Ingenieros del alma

               A raíz de la publicación de mi último artículo (“El siglo de China”), una amable lectora me ha hecho llegar una pertinente observación. Se echaba en falta, decía, una mirada feminista sobre el régimen de Pekín, al tiempo que señalaba la escasísima presencia de mujeres en sus instancias dirigentes. No puedo por menos que estar de acuerdo con el comentario y agradecérselo. Tanto más cuanto que no se trata de una cuestión accesoria, sino de un rasgo definitorio del poder y de un vector central de su política.

               Efectivamente, las imágenes de los conciliábulos del Partido Comunista chino son muy llamativas en ese sentido: poca presencia femenina… aparte de la cohorte de azafatas que sirve el té a los dirigentes. Y si nos interesamos por la cúspide del Partido y el Estado, el Politburó o el mando supremo del ejército, ni eso. El país está férreamente dirigido por una gerontocracia totalmente masculina. ¿Un sesgo claramente patriarcal, por expresarlo en términos feministas? Por supuesto. Pero, en este caso, el rancio conservadurismo que se desprende de esa visible desigualdad se integra en un proyecto nacional caro a Xi Jinping.

               El politólogo Dan Wang afirma que, fiel a una tradición ancestral, China es un Estado de ingenieros. Y no anda errado. La formación de los máximos dirigentes es eminentemente técnica. Pero su ingeniería no sólo se aplica al desarrollo económico del país, a sus infraestructuras o a su industria, sino también a la sociedad, que pretenden moldear a conveniencia. Como diría Stalin, a quien le han salido algunos alumnos aventajados, son “ingenieros del alma”. La periodista y escritora americana Emily Feng, conocedora de los esfuerzos gubernamentales por diseñar y hacer operativa una renovada “identidad china”, escribe: “A lo largo de sus doce años al frente del Partido Comunista, Xi Jinping ha desarrollado sin descanso el proyecto de un renacimiento chino: un proyecto a la vez político, económico y geopolítico. Pero, para llevarlo a cabo, las cumbres, los planes quinquenales y las purgas no bastan. Xi también pretende redefinir los contornos de la pertenencia individual, promoviendo su propia definición del ciudadano chino ideal. Para el presidente de la República Popular, un chino es una persona de origen étnico han – por lo tanto, que no pertenece a ninguno de los otros cincuenta y cinco grupos étnicos oficialmente reconocidos -, que habla mandarín – y no uno de los cientos de dialectos locales o lenguas minoritarias de China -, heterosexual y leal al partido. En la mente de su líder, el fortalecimiento de China requiere la participación de sus ciudadanos, y la creación de una identidad uniforme entre ellos se ha convertido en una prioridad absoluta para las autoridades.”

La condición femenina se inscribe en la forja de esa “identidad”, llamada a comprimir y suplantar la diversidad viva del país. Los campos de “reeducación”, por los que han pasado miles de uigures, constituyen un ejemplo de esa voluntad de homogeneización nacional. Como lo anunciaba el propio Xi Jinping al inicio de su mandato, “no hay que dejar absolutamente ninguna oportunidad ni ningún medio de difusión a pensamientos o puntos de vista incorrectos”. El sueño de todas las autocracias. Pero las mujeres chinas hace mucho tiempo ya que son tratadas como una variable de la ingeniería social que practica el poder.

               Una vez más, es Dan Wang quien nos proporciona algunos datos reveladores al respecto: “Aunque otros Estados de Asia Oriental han aplicado medidas de control de natalidad, la política del hijo único fue, con diferencia, el sistema de regulación demográfica más extremo. Durante los treinta y cinco años de la política del hijo único, se habrían practicado en China un total de 321 millones de abortos – una cifra cercana a la población actual de Estados Unidos -, y se habría esterilizado a 108 millones de mujeres y 26 millones de hombres. En 1999, las estadísticas del Ministerio de Salud mostraban que el 35% de las mujeres casadas en edad fértil se habían sometido a operaciones de esterilización.” China se enfrenta ahora al problema de una marcada tendencia al descenso demográfico, combinada con un envejecimiento general de la población. No es fácil detener – y aún menos revertir – la inercia de un trasatlántico una vez iniciada la maniobra. El debate democrático, previo a la toma de decisiones, es mucho más eficiente que las decisiones administrativas impuestas desde arriba. A fortiori en una cuestión en la que las mujeres deberían tener la última palabra.

               “El significado de estas políticas – concluye Wang – no tiene nada de ambiguo: los dirigentes consideran a la sociedad como un simple material de construcción, que se puede demoler o remodelar a su antojo, como si se tratara simplemente de un gran ejercicio de ingeniería social u optimización.” Algunos amigos me han manifestado también un cierto pesimismo acerca de la posibilidad de que una segunda revolución china se alce un día contra la dictadura de esos “ingenieros del alma”, hipótesis evocada en mi artículo. (La llamada “revolución cultural” maoísta fue en gran medida un sangriento ajuste de cuentas entre facciones del aparato). El optimismo, al igual que el pesimismo, es un estado de ánimo. Sin embargo, las contradicciones sociales, que maduran aceleradamente bajo la fachada de una vigilancia absoluta de la nomenclatura sobre la población, constituyen un dato objetivo. Sin prejuzgar del desenlace de futuros choques – que dependerá de factores decisivos como la conciencia política y la organización -, la lucha de clases sacudirá tarde o temprano los cimientos del gigante asiático. Y si la clase obrera china acude finalmente a su cita con la historia, lo hará sin duda con el ímpetu de las mujeres, cuyo anhelo de igualdad prendió la llama de anteriores combates emancipadores.

               Lluís Rabell

               3/09/2026

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