Embrutecidos

               La pandemia no nos hizo mejores. Ni más sabios, ni más solidarios. ¿Qué ha quedado de aquel terrible episodio? Sin duda un traumático recuerdo, palpitando bajo el sentimiento de fragilidad y la exigencia de recuperar una seguridad perdida. Por sí mismas, las catástrofes no generan conciencia acerca de sus causas más profundas. Como lo demuestra el trabajo de la antropóloga Elise Boutié – al que se refiere la crónica de “Le Monde” adosada a estas líneas -, los sesgos de clase y el temor a perder un determinado estatus social acaban configurando los relatos que, a posteriori, sedimentan la memoria de los dramáticos acontecimientos vividos. En España, han ardido este verano miles de hectáreas en distintas comunidades autónomas. No debería sorprendernos, sin embargo, que el recuerdo de los desastres, tamizado por ese apego a la condición social, lejos de redundar en una debacle electoral de los partidos negacionistas del cambio climático – y también responsables del abandono de los bosques y del deterioro de los servicios públicos de extinción de incendios -, no solo no les pase factura… sino que incluso acabe premiándolos, por poco que sepan desviar la amargura de la gente contra el gobierno de Pedro Sánchez, tildándolo de “incapaz de proteger a los españoles”.

Las condiciones materiales de existencia prefiguran la conciencia. No con un determinismo absoluto; pero sí, desde luego, con un poderoso influjo a nivel emocional. Si la intermediación de las instituciones democráticas queda desacreditada por el deterioro del Estado del Bienestar – y si los partidos políticos, liberales y socialistas, asociados a ese modelo se debilitan -, la angustia de las clases afectadas se manifiesta de modo abrupto y primario. Los ideólogos de la extrema derecha lo saben muy bien. Desde la sacudida de la crisis financiera de 2008 y la subsiguiente recesión mundial, las clases medias han entrado en ebullición ante la perspectiva de su declive. Como resultado de la desindustrialización de las naciones occidentales y de las disrupciones tecnológicas, la propia clase obrera tradicional ha sufrido en gran medida desagregación y desclasamiento. Del proletariado al precariado, dirían algunos. Cuando se diluyen los vínculos materiales y organizativos – conquistas sociales, sindicatos, partidos -, la vivencia de la condición social se torna desesperanzada e irascible.

Según algunas encuestas, en las recientes elecciones regionales de Sajonia-Anhalt, un 60% de los trabajadores menos cualificados habría dado su voto a la extrema derecha. La pequeña burguesía, los funcionarios, los empleados cuyos puestos están amenazados… temen caer en la pobreza. Los trabajadores – como es hoy el caso de los de la antigua República Democrática – anhelan recuperar una dignidad que sienten haber perdido. Los primeros pueden ver en el migrante la imagen de un destino que les horroriza. Los segundos, unos competidores a la hora de acceder a servicios públicos y prestaciones sociales. Ninguno de ellos se cruza en su barrio o en un centro de asistencia primaria con los multimillonarios, con esas élites que eluden impuestos, acumulan riqueza y poder… y financian a las formaciones neofascistas. Unas formaciones que saben coagular esos miedos y esa ira contra un enemigo próximo, vulnerable… y físicamente reconocible.

No poca gente de izquierdas se echa las manos a la cabeza al ver a las clases medias y a trabajadores pobres votar contra sus propios intereses. Ese voto puede antojarse irracional, pero tiene su razón de ser. Es la reacción instintiva de una masa atomizada, de individuos zaheridos en su existencia cotidiana y sus perspectivas de futuro. En ausencia de un proyecto capaz de abanderar y formatear el descontento en un sentido progresista, el miedo puede alimentar la faceta más oscura de la condición humana. “La principal lección de la historia – escribía Edgar Morin – es que pone de relieve las diversas facetas de la humanidad, sus distintos comportamientos, pero también la estrecha combinación antropológica de razón y locura, de tecnología y de mito.”

La extrema derecha promete volver a un orden tranquilizador, a un pasado añorado e idealizado. Un remanso nacional concebido como un perímetro rígidamente acotado en función criterios de origen étnico… que esconden, en realidad, la tiranía de una reducida oligarquía. Lo estamos viendo estos días en la crisis de Ceuta. (Dejemos para más adelante el análisis de sus múltiples capas: estamos ante una operación de desestabilización del gobierno, mientras España se llena de opinadores que aciertan la quiniela el lunes y nos explican lo que el ejecutivo hubiese tenido que decir y hacer). El miedo es contagioso. Mucho. Y puede dar paso a la violencia, quebrando de modo irremisible la convivencia democrática. Es la mecha que trató de prender la extrema derecha en Torre Pacheco; es lo que está intentando hacer en Ceuta, con la complicidad de un PP que juega al bloqueo y al enquistamiento del conflicto. Con toda razón, la diputada Aina Vidal hablaba la semana pasada en el Congreso de “traficantes de odio”. Cuando se llega a cerrar el paso a un vehículo de la Cruz Roja, cuando se habla impunemente de “cazar inmigrantes uno a uno”, cuando un medio de comunicación se atreve a titular que “un invasor ha muerto de diabetes”, es que la situación se está acercando peligrosamente a un punto de ignición.

Pero la deshumanización del “otro”, de acabar calando en la sociedad, significaría su embrutecimiento y sería el preludio de una tremenda involución en todos los órdenes. De lo que tiene que tomar plena conciencia la izquierda es que la forja de la conciencia social y democrática, de la conciencia de clase que se eleva por encima de las ciegas pulsiones primarias, es su tarea, su responsabilidad histórica y su razón de ser. El capitalismo decadente nos conduce a un desastre planetario. No serán situaciones críticas y conmociones lo que faltará en la vida de las naciones. Pero ninguna alternativa válida surgirá espontáneamente. Sólo la lucha política y la organización pueden encauzar las energías que liberarán las crisis en ciernes, despejando el horizonte para la humanidad.

Lluís Rabell

8/09/2026

Las amenazas del futuro refuerzan el miedo a verse desclasado

               Más de 115.000 hectáreas han ardido en 2026. Este año habrá sido el peor de la historia reciente de los incendios en Francia. Muchos esperan que este shock produzca lo que cerca de cuarenta años de informes acerca de la evolución del clima, emitidos por el Grupo intergubernamental de expertos, no han logrado: una toma de conciencia colectiva, un cambio de comportamiento y la incorporación de las cuestiones medioambientales en la agenda de las elecciones presidenciales. La tesis de antropología política que Elise Boutié defendió, en 2024, en la Escuela de altos estudios en ciencias sociales, “La casa arde”, invita a dudar de ello.

               ¿Qué ocurre después del incendio? Para contestar a esa pregunta, Elise Boutié compartió durante siete meses, entre 2019 y 2021, la vida de los habitantes del condado de Butte, en California. Ese condado sufrió, en noviembre de 2018, el “Camp Fire”, el incendio más mortífero de la historia de ese Estado: el fuego destruyó seis municipios, causó 85 muertes, obligó a evacuar a más de 50.000 personas, y 62.000 hectáreas y 19.000 edificios quedaron reducidos a cenizas. La antropóloga siguió el proceso de reconstrucción, los consejos de barrio y las conmemoraciones, las asambleas de propietarios y las reuniones de los agentes de los servicios forestales.

               De todo ese trabajo de campo, Boutié extrajo una conclusión contraintuitiva: dos años después, esos habitantes de clase media vivían de nuevo “una normalidad donde nada había cambiado”. Lejos de forjar un sentimiento de colectividad, demuestra que la catástrofe puede llevar a cada cual a consolidar su posición social y material. Quienes tenían una buena póliza de seguros reconstruyeron sus casas, pero agrandándolas, siguiendo pautas de exhibición de su estatus social antes que priorizar los criterios de seguridad: amplios ventanales con vistas a las arboledas, un piso suplementario que domina las parcelas vecinas, la superficie habitable como medida del éxito alcanzado. Dicho de otro modo, las amenazas que tiñen el futuro refuerzan el miedo a verse desclasado e impulsan las estrategias individuales de ascenso social.

Mecánica de la negación

               La antropóloga desmonta la mecánica de la negación: desde la celebración del primer aniversario, las conmemoraciones se organizan de tal manera que niegan el carácter sistémico de la catástrofe. Si la sequía es atribuida al calentamiento global, el incendio se explica por la ruptura de una línea de alta tensión y la responsabilidad del electricista encargado de supervisarla, por la negligencia de algunos vecinos, por un concurso de imponderables o por la voluntad de Dios.

               Las secuelas físicas y psicológicas del incendio hacen el resto: los trastornos de la memoria y del sueño son tan frecuentes que surge incluso una expresión local para designarlos, el fire brain (“el cerebro del fuego”). El condado de Butte vota mayoritariamente al partido republicano, pero esa tendencia es transversal. Tiene que ver con un apego de clase que encarna la casa unifamiliar y a una determinada relación con la naturaleza: un bosque que se contempla desde el salón y del que uno se mantiene a distancia.

               Por supuesto, el contexto francés es distinto: una religión menos omnipresente, una violencia de clase menos frontal, una clase política menos dada al escepticismo climático… El proceso, sin embargo, es idéntico. No se puede contar con la emoción de las víctimas del siniestro, pues la catástrofe es absorbida por las mismas estructuras que moldearon la vulnerabilidad. Apenas algunas semanas después de las llamas, los protagonistas de los incendios en el departamento de la Gironda andan ya enzarzados en una guerra de relatos: ¿qué responsabilidades incumben a las desigualdades territoriales, a los servicios públicos, a la gestión de los bosques?

               Esta investigación nos invita a interrogarnos acerca de los vínculos existentes entre los cambios ecológicos, culturales, políticos y económicos, y nos conmina a prestar atención a las dimensiones que son rápidamente borradas del mapa por los relatos que empiezan en seguida a formarse. Si la negación no es sólo cuestión de política o de información, sino de vínculos económicos, entonces la lucha contra el calentamiento global no depende tanto de una “toma de conciencia” como de la transformación de las propias estructuras económicas: crédito inmobiliario, seguros, economía forestal, desigualdades.

               Béatrice Cherrier  (Historiadora, directora de investigación en el CREST-CNRS)

               (“Le Monde”, 3/09/2026)

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