
Empieza a resultar tedioso el debate acerca de si la historia se repite, si rima o si tartamudea. Lo cierto es que hay similitudes turbadoras entre determinadas situaciones del momento presente y algunos episodios de entreguerras. Alemania nos brinda estos días un caso paradigmático. El próximo domingo, 6 de septiembre, se celebrarán elecciones en el Estado federado de Sajonia-Anhalt, un Lander poco poblado del Este del país – poco más de dos millones doscientos mil habitantes –, que tienen en vilo, sin embargo, a toda Alemania. Y con razón. La extrema derecha – Alternativa por Alemania (AfD) – acaricia por primera vez la posibilidad de acceder al poder. Las encuestas otorgan a esta formación más del 40% de intenciones de voto – frente al 22% de la democracia cristiana -, mientras que partidos resueltamente hostiles a cualquier entendimiento con la ultraderecha, como los verdes y los socialdemócratas, caracolean muy poco por encima del 5% necesario para acceder a la cámara regional. Hay temblor de piernas entre los cargos locales de la derecha conservadora tradicional: el “cordón sanitario” en torno a AfD podría romperse bajo la presión de un electorado atraído por el discurso antiinmigración. Un discurso que ha llegado a normalizarse incluso desde segmentos procedentes de la izquierda radical: la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), escisión de sesgo nacionalista de Die Linke, considera que su único objetivo es desalojar a la CDU del gobierno, no cerrar el paso a la extrema derecha – con quien comparten, entre otras cosas, una clara inclinación prorrusa. Ante semejante panorama, es comprensible el optimismo que exhiben los dirigentes de AfD, que podría alcanzar una mayoría absoluta de escaños.
Hélène Miard-Delacroix, profesora de historia alemana en la Sorbona, advierte sobre la trascendencia de que Ulrich Siegmund, el candidato ultra convertido en estrella mediática nacional, llegase a dirigir Sajonia-Anhalt: “Significaría una ruptura en la historia del país, donde la extrema derecha no ha gobernado desde 1945. Un Lander gobernado por la AfD se convertiría en un laboratorio para los proyectos del partido más radical de las derechas europeas.” (“Le Monde”, 3/09/2026) Un laboratorio con importantes recursos y con capacidad de proyección de sus experimentos hasta el propio corazón del sistema federal alemán. Los Estados regionales disponen de amplias competencias, en materias tan sensibles como el orden público o la educación. Pero, además, los gobiernos de los Lander tienen, lógicamente, voz y voto en el Bundesrat, la cámara de representación territorial de los 16 Estados alemanes. Un senado que tiene la potestad de revisar las leyes que aprueba la cámara baja, de proponer proyectos propios e incluso de participar en la definición de la postura de Alemania en cuestiones referentes a la Unión Europea. En otras palabras: un formidable altavoz para la extrema derecha, cuyas iniciativas le permitirían hurgar en las vacilaciones de las otras formaciones políticas y tensionar todo el andamiaje institucional. Y no se trata de una mera hipótesis: AfD hace gala ya de rebeldía ante la organicidad federal. “Su rechazo, anunciado, a aplicar determinados programas federales, concretamente en materia de energía o medio ambiente, incluso el no respeto de principios fundamentales en la práctica de las instituciones y las relaciones entre los partidos – añade Miard-Delacroix – pondría a prueba la Ley fundamental del país. Su artículo 37 – que inspiró la redacción del 155 de la Constitución Española -, y que permite constreñir al gobierno de un Lander recalcitrante, nunca se ha utilizado en la historia de la República federal.”
Muchos siglos antes de que se inventaran los actuales métodos mecanizados de extracción del mármol, los romanos explotaban canteras, como las de Carrara, utilizando ingeniosos métodos para arrancar los bloques de material de la montaña y trocearlos. Bastaba con detectar las posibles líneas naturales de fisura de la piedra, clavar a lo largo de las mismas algunas pequeñas cuñas de madera y rociarlas con agua. Al absorber el agua, la madera se hincha. Y lo hace con tal fuerza que puede desgajar limpiamente toda una masa marmórea. AfD pretende introducir sus cuñas en el ordenamiento democrático. Hay precedentes, de siniestra memoria, en la historia de Alemania.
A principios de 1930, por primera vez, en el Estado de Turingia, un representante del partido nacionalsocialista se incorporaba a un gobierno regional. No era un personaje cualquiera. Se trataba de Wilhelm Frick, hombre muy cercano a Hitler, que había participado en su fallido golpe de 1923. Tras los agitados años que vivió la República de Weimar, los partidos burgueses fueron descomponiéndose y desplazándose cada vez más hacia la derecha. El presidente de la facción del Partido Popular de Turingia, Georg Witzmann, declaraba, en efecto, que “los nacionalsocialistas están más cerca del DVP en términos ideológicos y políticos que los socialdemócratas.” Turingia tenía una fuerte carga simbólica: en su capital, Weimar, se había proclamado la República. Tras el breve paréntesis de un gobierno de coalición de izquierdas entre socialdemócratas y comunistas, la región fue girando más y más a la derecha. Los nazis encontraron allí un terreno de predilección. “Su crecimiento – escribe el historiador Volker Ullrich – se produjo principalmente a expensas de los partidos burgueses, lo cual era un síntoma de los cambios que se avecinaban en el comportamiento electoral.” Aunque el NSDAP sólo obtuvo seis escaños en el Parlamento de Turingia, las formaciones conservadoras los necesitaban para componer una mayoría de gobierno.
Ante esa tesitura, Hitler apostó fuerte… y ganó. Exigió dos ministerios clave: Interior y Educación. “El Ministerio del Interior – escribía en febrero de 1930 – controla toda la administración, la dirección de personal, es decir, el nombramiento y destitución de todos los funcionarios, y también la policía. El Ministerio de Educación Popular controla todo el sistema escolar, desde la escuela primaria hasta la Universidad de Jena, así como la actividad teatral. Quien posea estos dos ministerios y aproveche su poder de manera implacable y persistente podrá provocar efectos extraordinarios.” Y así fue. Frick se empleó a fondo en los catorce meses que ocupó esas responsabilidades gubernamentales. El 18 de marzo de 1930 llevó al Parlamento un proyecto de ley que permitía al gobierno zafarse del control de la cámara durante seis meses: los funcionarios leales a la República fueron despedidos y sustituidos por seguidores del partido nazi. En abril, emitió un decreto “contra la cultura negra y en favor de la identidad nacional alemana”. Ese mismo mes, se implantaba en las escuelas la obligatoriedad de oraciones de exaltación religiosa y patriótica. Se trataba, como explicó el propio Frick, de combatir a “las fuerzas ajenas a nuestra raza y a nuestro pueblo”, enfrentándose “al engaño perpetrado por el marxismo y los judíos.” En cuanto a la enseñanza superior, el ministro forzó, con el apoyo de los estudiantes nazis, el nombramiento de Hans F.K. Günter como catedrático de la Universidad de Jena. Su conferencia inaugural, celebrada en noviembre y a la cual asistió Hitler en persona, se titulaba: “Las causas de la decadencia racial del pueblo alemán desde la época de las migraciones.” En el ámbito de la cultura, obras como “Sin novedad en el frente” de Erich María Remarque fueron proscritas en aras de “fortalecer la voluntad militar alemana”, y numerosas representaciones teatrales prohibidas. La escuela arquitectónica Bauhaus fue igualmente denostada y hostigada, y retiradas de los museos obras de Otto Dix, Lyonel Feininger, Wassily Kandinsky y Paul Klee… Una suerte de “arte degenerado” que, afirmaba el ministro, “no tenía nada que ver con el carácter nórdico alemán y se limitaba a representar la infrahumanidad oriental y de otros lugares de raza inferior.”
Un inesperado incidente personal que irritó al Partido Popular – y que no tenía nada que ver con la acometida reaccionaria de Frick en todos los frentes – hizo que prosperase, en abril de 1931, una moción de censura promovida por el SPD y el KPD. Pero el mal ya estaba hecho. El efecto de aquellas actuaciones sobre la sociedad había sido devastador, sembrando el odio y los enfrentamientos. Los nazis no sólo habían ensayado políticas que esperaban desarrollar a gran escala: también habían testado la reacción a las mismas por parte del arco político y del conjunto de la población. “En las elecciones estatales de fines de julio de 1932 – anota Volker Ullrich -, el NSADP pasaría a ser, con el 42’5% de los votos, el partido más poderoso, y Fritz Sauckel se convertiría en primer ministro.” (En 1942, Sauckel estuvo al frente de la gestión de la mano de obra esclava, deportada desde los países ocupados a las fábricas alemanas).
La referencia histórica es obligada. El anuncio de las intenciones de AfD, si logra gobernar Sajonia-Anhalt, nos muestra un calco de la actuación de sus predecesores nazis en Turingia. “El partido ha anunciado querer intervenir en los programas escolares y poner fin a las medidas de integración, pero también acabar con la obligatoriedad escolar para sustraer los niños a la influencia de enseñantes ‘izquierdistas’ Los métodos y temas ‘anti alemanes’ deben ser proscritos de la universidad, y la memoria de la Shoah evacuada, acabando con las subvenciones otorgadas a museos y memoriales. (…) La animadversión de la AfD hacia la modernidad alemana condenaría, en particular, a la Fundación de arquitectura Bauhaus – ¡otra vez! -, y la libertad de creación teatral se vería amenazada.” Por otra parte, y no menos importante, Hélène Miard-Delacroix señala que el partido “ha anunciado su voluntad de intervenir en los servicios de inteligencia del Lander, bajo control del Ministerio del Interior regional. El riesgo es que cese la vigilancia de las actividades anticonstitucionales de miembros de la extrema derecha y se concentre exclusivamente en la extrema izquierda. La vigilancia en materia de espionaje – por parte de Rusia, por ejemplo – se vería afectada.” Lo que no sería en absoluto banal cuando Putin acentúa sus operaciones de “guerra híbrida”.
Para la izquierda, no se trata de echarse a temblar, sino de tomar conciencia de la inminencia de las amenazas y de actuar en consecuencia. Quizás sea demasiado tarde para evitar que la extrema derecha realice un ensayo general de sus políticas en Sajonia-Anhalt y trate de convertir el Lander en su aparador europeo. Pero no lo es para cerrar el paso a su progresión general. En un momento en que se avecinan contiendas electorales decisivas – en Francia, en Italia, en Alemania -, cuando el gobierno de Pedro Sánchez es objeto de una vasta ofensiva desestabilizadora… debería hacerse evidente que la respuesta, la alternativa a la desazón social sobre la que galopan AfD y sus semejantes, no puede ser nacional. ¿Para cuándo una Conferencia Socialista europea que proyecte una salida progresista a la crisis de las democracias y a las amenazas que pesan sobre nuestras conquistas sociales?
Lluís Rabell
5/09/2026