
Tiene mucha razón Raimon Obiols al señalar en su último apunte, refiriéndose a los paralelismos que tendemos a establecer entre la situación actual y los años de entreguerras, que el pasado no es necesariamente una guía fiable para el presente. Como la tiene al poner en guardia en cuanto a cierta propensión a la vociferación alarmista frente a las amenazas reaccionarias. La famosa portada de la revista Der Spiegel presentando a Ulrich Siegmund, el candidato de AfD a las elecciones que hoy se celebran en el Lander de Sajonia-Anhalt, como “el hombre más peligroso de Alemania”, no sólo lo elevó al rango de referente nacional, sino que se convirtió en todo un leitmotiv de la campaña ultraderechista. En su día, recuerda Obiols, también se dijo lo mismo de Giorgia Meloni.
Desde luego, no encontraremos en experiencias pretéritas recetas que nos permitan resolver los problemas de hoy. Cada generación debe asumir los desafíos inéditos de su época. Eso no quita que la historia está repleta de enseñanzas, y algunas analogías pueden ser esclarecedoras. (A condición de no abusar de ellas, como si se tratase de situaciones idénticas). Es el caso de lo que está ocurriendo en Alemania… y no sólo allí. Lo que debemos aprehender es la deriva del actual momento histórico hacia la radicalidad. Por no dejar de referirnos a la historia alemana, la izquierda – haciendo un cierto paralelismo con sus anteriores vivencias – no captó de entrada la profundidad de la acometida que se iniciaba con la llegada de Hitler al poder en 1933. Los socialdemócratas, a pesar de haber bregado en las instituciones y en la calle contra el ascenso nazi, esperaban algo similar a la aciaga década de las leyes antisocialistas de Bismarck, y no tanto una destrucción del movimiento obrero hasta sus raíces.
Por supuesto, no estamos en esa tesitura en ningún país de Europa. Ni siquiera a las puertas. Pero deberíamos tomarnos muy en serio el sesgo cada vez más agresivo que adquiere el discurso de la extrema derecha, su amplificación ante la delicuescencia de los partidos conservadores tradicionales y la perplejidad de la izquierda, así como la acogida de esa narrativa radicalizada en unas sociedades zaheridas por las desigualdades y atemorizadas por la incertidumbre del mañana. Desde ese punto de vista, podría decirse que el gobierno de Meloni fue un tanto prematuro. Se anticipó al clímax que se ha ido generando a lo largo de estos últimos años, y que ha recibido un impulso decisivo con el retorno de Trump a la Casa Blanca. Eso sí, el gobierno italiano, que optó por inocular – con éxito – sus propuestas antiinmigración a la UE antes que desafiar su política exterior, ha desempeñado una función anestésica en la opinión pública: “No es tan fiero el león – ultra – como lo pintan”.
Pero la situación va haciéndose cada vez más tensa. Meloni se siente ya amenazada por su derecha. Pero, sobre todo, lo que pueda ocurrir en Francia, en Alemania – ¡y también en España – nos lleva a otro nivel. Una victoria de Le Pen en las elecciones presidenciales de 2027 tendría un tremendo efecto desestabilizador en toda Europa. Como grande sería el impacto del acceso de AfD a estructuras federales de gobierno. El discurso de la extrema derecha cabalga sobre la profunda desazón social que recorre Francia y la crisis del modelo industrial alemán, tocado por la competencia china. Y ese discurso hace justamente bandera, a uno y otro lado del Rin, en la preferencia nacional. Es decir, una respuesta de repliegue nacionalista y de crispación étnica, un auténtico torpedo contra la línea de flotación de los ordenamientos constitucionales. En nuestro país, la amenaza de PP y Vox de llevar a Pedro Sánchez ante el Tribunal Supremo bajo la acusación de alta traición no es una mera fanfarronada retórica: es una declaración de auténticas intenciones. La dinámica involucionista, tanto en el plano político como en lo social, de la que es portador el bloque de las derechas exige mucho más que una alternancia electoral. Requiere infringir una derrota decisiva a la izquierda: desarbolar a la socialdemocracia como fuerza mayoritaria, susceptible de recomponer una alternativa progresista y de articular la plurinacionalidad del país. Radicalidad. Ese es el signo de los tiempos que se avecinan – por no decir que llaman ya a la puerta de las naciones.
Ante esa evolución, la izquierda debe dejar de hacerse preguntas ociosas y encarar con seriedad los retos planteados. Como diría Edgar Morin, no se trata de ser optimistas, ni pesimistas, sino lúcidos y determinados. Y a la pregunta de saber si lograremos o no cerrar el paso a la extrema derecha, sólo cabe responder con otra pregunta: ¿qué debemos hacer para lograrlo? La respuesta está en esa misma radicalidad. Estamos ante la combinación de una turbulenta disputa geoestratégica, una crisis ecológica planetaria y una mutación senil del capitalismo. Es todo un cambio de época que zarandea a las democracias. No es razonable esperar el retorno a situaciones anteriores, de pacífica alternancia entre el centro izquierda y el centro derecha. Las bases de ese equilibrio han quedado definitivamente dañadas por el declive de las clases medias. No es esperable tampoco un período de crecimiento y de prosperidad amablemente compartida. Las élites dirigentes se orientan decididamente en un sentido totalmente opuesto.
En una palabra: la izquierda debe a su vez radicalizarse. Lo cual no tiene nada que ver con vociferar, ni sobreactuar, sino con ir a la raíz de los problemas. Y esos problemas son sistémicos. No podemos combatir las desigualdades que fracturan a nuestras sociedades sin ir a buscar los recursos que requieren los servicios públicos allí donde están: en los grandes patrimonios que concentran riqueza y poder, al tiempo que eluden cualquier solidaridad. No podemos abordar la transición ecológica, la reindustrialización o la defensa europeas sin un salto decidido en la integración a todos los niveles, sin un presupuesto comunitario ambicioso, sin practicar economías de escala que permitan conjugar inversiones masivas y fortalecimiento del Estado del Bienestar. Y nada de eso es posible sin librar la batalla de la radicalidad democrática frente al repliegue étnico-nacional.
Un giro de este calado hay que trabajarlo, hay que elaborarlo de manera participada y hay que desplegarlo coordinadamente. Ese era el sentido de la idea, que formulaba en mi anterior post, de celebrar una Conferencia Socialista y Progresista europea. Como acaba diciendo Raimon Obiols, no es momento de distraerse. Ante las alertas que se multiplican, cabeza fría y manos a la obra. Lo que no cabe ahora es el diletantismo.
Lluís Rabell
6/09/2026
(En la imagen, recuperada por Raimon Obiols en “L’Hora”, aparece Mussolini, ataviado como un respetable político burgués, antes de adoptar su característica parafernalia fascista… y desplegar plenamente su programa).