El siglo de China

               Josep Fontana describió la pasada centuria como “el siglo de la Revolución”, refiriéndose al impacto del octubre ruso sobre Europa y el mundo. Hoy, no falta quien cree que éste será el Siglo de China. Convencida de ello está, en primer lugar, la propia nomenclatura gobernante de Pequín, que sueña con moldear a su conveniencia el semblante del planeta. “La misión de China – escribe Jian Shigong, jurista e ideólogo del régimen – no puede consistir únicamente en revivir su cultura tradicional. Debe también asimilar pacientemente las competencias y los logros de la humanidad en su conjunto y, en particular, aquellos que la civilización occidental ha empleado para construir el imperio mundial. Solo sobre esta base podremos considerar la reconstrucción de la civilización china y la reconstrucción del orden mundial como un todo que se refuerza mutuamente.” (“El imperio y el orden mundial”. El Grand Continent). En Occidente, China es vista con una mezcla de fascinación y temor. Impresiona el ascenso fulgurante de su economía, asusta su agresividad comercial. Su gobierno exhibe una fachada de apariencia monolítica e imperturbable, en contraste con las divisiones que exhiben las democracias liberales. Sin embargo…

Ciertamente, hablar de la transformación del gigante asiático a lo largo de las últimas décadas de apertura al capitalismo lleva a evocar cifras que producen vértigo. Y que ya han supuesto un cambio cualitativo por lo que respecta al papel del país: la “fábrica del mundo” se ha convertido en una potencia tecnológica y militar dispuesta a disputar a Estados Unidos su hegemonía. “Desde el inicio de las reformas de los años ochenta – escribe el politólogo Giuliano da Empoli -, cerca de ochocientos millones de personas han salido de la pobreza extrema. Ningún proceso histórico comparable ha afectado a una población de tal magnitud en tan poco tiempo.” Un vertiginoso crecimiento industrial y urbano ha sido el motor de ese salto adelante. “Entre 2018 y 2019 – apunta el analista canadiense Dan Wang -, China produjo 4.400 millones de toneladas de cemento: aproximadamente la misma cantidad que produjo Estados Unidos a lo largo de todo el siglo XX. (…) Desde 1978, la población urbana ha aumentado una media de dieciséis millones de personas al año. Y el Estado ha construido, entre 1990 y 2025, cada año una nueva ciudad del tamaño de las aglomeraciones de Nueva York y Boston juntas. En la actualidad, China tiene unas treinta centrales nucleares en construcción y produce el doble de energía solar y eólica que el resto del mundo.(…) Su industria manufacturera emplea hoy a más de cien millones de trabajadores, unas ocho veces más que Estados Unidos.”

Esto ha sido posible merced a la conjunción de dos factores: la deriva del capitalismo en la era neoliberal y la apuesta de una dirección política al frente de un país inmenso; un país cuya revolución, décadas atrás, había barrido a su burguesía tradicional… pero cuyo aislamiento, unido a la gestión burocrática de su Estado, habían mantenido en un importante atraso. Poniendo en relación el devenir de Estados Unidos y el de China, el historiador y exministro israelí Shlomo Ben Ami escribía hace unas semanas: “Como ocurre con todos los imperios a lo largo de la historia, el declive de Estados Unidos se refiere a su posición relativa ante el auge de unos competidores poderosos; lo cual es consecuencia, a su vez, del impulso al desarrollo que el propio imperio proporciona a su periferia. El auge de China y de los demás ‘tigres asiáticos’ es, en cierto modo, el resultado de su americanización.” (“La Vanguardia”, 26/07/2026). La desindustrialización de las naciones occidentales y la hipertrofia financiera de sus economías no sólo supuso el traslado masivo de la producción manufacturera a Asia, sino también una formidable transferencia de recursos y tecnología que China ha sabido explotar.

               “China tiene la economía autocrátrica más eficaz que jamás haya existido”, afirma Dan Wang. Y ello tiene que ver con el carácter híbrido del régimen. El vigor y la amplitud de las transformaciones fueron posibles merced a la acción voluntarista y planificada de un Estado sometido a una férrea dirección partidista. El gobierno, en efecto, designa los sectores que deben recibir impulso, las regiones que deben expandirse… Es la combinación del estímulo capitalista mundial, en busca de una segunda juventud, con el poderío de una acción central planificada, capaz de movilizar los recursos humanos y materiales de todo un país, multiplicando así su potencial de desarrollo. Un reciente estudio de EsadeGeo desvela que “los sectores industriales chinos recibieron entre tres y ocho veces más apoyo financiero público que los países de la OCDE entre 2005 y 2024. (…) La inversión en descarbonización y energías limpias fue de 680.000 millones de dólares sólo en 2024, más de un 80% superior a los 370.000 millones de la UE. En la automoción, China ha dedicado 230.900 millones entre 2009 y 2023.” (“L.V.”, 26/07/2026).

               Pero la medalla del “milagro económico” tiene también su reverso, que resulta del carácter autoritario y burocrático de esa planificación y de las enormes desigualdades sociales que engendra el modelo. Un ejemplo, señalado por el mismo Wang“Aunque la región de Guizhou cuenta con una infraestructura excepcional – una red de autopistas tres veces más larga que la del estado de Nueva York, 45 de los 100 puentes más altos del mundo, 11 aeropuertos y 1.600 kilómetros de vías férreas -, es al mismo tiempo la cuarta región más pobre del país. En 2010, sólo la mitad de los niños residentes estaban escolarizados. Y es también la región más endeudada…” El fortalecimiento del Estado social no forma parte de las prioridades de Xi Jinping, que considera sus prestaciones poco estimulantes del trabajo.

               Desde el inicio del giro hacia el capitalismo, la política de reformas se ha conjugado con la rotunda afirmación de la primacía del partido único, cerrando el paso – y, en su caso, cercenando a partir de sus primeras manifestaciones – cualquier expresión independiente de la sociedad civil. La desintegración de la URSS conmocionó a la casta dirigente china. Deng Xiao Ping, el padre de las reformas, consideraba que Gorbachov se comportó como un “imbécil” al aventurarse por el camino de la glasnost y la perestroika. El pasado 17 de agosto, el actual presidente pronunciaba un vibrante discurso de homenaje a su predecesor, Jian Zeming (1926-2022), celebrando su “capacidad para mantener el poder del Partido en medio de las tempestades”; es decir, haber recuperado el control del país tras la sangrienta represión de las manifestaciones democráticas de Tiananmen en 1989.

               En realidad, el régimen, siempre autoritario, ha ido evolucionando en el sentido de una mayor concentración y personalización del poder, una represión más difusa y omnipresente de cualquier resquicio de disidencia y un intento de homogeneización del país, diluyendo por la fuerza su extraordinaria diversidad étnica y cultural. Esa evolución totalitaria refleja el carácter explosivo de las contradicciones sociales que atraviesan China y que el régimen trata de contener. Pero, tras su sólida apariencia, el poder casi absoluto del presidente esconde una fragilidad congénita. Y, paradójicamente, empuja inexorablemente al Estado hacia la desestabilización. Refiriéndose al destino de la casta que en su día reinó sobre el Estado soviético, Trotsky decía que “las leyes de la Historia son más poderosas que los aparatos burocráticos.” Echad a la lucha de clases por la puerta y cerradla a cal y canto: penetrará por la ventana con la fuerza de un vendaval y lo arrasará todo. Ese es el innombrable fantasma que la burocracia china trata de ahuyentar.

               El vertiginoso desarrollo capitalista del país ha supuesto una eclosión no menos impetuosa de las clases sociales. Y con ella, el conflicto de sus intereses. Millones de campesinos han sido urbanizados y proletarizados en las mayores concentraciones industriales del planeta. Con una indiscutible mejoría de su nivel de vida, pero en el marco de unas relaciones laborales férreamente encuadradas por los sindicatos oficiales. El régimen ha reprimido con especial dureza los primeros intentos de jóvenes estudiantes marxistas de conectar con las fábricas. El impulso al capitalismo ha supuesto también el surgimiento de una nueva clase de emprendedores, algunos de los cuales han amasado fortunas que los sitúan entre las personas más ricas del mundo. Consciente de las aspiraciones naturales de esa nueva burguesía, el poder ha tratado de encuadrarla en su aparato: China es el único país que cuenta con una clase de multimillonarios “comunistas”. Sin embargo, las tensiones son insalvables. En estos momentos, Pequín intenta evitar que sus ciudadanos más ricos saquen el dinero del país. “Cuando el crecimiento económico funciona al ralentí, cuando el mercado inmobiliario, que durante mucho tiempo procuró formidables ganancias a los inversores, lleva cinco años contrayéndose, los chinos ricos buscan otros nichos de negocio rentables. Algunos quieren sacar su dinero para instalar a sus familias y a sí mismos lejos del régimen. (…) Según una estimación del instituto de finanzas internacional, los ciudadanos chinos han sacado 807.000 millones de dólares de su país en 2025. El flujo de fondos contribuye al alza de los precios inmobiliarios en Tokio, Singapur y Sydney.” (“L.M.”)

               Pero es tratar de ponerle puertas al campo. El capitalismo tiene su propia lógica. El pasado 20 de agosto, Xu Jianyin, fundador del imperio inmobiliario Evergrande – Xu llegó a ser el hombre más rico de Asia -, era condenado a cadena perpetua por fraude y corrupción. Esa condena no es una mera peripecia judicial, ni un simple caso individual, sino todo un símbolo… y una señal de alarma para el propio régimen. Entre 1990 y 2020, el sector inmobiliario llegó a representar el 25% del PIB chino. La expansión de Evergrande, basada en un endeudamiento creciente, generó una formidable burbuja que acabó por estallar cuando el gobierno, asustado, restringió el crédito. 1.400.000 viviendas, vendidas sobre planos, quedaron sin acabar. Un tremendo varapalo para las clases medias, cuya pasividad política tiene menos que ver con la influencia secular del confucionismo que con unas expectativas de progreso de su estatus social… que van ensombreciéndose. Como señala Ben Ami“la economía china se enfrenta a grandes dificultades: es una economía deflacionaria basada en una sobreproducción – que la hace dependiente de los mercados internacionales – , unos niveles de deuda disparados, un mercado inmobiliario deprimido, un elevado desempleo juvenil y una población activa que envejece y disminuye, una mala gestión crónica de las epidemias y un programa Cinturón y Ruta que podría convertirla en una aborrecida potencia colonial a ojos de unos países receptores atrapados en la deuda.”

El régimen de Xi Jinping se ha convertido en el régimen de la purga permanente. Las contradicciones sociales buscan una expresión en las propias filas del aparato estatal. La corrupción, extendida, es inevitable. Y, al mismo tiempo, permite que el poder se crispe sobre sí mismo, denunciándola cuando le conviene, en un clima de temor generalizado donde nadie está a salvo de caer en desgracia… excepto el líder supremo. Esa dinámica acabará conduciendo a una crisis de proporciones colosales. El poder omnímodo de Xi imprime al régimen un sesgo y una visión del mundo que amenazan con arrastrar China a la aventura. Empieza a ocurrirle lo mismo que a Putin, quien – como dice la ucraniana Oleksandra Matviichuk, Premio Nobel de la Paz – “ya no responde a ninguna lógica transaccional, sino a una lógica histórica, sueña con dejar su huella en la historia.” Xi sueña con la conquista de Taiwán. Y sueña con el imperio mundial. No con un orden multilateral basado en el derecho, ni mucho menos con unas relaciones cooperativas con otras naciones: las afirmaciones en ese sentido son pura propaganda, que sólo adquiere visos de verosimilitud gracias a la errática y agresiva política de Trump. El verdadero objetivo sería, como dice el profesor Lu Feng, director del Instituto de Empresas y Gobierno, “hacer que China sea independiente del resto del mundo, y que el resto del mundo dependa de China.”

Semejante delirio es irrealizable. El portentoso crecimiento de las fuerzas productivas en China choca con los límites de un capitalismo que se asfixia en sus fronteras y malvive con un régimen que ha propiciado su desarrollo, pero que nunca será el de la burguesía. Y esas mismas fuerzas productivas se debaten con unos planes quinquenales burocráticos que irán de desatino en desmesura. La “eficiencia autocrática” ha dado ya inequívocas señales de agotamiento. Y no será el empleo masivo de la Inteligencia Artificial lo que le permita recuperarse. La complejidad del desarrollo alcanzado sólo puede ser aprehendida y gestionada desde la colectividad; es decir, desde la participación activa de una clase trabajadora organizada en la dirección de la economía nacional a través de la deliberación democrática. La salida a la asfixia es la cooperación internacional, no el sometimiento neocolonial de otros pueblos a un nuevo amo del mundo. Ni tampoco una sorda e incesante guerra comercial, preludio de conflictos armados abiertos. El devenir de China marcará la historia del siglo. A estas alturas, eso es ya indiscutible. Queda por ver si, en unos plazos y a través de una concatenación de acontecimientos que resulta imposible prever, es la clase obrera quien toma finalmente la palabra, poniendo – ¡entonces sí! – el horizonte socialista al alcance de la humanidad.

               Lluís Rabell

               1/09/2026 

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