración de riqueza y poder de las grandes corporaciones tecnológicas, en la lógica depredadora y autoritaria que imprimen al gobierno y fomentan por doquier, en la ausencia de control democrático sobre el desarrollo de la IA y sus aplicaciones.
“El verdadero progreso que necesitaría la humanidad, dice Morin, sería el de la compasión humana, la benevolencia, solidaridad, la amistad… “. Pero eso no depende de un algoritmo, sino de la radical transformación de las relaciones sociales y de propiedad. Nunca como ahora se habían reunido tantas condiciones objetivas, conocimientos y capacidades productivas, para que ese salto cualitativo en la civilización fuese materialmente posible. A su vez, raramente la humanidad tuvo un sentimiento tan agudo de estar bordeando el precipicio. Es en ese linde donde se inscribe, con toda su enorme complejidad, la lucha consciente por el socialismo.
Al hilo de ese dilema, podemos destacar otra de las grandes lecciones que nos propone Edgard Morin: “Las guerras son un concentrado de imprevistos y de determinismos.” El agotamiento de la globalización neoliberal nos ha dejado un mundo sacudido por conflictos bélicos regionales que no son sino las guerras por procuración de los imperios, en encarnizada disputa por las materias primas y los mercados. Schlomo Ben Ami, ínclito como pocos a las analogías, subraya las similitudes existentes entre la competición por el control de las rutas marítimas que enfrenta a Estados Unidos y China con la amenaza que percibió Inglaterra en el desarrollo de la fuerza naval alemana; un hecho determinante, según este observador, en el estallido de la Primera Guerra Mundial. (“La Vanguardia”, 13/09/2026). Desde luego, las tensiones que se acumulan en los cuellos de botella de la navegación comercial – Ormuz, Bab el-Mandeb, Malaca -, así como las pretensiones de Trump sobre Panamá o Groenlandia, confieren verosimilitud a ese paralelismo. La crisis de Ceuta, aún siendo multicausal, no puede descontextualizarse de la creciente importancia geoestratégica del control sobre el estrecho de Gibraltar.
Quizás Europa esté más cerca de volver a vivir los estragos de una guerra de lo que queremos creer. Reunidas las condiciones para que se produzcan – los “determinismos” a los que se refiere Morin -, los acontecimientos pueden precipitarse… sin que sus propios protagonistas sean conscientes del alcance de los mismos, ni puedan reconducirlos. “En 1914, las potencias europeas estaban en pie de guerra. Alemania tenía intenciones de conquista al norte, Francia ansias de venganza por Alsacia-Lorena. Pero nadie se imaginaba una guerra larga y generalizada.” Éric Vuillard relata en su “Batalla de Occidente” cómo los más brillantes estrategas del Estado Mayor alemán pergeñaron durante años un minucioso plan que debía doblegar al ejército francés en poco más de dos semanas. Muy probablemente, Putin llamó a su invasión de Ucrania “operación militar especial” con cierta sinceridad: esperaba hacerse con el control de Kiev en una especie de blitzkrieg a la rusa. Cuestión de días. Sin embargo – esa podría ser una ley de la guerra -, raramente un plan de batalla resiste al primer contacto con el enemigo.
El temor a la guerra no es un sentimiento infundado de los Estados vecinos de Rusia. Putin encarna una forma de poder que necesita la guerra y la conquista para legitimarse ante su propio pueblo. El cronista italiano Siegmund Ginzberg dice que “una maldición empuja a los populistas a cumplir sus promesas, aún las más atroces.” Putin no libra en Ucrania una guerra cuya conclusión conciba sujeta a negociación. El amo del Kremlin quiere dejar su huella en la historia; por encima de todo, desea ser recordado como el líder nacional que devolvió su grandeza imperial a Rusia. Una grandeza que se proyecta como la antítesis de esa Europa democrática y liberal – decadente, a ojos del autócrata – que sostiene a Ucrania. Su tenaz resistencia ha empantanado al ejército ruso en las planicies del Donbás, infringiéndole unas pérdidas enormes e impactando en la economía de Rusia y la vida cotidiana de sus ciudadanos. En tales circunstancias, con su popularidad a la baja, no es nada descabellado imaginar que Putin pueda abrir otro frente y trate de ganar la guerra “por detrás”.
Hay un precedente que varios expertos han traído últimamente a colación. En marzo de 1936, Hitler envió al ejército alemán a ocupar la desmilitarizada región de Renania – que había sido ocupada por los vencedores de la Gran Guerra hasta 1930. No se trataba de un conato bélico, sino de un test. Las tropas alemanas tenían orden expresa de rehuir el combate y replegarse inmediatamente, si los aliados intervenían. No lo hicieron, a pesar de los tratados existentes, en virtud de la política de apaciguamiento de las democracias hacia el Tercer Reich. Con ello, Hitler supo que tenía vía libre hacia el rearme, la expansión del “espacio vital” de Alemania y los preparativos de guerra. De modo parecido, cabría imaginar, por ejemplo, la incursión de una reducida expedición para ocupar una pequeña localidad fronteriza – y rusófona por más señas – de una República báltica. Las condenas diplomáticas, por supuesto, no se harían esperar. Pero, ¿se activaría la cláusula de defensa mutua del tratado fundacional de la OTAN? Los países nórdicos sin duda así lo querrían. Pero, ¿y Estados Unidos? ¿Y el resto de Europa? Dependería del momento escogido. Con sus arsenales bajo mínimos e incapaz de resolver el conflicto del Golfo, ¿querría el Pentágono arriesgarse a la confrontación directa con una potencia nuclear? ¿La tercera guerra mundial por un insignificante villorrio que nadie acertaría a situar en el mapa? En cuanto a la Unión Europea, ¿qué pasaría si Francia hubiese librado la presidencia de su República a Marine Le Pen y AfD instalado sólidamente en la opinión pública alemana un sentimiento favorable a una nueva entente con Rusia? Si esa “operación Renania” tuviese éxito, la suerte de Ucrania estaría echada. Y, desde luego, los apetitos expansionistas del Kremlin no se detendrían ahí.
Para la izquierda no se trata de dejarse atenazar por el miedo, ni perderse en suputaciones. Muchos escenarios son imaginables. Y, como repite con insistencia Morin, en un sentido o en otro, lo improbable puede tornarse bruscamente probable… e incluso cierto. “La batalla de Stalingrado – recuerda – era estratégicamente improbable: la ofensiva alemana tenía como objetivo el Cáucaso y su petróleo; Stalingrado no estaba en su camino, sino al margen.” Pero Hitler quiso infligir “un golpe fatal a la imagen de Stalin”. Así, un choque cuyo objetivo “no era territorial, sino simbólico, ideológico y político”, acabó convirtiéndose en la batalla que marcó una inflexión decisiva en el curso de la guerra.
No podemos predecir el desarrollo de los acontecimientos. Pero sí podemos incidir, mediante la acción política, en algunos de los factores que están fraguando el futuro. De ello depende evitar escenarios cuya eventualidad ha dejado de ser impensable. Podemos aprender de la historia.
Lluís Rabell
13/09/2026
